Buena jugada, Sánchez

Los muy cafeteros del politiqueo disfrutamos cual gorrinos en lodazal con las negociaciones presupuestarias. Aunque a veces se diría que vista una, vistas todas, lo cierto es que cada ceremonia de apareamiento de las cuentas públicas presenta peculiaridades que las hacen únicas para los paladares entrenados como el del que suscribe. Y qué gozada cuando, como es es el caso, coinciden varias al mismo tiempo y se aprecian las contradicciones, las incoherencias o directamente la bipolaridad soez de determinadas siglas. En este sentido, no deja de ser despiporrante cómo en Vasconia los de la piruleta y la gominola —Elkarrekin Podemos, en el registro de grupos del Parlamento— se ciscan en el mismo TAV que su metrópoli española, la del gran gurú de Galapagar apellidado Iglesias Turrión, ha bendecido, y no precisamente con con cuatro duros, en el acuerdo para las cuentas del Capitán Sánchez. Que tu mano pretendidamente izquierda no sepa lo que hace tu otra mano supuestamente zurda.

Por lo demás, salgan o no salgan los números en el Congreso, ovación y vuelta al ruedo para el inquilino cada vez menos accidental de Moncloa. Ha conseguido unos presupuestos de lo más fotogénicos. No le arrienda uno la ganancia a las formaciones soberanistas catalanas, que pueden quedar en esta historieta como las que se cargaron por un quítame allá estos presos una serie de medidas que suenan a música celestial aunque sean de cumplimiento más bien dudoso. Hace bien el PNV, plusmarquista sideral de pactos beneficiosos, en mantenerse esta vez en discreto segundo plano. Cuando se aclare el panorama, tocará poner las cartas sobre la mesa.

Sobre las cloacas

Ciento y pocos días después de su sorpresiva elevación a los cielos monclovitas, el sanchismo, atizado por todos los costados, como corresponde a cualquier gobierno que se precie, opta por la defensa de carril, declararse víctima de una conjura masónica. O de las cloacas, que es el término consensuado en el argumentario de los nuevos mandarines para nombrar al malvado monstruo informe que se está hinchando a soltar soplamocos a los pardillos llamados para la gloria de convertir la sombría Hispania rajoyana en la luminosa Pedronia, tierra libre de conflictos, penas y penillas.

Al primer bote, cabría recordar a lo Reverte que al poder se llega cagado, meado y llorado. Enfadarse y no respirar no es (o sea, no debería ser) una opción. Tampoco está de más recordar que el flanco en el que están recibiendo las hostias, el de la moralidad de los gestores de lo público, es exactamente el que utilizaron como bandera para despoltronar al anterior y encaramarse al timón. ¿Cómo es que ahora son bagatelas los que anteayer eran motivos de dimisión y/o cese fulminantes?

Claro que lo que menos cuela es hacerse de nuevas y llevarse las manos a la cabeza con las tales cloacas. Si personalizamos, como procede, la rata en jefe del sumidero del que hablamos se llama José Manuel Villarejo Pérez, y realizó buena parte de sus servicios más hediondos por encargo de conmilitones muy significados del actual presidente del Gobierno español. Si, como acabamos de escuchar con tristeza, una fiscal tenida por independiente (hoy ministra) le reía las gracias machistas y comentaba con él en tono jocoso ciertos delitos graves, era por algo.

Y ahora, a por Duque

No todo el mundo ha nacido para la política. Y menos, para formar parte de un gobierno a la numantina, sometido por tierra, mar y aire a un cerco inmisericorde, donde vale igual como munición la mentira que la verdad entera o a medias. Pregúntenle al ministro Pedro Duque, el cuarto negrito del Gabinete Sánchez (o quinto, si contamos al propio presidente) en ser convertido en pimpampum desde la inopinada llegada a Moncloa hace algo más de tres meses.

