El gesto

Hace unos días, les lloraba aquí mismo las penas de Murcia, o sea, las de la Carrera de San Jerónimo, por los deplorables espectáculos que nos depara, con creciente frecuencia e intensidad, el Congreso de los Diputados de Madrid. O las Cortes, incluyendo esa peculiar cámara que es el Senado, donde lo mismo sestean los viejos elefantes que tratan de hacer su trabajo contra los elementos varios entusiastas de la política que todavía se lo creen. Era el mío un llanto a beneficio de inventario, casi una pataleta impotente, al ver cómo los supuestos representantes de la soberanía popular se han entregado a una competición ya decididamente alocada por hacer el mayor ruido posible para tapar su incapacidad —¿O será su falta de voluntad?— de encontrar soluciones a los problemas de la ciudadanía que los ha colocado ahí.

Por supuesto, la descarga no era de aplicación a la totalidad de los ocupantes de escaño. Ya dejaba caer que había algunos que clamaban en el desierto contra esa impostura desbocada y pedían un cambio de actitud a sus compañeros. Añado aquí y con doble subrayado entre los dignos titulares de acta de diputado al representante canario de Unidos Podemos, Alberto Rodríguez, que en esa misma bronca sesión de la que les hablaba el otro día, tuvo la gallardía de dedicarle unas emotivas palabras a su adversario del PP, Alfonso Candón, que se despedía de la cámara. “Nunca pensé que diría esto en el Congreso, y menos a alguien del Partido Popular. Le vamos a echar de menos. Es usted una buena persona y le pone calidez humana a este sitio”, dijo Rodríguez desde el atril. Un gesto que merece un enorme aplauso.

Despolítica

Miércoles triste, muy triste, en el Congreso de los Diputados. ¿Es que ha ocurrido algo especial, algo diferente, algo que no hayamos visto u oído decenas de veces? No, y en buena parte, esa es la causa de la tristeza, que empieza a estar veteada de impotencia, desgana, resignación y, medio diapasón más allá, pura y dura frustración. Eso, claro, para los que nos pillaba mirando. El resto, que me temo es la inmensa mayoría, pasa kilo y pico del espectáculo ramplón. Con suerte, cazará de refilón un trozo escogido en el telediario o en la tertulia efectista de turno y lo tragará sin digerir o, casi peor, a través de sus prejuicios ideológicos.

Tampoco me engaño ni les engaño. Yo actúo del mismo modo al comentárselo. Tal vez por eso, el aire melancólico de lo que voy escribiendo me lo contagió el que muchos que prescinden de orejeras, han coincidido en destacar como casi el único discurso que huyó de la pirotecnia demagógica. “Vienen tiempos oscuros”, advirtió Aitor Esteban a todas las banderías del hemiciclo, incluyendo la suya, antes de pedir a tirios, troyanos y aliados cruzados que se parasen un poco a pensar si la razón les acompañaba en todo y, desde luego, que rebajaran el octanaje del combustible dialéctico.

El intento del portavoz del PNV fue en vano. Los titulares de la sesión han vuelto a hablar de golpistas, falangistas, amenazas con la intervención del autogobierno o de intensificar la confrontación en la calle. Ruido y más ruido, bravatas enarcedidas que no solo no sirven para solucionar los problemas —en plural; ojalá fuera uno solo—, sino que los agravan en la espiral infinita de la despolítica.

Y ahora, a por Duque

No todo el mundo ha nacido para la política. Y menos, para formar parte de un gobierno a la numantina, sometido por tierra, mar y aire a un cerco inmisericorde, donde vale igual como munición la mentira que la verdad entera o a medias. Pregúntenle al ministro Pedro Duque, el cuarto negrito del Gabinete Sánchez (o quinto, si contamos al propio presidente) en ser convertido en pimpampum desde la inopinada llegada a Moncloa hace algo más de tres meses.

El trago que pasó ayer el titular de Ciencia, Innovación y Universidades explicando su presunto chanchullete inmobiliario fue del nueve largo. Nada que ver con las comparecencias de chúpame la punta que estamos acostumbrados a ver en la inmensa mayoría de los últimos pillados con el carrito del helado. Allá donde los anteriores enmarronados se engallaban o montaban el numerito del ofendido, Duque solo fue capaz de sudar la gota gorda, temblando como una gelatina, aferrado a un endeble argumentario que repetía como una letanía ante unos miembros de mi oficio que olieron el miedo y se cebaron con la puya.

Confieso que me faltan datos y conocimiento de leyes para discernir el tamaño del renuncio. Intuitivamente, diría que hizo exactamente lo que la mayoría de los mortales que se hubieran encontrado en sus circunstancias. De boquilla, todos somos muy dignos. ¿Debe dimitir por eso? Ateniéndonos al altísimo nivel ético cacareado por Sánchez, seguramente sí. Y aquí es donde surge otra vez la tremenda paradoja, porque en nombre de una limpieza moral que en el bando de los acosadores ni está ni se la espera, los ciudadanos perderíamos un gestor de lo público muy solvente.

¡Pobre Albert!

