Sobreactúa, que algo queda

Reincido en mi inconsciencia. O, vaya, en mi esquinado escepticismo. Veo a todo a quisque echándose las manos a la cabeza, voceando con uve, coceando con ce, llamando a la movilización, al cordón sanitario, al no pasarán, al sí pasaremos… y soy incapaz de contagiarme del histerismo, si es que todavía es de curso legal esa palabra. Todo es una sobreactuación que provoca otra sobreactuación enfrente que, a su vez, vuelve a la contraparte corregida y aumentada. “El clima previo a la guerra de 1936”, escucho que dicen gentes muy cabales y otras que solo buscan aumentar la crispación y el canguelo.

Pero, insisto: ante todo, mucho calma. De hecho, ni siquiera estamos ante algo realmente nuevo. No me remontaré a la sangrienta Transición, con su ETA, su GAL y el ruido de sables a todo meter. Ni a aquellos días de Lizarra, o a las embestidas contra el tripartit catalán de Maragall, Carod Rovira y Saura. Basta retroceder hasta el gobierno de Zapatero, la mesa de Loiola, la AVT peperizada dando la tabarra por doquier, y el rancio foralismo, entre latrocinio y latrocinio, venga y dale con que Navarra no se vende.

Lo del domingo de la derechota una y trina en la madrileña plaza de Colón no es más que una reedición de todos aquellos excesos. Con el añadido, además, de que si entonces cabía la duda sobre si había algo de sustancia en el fondo, esta vez es directamente una broma. Triste, pero broma, al fin y al cabo, pues la espoleta de la reyerta es una difusa y confusa apelación al diálogo del gobierno español a ver si cuela y las fuerzas soberanistas catalanas le aprueban los presupuestos. Tonto el último en posturear.

El tal Cortés

En la todavía no digerida tragedia del pozo de Totalán ha destacado, por su estomagante omnipresencia, ese peculiar individuo llamado Juan José Cortés. Apuntaran donde apuntaran las mil y una cámaras que transmitieron al segundo cada insignificante detalle del rescate del niño Julen Roselló, él estaba allí. A veces, simplemente se conformaba con chupar plano junto a los padres o los familiares del pequeño, los operarios que colocaban los dispositivos, los expertos que explicaban lo que se hacía, los guardias civiles que pululaban por allí, las autoridades que acudían también a retratarse o el gentío atraído por el drama. En otras ocasiones, sin embargo, conseguía en exclusiva el micrófono y los focos para farfullar sus sonrojantes naderías. También es verdad que ninguna de sus melonadas in situ superó a la que lanzó desde la convención del PP, donde, como militante con derecho a escenario, bramó: “¡Aguanta, Julen, que Juan José Cortés y el Partido Popular están contigo!”.

Como no hay que explicar pero sí señalar porque tendemos a pasarlo por alto para evitar la incomodidad que provoca saberlo, la autoridad de este tipo para actuar así le viene dada por su condición de padre de una niña asesinada por un malnacido que, además, intentó abusar sexualmente de ella. Con ese tremebundo salvoconducto, Cortés ha conseguido, amén de una colocación vía carné, ser convocado a un sinnúmero de foros en calidad de experto al que, por descontado, no se puede rebatir ni poner en solfa. O no se podía. Por fortuna, este caso lo ha desenmascarado. Sería genial que cundiera el ejemplo. No es el único que vive de su sufrimiento.

Alianza Popular, otra vez

Mientras nos entreteníamos con el enésimo intercambio de navajazos en la cúpula del trueno podemil, descuidábamos lo que ocurría al fondo a la derecha. Es decir, en las cada vez más hondas profundidades cavernarias. Menuda bacanal ultramontana, la del recinto ferial de Ifema, allá en la villa y corte, con un Mariano Rajoy, no les digo más, que pareció, como poco, un socialdemócrata civilizado en comparación con la media exhibida por sus todavía conmilitones del Partido Popular. El ratazo que pasaría desde la nube negra en que esté el padre fundador de la cosa, Don Manuel Fraga Iribarne, al verse invocado una y otra vez, como el macho cabrío en los akelarres reglamentarios.

“¡Ni tutelas ni tutías!”, resucitó en el happening pepero la frase del abajofirmante de sentencias de muerte. Primero la soltó ante un ramillete de alcachofas el mingafría y morador de yates de narcos que atiende por Alberto Núñez Feijoó. Luego, ya desde el estrado y con el fondo de un banderón rojigualdo más grande que su ego, la repitió el probado trolero José María Aznar López, con la autoridad de haber sido, 30 años atrás, el destinatario de aquella martingala de Fraga. Como en las sectas y en los clanes mafiosos, se repetía el ritual de traspaso del mando, con la peculiaridad de que el verdadero antecesor, el arriba mentado Eme Punto, quedaba hecho luz de gas. La lectura es bien sencilla: este PP de Pablo Casado es, no ya ese de hace tres décadas que recibió Aznar, sino directamente la rancia y casposa Alianza Popular que inscribieron en el registro de partidos el gallego aullador y otro puñado de recalcitrantes franquistas como él.

