Un abucheo sin más ni menos

Tiene uno que restregarse los ojos y (si tal cosa pudiera hacerse) los oídos. Un abucheo al presidente del Gobierno español en el desfile mi-li-tar de la His-pa-ni-dad se convierte en supernotición del carajo. Que no digo que no dé la cosa para un titular y una pieza de aliño. Pero, oigan, que ayer la prensa de la diestra y la de la siniestra, que con frecuencia son tal para cual, andaba de lo más pilongas por los exabruptos que la carcunda reunida en la Castellana le dirigió al encantado de conocerse inquilino de Moncloa. Para los tirios del ultramonte, el concierto de pitos es la prueba irrebatible de la la falta de respaldo popular del aludido. “No le sirvió de nada ocultarse tras el rey”, se regodeaba un medio de orden. Inmediatamente después añadía que bien merecido se lo tiene por encamarse con separatistas y por trazar un plan para castigar a Madrid, o sea, a Madriz con el desmontaje de ciertos armatostes institucionales..

Tan cómicos y cansinos como los del otro lado de la línea imaginaria que porfiaban como intolerables y “profundamente antidemocráticos” los silbidos y las menciones a la parentela de Sánchez. Siento no haberme quedado con el nombre del parlanchín de la cadena Ser que pontificó que los cuatro descontentos que dieron la nota en la parada de militronchos pertenecían a la misma ganadería que los asaltantes del Congreso de Estados Unidos o que los fascistas que el otro día intentaron tomar la sede de uno de los principales sindicatos de Italia. Todo, como si no fuera en el sueldo de cualquier mandarín que una parte de sus administrados le pusieran a caldo de perejil.

Reclamar lo que es nuestro

Hoy toca foto de familia (no demasiado bien avenida) en Salamanca, que como reza el dicho referido a su universidad, no presta lo que la naturaleza no da. Veremos ahí a Pedro Sánchez-Profidén sonriendo junto a lo que él considera sus vasallos locales. No sé si antes o después de los flashes se habrá producido el presunto acontecimiento nuclear, la conferencia de presidentes, que escribo en minúsculas porque no creo que merezca más un ringorrango que consiste en una sucesión de monólogos celéricos —el tiempo es limitado— abiertos y cerrados por la bendición condescendiente del citado inquilino de Moncloa. Cuentan las crónicas redactadas con abundancia de aspavientos que muchos de los citados están que se suben por las paredes porque en la antevíspera, a cambio de su presencia en el sarao, el lehendakari Iñigo Urkullu obligó a Sánchez a convocar la Comisión Mixta del Concierto. A los lectores de la demarcación autonómica les digo que esa, la de ayer, es la única reunión que importa. De ella salieron decisiones que harán un poco más llevadera la lucha contra la crisis económica de la pandemia. Ojo, que no es ninguna prebenda como claman los tiñosos de costumbre, sino la aplicación de las normas vigentes. Y a quienes lean esto en la comunidad foral les insto a ver la diferencia. Todo lo que consiguió Urkullu le pertenece por derecho a Nafarroa. Se comprende que la militancia de María Chivite le obliga a fichar sin rechistar en la capital castellana cuando su superior jerárquico en el partido firma la convocatoria. Pero lo cortés no quita lo valiente y la presidenta debería reclamar lo que es de sus administrados.

