Justicia de ayer… y hoy

Conforme a lo previsto, los iluminados jurídicos de guardia cacarean que la anulación de la sentencia contra Juan María Atutxa, Gorka Knörr y Kontxi Bilbao es la prueba del funcionamiento del Estado de Derecho a pleno pulmón. No faltan los tocaentrepiernas que añaden que la decisión del Supremo no implica la inocencia de los arrastrados por el fango y ahora compensados con una palmadita en la espalda. Y como colofón, algún que otro memo con balcones a la calle tuitea que el perjuicio tampoco fue para tanto y que vaya ganas de exagerar por una inhabilitación de nada. Pena que al fulano en cuestión no le caiga mañana mismo una persecución judicial por tierra, mar y aire de la que tenga que defenderse con sus propios medios y que no pueda quitarse de encima hasta pasados tres lustros.

Todo eso, para más tristeza, rascado entre el ínfimo eco que la noticia ha tenido en lo que Xabier Arzalluz llamaba “allende Pancorbo”. En la hora de lo que debía ser la restitución de su honor, se han secado aquellos ríos de tinta y babas tóxicas que corrieron en el fragor del acoso y derribo de los tres miembros de la Mesa del Parlamento Vasco que hicieron lo que les dictaba su deber y su conciencia. Bien es cierto que a estas alturas no nos sorprende en absoluto la sordina incluso de los medios que pasan por la releche de la progritud. El asunto que se dilucidaba no es un vestigio del pasado remoto. En este preciso instante, la Brunete togada española tiene su artillería desplegada contra otra institución, el Parlament de Catalunya, que defiende su derecho, no ya a legislar, sino simplemente a debatir. La Historia se repite.

Estatus interruptus

Cuando despertó, la ponencia sobre el nuevo estatus todavía estaba allí. Y al paso que va el triciclo, empiezo a sospechar que este comienzo de columna tan escasamente original —está muy visto lo del dinosaurio de Monterroso— seguirá vigente. El penúltimo aplazamiento ha sido hasta noviembre. Que lo están peinando, dice la comisión de expertos, peculiar grupo formado por especialistas que se lo toman en serio, alguien que, según me chivan por el pinganillo, no sabe por dónde le da el aire y un sputnik convocado para el troleo descarado. Todos, ¡ay!, con sigla adosada a la solapa, lo que seguramente es muy democrático pero poco práctico. No me miren así. Se supone que el contenido de la cosa lo deciden los políticos de acuerdo a su representación. La tarea del sanedrín debería ser dar forma jurídica a la cosa, independientemente de la fe partidista que profesen.

¿Y cómo de grave es el enésimo retraso? Ríñanme, pero les diré que entre casi nada y nada. Si lo fuera, al anuncio de la de la demora le habría seguido una bronca de pantalón largo en la calle. Mejor que nos quitemos la venda: salvo un selecto grupo de muy cafeteros, prácticamente nadie está al corriente de que en el Parlamento Vasco se trabaja en la futura arquitectura institucional de la demarcación autonómica. Es verdad que tampoco he preguntado uno a uno a los avecindados en los tres territorios, pero algo me dice que la cuestión ahora mismo no está entre sus preocupaciones más perentorias. Intuyo de igual modo, o sea, a ojo, que habría una amplia mayoría partidaria de profundizar en el autogobierno, pero que no tiene una enorme prisa. Continuará.

Bendita modorra

¡Ay, esos esfuerzos baldíos que conducen a la melancolía! Miren que nos empeñamos los del gremio plumífero en echarle épica con sifón a la cosa, pero ni por esas. ¿A quién pretendíamos engañar con lo del pleno de política general más importante de los últimos años en el Parlamento vasco? Que sí, que vale, que ecuador de la legislatura, elecciones forales, municipales y europeas a la vista, nuevo estatus cociéndose a fuego lento, presupuestos con olor a prórroga que es un primor, y lo que te rondaré, moreno, pero de un tiempo a esta parte, la política del terruño se ha instalado entre la placidez y la calma chicha a la que no estábamos acostumbrados. ¡Y que dure!, hemos de pedir, si de verdad conservamos memoria de aquella crispación que nos atizábamos no hace tanto desyuno, comida, merienda y cena.

