Madrid, batalla de egos

Caray con Murcia. Una chusca moción de censura —para colmo, pifiada— provoca la convocatoria de elecciones en Madrid y, en segundas nupcias, la salida del gobierno español del vicepresidente Iglesias para hacer frente al mal diestro que encarna Isabel Díaz Ayuso. Los que tenemos por vicio y por oficio comentar la actualidad no damos abasto con tanto material. Sería hasta divertido, si todo esto no ocurriera al cumplirse un año de una pandemia que ha provocado cien mil muertos en el conjunto del Estado. Eso, por no hablar de los estragos económicos y anímicos. Que no es cuestión de venirse arriba en la demagogia facilona, pero quizá no debería escapársenos el contexto. Se diría —yo lo digo— que están primando más los intereses electorales egoístas que la búsqueda de soluciones a las toneladas de problemas del común de los mortales.

En todo caso, ya que está servido el espectáculo, ocupemos nuestra localidad. Más allá de las palabras bonitas de primera hora, quiero ver cómo el PSOE, con 37 escaños, y Más Madrid, con 20, se dejan llevar del ronzal a una candidatura liderada por Podemos, que a día de hoy tiene 7. Y por lo demás, si se consuma el karate a muerte en la Puerta del Sol, me permito señalar que Iglesias y Ayuso son grandes catalizadores de votos a favor, pero ojo, también en contra.

«¡No seas cabezón!»

Podría haber sido una canción de Pimpinela o una de esas rancias Escenas de matrimonio de José Luis Moreno. El vicepresidente segundo del gobierno español y la portavoz del mismo ejecutivo, que además es titular de Hacienda, discuten con profusión de aspavientos en los pasillos del Congreso de los Diputados. En un momento de la agria disputa, los divertidos testigos escuchan claramente como María Jesús Montero espeta a Pablo Iglesias: “¡No seas cabezón!”. Y sí, luego han venido los voluntariosos esfuerzos por quitarle hierro a la gresca: que si pasa en las mejores familias, que donde hay pasión saltan chispas, que la bronca era entre dos personas que se aprecian y se respetan… Pero es un secreto a voces que el gabinete bicolor del Doctor Sánchez es un campo de batalla permanente donde llueven las bofetadas cruzadas, las zancadillas o directamente las deslealtades.

¿Algo por lo que preocuparse? Me consta que hay aprendices de Nostradamus vaticinando que en cuanto queden aprobados los presupuestos, el pasajero del Falcon le dará la patada al residente en Galapagar. Sinceramente, no lo creo. Por muy enemigos íntimos que sean, por ganas que se tengan, PSOE y Podemos disponen de la mejor argamasa para mantener su sociedad a la fuerza por un tiempo largo: la torpe oposición de PP, Vox y Ciudadanos.

Constitución oxidada

No recuerdo un aniversario de la Constitución española más aguachirlado que este último. Y no solo por la pandemia, que nos ha ahorrado el ágape y los corrillos de rigor. Todo ha sido herrumbroso, como los sables que se agitan estos días en cartas, manifiestos y grupos bravucones de guasap. Qué gracia, por cierto, pensar que estos militarotes nostálgicos del bajito de Ferrol se reclamen como los últimos valedores de la llamada Carta Magna. Ya no se acuerdan los decrépitos uniformados lo poco que les gustó el texto en los días en que fue promulgado. Al final, parece que han acabado asumiendo, como la mayoría de los actuales palmeros de la cosa, que de todos sus artículos, los únicos que cuentan son los que proclaman la sagrada unidad de la nación española.

Por lo demás, no deja de resultar digna de alborozo la lista de los ausentes en los fastos. A los malvados que han convertido en tradición no estar en el cumpleaños se unieron esta vez la derecha ultramontana (lean Vox) y esa nadería que atiende por Ciudadanos. El PP del zigzagueante Casado —¡ahora dice que representa a los socialdemócratas!— no tuvo narices de faltar. ¿Y qué me dicen ustedes de los presentes en primer tiempo de saludo? Porque es verdad que el PSOE siempre ha estado, pero el entusiasmo de su socio, Unidas Podemos, mueve a la… ¿risa?

Podemos es la oposición

Es un hecho constatado cien veces que la triderecha PP-Vox-Ciudadanos no le hace ni cosquillas a Pedro Sánchez. Al contrario, cada vez que montan el número en el Congreso juntos o por separado, lo único que consiguen, además de hacer un ridículo sideral y provocar vergüenza ajena por arrobas, es engrandecer al inquilino de Moncloa. Ahí y así me las den todas, pensará el presidente que tiene como objetivo único seguir siendo lo que es a la mañana siguiente.

