El Marlaskazo

Tiene un puntito golfamente divertido que la derecha extrema que idolatró a Grande-Marlaska en su época de espolvoreador de Justicia a granel se le haya terminado lanzando a la yugular con saña por haberle dado la patada al tal Pérez de los Cobos, fallido exterminador de urnas de plástico en la Catalunya irredenta. Y el regodeo alcanza el grado de justicia poética cuando el desencadenante del pifostio ha sido uno de esos informes de corta-pega-colorea de la Guardia Civil a los que el togado no les hacía ascos cuando instruía sus causas épicas. De rebote, resulta igualmente despiporrante que el progrerío de ocasión descubra de golpe y solo porque le ha tocado a uno de los suyos los usos y costumbres de los beneméritos a la hora de hacer dossieres por encargo judicial. Incluso los que no somos ni medio sospechosos de glorificar a los matones llevamos lustros denunciando esas compilaciones de fantasía que condujeron al trullo a más de uno por el artículo 33.

No pretendo llegar a ninguna conclusión edificante. Sospecho, incluso, que no la hay. Todo este psicodrama al que seguramente le quedan capítulos es sin más y sin menos uno de los clásicos ajustes de cuentas en lo más profundo de las cloacas. Toca, pues, tirar de cinismo y hacer acopio de palomitas para disfrutar del espectáculo desde la grada.

El comisario patán

El jefe de la Policía Nacional en Nafarroa usaba una cuenta de Twitter anónima para poner a caldo de perejil a rojoseparatistas de variado pelaje y para exaltar a macizos de la raza hispana como el teniente coronel Tejero y el cabo furriel Abascal. Tocaría indignarse dos congos por semejante desmán perpetrado, para más inri, por un servidor público, o sea, un fulano al que le pagamos el sueldo. Pero no me sale, se lo juro. Por más que intento encabronarme con la infamia del tal Daniel Rodríguez López, solo consigo que se me descoyunte el bullarengue de la risa.

Que sí, que ya sé que es grave, pero no me digan que no les resulta despiporrante que el sujeto sea tan mastuerzo de usar su nombre real de pila para soltar sus cuescos dialécticos y que haya elegido para bautizar la cuenta el nombre de su pueblo seguido de su fecha de nacimiento. De premio Nobel de la mentecatez. Este es de los que se cree a pies juntillas que para ir de incógnito hay que disfrazarse de lagarterana. Para rematar la faena, cuando los de Eldiario.es le pillan con el carrito del helado, todo lo que se le ocurre balbucear es que, pese a que los ladridos han salido de su teléfono oficial, los autores han sido su mujer y su hermano, joder con los patriotas valientes que dan la cara.

Luego, pretende arreglarlo renunciando cinco minutos antes de que lo echen, el muy héroe. Y quizá aquí sea donde empecemos a ponernos a serios, porque algo me dice —mayormente decenas de experiencias anteriores— que este tirón de orejas ha sido para la galería. Andando el tiempo, no será extraño que el comisario Rodríguez acabe recibiendo una medalla pensionada.