Apenas el pataleo

Es gracioso a la par que revelador que ahora mismo la posibilidad más real —se diría que la única— de evitar el gobierno de las tres marcas de la derecha en Andalucía sea que ellas mismas no se pongan de acuerdo. Desde luego, en los escarceos iniciales del trapicheo, por ahí apuntan. Resulta despiporrante el fulanismo que gastan PP y Ciudadanos, propugnándose para la presidencia de la cosa, cuando se supone que están inmersos en una santa misión que busca el desalojo de la malvada izquierdona (ejem) corrupta del palacio de San Telmo. Una vez más, los supuestamente nuevos, que son también los más esencialistas y menos acomplejados, demuestran ser los más listos de la tripleta. A ellos les da igual que la locomotora del tren cavernario sea azul o naranja. Apoyarán cualquiera de las opciones.

Y a los otros dos actores del psicodrama, los que han palmado y no suman ni para una barbacoa, no les queda otra que aguardar el desenlace de la parada nupcial de sus rivales comiéndose los nudillos. Por si acaso, las trituradoras de papel y los programas de borrado de discos duros funcionan a pleno pulmón en cada sede, subsede y tugurio gubernamental desde Ayamonte al Cabo de Gata. El único consuelo es darse a un pataleo infantiloide basado en el insulto al mismo pueblo al que en los ratos buenos se le llama soberano, rumboso y molón. Como acompañamiento de todo, las terminales mediáticas de la ortodoxia progresí se engolfan con mil y un reportajes especiales sobre Vox y la madre que le parió al mendrugo de Abascal. Son muy fachas, pero parece que dan audiencia a mogollón. Luego preguntarán quién alimenta al monstruo

“Estatuto sobrepasado”

Lo que es la globalización. Ahora resulta que los votos de las elecciones andaluzas se pescan en la pérfida Vasconia. Y como parece que entre los emergentes ultramontanos de Abascal y los naranjitos entreverados de azul mahón se le está poniendo la cosa muy chunga a la menudencia que encabeza las listas del PP en la Bética y la Penibética, toca echar las pelágicas a todo trapo en el Cantábrico. En esas tenemos al Lepencitín Casado, que mientras su candidato pide el voto a una vaca —les juro que es literal—, se deja la garganta prometiendo expropiar las competencias de Educación, Sanidad y no sé cuantas cosas más. Por supuesto, con el añadido de conjurarse para que jamás de los jamases se transfiera a Euskadi la gestión de la Seguridad Social y, faltaría más, la de prisiones.

Serían solo cansinos regüeldos del chisgarabís venido a más que ahora manda en los gavioteros, si no fuera porque el baranda de la sucursal vascongada ve la apuesta de su jefe y la sube hasta el quinto pino. Tirando de esa parraplería de cuñao con cuatro vinos que cada vez le sale mejor, Alfonso Alonso soltó anteayer —con Iturgaiz el de los dedos largos como testigo de primera fila— que el Estatuto de Gernika no solo está cumplido, sino desbordado. Lo que están leyendo. 37 transferencias sin venir desde 1979 —35, según las cuentas a su favor de la ministra Batet—, y el que cada 25 de octubre, aniversario de la cosa, se viste de domingo para cantar las excelencias del texto presuntamente sagrado se engorila del modo que les acabo de relatar. Luego se extrañará el chistoso Alonso de la irrelevancia imparable de la formación que dirige.

Marchena el digno

Miren por dónde, al magistrado Manuel Marchena le nace la dignidad con una semana de retraso —en simulado y diferido, que diría la políticamente difunta Cospedal— y saca un comunicado renunciando a presidir esa casa de tócame Roque que llaman Consejo General del Poder Judicial. Premio para el que tenga la presencia de ánimo suficiente para reprimir la carcajada seguida del vómito. Hay que gastar una desvergüenza de talla triple XL para arrearse un comunicado jactándose de ser la releche en verso de la ausencia de mácula después de siete días en boca de todo chirichi como el vendedor de su alma al bipartidismo renacido a cambio de un puesto de relumbrón. Viene a preguntarnos el mengano en su tardía descarga de amor propio que por quién le tomamos. Y cabe contestarle a lo George Bernard Shaw: quién y qué es ya ha quedado claro; ahora se está negociando el precio.

