El comisario patán

El jefe de la Policía Nacional en Nafarroa usaba una cuenta de Twitter anónima para poner a caldo de perejil a rojoseparatistas de variado pelaje y para exaltar a macizos de la raza hispana como el teniente coronel Tejero y el cabo furriel Abascal. Tocaría indignarse dos congos por semejante desmán perpetrado, para más inri, por un servidor público, o sea, un fulano al que le pagamos el sueldo. Pero no me sale, se lo juro. Por más que intento encabronarme con la infamia del tal Daniel Rodríguez López, solo consigo que se me descoyunte el bullarengue de la risa.

Que sí, que ya sé que es grave, pero no me digan que no les resulta despiporrante que el sujeto sea tan mastuerzo de usar su nombre real de pila para soltar sus cuescos dialécticos y que haya elegido para bautizar la cuenta el nombre de su pueblo seguido de su fecha de nacimiento. De premio Nobel de la mentecatez. Este es de los que se cree a pies juntillas que para ir de incógnito hay que disfrazarse de lagarterana. Para rematar la faena, cuando los de Eldiario.es le pillan con el carrito del helado, todo lo que se le ocurre balbucear es que, pese a que los ladridos han salido de su teléfono oficial, los autores han sido su mujer y su hermano, joder con los patriotas valientes que dan la cara.

Luego, pretende arreglarlo renunciando cinco minutos antes de que lo echen, el muy héroe. Y quizá aquí sea donde empecemos a ponernos a serios, porque algo me dice —mayormente decenas de experiencias anteriores— que este tirón de orejas ha sido para la galería. Andando el tiempo, no será extraño que el comisario Rodríguez acabe recibiendo una medalla pensionada.

El petimetre Rivera… y más

¡Cáspita, caracoles y recórcholis! Un diario digital de extremo centro se mesa metafóricamente los cabellos porque aquí el arribafirmante osó hace unos días dedicar media docenita de frescas al ser humano con nariz y ojos (Copyright Gomaespuma) que acaudilla ese fascio naranjuno que atiende por Ciudadanos. Imaginen el pasmo de su seguro servidor al ver nada menos que en la portada de la excrecencia mediática el encabezado que les copio y pego: “Brutal ataque del periódico del PNV a Albert Rivera con insultos: ‘chaval petimetre’”. Y para completar el delirio, la gilipuertez se acompañaba de un subtítulo para la antología de la micción sin echar gota. Agárrense: “Uno de los columnistas de referencia de Deia se descuelga con una columna repleta de ataques a Ciudadanos. Un éxito electoral de los naranjas da pánico al nacionalismo vasco”. Tracatrá.

Más allá del ensanchamiento de mi ego en un cuarto de micra ante semejante consideración para este humilde juntaletras, la pieza del redactor anónimo me maravilla especialmente por su inconmensurable ingenuidad. Hace falta vivir en una galaxia muy lejana para creer en serio que las cuatro yoyas dialécticas al individuo en cuestión respondían a algo parecido al pánico. Si el refritador de mi columna tuviera media lectura, sabría que venimos de hacer guardias en garitas bastante mas jodidas que las que podría acarrear un gobierno del por mi motejado como petimetre, a quien aquí y ahora añado la condición de chisgarabís, gaznápiro, sandio, zangolotino, pisaverde, currutaco, chiquilicuatre, mequetrefe, lechuguino, botarate, panoli, bodoque, merluzo, lerdo y mentecato.

¡Fascista! (2)

En la columna anterior me centraba en el episodio concreto del jueves pasado en el Parlamento vasco y en sus protagonistas. Quedó casi sin tocar la palabra fetiche. ¿Habrá alguien que no haya sido calificado como fascista y/o que no haya lanzado a otro esa pedrada verbal? Lo dudo. Es digno de tratado de insultología avanzada lo fácilmente que se nos viene a la boca o al cogote el término de marras. Si profundizáramos lo suficiente, seguramente descubriríamos que lo que queremos expresar tiene muy poco que ver con el significado original. En realidad, al llamar fascista al de enfrente, lo que estamos diciendo en la mayoría de las ocasiones —aceptaré que no siempre— es que esa persona no piensa como nosotros, lo cual jode mucho, aunque cueste reconocerlo. He ahí la paradoja: acabamos siendo la sartén que se pone estupenda con el cazo. O sea, en el fondo, nos delatamos como una migajita fascistas.

Por fortuna, casi nadie de los que a diestra o siniestra son motejados así lo son en realidad. Tendrán sus defectos y habrán hecho o dicho cosas que merezcan crítica, incluso dura, pero estaríamos metidos en un buen fregado si coincidiera el censo de fascistas reales y nominales. Conclusión: rebajemos de vitriolo el lenguaje o, en su defecto, desterremos la pereza a la hora de utilizarlo. En cualquiera de los idiomas que manejamos por aquí, los diccionarios ofrecen una rica variedad de entradas para definir de modo ajustado comportamientos o discursos determinados.

Además del enriquecimiento de léxico y, por añadidura, de la misma política, el beneficio que obtendríamos hablando con propiedad sería restaurar el significado real del vocablo. Con ello, recobraríamos también la conciencia de lo perverso que ha sido, es y será el fascismo. O por mejor decir, los fascismos. Al mentarlos por elevación y a ojo, hemos acabado por quitarles su carga terrible y su capacidad de hacer daño. Un gran error.

¡Fascista!

Empezaré diciendo que si todos los fascistas de la historia hubieran sido como Borja Sémper, seguramente en la lista de vergüenzas de la humanidad no figurarían el exterminio de los judíos ni la segunda guerra mundial, por poner un par de ejemplos de carril. Vamos, que no veo al correoso dirigente popular ni remotamente cerca de las actitudes o las garrulas ideas que provocaron tales ignonimias. De hecho, aparte de sus querencias futbolísticas merengonas, no encuentro en su proceder motivos de reproche que sean muy diferentes de los que le haría a cualquier político de cualquier partido. Como (casi) todos, está sujeto a una disciplina y a un catecismo, y cuando le ponen un micrófono delante, le toca seguir la partitura. Y aunque, de cuando en vez el irundarra gusta de marcarse unos gorgoritos que no vienen en el pentagrama, lo que no hará nunca será entonar una canción que no le haya señalado el director del coro. O sea, que el pasado jueves en el parlamento vasco le correspondía defender lo justo y necesario de la operación judicioso-policial contra Herrira tirando de argumentario. Lo hizo con tanto brío y entrenada convicción —las cámaras, ya saben, ayudan—, que consiguió arrancar en alguien de la bancada a la que se dirigía el epíteto comodín: ¡Fascista!

La cosa podía y opino humildemente que debía haber quedado ahí. Un lance sin más del juego parlamentario. ¡La de exabruptos que se escuchan cuando se está en el uso de la palabra! Contra lo que uno diría que es su carácter, a Sémper, sin embargo, le dio por tomárselo a la tremenda. La intervención del metete Maneiro, que quería chupar plano, terminó de hacer un mundo de lo que no pasaba de anécdota poco edificante. Como remate, varios compañeros del espontáneo que lanzó la invectiva se entregaron a teorizar que no se trataba de un insulto sino de una definición. Y el retrato de nuestra política quedó completado una vez más.