Diario del covid-19 (34)

Hubo un tiempo nada lejano en que yo también solo veía virtudes infinitas en Fernando Simón. Mil veces lo puse como ejemplo de comunicación en la gestión de crisis peliagudas. Me parecía sinceramente un tipo que sabía transmitir confianza y calma en situaciones de zozobra, cuando el común de los mortales, o sea, servidor, empezaba a acongojarse ante lo que ya se iba dibujando como un episodio de alta gravedad. Y por ahí empezaré el desmontaje del mito. Hoy es el día en que está documentado que, en el caso más favorable para él, no sabía tanto como aparentaba. En los archivos está su declaración categórica, el 23 de febrero pasado, de que el virus no había entrado en el Estado español, cuando para esas fechas, según el informe del Instituto Carlos III, ya campaba a sus anchas en, por lo menos, una quincena de focos.

Nadie venga con la soplagaitez del Capitán A Posteriori, que ya en esos días había voces —y no únicamente de tertulieros fachuzos— alertando de la posibilidad que Simón negó no solo con contundencia sino con displicencia. Y así, en un sinfin de ocasiones en estas semanas tremendas en las que hemos podido comprobar que en numerosas ocasiones no son los datos técnicos y científicos los que basan las decisiones políticas, sino al revés. La ciencia sirve de coartada a la política.

Mil muertos tarde

No tengo ningún empacho en dejar por escrito que la gestión de las instituciones públicas vascas del desplome del vertedero de Zaldibar ha sido manifiestamente mejorable. Hablo, sobre todo, de comunicación, que, por desgracia, hoy como nunca antes resulta un factor más determinante que la propia acción. Incluso aunque lo hayas hecho medio bien —tendrían que convencerme con datos muy contundentes en este asunto—, eso no vale de nada si la percepción que llega a tus administrados es la contraria. Mucho me temo que ese está siendo el caso y que será complicado revertir la sensación. Resumido en plata, y por muy desazonante que suene, las cosas no son tanto lo que son sino lo que parecen. O lo que se consigue que parezcan.

Ahí enlazamos con el elemento letal: enfrente sí hay profesionales sin el menor escrúpulo capaces de hozar en la peor de las mierdas para vender a granel un relato ponzoñoso donde los hechos ciertos y trágicos —no pasemos por alto que los hay— son solo munición con la que disparar al enemigo. ¿Acaso no hay lugar para la crítica y la denuncia? Por supuesto, pero como servidor no nació ayer y es experto en cavernas de uno y otro signo, sabe cuándo un drama es celebrado con olas y congas. Lo vi, por ejemplo, en el atentado de la T-4, cuando el ultramonte diestro festejó que se habían cargado a dos pobres pringados porque eso alimentaba su discurso del odio. Luego, en el otro flanco, en el de nuestros trogloditas locales, he vuelto a asistir a idéntica necrófila ausencia de moral con algún caso muy sonado. Volvemos a las mismas. Cuánto asco dan los que llegan a denunciar con mil muertos de retraso.

Regreso a la caverna

Como la cabra tira al monte, he estrenado el año, no con la intención de desprenderme de mis vicios, sino reincidiendo en alguno de ellos. Podría alegar en mi defensa que ha sido para satisfacer una demanda, tampoco diré que universal, pero sí crecientemente extendida de unos meses a esta parte. “Cómo molaría ahora rescatar el Cocidito”, me dejaban caer aquí y allá a la vista del sabrosón panorama político hispanistaní, con un gobierno (supuestamente) rojoseparatista a las puertas. Y uno, que se debe a sus oyentes y lectores y que no es de piedra, ha cedido a la tentación de volver a frecuentar —ya veremos por cuánto tiempo— los tugurios cavernarios en los que en su día me dejé el hígado y los restos de inocencia que me quedaban.

La primera conclusión tras el retorno a las andadas es que en los prados de Diestralandia siguen pastando prácticamente los mismos tipos de siempre. Ha habido alguna que otra incorporación, pero en lo básico, la nómina de exabruptadores es idéntica a la de hace casi dos decenios. Cambian los objetos de sus demasías dialécticas, pero no los presuntos chistes, las cargas de profundidad ni los biliosos cagüentales.

Se reconfirma, pues, lo que siempre he tenido como tesis: el encabronamiento de paisanos que, por otra parte, son proclives a dejarse encabronar es un modo de vida. Quizá la única diferencia es que en el turbulento momento presente los aullidos herzianos y las derramas de tinta tóxica tienen su correlato en diferentes parlamentos, empezando por el español. Es verdad que asusta, pero también puede ser la mejor argamasa para unir a quienes estamos dispuestos a hacerles frente.

Julen, reflexión pendiente

El desenlace del rescate del niño Julen Roselló ha sido exactamente el que habíamos previsto. Qué brutal irresponsabilidad, la de quienes, 13 días después de la caída en un agujero de más de 100 metros de profundidad, seguían alimentando la quimera de que era posible encontrar con vida a la criatura. Y bastante será que el asunto se quede ahí, en el hallazgo del cadáver y el funeral como fin del festín carroñero al que hemos vuelto a asistir. “La investigación empieza ahora”, dijo lapidariamente el ministro Grande-Marlaska, y no somos pocos los que pensamos, sin ser abonados a las teorías de la conspiración, que hay demasiadas cosas por explicar.

No las enumero, porque estimo más conveniente dedicar las líneas que me quedan a pedir —ya sé que sin esperanza— una reflexión sobre el nauseabundo circo que una vez más se ha creado alrededor de un drama. Me temo que mi profesión está en un pozo más profundo que el de Totalán y que no hay bravos mineros asturianos capaces de rescatarla ni viva ni muerta. Lo que hizo Nieves Herrero en Alcàsser, supuesto hito de la mierda en bote mediática, está superado de largo por los vomitivas abordajes de los casos de Diana Quer, Gabriel, Laura Luelmo (a la que llegaron a inventar una forma de morir a beneficio de obra) o, ahora, Julen.