Corrijo: se estaba negociando. La renuncia al puesto que se le había otorgado por adelantado ha mandado al carajo todo el cambalache entre PSOE y PP para repartirse las fidelidades y las poltronas del presunto órgano de gobierno de los jueces. Por si faltaran pelendengues a la broma, la formación que rompe es la de Casado, cuando la espoleta que lo revienta todo son unos guasaps del senador pepero (y cosas peores), Ignacio Cosidó, en los que se vanagloria del trapicheo.

La conclusión provisional es que volvemos a la casilla de salida, solo que con unos cuantos jirones más en el descrédito de la Justicia. Y no digamos ya en el de la política, que no ha de pasarse por alto que el fétido episodio venía bendecido por el silencio cómplice de Unidos Podemos.

Réquiem por Cospedal

Réquiem político, me apresuro a precisar el título de la columna, no vayamos a jorobar, que tiene uno el recuerdo fresco de lo que pasó con una tal Rita Barberá, cuya última cena fue un whisky y un pincho de tortilla en la soledad de un hotel. Deseo fervientemente que el destino no le reserve un final tan cruel a quien hasta anteayer tuvo tanto mando en plaza. Bastante triste ha sido su vertiginosa caída en desgracia, de cuya moraleja deberían tomar nota todos los que olvidan que son mortales —metafóricamente, insisto— y que los vientos no soplan eternamente a favor. Cifuentes, Sáenz de Santamaría (¿habrá tenido algo que ver?), Aguirre, el mismo Rajoy… por no mencionar a los que han acabado en el trullo. Piensen en la cantidad de torres altísimas que hemos visto venirse abajo en poco tiempo.

Del hundimiento particular de la ya ex tantas cosas no se sabe si llaman la atención más los cómos o los porqués. Se ha ahogado en diferido en las fétidas cloacas a las que descendió, según me jura alguien que conoce muy bien el PP por dentro, justamente buscando el modo de limpiar su partido. Como una versión manchega de Fausto, no le quedó otra que pactar con el diablo Villarejo. La tremebunda paradoja es que la mierda se quitaba echando más mierda y quedando para los restos como una bomba de relojería andante. El miércoles venció el último plazo. Sonó el tic-tac postrero, y María Dolores de Cospedal entró en el pasado. Artificiera de sí misma, se detonó antes de que la detonaran, no sin evitar la tentación de dejar tres folios de suicidio —político, reitero— en los que negaba todo y lo admitía al mismo tiempo.

Altsasu, una reflexión

Supongo que a estas alturas del psicodrama tenemos claro que Albert Rivera y sus siniestros acompañantes ultramontanos abandonaron Altsasu habiendo conseguido el objetivo que se trazaron cuando convocaron la marcha parda al ya para los restos lugar santo de la carcunda. Oigo entre el consuelo y el autoengaño que no fue para tanto, pues en las previsiones iniciales del figurín figurón y sus prosélitos se contemplaba una zapatiesta del nueve largo.

Allá quien se conforme con la teoría del mal menor y no quiera ver que, para los efectos mediáticos, que son los que cuentan, da lo mismo una señora batalla campal que un puñado de empujones, pancartas y gritos de docena y media de buscadores de gresca que se salieron de la consigna general de no caer en la brutal provocación. Si de una piedrecilla los heraldos madrileños —incluyendo algunos de lo más progre— hicieron una intifada, cómo no aprovechar las imágenes de actitudes objetivamente agresivas para que la profecía riveriana se autocumpliera. Lo que el editorial de Diario de Noticias de Navarra llamó atinadamente “patético akelarre ultra” fue apertura informativa el domingo y siguió alimentando ayer columnas, tertulias y declaraciones politiqueras de alto octanaje.

