Los GAL y la hipocresía

Mucho ladrido descontrolado en el Congreso de los Diputados, pero cuando salen a subasta las grandes cuestiones de estado (sí, con minúscula; el nuestro no merece más), impera el orden y se dejan notar las sociedades de auxilios mutuos. Qué foto tan triste como nada sorprendente, la de Vox y PP, presuntos malísimos de la temporada actual de esta tragicomedia, ayudando al PSOE a que no saliera adelante una comisión de investigación sobre las conexiones (ejem, ejem) entre Felipe González y los GAL.

Para llorar un río, ver a Margarita Robles, que un día se las tuvo tiesas con el hoy miembro de mil consejos de administración, pidiendo pelillos a la mar porque no hay que reabrir heridas. Incalificable, aunque del todo entendible por la catadura escasamente moral del personaje, que Sánchez se adorne desde su escaño azul en la defensa del legado del señalado como instigador y alimentador de una banda de mercenarios que practicó la guerra sucia. Pero en el conjunto de lo que anoto está el retrato a escala de la nauseabunda hipocresía que ha rodeado a los pistoleros a sueldo de las cloacas del estado. Lo demoledor es que, pese a que se elevó algún mentón fingiendo escándalo, a buena parte de la clase política y de la sociedad española jamás les pareció mal del todo esa siniestra forma de combatir a ETA.

Una comisión sobre los GAL

Algún milenio de estos terminaremos de ponernos de acuerdo sobre la utilidad de las comisiones de investigación parlamentarias. Es curioso que, sin distinción de siglas, los mismos que las piden a todo trapo cuando el marrón salpica al de enfrente las tachen de absolutamente estériles si el meollo de la cuestión les toca cerca. Personalmente, pienso —y creo que no ser el único— que la mejor opción es un buen proceso judicial a calzón quitado que, si es menester, acabe enviando al trullo a los autores de las conductas delictivas correspondientes.

Ocurre que no siempre se da esa circunstancia, así que como sustitutivo siquiera de cara a la galería, no está de más que el asunto se sustancie en sede parlamentaria, con luz, cámaras y taquígrafos que dejen constancia para la posteridad de las fechorías que sea. En el caso de los GAL, que es el asunto que motiva estas líneas, creo que hace tiempo que nos resignamos a que todo el castigo real sean las condenas de chicha y nabo que conocemos. Ni por asomo verán nuestros a ojos al señor Equis entre rejas. Qué menos, entonces, que hacerle pasar por el trago de un par de días con los focos concentrados sobre él y que, aunque por un oído le entre y por otro le salga, le repitamos a coro que sabemos lo que hizo y que no tenemos la intención de olvidarlo jamás.

Si eso es rectificar…

Oh, sí, claro, ¿cómo no? Que Podemos ha rectificado y ahora, ante la petición de crear una comisión de investigación sobre Felipe Equis y los GAL, dice que sí, que bueno, que vale, que venga. O sea, que procedería la misma gallardía por parte del columnero —yo— que puso como chupa de dómine a los morados y más concretamente a su desalmado portavoz por haber expresado en primera instancia su negativa a la tal comisión.

Pues miren, no les diré que he abandonado del todo el hábito de comulgar con ruedas de molino, pero que sí que, por lo menos, escojo las que me meto entre pecho y espalda. Y esta no va a ser ni de lejos una de ellas. Porque, en efecto, puede que sea de sabios rectificar, pero también de cínicos, jetas y ventajistas. El caso que nos ocupa es de libro. Primero, porque el volantazo no se debe a una cuestión ética, sino al más despreciable de los tacticismos al comprobar que los propios votantes y simpatizantes estaban entre perplejos e indignados por la postura de la formación. Segundo, porque el giro de 180 grados no solo no va acompañado de una petición de perdón por las vilezas que había escupido Echenique 24 horas antes, sino por nuevas acusaciones de buscar réditos políticos a los grupos que presentaron la iniciativa. Una vez más, cree el delincuente que todos beben en su fuente.

Echenique tapa los GAL

Llevo años sosteniendo que la indignidad y la falta de escrúpulos de Pablo Echenique están a la altura de la que exhiben los mayores tipejos de la política española, esos cuyos nombres ni siquiera hace falta escribir. El mejor pocero de almas no acabaría jamás de llegar al fondo de la miseria (in)moral del número tres de Podemos. Quede para la antología, aún incompleta, su más reciente fechoría verbal. Asegura el gachó que no hay que darle importancia al documento de la CIA que desvela que Felipe González promovió la creación de los GAL porque —agárrense— “Todo el mundo sabe lo que pasó”.

Lo que han leído es la desparpajuda justificación del portavoz plenipotenciario de la formación morada para negar su apoyo a la creación de una comisión de investigación sobre los hecho o, incluso, a la petición de comparecencia de González en la cámara. Al escuchar semejante vomitona de cinismo, resulta imposible no recordar que hace apenas cuatro años, su señorito y tocayo Pablo Iglesias le espetó a su ahora socio de gobierno, Pedro Sánchez, que Felipe Equis tenía el pasado manchado de cal viva. Y es verdad que está uno acostumbrado a toda clase de desvergonzados cambios de discurso en función del asiento que se ocupe, pero confieso que pocos me han provocado tanta repugnancia como esta vileza de Echenique.