Cabe, bien lo sé, echar balones fuera y culpar de nuestra espeleología entre las vísceras al gusto del populacho. Es verdad que los programas telebazofieros —ojo, los mismitos que nos ilustran sobre Catalunya o el crecimiento de la extrema derecha— arrasan en audiencia cuando echan de comer este guano. Pero hay algunos que nos negamos a hacerlo.

Ahora, geólogos

Hemos sido expertos en siniestralidad ferroviaria, peritos en balística, técnicos superiores en desapariciones humanas, enteradillos del copón sobre incendios forestales, doctores en cambio climático y catástrofes naturales varias y, en fin, maestros Ciruela en mil y una disciplinas. Nos quedaba meternos a geólogos, ingenieros de minas y técnicos de rescates bajo tierra, que es de lo que andamos ejerciendo ahora con un impudor infinito y una obstinación del mismo calibre.

¿De verdad es necesario el seguimiento décima de segundo a décima de segundo de las tareas de búsqueda del pequeño Julen en el pozo de Málaga que se lo tragó? Por supuesto que es noticia. Objetivamente, es un hecho que reúne los ingredientes necesarios para darle una cobertura informativa. ¡Pero con mesura, joder, con mesura! Sobran las elucubraciones de todo a cien, las infografías truculentas que cada canal de televisión o cada medio se saca de la sobaquera, los terceros grados inmisericordes a un padre que, obviamente, no está en condiciones de referirse cabalmente a la situación. Por no hablar del nauseabundo acoso a los familiares, esgrimiendo los micrófonos como si fueran estoques. “¿No pensarán que lo van a encontrar vivo a estas alturas?”, llegó a preguntarles una individua que al volver a redacción recibiría el consiguiente azucarillo por sus chapoteos en el guano morboso. Pero predico en el desierto. Es lo que se lleva y, supongo, lo que vende. Seguramente por eso, en un diario local de tronío la crónica sobre la niña hallada muerta anteayer en Bilbao comenzaba con una alusión totalmente innecesaria a Julen. Qué pena. Qué asco.

Huyamos del morbo

De nuevo, la misma coreografía tan macabra como reveladora del paisaje y el paisanaje. Un crimen abominable se convierte en sangriento río revuelto para ganancia de pescadores sin escrúpulos. Y ahí se van todos en tropel, a hacer caja de pasta, de ego, o de lo uno y lo otro. No faltan, ojo, quienes dicen hacerlo en nombre de las más nobles causas y los principios más sagrados. Iba a decir que no cuela, pero, por desgracia, no tengo más remedio que admitir el triunfo de los trasegadores de morbo al por mayor. Basta ver los índices de audiencia y, en proporción directa, el tiempo y el espacio dedicados a retozar en el fango.

¿Es que hay que ocultar o minimizar unos hechos que objetivamente constituyen una noticia de relieve enmarcada, además, en una cuestión fundamental de nuestra época, como es la violencia machista? Ni se me ocurre insinuarlo. Podemos y debemos hablar de este asesinato y de lo que implica, pero me atrevo a pedir una vez mas, aunque sea prédica en el desierto, que tratemos de evitar incidir en lo que está de más.

Intencionadamente, lo he anotado de ese modo tan ambiguo, porque tengo la convicción de que no hace falta ser más explícito. Si somos honestos, no será difícil hacer la lista de lo que no viene a cuento remover ni en este ni en los mil y un casos prácticamente calcados que se han ido sucediendo con una frecuencia que parte el alma. Esas imágenes en bucle, esos testimonios de quien no es capaz de articular palabra o de quien pasaba por allí. Esos comentarios de jurista de barra de bar, esas pontificaciones sobre cómos y porqués que se ignoran del todo. Y lo demás que ustedes saben.

Y ahora, a por Duque

No todo el mundo ha nacido para la política. Y menos, para formar parte de un gobierno a la numantina, sometido por tierra, mar y aire a un cerco inmisericorde, donde vale igual como munición la mentira que la verdad entera o a medias. Pregúntenle al ministro Pedro Duque, el cuarto negrito del Gabinete Sánchez (o quinto, si contamos al propio presidente) en ser convertido en pimpampum desde la inopinada llegada a Moncloa hace algo más de tres meses.

El trago que pasó ayer el titular de Ciencia, Innovación y Universidades explicando su presunto chanchullete inmobiliario fue del nueve largo. Nada que ver con las comparecencias de chúpame la punta que estamos acostumbrados a ver en la inmensa mayoría de los últimos pillados con el carrito del helado. Allá donde los anteriores enmarronados se engallaban o montaban el numerito del ofendido, Duque solo fue capaz de sudar la gota gorda, temblando como una gelatina, aferrado a un endeble argumentario que repetía como una letanía ante unos miembros de mi oficio que olieron el miedo y se cebaron con la puya.

Confieso que me faltan datos y conocimiento de leyes para discernir el tamaño del renuncio. Intuitivamente, diría que hizo exactamente lo que la mayoría de los mortales que se hubieran encontrado en sus circunstancias. De boquilla, todos somos muy dignos. ¿Debe dimitir por eso? Ateniéndonos al altísimo nivel ético cacareado por Sánchez, seguramente sí. Y aquí es donde surge otra vez la tremenda paradoja, porque en nombre de una limpieza moral que en el bando de los acosadores ni está ni se la espera, los ciudadanos perderíamos un gestor de lo público muy solvente.