De momento, y hasta nueva orden, bendita modorra y bendita previsibilidad del Gobierno, que incluso el lehendakari mentó, entre la retranca y la confesión de parte, en un discurso que contuvo exactamente las sorpresas con las que contábamos: cero. En justa correspondencia, los portavoces de los grupos —y especialmente, los de la oposición— cumplieron hasta la última coma con un guion que, en algún caso, llegó a la autoparodia, cuando no a la antología de la vergüenza ajena. Cómo decirles, cómo contarles, que la cámara, sin necesidad de ser un Templo, no puede parecer tampoco un aula de segundo de BUP.

Y lo demás lo tienen en los titulares, cada cual, incluidos los nuestros, arrimando el ascua a la sardina propia y dopados con hormona del crecimiento, a ver si hay suertecilla y el común de los mortales supera la indecible pereza que le provoca la cuestión.

Pactar (o no) con el PP

De esas cosas que pasan de puntillas por la actualidad porque el foco está puesto en otro sitio. O, bueno, porque hay ciertos asuntos sobre los que es mejor no dar cuartos al pregonero. Hace unos días, EH Bildu y Elkarrekin Podemos sumaron sus votos a los del PP para colocar a Larraitz Ugarte como presidenta de la comisión que investigará en el Parlamento vasco posibles irregularidades en los contratos de los comedores escolares. No mucho después, Elkarrekin Podemos se unió a PSE y PP —esta vez sin conseguir mayoría— para votar en contra de la iniciativa de EH Bildu secundada por el PNV que exige que España respete en su totalidad el nuevo estatuto que se está elaborando en la cámara.

Se puede tomar, al primer bote, como muestra de la rica pluralidad de nuestra política: formaciones que se alían en función de unos objetivos (se supone que) perfectamente legítimos. Todos con todos contra todos. Parlamentarismo maduro funcionando a pleno pulmón. Y sí, como ven, que tire la primera piedra el que esté libre del tremebundo pecado de pactar con el malvado PP del 155, la corrupción hedionda, los mandobles a la libertad de expresión, el chuleo sistemático a los pensionistas o todo lo que no cabe en esta modesta columna.

La moraleja, creo que me pillan, es que en materia de vetos y cordones sanitarios se aplica lo de los principios de Groucho Marx. Vamos, que viene a ser como lo de predicar y dar trigo, lo de la viga y la paja o de la mano derecha y la mano izquierda. Procedería, por tanto, que los campeones de la moralidad bajaran una gota el tono conminatorio y reprobatorio ante ya saben ustedes qué.

‘Plan Urkullu’

Les va la marcha a los papeles volanderos del ultramonte hispanistaní. Hay que tener muy sucia la mente para ver en la propuesta que el PNV ha presentado en la ponencia de autogobierno del Parlamento vasco una hoja de ruta a la catalana. Plan Urkullu lo han bautizado, no les digo más, y hablan de secesiones para pasado mañana. Por fortuna, ya tenemos la mili hecha en estas garitas de la exageración y el exabrupto, así que hasta resulta divertido contemplar el espectáculo de la fachunda anunciando un apocalipsis que solo está en sus calenturientas cabezas. Viven de la bronca, especialmente de la territorial y/o identitaria, y por eso ceban cada gorrinillo que les sale al paso.

