El digno Echenique

Rastreen por ahí, que con un poco de paciencia y otro de suerte, quizá encuentren en una esquinita remota de la actualidad volandera la noticia de la ratificación de la multa a Pablo Echenique por no haber dado de alta en la Seguridad Social a su antiguo asistente personal. Cierto, no lo negaré, son mil eurillos, una minucia en el ránking de las corruptelas. Ni comparación con las millonadas que nos han rapiñado los profesionales del choriceo. Pero reflexionen media gota si esto va solo de cantidades afanadas. A ver si estamos diciendo sin decirlo, o sea, cobarde y vergonzosamente, que no está tan mal robar un poquito si hay quien roba a granel. O si reclamamos, poniéndonos dignos, el derecho de según quién a pasarse por el forro las obligaciones y, en el caso que nos ocupa, para más recochineo, a fumarse un puro con lo que se va proclamando y exigiendo a los demás.

Y ojalá la cosa se quedara ahí, en una disculpa difusa a modo de despeje a córner. Sin si ven el modo en que las pulcras y puras terminales mediáticas progresís han contado la vaina, comprobarán cómo han pretendido deslizar la culpabilidad hacia el empleado. Fue el cuidador del señorito Echenique, vienen a decirnos, quien, como trabajador por cuenta propia, debió haberse hecho cargo de la inscripción y las cotizaciones correspondientes. Qué mala suerte, la del pobre diablo; todo quisque es falso autónomo, salvo justamente él, que de entre todos los contratadores en negro fue a dar con uno con salvoconducto para hacer lo que salga de la sobaquera. Mal por el empleador fulero pillado en renuncio. Peor por quienes justifican su conducta trapacera.

¿Hasta cuándo, Errejón?

En mala hora Iñigo Errejón quedó a dos puntos y medio del líder supremo en la votación interna de la semana pasada. Lo suyo era palmar por goleada, siguiendo el pronóstico general, por mucho que ahora salgan Nostradamus retrospectivos a proclamar que lo veían venir. El severo correctivo previsto habría dejado al número dos de Podemos como el Pepito Grillo de tamaño pin o llavero que Pablo quiere. Siempre que esté claro que el macho alfa es él —a Vistalegre I nos remitimos; la terminología es suya—, Iglesias está dispuesto a permitir una disidencia de bolsillo que le sirva a un tiempo para vender la imagen de la deseable pluralidad y como escupidera. Insisto en pedirles que repasen los presuntos “debates en abierto” para comprobar el reparto de papeles: el de la coleta da, el de las gafas recibe.

Pero de pronto, cuando las propuestas —que en realidad, son los nombres— se someten al escrutinio anónimo de los militantes (o como se llamen), David está a punto de dejar grogui a Goliath. De hecho, a efectos prácticos, lo hace. Casi todos leemos la derrota por la mínima como una victoria. También parece verosímil pensar que muchos de los votos no vienen solo de errejonistas sino de antipablistas. Se revela la toxicidad del kaiser morado y sus adláteres: producen damnificados a un ritmo endiablado.

Ahí es donde cobra sentido lo de la mala hora que anotaba al principio. El jijíjajá se va tornando en purga inminente. Los palmeros de Pablo, empezando por Echenique, se lanzan a Twitter bajo el lema #AsíNoIñigo. El pelo de la dehesa estalinista. ¿Hasta cuándo seguirá bajando la testuz el señalado como traidor?