Sánchez ni está ni se le espera

No dejará de sorprenderme la paciencia franciscana y la contención budista de Iñigo Urkullu. Y, claro, su insistencialismo a prueba de bomba, o sea, a prueba de la cachaza desparpajuda de un tipo como Pedro Sánchez al que se la bufa todo. Después de año y medio de ser objeto —junto al resto de autoridades locales— de ninguneos y hasta saboteos sin cuento, el lehendakari le ha remitido al inquilino de Moncloa la carta número ene para contarle, por si no lee los periódicos, que los contagios han vuelto a desbocarse y que la situación empeora por momentos. Por ello, la primera autoridad de la CAV urge al presidente español a desatarle las manos para que pueda luchar contra la pandemia. Ya que no está dispuesto a ayudar, por lo menos, que no entorpezca la tarea de quienes sí pretenden hacer frente al virus. Eso, por desgracia, en un estado que sigue rezumando jacobinismo para lo esencial, pasa por estudiar un nuevo estado de alarma para que los jueces jatorras dejen de tumbar cada iniciativa para tratar de frenar los contagios, los ingresos, las muertes y la ruina. Como poco, Urkullu le pedía a Sánchez que reconsiderase el fin de la obligatoriedad de la mascarilla en exteriores. La respuesta ha sido que verdes las han segado o, si prefieren una expresión con más intención, que por ahí se va a Madrid. Con una suficiencia que roza la chulería y da de lleno en la mentira zafia, primero la portavoz del Gobierno y luego la ministra de Sanidad (dejo al margen al delegado enredador) negaron la necesidad de esas medidas porque la cosa tampoco está tan mal y porque las comunidades ya tienen herramientas suficientes. Y no se les cayó la cara de vergüenza.

La política y el factor humano

Como ya se han hecho todos los análisis políticos sobre el revolcón de Pedro Sánchez a su gobierno, déjenme que me quede con el factor humano. O, en este caso, inhumano. Al presidente no le ha temblado el pulso en fumigar a sus más fieles servidores, las y los que han puesto la cara en incontables ocasiones para recibir los bofetones que iban dirigidos a él. Alguno, como el extitular de Justicia, Juan Carlos Campo, que volverá a su plaza en la Audiencia Nacional, ha comprometido su crédito profesional avalando decisiones jurídicamente muy cuestionables. Qué decir de Iván Redondo, aquel que hace un mes dijo (plagiando, por cierto, a un personaje de El ala oeste de la Casa Blanca) que su cargo implicaba tirarse al barranco con su presidente si era preciso. Pues ahí está, despeñado solo y sin una palabra de reconocimiento de su amo. Lo de Carmen Calvo, Celaá, González Laya, ídem de lienzo: tristísimas historias de estajanovistas sumisos siempre a la orden que han acabado recibiendo la patada de quien seguramente consideraban, además de su jefe, su amigo o, como poco, su compañero de fatigas. Claro que si hay alguien que tiene especiales motivos para sentirse abandonado como un perro, ese es José Luis Ábalos, que en las jornadas previas al cambio había estado aconsejando a Sánchez sin saber que él era uno de los sacrificados. Comprende uno que en el ejercicio del poder haya que prescindir más de una vez de los sentimentalismos. Pero no se me ocurre de qué acero glacial hay que tener forjado el corazón para actuar como lo ha hecho quien seguirá durmiendo en La Moncloa. Que tomen nota los relevos.

Un cambio para seguir igual

Me da que hoy no voy a ser original al citar El gatopardo de Lampedusa y la máxima que lo ha hecho una obra universal: si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie. Es lo que ha hecho Pedro Sánchez con su crisis de gobierno sabatina. El culo importante del gabinete era el suyo, y ese continúa. A los cesantes, que son un porrón, gracias por los servicios prestados y ya veremos qué bicocas encontramos por ahí para la nueva vida como ex. Pierde el tiempo quien pretenda analizar con escuadra y cartabón la maniobra. Son, casi literalmente, las gallinas que entran por las que salen. Permítanme que me ría del rejuvenecimiento —¡cómo si fueran viejos los destituidos!—, del municipalismo o del feminismo que aportan los recién ungidos. No son más que nueva carne para la máquina, fusibles de recambio llamados a la mesa del señor bajo la condición de tener siempre la testuz presta para bajarla ante el amo y el lomo a punto para ser disciplinados en el lugar de quien los ha acarreado al Consejo de ministros. El o la que se mueva no saldrá en la próxima foto, si llega a haberla. Pero lo mejor es que tampoco los que batan récords de sumisión tienen asegurado su lugar entre los elegidos. Miren al pobre Iceta, que iba a ser el arquitecto de la federalidad y la hostia en verso, y habrá de conformarse con la cartera de Cultura y Deporte; los memes que le van a hacer al individuo. Claro que más allá de la subasta de nombres y cargos entre los miembros del partido del jefe, la jugada maestra ha sido no tocar la parte del gabinete que ocupan los socios. Unidas Podemos queda así retratada como casta que se atornilla a la poltrona.