Pues aquí van dados los histéricos cavernarios del foro y, con ellos, los restos de serie del PP local que se han amorrado al pilo —no le pega nada el papelón, señor Sémper— de independencias y autodeterminaciones imaginarias. “Ya quisiéramos”, estarán pensando muchos lectores a los que les encantaría romper mañana mismo y por las bravas con España, pero el documento jelzale no va por ahí. Es más, ni siquiera se acerca a tal planteamiento la propuesta de EH Bildu, caracterizada por un posibilismo de la talla XXL, impensable hace solo un par de semanas. ¿Que se habla de capacidad de decisión, de profundización del autogobierno y de blindaje de las herramientas propias? Nos ha jodido mayo, solo faltaría que se renunciara a lo básico.

Es ahí donde les duele a los pescadores de río revuelto. Esperaban una subida al monte y tienen unas propuestas muy razonables con el respaldo de tres cuartas partes del parlamento. Eso da miedo.

Desidia parlamentaria

Cada cual tiene sus rarezas. Lo mismo que hay quien se levanta al alba para corren (practicar running, perdón) bajo la lluvia con un frío que pela o quien ve cada capítulo de Juego de tronos una docena de veces, a mi me da por seguir los debates de Política General en el Parlamento Vasco. Por trabajo, es verdad, puesto que me tocará desmenuzar lo que se ha dicho, pero también —y cada vez, más— por vicio. Por alguna razón que deberá analizar el psicoanalista al que ni voy ni iré, disfruto una hueva escudriñando las evoluciones de nuestras y nuestros representantes públicos en los escaños, el atril o, incluso, los pasillos y la tribuna de invitados, que a veces es donde están los que de verdad mueven el cotarro.

De la sesión del pasado jueves, anoto la endeblez en forma y fondo de alguno de los portavoces, el resabio casi abusón de otros y lo artificioso de quien habla con la esperanza de ser escuchado en Madrid. Curioso (o ya no) que desde según la bancada que se ocupe, se puedan arrojar a la misma persona calificativos radicalmente contrapuestos. Y luego estuvieron, cada uno para una tesina sobre la condición humana, los besos, las carantoñas, los apretones de manos cálidos o de hielo, las miradas severas, cómplices o indiferentes, los gestos de aburrimiento, alguna siesta subrepticia o el rato del recreo reivindicativo o así.

Claro que si he de elegir el resumen y corolario de la sesión —y no soy el primero que lo escribe—, me quedo con la mezcla de desidia y falta de cintura que revela responder a una propuesta nueva con las palabras de réplica que se traían escritas de casa para otro discurso.

Pasar página

La semana pasada se reanudó en el Parlamento vasco la ahora llamada ponencia de Memoria y Convivencia. Por supuesto, salvo algún inasequible al desaliento entre los que me cuento, nadie llevó a portada el asunto. Un breve perdido entre la maraña de otras noticias y vamos que chutamos. Incluso alguien, desconozco exactamente quién, deslizó la especie de que había que juzgar como un dato muy positivo el hecho de que no se convocaran comparecencias individuales ante la prensa. Eso habla, como poco, del miedo que sigue habiendo a dar más cuartos de la cuenta al pregonero. Y lo peor es que me temo que hay motivos para ello.

Pues una pena. Es decir, otra a sumar a las muchísimas acumuladas por este organismo que parece abocado a la melancolía. Y miren que, como ya anoté, la presencia de Elkarrekin Podemos, libre de mochilas y con un discurso ético impecable, invitaba, por una vez, al optimismo. O por lo menos, a reducir la dosis de escepticismo. Pero no hay tutía. El PP ha decidido no estar y la izquierda abertzale ha tomado la determinación de dar por aprobadas las asignaturas pendientes y saltar sin más a puntos muy avanzados del temario.

Lo curioso, que quizá no lo sea tanto, es que todos parecen mostrar una indolencia del nueve largo. Soltamos a modo de letanía o autojustificación que la sociedad ya ha pasado página y lo damos por bueno, como si, incluso siendo así, quedáramos exentos de pagar ciertas deudas, siquiera morales. ¿Aceptaríamos acaso que alguien dijera que la sociedad ya ha pasado página del franquismo y, por lo tanto, no hay ya motivos para investigar sus crímenes? Evidentemente, no.