Diario del covid-19 (19)

Dos semanas más de confinamiento. “Pero relajando medidas», titulan algunos. “Sin descartar que haya que alargar el periodo hasta finales de mayo”, apostillan otros. Y seguro que lo uno y lo otro salió de los labios del presidente del gobierno español, con esa curiosa facultad para anunciar cosas diferentes en medio párrafo de distancia. Qué curioso ejercicio mental, por cierto, imaginar qué pasaría si el de las comparecencias oficiales tuviera gafas, barba blanca y un peculiar modo de pronunciar las eses. Como poco, las cañas serían lanzas y las lanzas, cañas. O sea, los que ahora echan espumarajos y tildan de inútil al jefe del Ejecutivo andarían pidiendo altura de miras y llamando a remar en la misma dirección. Y viceversa, claro. Los que aplauden con las orejas al líder máximo y tachan de antipatriotas a los que osan emitir cualquier crítica estarían exigiendo la dimisión inmediata.

A mi, francamente, me da lo mismo que me sermonee uno que otro, aunque agradecería un poco de consideración. Vamos, que no me tomen por más idiota de lo que ya me siento. De igual modo, no me pilla por sorpresa la prórroga del encierro, como tampoco me asombrará que vuelvan a largarlo. Temo que lo peor vendrá depués. Es decir, presiento que tras la noche, vendrá la noche más larga. Adiós, Aute. Gracias por tanto.

Mil muertos tarde

No tengo ningún empacho en dejar por escrito que la gestión de las instituciones públicas vascas del desplome del vertedero de Zaldibar ha sido manifiestamente mejorable. Hablo, sobre todo, de comunicación, que, por desgracia, hoy como nunca antes resulta un factor más determinante que la propia acción. Incluso aunque lo hayas hecho medio bien —tendrían que convencerme con datos muy contundentes en este asunto—, eso no vale de nada si la percepción que llega a tus administrados es la contraria. Mucho me temo que ese está siendo el caso y que será complicado revertir la sensación. Resumido en plata, y por muy desazonante que suene, las cosas no son tanto lo que son sino lo que parecen. O lo que se consigue que parezcan.

Ahí enlazamos con el elemento letal: enfrente sí hay profesionales sin el menor escrúpulo capaces de hozar en la peor de las mierdas para vender a granel un relato ponzoñoso donde los hechos ciertos y trágicos —no pasemos por alto que los hay— son solo munición con la que disparar al enemigo. ¿Acaso no hay lugar para la crítica y la denuncia? Por supuesto, pero como servidor no nació ayer y es experto en cavernas de uno y otro signo, sabe cuándo un drama es celebrado con olas y congas. Lo vi, por ejemplo, en el atentado de la T-4, cuando el ultramonte diestro festejó que se habían cargado a dos pobres pringados porque eso alimentaba su discurso del odio. Luego, en el otro flanco, en el de nuestros trogloditas locales, he vuelto a asistir a idéntica necrófila ausencia de moral con algún caso muy sonado. Volvemos a las mismas. Cuánto asco dan los que llegan a denunciar con mil muertos de retraso.