Mal menor o así

Ayer tuve un cariñoso cruce de cargas de profundidad con mi apreciado Jon Iñarritu. Él tuiteó (creo que) con la socarronería aguda que lo caracteriza que no acababa de fiarse de la enésima promesa del gobierno español de ponerse manos a la obra con las transferencias eternamente pendientes. Dejando de lado que yo también tiendo a un escepticismo cimentado en quintales de incumplimientos, le anoté al diputado de EH Bildu que ese gobierno del que dudaba era exactamente el mismo al que hace un mes pelado había sido aupado por la abstención de su formación. Con agilidad gatuna, llegó la respuesta. Iñarritu me apuntaba, palabra arriba o abajo, que la experiencia le empujaba a la desconfianza, que iban a denunciar lo que no se hiciera y, como resumen y corolario, que este gobierno era el mal menor. De inmediato llovieron en tromba retuiteos y likes de su réplica a modo de zasca y chúpate esa, infecto pinchaglobos enemigo del pueblo.

Y vale, sí, que pulpo, animal de compañía, pero también que y sin embargo, se mueve. Quiero decir que, mal menor o bien mayor, Sánchez debe su reválida por los pelos a la abstención de la fuerza liderada por Arnaldo Otegi y, sobre todo, de sus socios de ERC. Bien podían haber hecho como los antiguos convergentes, ahora Junts per Cat, que le atizaron con su no en los morros al tipo que en campaña había prometido traer a su líder esposado desde Waterloo. Pero la coalición soberanista no solo no lo hizo, sino que tuvo guardados sus síes en la recámara por si algún socialista patriota ponía en peligro la investidura. Y todo fue, parafraseando a Otegi hace dos días, gratis et amore. No se olvide.


Ahora, a trabajar

Me van a perdonar que deje las albricias celebratorias para mejor ocasión. Y no es que se me tuerza el morro ante el resultado de esta tragicomedia con visos de thriller bufo que nos han endilgado los teóricos representantes de las varias soberanías populares. Sé perfectamente lo que es tener que apechugar con el mal menor. Pero ocurre, de entrada, que incluso con esa pátina final épica con barniz sentimentaloide, el culebrón se me ha hecho eterno. Innecesariamente eterno, añado. Porque no me digan que no encabrona pensar que podíamos haber llegado al mismo destino por un camino infinitamente más corto. ¿Digo al mismo? Me corrijo: a uno bastante mejor. Este acuerdo era posible en abril con más respaldo parlamentario… y con la mitad de ultracarpetovetónicos montando el cirio en el hemiciclo cada dos por tres.

Por lo demás, no es preciso tener memoria de mastodonte para recordar que solo hace dos meses, el ahora ya investido presidente con todas las de la ley se dedicaba a prometer con los ojos fuera de las órbitas que segaría la hierba bajo los pies de los que ahora han sido sus valedores decisivos. Llámenme descreído, pero los precedentes no invitan precisamente a confiar ni en la palabra ni en la firma de Pedro Sánchez. Otra cosa es que a la fuerza ahorquen y que, insisto, la alternativa cavernaria sea lo suficientemente realizable como para aceptar pulpo como animal de compañía y tirar millas hasta la próxima ciaboga del voluble personaje.

En todo caso, práctico como es el que suscribe, toca dejar de llorar por la leche derramada y fijar la vista en lo que está por venir. Lo difícil de verdad empieza ahora.

¿Por qué tanta prisa?

En esto de la investidura de nunca acabar andamos como en el truculento refrán castellano: ni cenamos ni se muere padre. O si prefieren un paralelismo más suave, como en el chiste del intermitente: ahora sí, ahora no. Basta repasar los titulares del último mes para comprobar la yenka inconsistente que nos han obligado a bailar. Tan pronto estaba todo a punto de caramelo como unos u otros negociadores, generalmente los de Esquerra, enfriaban las expectativas ante el exceso de entusiasmo de la contraparte socialista.

Por no remontarnos mucho más atrás, este lunes parecía que el pescado estaba vendido para que el trámite parlamentario se consumara el día 30. De hecho, la Mesa del Congreso habilitó el fin de semana y se difundió la especie de que todo quisque había despejado sus agendas. Ayer, sin embargo, tocó la de arena, so pretexto de que el escrito de la Abogacía del Estado sobre la inmunidad de Junqueras tras la decisión del TJUE no era la menudencia que nos habían vendido. A la hora de escribir estas líneas, seguimos esperando el texto, lo que hace pensar que la investidura tendrá que esperar a que nos comamos las uvas.

¿Es tan grave? En absoluto. Lo incomprensible es que, jugándose un capital tan valioso, se haya convertido en una suerte de tótem el hecho de que el gobierno deje de estar en funciones antes de fin de año o, rayando lo patético, antes de reyes, como si hubiera un momento en que la carroza fuera a transmutarse en calabaza. Sostengo con Aitor Esteban que lo fundamental es que haya disposición al acuerdo. Y puesto que parece que eso es así, no tiene la menor importancia esperar al 7 de enero.