Desclasificando a Felipe

Más claro no lo puede decir el informe de la CIA de 1984 que ahora sabemos que ha sido desclasificado: “[Felipe] González ha acordado la formación de un grupo de mercenarios, controlado por el Ejército, para combatir fuera de la ley a los terroristas”.

Y es radicalmente verdad que no necesitábamos leerlo en un documento secreto de la agencia de inteligencia más poderosa —y con menos escrúpulos— del planeta, pero 36 años después de los hechos, la frase es una patada en la boca del estómago de la democracia española. Certifica, más allá del relato de aquel patético juicio de fogueo, que el presidente de un gobierno salido de unas urnas recurrió a los secuestros y los asesinatos para acabar con ETA. En realidad, para tratar de acabar con la banda, debemos matizar, porque la chapuza sanguinaria solo sirvió para dejar un reguero de dolor. Las acciones se prolongaron durante tres decenios más.

Con todo, lo más revelador del dossier no es que nos cuente algo, insisto, que ya sabíamos. Lo verdaderamente significativo es el manto de silencio indiferente y cómplice que ha seguido a su publicación en el diario La Razón. Muchos de los que gastan palabras grandilocuentes sobre el imperativo de reconocer el daño causado en aras de la reparación callan y otorgan. El GAL siempre quedó fuera de esas exigencias.

Faltaba Vera

¡Miren quién ha tenido que aparecer en uno de los meandros menores de las vísperas del día de la disolución —definitiva, nos dicen, como si ya la palabra no lo indicara— de ETA! Con un ego como el que gasta Rafael Vera y Fernández-Huidobro, le ha faltado tiempo para reservarse su papelín en el festejo. Y ahí que salió de su catacumba y se fue a largar por esa boquita en el programa de Jordi Évole, ante quien cabe descubrirse, no sin dejar de preguntarse qué les dará a los más sinvergüenzas del barrio hispanistaní, que hacen cola para confesarse ante él.

Como hacía tiempo que no me lo echaba a los ojos, mi primera reacción, incluso antes que la náusea, fue tararear mentalmente una de Sabina: vaya ruina de Don Juan. No resultaba fácil reconocer al pimpollo con planta de actor clásico de sus buenos tiempos, aquellos en los que se dedicó al innoble oficio de la política de cloaca a las órdenes de ustedes ya saben quién. Mantiene, eso sí, la arrogancia, la soberbia, la prepotencia y, en definitiva, la absoluta falta de moral de siempre. Con un añadido digno de mención: después de su corto y plácido paso por la trena, se puede permitir un desparpajo aun mayor.

En su cínico y repugnante relato, el GAL no fue ni justo ni injusto, solo necesario. Y hasta los secuestros y asesinatos de personas que nada tenían que ver con el presunto objetivo resultaron de provecho para la causa. Nada de lo que arrepentirse. Lo contrario: solo motivos para elevar el mentón, sacar pecho y vanagloriarse. Al final, nada se parece tanto a un criminal como otro criminal, independiente de en nombre de qué diga que mata cada uno.

PSE-EE, 25 años

25 años de la convergencia (ejem) de PSE y EE, el tiempo acaba embadurnando casi todo de una gruesa capa de melaza. De saque, confieso que me enternece la conmemoración. ¿Desde hace cuánto que nadie repara en ese par de letras que arrastra el partido actualmente liderado por Idoia Mendia? Apuesto a que si salimos alcachofa en mano a preguntar a los viandantes, con suerte, solo alguno de los más viejos del lugar sabría situar la coletilla en su contexto. Es el signo de los tiempos, pero también en este caso, la constatación de que aquel episodio no se cuenta entre los que han quedado en el acervo colectivo.

Yo mismo, que me precio de buena memoria, tengo un recuerdo nebuloso de aquellos días de 1993 en que, cautivas y desarmadas, buena parte de las huestes de lo que fue una formación revolucionaria en muchos sentidos se entregaron con armas y bagajes a un partido instalado en la oficialidad. No se olvide que por entonces el PSOE más hediondo resistía numantinamente en Moncloa los envites del joven Aznar y que el PSE, nave nodriza, sesteaba plácidamente en el bipartito que gobernaba casi todas las instituciones importantes de la demarcación autonómica.

¿Cómo pudo ser que muchas de las personalidades políticas más brillantes y atrevidas —cierto, y también con menos tirón electoral— de las dos décadas anteriores acabaran entrando por su propio pie en la organización que, por decirlo suavemente, no había sido ajena al GAL? Aquí la respuesta es la del bribón Rato: es el mercado, amigo. Euskadiko Ezkerra debía 800 millones de pesetas, un pastón, y el PSE se hizo cargo de la deuda. Lo demás es literatura.