La torpeza del tridente diestro no es su problema. Su motivo de preocupación viene —¡oh, paradoja!— de su socio en los bancos azules. Ahora mismo la única y verdadera oposición de Sánchez está en su propio gobierno. Y qué oposición, oigan, que no se queda en zancadillas corrientes de las que se esperan en cualquier ejecutivo compartido, sino que llega a las puñaladas por la espalda con charrasca de nueve pulgadas, como acabamos de ver con la autoenmienda de Podemos a los presupuestos en compañía de ERC y Bildu, siempre prestos al enredo. Y ya no solo por su presentación. En el instante en el que escribo, una Secretaria de Estado —Ione Belarra, fiel escudera del vicepresidente Iglesias— sigue sin haber pedido disculpas a la ministra Margarita Robles por haberle llamado “favorita de los poderes que quieren que gobierne Vox”. Esto promete.

Rompedores de piernas

Proclama el fallido defraudador de Hacienda Juan Carlos Monedero que la libertad de prensa no es de los periodistas sino del pueblo. Lo ladra el muy miserable ricachón dizque zurdo después de que mi admirado compañero de fatigas plumíferas Vicente Vallés le haya vuelto a cantar las verdades del barquero al intocable vicepresidente Iglesias Turrión. Al gulag con el indócil tribulete, que osó piar desde su informativo de Antena 3 Televisión lo requeteobvio: que el señorito de Podemos le echa un morro que se lo pisa al culpar a no sé qué cloacas de los mil y un marrones contantes y sonantes en los que está envuelto. Porque sí, habrá mucho facha hijo de mala entraña, pero la actuación del vecino de Galapagar en el culebrón del robo de la tarjeta telefónica de su antigua asesora y más cosas no hay Perry Mason que la limpie.

Miento. En realidad, todo apunta a que los lavajes incluso inguinales de la defensa de Iglesias con el fiscal del caso van a acabar con el tipo marchándose de rositas. Ya quisieran otros señalados como corruptos poder tirar del comodín de la injusta persecución de los oscuros tentáculos del estado para tapar sus mierdas. Pero no. Eso solo les vale a los que, como el individuo en cuestión, disponen de una legión de adoradores dispuestos a partir las piernas de quienes no tragamos.

Echenique tapa los GAL

Llevo años sosteniendo que la indignidad y la falta de escrúpulos de Pablo Echenique están a la altura de la que exhiben los mayores tipejos de la política española, esos cuyos nombres ni siquiera hace falta escribir. El mejor pocero de almas no acabaría jamás de llegar al fondo de la miseria (in)moral del número tres de Podemos. Quede para la antología, aún incompleta, su más reciente fechoría verbal. Asegura el gachó que no hay que darle importancia al documento de la CIA que desvela que Felipe González promovió la creación de los GAL porque —agárrense— “Todo el mundo sabe lo que pasó”.

Lo que han leído es la desparpajuda justificación del portavoz plenipotenciario de la formación morada para negar su apoyo a la creación de una comisión de investigación sobre los hecho o, incluso, a la petición de comparecencia de González en la cámara. Al escuchar semejante vomitona de cinismo, resulta imposible no recordar que hace apenas cuatro años, su señorito y tocayo Pablo Iglesias le espetó a su ahora socio de gobierno, Pedro Sánchez, que Felipe Equis tenía el pasado manchado de cal viva. Y es verdad que está uno acostumbrado a toda clase de desvergonzados cambios de discurso en función del asiento que se ocupe, pero confieso que pocos me han provocado tanta repugnancia como esta vileza de Echenique.

Y al fin, casta

Qué lejos va quedando el 15-M. O sin retroceder tanto, aquellos días de 2014 de la entusiasta fundación de lo que se nos juró que jamás sería una organización vertical con cúpula, aparato y todo el andamiaje de los partidos rancios y en descomposición. ¿Quién necesitaba de vetustas estructuras y de cadenas de mando, cuando el círculo era la forma geométrica más pura y el ágora, el lugar donde cada opinión valía exactamente lo que cualquier otra y las decisiones se tomaban, no ya por mayoría, sino por ósmosis. Cómo olvidar también aquella máxima irrebatible de que cualquier negociación debía transmitirse en streaming urbi et orbi. Y claro, la promesa de no cambiar bajo ninguna circunstancia las humildes moradas de los barrios por chalés en zonas chic donde habitaba… ¡la casta!

Ahí, en esa palabra pronunciada con gesto de desprecio, es donde más duele, ya a modo de descabello, con las tres propuestas definitivas del amado líder a su siempre obediente rebaño. De entrada, nada de limitación de mandatos, que el tiempo pasa muy deprisa. Fuera también la imposibilidad de acumular cargos, porque yo y mis amigos lo valemos. Y como resumen y corolario de la ciaboga impúdica, la eliminación del tope retributivo de tres salarios mínimos, algo que, por otra parte, los mandarines llevaban pasándose por el arco del triunfo desde la primera nómina a cargo del erario.

¿Saben lo más gracioso? Que los que fuimos escupidos cuando dijimos que todo lo anterior era, amén de innecesario, imposible de llevar a la práctica, volveremos a serlo por señalar la brutal incoherencia de quienes han acabado siendo la casta que despreciaban.