Otra investidura

Pierde uno la cuenta de las veces que hemos estado en las mismas durante los últimos cuatro años. De nuevo, investidura a las puertas con las matemáticas abiertamente esquivas al candidato propuesto. Cabe como clavo ardiendo al que aferrarse en la presente reedición del psicodrama que en esta ocasión hay un acuerdo previo y se supone que sólido entre los dos partidos que hace seis meses estuvieron jugando al gato y al ratón. Si añadimos que entre la variada y rica miscelánea política que salió de las últimas urnas hay una amplia vocación de respaldar el gobierno del mal menor, el escenario pinta media migaja mejor.

Con todo, esa amalgama sigue sin ser suficiente. Los hechos tozudos vuelven a señalar a los soberanistas catalanes, y particularmente a ERC, como depositarios de la llave que abre el primer portón a Pedro Sánchez. Conoce uno el paño lo suficiente como para tener claro que lo que trasciende de las negociaciones entre los socialistas y los republicanos es puro humo para despistar o, sin más, alpiste que nos entretenga a los plumillas al tiempo que calme a los menos proclives de cada formación. Aun así, se diría que la disposición de ambas partes es grande y, fijándonos específicamente en Esquerra, que sus demandas son, no ya razonables, sino de mínimos. Si sumamos que los penúltimos movimientos desde Waterloo, para variar, no apuntan por dinamitar los endebles puentes, quizá haya motivo para la esperanza. Ojalá que al bocachancla Emiliano García-Page los reyes le dejen media docena de botes de vaselina, no para lo que él insinúa en su hedionda metáfora, sino para que se la tome con árnica y sifón.

Consultas o así

Lo sorprendente es que ninguna de las consultas de las direcciones de los partidos a sus bases se haya saldado con un 225 por ciento de votos favorables. Ahí han andado, rozando el pleno, en el clásico búlgaro de la mayoría apabullante maquillada con un puñado de sufragios en contra. No me digan que no resulta enternecedor que a estas alturas pretendan colarnos esos plebiscitos de fogueo como la releche en verso de la democracia interna, y me llevo una. Cuando los gerifaltes de los aparatos planteen un cara o cruz que puedan perder, hablaremos de coraje, gallardía y disposición a aceptar la voluntad de la militancia. Entretanto, nos quedamos en un caramelito ventajista sin más sentido que procurar a los mandarines una coartada para hacer lo que les pete con la apariencia de respaldo.

En todo caso, si cabe algún reproche, no es a las cúpulas sino a los dóciles rebaños que en los casos que nos ocupan han accedido a pronunciarse sin conocer los detalles de la cuestión por la que se les preguntaba. Eso reza para los afiliados de PSOE y Unidas Podemos, que han debido definirse sobre un par de folios vagos, pero especialmente para los de ERC. A las huestes republicanas les ha tocado responder a una pregunta con triple tirabuzón y, sobre todo, de interpretación final absolutamente abierta. El abrumador resultado favorable da manos libres a la dirección de la formación soberanista para decidir si lo que sea que acepte el PSOE, ya sea mesa con mediador o con el botijo de agua fresca que mentó en su día Aitor Esteban, es condición suficiente para facilitar la investidura de Pedro Sánchez. Muy bien jugado por su parte.

Un dilema soberano

¿Facilitar o no facilitar la investidura de un gobierno con Pedro Sánchez como presidente y Pablo Iglesias como vicepresidente? He ahí el dilema del soberanismo catalán que —dejémonos de bobadas— es quien tiene los votos necesarios, incluso en forma de abstención, para que el pacto de los Picapiedra pase del par de folios con la firma de los susodichos a la realidad. Fíjense que lo que tras el 28 de abril parecía empresa factible ahora se ha puesto muy cuesta arriba. Y no será porque no se advirtió hasta la náusea durante el flirteo impostado del verano de que tras la sentencia del Procés el asunto se tornaría endiablado.

Por si eso no hubiera sido suficiente por sí solo, el Sánchez de la campaña electoral prometiendo trullo para los convocantes de referendos o presumiendo de que a un chasquido de sus dedos la fiscalía traería a Puigdemont engrillado ha elevado el precio del trato. Como poco, cabría exigir que el aspirante a dejar de estar en funciones se retractara de sus bravatas. No parece que vaya a ocurrir y aunque así fuera, tampoco se puede asegurar que serviría de algo cuando llevamos cuatro semanas de bronca sin tregua en las calles.

Ahí es donde Esquerra tiene que tomar aire y andar con pies de plomo. Será muy complicado explicar a los que llevan en el costillar una buena colección de porrazos que se va a permitir un ejecutivo liderado por el que ordenó a los uniformados actuar sin miramientos. Ya hemos visto a Rufián tratado de traidor y abandonando con la testuz gacha una movilización a la que acudió pensando que lo pasearían a hombros. No va a ser nada sencillo escoger entre lo malo y lo peor.