Les pido siquiera 59 segundos de silencio por Albert Rivera. El que queda para completar el minuto pueden emplearlo en una estentórea carcajada a la salud (o así) del político hispanistaní que desde hace unos meses tiene por banda sonora un tango de Gardel con letra de Lepera. El chaval del Ibex (si es que sigue siéndolo) va de cráneo, cuesta abajo en la rodada, alternado las meteduras de cuezo con las de zanco, y estas, con cagadas bíblicas. Quién ha visto y quién ve al petimetre naranja del verbo florido (bien es verdad que topicudo y superficial) balbuceando sinsentidos ante cada alcachofa que le plantan frente al morro.

Empieza a dar tanta pena como grima en su papel de boxeador sonado, sin saber si la sombra que pretende golpear es la de Sánchez, Casado, Torra o Iglesias. Y la cosa es que todos los mentados le han birlado los Donuts y la cartera. En las mismísimas narices, además, y cuando ya se veía —y le veíamos, no nos engañemos— tocando pelo gubernamental, devenido en híbrido de Suárez y Macron. Pero, en la enésima reedición del cuento de la lechera, el cántaro se le hizo añicos en el recodo más insospechado del camino. La moraleja vuelve a ser que hasta el rabo todo es toro y que en política, igual que en la misma vida, no siempre ocurre lo que parece impepinable. Claro que eso mismo se puede interpretar también a su favor. Igual que el difunto y enterrado Pedro Sánchez venció dos veces al que parecía su destino manifiesto o que el pan sin sal Casado se merendó al aparato pepero, media docena de carambolas que ahora no nos imaginamos podrían devolver a Rivera al centro del tablero. No se fíen.

Aquarius, no tan bonito

¡Mecachis! ¡Tenía que venir Grande-Marlaska con el alfiler a pinchar el globo! Y miren que había empezado bien el ministro de estreno, contando que su gran proyecto es quitar las cuchillas a las vallas de Ceuta y Melilla. Pero luego añadió que no todos los pasajeros del Aquarius podrían ser considerados refugiados. De hecho, explicó que recibirían el mismo trato que los inmigrantes que llegan en patera, saltando las mentadas vallas, escondidos en los bajos de un camión o por cualquier otro medio. Tal circunstancia implica la posibilidad de internamiento en esos CIE que se pintan como tremendas mazmorras. Y no piensen que fue una ocurrencia del hasta anteayer superjuez con miopía hacia las torturas. La flamante vicepresidenta, Carmen Calvo, lo confirmó palabra por palabra. Cuando arriben a puerto los tres barcos, se cursará una solicitud por cada ocupante y ocurrirá lo que tenga que ocurrir. Como en una macabra lotería, a unos les tocará el ansiado estatuto y a otros, la orden de expulsión.

La puñetera realidad —o sea, la legalidad vigente— se impone a la música de violines. Con esa querencia tan extendida por los telefilmes de sobremesa, muchos se habían tragado a pies juntillas la bonita historia de solidaridad infinita que se había contado. Parecía casi como si con la acogida de 629 personas quedara solucionada la endiablada cuestión de la inmigración. Están muy bien la ingenuidad y las ganas de tranquilizar la conciencia, pero en este caso no era difícil ver que el gurú que le aconsejó a Sánchez pasar por el gran Quijote del Mediterráneo es el mismo que le montó a Albiol la campaña “Limpiemos Badalona”.

Las opiniones de Nadal

A mi, el tenis ni fu ni fa. Y ya, si añadimos el patrioterismo caspuriento que sigue a las victorias de Nadal, qué quieren que les diga, que se me arruga la nariz definitivamente. Así que no me van a pillar gritando “¡Vamos, Rafa!” y bien es cierto que tampoco haciendo como que quiero que gane su rival de turno solo porque no es español. Resumiendo, que me la traen al pairo las gestas del manacorí, al que no puedo dejar de reconocerle que como atleta es un fuera de serie y que al lado de otros que también lo son —pongamos CR7— me parece un tipo infinitamente más sano y cabal. Lo de la pasta, los birbirloques fiscales o los negocietes, ya tal.

Viene todo este preámbulo a cuento de la que le está cayendo al muchacho por haberse permitido la presunta ligereza de manifestar una opinión política. Resulta que el hombre cree que habría que convocar elecciones generales, ya ven qué tremendo delito. Pues en el código penal oficioso debe de serlo. Que si zapatero a tus zapatos, que si quién se cree que es, que si cómo se nota qué intereses defiende… y quintales de collejas del pelo.

Volvemos a la eterna y obscena doble vara. Qué trato más diferente al que reciben las rajadas progresís de artistas de altos vuelos hollywoodenses o, si vamos a lo más cercano, las soflamas encendidas de algún que otro pelotero de riñón igualmente bien cubierto. Y, ojo, que hablo de una situación cien por ciento reversible, porque los que ahora defienden a Nadal critican a los otros. Personalmente, agradezco a los personajes públicos que digan lo que piensan sobre lo que sea, incluso cuando, como es el caso, no estoy de acuerdo.