Y aquí es donde llamo a una mínima reflexión. Lo hago, desde luego, con plena conciencia de lo difícil que es contenerse frente al hostigamiento sin tregua que sufre la localidad desde los hechos de octubre de 2016. Pero precisamente por esa condición de eterno pimpampum, procedía, tal y como se decidió en la asamblea popular de la semana pasada, practicar el no aprecio como mayor de los desprecios.

De Delgado a Cospedal

Era cuestión de tiempo que la cenagosa e interminable fonoteca del madero podrido Villarejo regurgitase una grabación que mostrase en porretas a algún ser humano con ojos del Partido Popular. Le ha tocado —también es verdad que tenía muchos boletos, ¿verdad, Soraya SdeS?— a la hasta anteayer soberbia mandamucho María Dolores de Cospedal. Conforme a la coreografía habitual, un presunto diario digital ha ido suministrando las piadas de la doña y su maromo, el tal Del Hierro, en progresión geométrica. Primero la puntita, luego una dosis cumplidita y después, el tracatrá final. O bueno, semifinal, porque tiene pinta de que quedan más jugosas entregas.

Más allá de la gravedad de lo revelado por las cintas marrones, que apenas es medio diapasón sobre lo que ya imaginábamos, el episodio nos sitúa ante el espejo de la política española. Primero, porque queda tan claro como ya sospechábamos que las cloacas del estado eran frecuentadas indistintamente y con igual desparpajo por tipas y tipos de las dos siglas que han conformado el asfixiante bipartidismo aún sin extinguir del todo. Segundo, y diría que especialmente relevante, porque las reacciones de los partidos de las pilladas en renuncio prueban la asquerosa hipocresía que impulsa sus actuaciones.

Cuando la cazada fue la ministra de Justicia del gobierno de Pedro Sánchez, el PP saltó a la yugular y el PSOE clamaba que era una infamia seguir el juego a chantajistas sin escrúpulos. Ahora los papeles están exactamente invertidos. Desde estas modestas líneas reclamo idéntica vara para ambas Dolores, Delgado y Cospedal. Y por supuesto, lo mismo para el Borbón viejo.

Rato a la sombra

De entre las imágenes de los últimos días, ninguna me ha parecido tan inspiradora como la de Rodrigo Rato Figueroa, plusmarquista sideral de la soberbia, pidiendo perdón urbi et orbi a la entrada de cárcel de Soto del Real. Es verdad que la humildad sobrevenida no colaba ni para festival de teatro escolar y que olía que echaba para atrás a solicitud anticipada de mejora de grado. También es un hecho indiscutible que al fulano le han permitido lo que se le niega a la inmensa mayoría de carne de presidio, es decir, escoger trullo y, dentro de un plazo, día y hora del ingreso. Podemos unir a las certezas la cortedad de la pena y el muy presumible trato privilegiado que se le dispensará al ya probado chorizo asturiano, y aun así, seguirá pareciéndome que hay motivos para el aleluya. Piensen que no hace muchas lunas creíamos sin duda que antes pasaría una caravana de camellos por el ojo de una aguja que este y otros tiburones por el control de acceso a una prisión para quedarse una temporada dentro. Y ya son unos cuantos, casi los suficientes para que empecemos a pensar que a lo mejor deberíamos corregir algunos estereotipos y soflamas sobre la impunidad.

Ya puestos, sería genial que también se aplicaran el cuento los malhechores de cuello blanquísimo que se tenían —con razón, por otro lado— por intocables. El vídeo del otrora todopoderoso vicepresidente español y mandarín máximo del FMI agachando la cerviz y balbuceando una contrición de baratillo debería convertírseles en pesadilla recurrente. Los próximos en abrir los telediarios y alimentar los memes virales de Twitter y Whatsapp podrían ser ellos. Ojalá.