El trago que pasó ayer el titular de Ciencia, Innovación y Universidades explicando su presunto chanchullete inmobiliario fue del nueve largo. Nada que ver con las comparecencias de chúpame la punta que estamos acostumbrados a ver en la inmensa mayoría de los últimos pillados con el carrito del helado. Allá donde los anteriores enmarronados se engallaban o montaban el numerito del ofendido, Duque solo fue capaz de sudar la gota gorda, temblando como una gelatina, aferrado a un endeble argumentario que repetía como una letanía ante unos miembros de mi oficio que olieron el miedo y se cebaron con la puya.

Confieso que me faltan datos y conocimiento de leyes para discernir el tamaño del renuncio. Intuitivamente, diría que hizo exactamente lo que la mayoría de los mortales que se hubieran encontrado en sus circunstancias. De boquilla, todos somos muy dignos. ¿Debe dimitir por eso? Ateniéndonos al altísimo nivel ético cacareado por Sánchez, seguramente sí. Y aquí es donde surge otra vez la tremenda paradoja, porque en nombre de una limpieza moral que en el bando de los acosadores ni está ni se la espera, los ciudadanos perderíamos un gestor de lo público muy solvente.

¿Se queda Delgado?

De momento, Sánchez aguanta a su ministra de Justicia. Lo escribo con cierta prevención, después de haber tenido que comerme hace tres semanas una columna que empezaba de un modo muy parecido, solo que la que estaba entonces haciendo equilibrios en el alambre era la titular de Sanidad. Ni tres horas después de recibir el apoyo a machamartillo de su reclutador, Carmen Montón se hizo el harakiri porque al cúmulo de renuncios en que había sido cazada, se sumó el vergonzoso descubrimiento de haber copiado de la Wikipedia su trabajo de fin de máster chungo.

Si comparamos situaciones, se diría que la de Dolores Delgado es más peliaguada. Lo que se le atribuye, desde luego, se antoja de una gravedad mayor. Esta vez no es un título obtenido en un Phoskitos ni la evidencia de un fusilamiento intelectual. De entrada, son unas palabras muy gruesas, de esas que no se le perdonarían a nadie de la acera ideológica de enfrente. Un motivo de tarjeta roja de libro, según el catecismo actual, empeorado por el compadreo con el siniestro comisario Villarejo que queda patente en la grabación de marras. Y todo, después de haber mentido contumazmente al asegurar que apenas conocía al fulano o que los contactos con él se habían reducido a imponderables de carácter profesional.

Esos jijí-jajás que hemos escuchado todos, incluso concediendo alguna manipulación por parte del malvado polizonte, no dejan lugar a las dudas. Delgado debe dimitir o ser destituida. Por haber llamado maricón a Marlaska, por las gracietas sobre fiscales y magistrados con menores, por sus amistades peligrosas y por haber faltado reiteradamente a la verdad.

Como en Quebec

Confieso que al principio no reparé en el titular. Al ver la foto de Pedro Sánchez junto al pimpollo Justin Trudeau, mis ojos se posaron en los calcetines tope-fashion del primer ministro canadiense. Y luego, ya sí, me pegué de bruces con un enunciado que me rompió la cintura. El presidente español había dicho que la gestión de la cuestión de Quebec era un buen ejemplo de cómo la empatía podía rebajar tensiones en política. ¡Manda carajo! Lustros dejándonos la garganta clamando que, con sus mil y un matices, ahí había un buen espejo donde mirarse, y ahora resulta que el que se cae del guindo es el inquilino accidental —o incidental, no sé— de Moncloa. Fíjense los encabronamientos innecesarios que nos habríamos ahorrado si en su día, hace ni se sabe cuántos plenilunios, se hubiera aplicado el cuento de aquellos lares.