Perdiendo el sur

Se consumó la tragicomedia del sur. A las cinco de la tarde (minuto arriba o abajo, no nos pongamos quisquillosos), como en el poema del bardo hecho desaparecer por rojo y maricón, un chisgarabís que se hace llamar Juanma Moreno se convertía en el primer presidente no socialista de Andalucía. ¿No socialista, escribe usted, señor columnero? De acuerdo, esta vez sí acepto la precisión. De un partido distinto al PSOE, quería decir, que no es exactamente lo mismo que lo anterior.

También es cierto que esa evidencia no ha evitado el concierto de plañidos rituales por la pérdida de un cortijo que se antojaba imposible de desahuciar. Por aquello de la batalla del relato, supongo, se cuenta la vaina como si la llegada de la derecha desorejada al poder fuera una especie de maldición bíblica, un accidente o directamente una asonada militar. Y allá quien quiera engañarse, pero no hace falta consultar el VAR para saber que el revolcón fue en las urnas. Ocurrió que unos centenares de miles de seres humanos con nariz y ojos optaron por una de las tres facciones de lo que el cachondo de Aznar sigue llamando el centro-derecha. Eso, al tiempo que otros seres humanos, dotados igualmente de órganos para la visión y el olfato, decidieron quedarse en casa, hasta el gorro de sentirse mangoneados por fuerzas que se proclaman de izquierdas.

Ahora que el mal ya está hecho, de poco sirve cogerla llorona. Esas venidas arriba dialécticas, esas manifestaciones multitudinarias al grito de “¡No pasarán!” pueden resultar de lo más estéticas y seguramente hasta justas y necesarias. Pero si no se acompañan de autocrítica, no sirven de nada.

El pacto de Schrödinger

Por seguir exactamente donde lo dejamos ayer, en el momento de teclear estas líneas no hay la menor noticia de los bravos barones del PP que se habían ciscado en Vox apenas media docena de horas antes de firmar el apaño andaluz con la banda liderada por Abascal. Miento; en realidad, alguno de los presuntos requetediscrepantes sí se ha hecho presente, pero no exactamente para afear a sus compañeros del sur el apareamiento con los nuevos apestados oficiales. Qué gracia, por ejemplo, Borja Sémper, que tras su aplaudidísima filípica pidiendo poner pie en pared frente a los ultramontanos, escribía un tuit rezumante de natillas para felicitar a su conmilitón Moreno Bonilla por haberse granjeado los votos que le darán las llaves del durante 36 años cortijo del PSOE. Por supuesto, el eterno enfant terrible ma non troppo se cuidaba de mencionar el nombre del partido que lo hará posible.

En esa omisión le están acompañado a Sémper prácticamente todos los dirigentes que han abierto la boca, tanto del PP como de Ciudadanos, que aunque se ponga de perfil, es el otro cómplice imprescindible de la componenda. Si han prestado atención a las declaraciones, habrán percibido las tremendas cabriolas dialécticas para hacer creer que Vox no forma parte sustancial del acuerdo o que directamente ni siquiera está. El pacto de Schrödinger, podríamos llamar a la cosa, si no fuera porque los ciudadanos no somos ni la mitad de tontos de lo que nos presuponen muchos políticos. Eso, sin contar con la soberana estupidez que es tratar de hacer pasar por invisible a un partido cuyo principio básico, amén de pillar cacho, es dar el cantazo.

Vox ya ha hervido

Persisto en la inconsciencia de la que les hice partícipes aquí mismo. Por más que lo intento, el ya rubricado apaño de las derechas unas y trinas para arrebatarle al PSOE el momio andaluz no me produce el espanto reglamentario. Tampoco les diré exactamente que me divierte el asunto, pero sí que asisto al fenómeno deglutiendo palomitas metafóricas a dos carrillos. Mejor eso que chuparme el dedo o simularlo, como compruebo que están haciendo con gesto de escándalo pésimamente impostado los guardianes de la pulcritud moral. Hasta el caradura Abascal tiene dicho que nada le viene mejor a su causa que estar desayuno, comida y cena en los picos de los cacareadores mayores del reino. De hecho, si hay algo que me sorprende y hasta me rebela, es tener la certidumbre de que nueve de cada diez sobreactuaciones sobre Vox son actos tan propagandísticos como los del chaval de Amurrio y su tropa. Retroalimentación se llama la vaina.

Por lo demás, quede aquí mi descoyunte más estentóreo ante el rostro de alabastro que le han echado al psicodrama los llamados barones del PP. Qué dignos y cluecos andaban por la mañana lanzando esputos al por mayor contra el partiduelo que antes de ponerse el sol terminó siendo su socio, sostén y palafrenero de lujo para arrebatar a Susana Díaz el sultanato del sur. Es ahora, con el pacto ya convertido en hecho, cuando procedería volver a escuchar al aguerrido Alfonso Alonso diciendo que a Vox le falta un hervor. Qué desahogo, por cierto, salir por esa petenera cuando, como recordaba Iker Merodio en Twitter, se preside un partido que acaba de fichar a la fascista de manual Yolanda Couceiro.