Y lo más probable es que tanto en el caso catalán como, desde luego, en el nuestro, el resultado habría sido similar. Llegados a la urnas, como también pasó en Escocia, habría habido frenazo y marcha atrás. O no, de acuerdo, eso no lo sabemos… ni me temo que lo sepamos porque las palabras de Sánchez son puros fuegos de artificio, una retahíla soltada al aire a ver qué pasa, para inmediatamente ser desmentida o matizada hasta convertir la declaración en exactamente lo opuesto. Es la receta que nos están sirviendo cada rato los nuevos mandarines, que como te dicen esto, te dicen aquello. Casi sin solución de continuidad y, mucho me temo, sin más intención que la de seguir conservando una jornada más la vara de mando obtenida de carambola. Ciento y pico días, de momento. ¿Y mañana? Ya se verá.

Desaforar, pero menos

Si la Historia se repite, la historieta, ni les cuento. Ahora vuelve a tocar la milonga de la eliminación de los aforamientos. Por un ratito, no se crean, que hasta empiezo a sospechar que esto que escribo se está quedando viejo según tecleo. Les dispenso de leerlo, si andan con prisa o les da pereza. No creo que me vaya a salir nada muy diferente a las otras veces en que los prestidigitadores de la política hispanistaní han querido dárnosla con queso sacando el mismo conejo de la chistera. Con todo, reconozco que me sorprendió que lo hiciera Sánchez. De Rivera, vendedor de humo compulsivo, trilero sin complejos, no me extraña en absoluto que venga a colarnos la filfa. Que el recién llegado a Moncloa tenga que recurrir tan pronto al birlibirloque da a entender que se le están acabando los fuegos artificiales.

Más allá de eso, las propuestas de la camarilla naranja y del presidente inesperado se parecen en su inmensa racanería a la hora de quitar patentes de corso y en su indisimulada intención de blindar aquellas instituciones y magistraturas del Estado por las que justamente debería empezar la reforma. La cosa tendría que ir del rey (o sea, de los dos reyes, el emérito y su vástago) abajo. Si se buscara que se queden a cuerpo gentil ante la Justicia, como estamos el resto de los mortales, todos y cada uno de las miles de personas que actualmente mantienen ese privilegio (algunas, ojo, contra su voluntad), cabría tomarse en serio la propuesta y cada quien quedaría retratado. Pese a mi largo carrerón de vaticinios fallidos, aquí sí me atrevo a apostar que eso no lo verán nuestros ojos. Ojalá me equivoque.

¿Y las 400 bombas?

Oigan, así, entre nosotros, ¿no va siendo hora de abandonar las sobreactuaciones y los rasgados de vestiduras de plexiglás en este psicodrama del quítame allá esta acreditación académica? O de eso, o justamente de lo contrario: situado el nivel donde está, a la altura del tobillo moral, ponemos fuera de la circulación política a todo quisque que no tenga el armario libre de este o aquel cadáver. ¡No me joroben! ¿Me están diciendo en serio que hasta la fecha se chupaban el dedo y ahora les resulta un escándalo intolerable descubrir que los másteres —no solo los de la Rey Juan Carlos, ojo— están sujetos a un mamoneo entre el mercantilismo desorejado y el nepotismo con balcones a la calle? ¿Acaso acaban de descubrir que nueve de cada diez tesis doctorales, aparte de ser truños infumables que aportan una mierda al caudal del conocimiento, son un refrito de refritos o el resultado de varios fusilamientos intelectuales sin piedad ni rubor?

Ni por el forro esperaba que el trabajo de doctorado de una medianía como el actual inquilino de Moncloa fuera la rehostia en bicicleta. Sin necesidad siquiera de leer el resumen —Abstract, creo que lo llaman en la jerga de los miccionadores de colonia—, ya imaginaba que era una amalgama de cortapegas con o sin comillas, exactamente igual que sus tuits o sus discursos. Y jamás se lo tendría en cuenta, como tampoco nadie le montó ningún pollo a Adolfo Suárez porque su única lectura fuera la novela Papillon. Seré raro, pero si hay que buscarle las cosquillas a Pedro Sánchez, prefiero hacerlo, por ejemplo, por haberse comido con patatas su palabra de no vender 400 bombas a Arabia Saudí.