Rompedores de piernas

Proclama el fallido defraudador de Hacienda Juan Carlos Monedero que la libertad de prensa no es de los periodistas sino del pueblo. Lo ladra el muy miserable ricachón dizque zurdo después de que mi admirado compañero de fatigas plumíferas Vicente Vallés le haya vuelto a cantar las verdades del barquero al intocable vicepresidente Iglesias Turrión. Al gulag con el indócil tribulete, que osó piar desde su informativo de Antena 3 Televisión lo requeteobvio: que el señorito de Podemos le echa un morro que se lo pisa al culpar a no sé qué cloacas de los mil y un marrones contantes y sonantes en los que está envuelto. Porque sí, habrá mucho facha hijo de mala entraña, pero la actuación del vecino de Galapagar en el culebrón del robo de la tarjeta telefónica de su antigua asesora y más cosas no hay Perry Mason que la limpie.

Miento. En realidad, todo apunta a que los lavajes incluso inguinales de la defensa de Iglesias con el fiscal del caso van a acabar con el tipo marchándose de rositas. Ya quisieran otros señalados como corruptos poder tirar del comodín de la injusta persecución de los oscuros tentáculos del estado para tapar sus mierdas. Pero no. Eso solo les vale a los que, como el individuo en cuestión, disponen de una legión de adoradores dispuestos a partir las piernas de quienes no tragamos.

Tales para cuales

Otra cosa que tienen todos los fascistillas en común es que resultan previsibles hasta la arcada. Como me temía, tras mi último soplamocos a dos bandas, el blog que reproduce esta columna se llenó de comentarios biliosos de fachuzos de una y otra obediencia mononeuronal. Así, los de la una, grande y libre me tildaban de recogenueces infecto, filoterrorista y acomplejado, mientras los de la acera de enfrente me apostrofaban de esbirro de Sabin Etxea, traidor a Euskal Herria y consentidor de los abascálidos.

Coincidían, por demás —ya les digo que no dan para mucho—, en acusarme, hay que joderse a estas alturas del tercer milenio, de equidistante. Cómo explicar a los cenutrios de Tiria o de Troya que no estoy en medio de dos extremos, sino que son ellos los que pacen en el mismo borde de la intransigencia ultramontana. Son exactamente igual de garrulos, lo cual tampoco sería muy peligroso, si no fuera porque propugnan el acogotamiento o la eliminación física de quien les lleve la contraria. En esto último, por cierto, llevan ventaja los brutos del terruño, que tienen amplia bibliografía presentada al respecto. Unas mil tumbas lo certifican.

Y una apostilla final para los autotitulados antifascitas: es un insulto inconmensurable a la memoria de los que sí se dejaron la piel luchando contra el fascismo.

Overbooking de traidores

Un tiro para Ana Gabriel. Carme Forcadell y Oriol Junqueras al paredón. Ojalá una violación en grupo a Inés Arrimadas. El nombre de alcaldes del PSC junto a una horca. Ada Colau en una picota. Jordi Évole en un cartel de Se Busca por equidistante. Y es solo una muestra ínfima de la escalada del odio gañanesco en la últimas semanas. Tremendo en sí, pero mucho más, si añadimos que, con excepciones, desde cada trinchera se disculpa o hasta se festeja a los ejecutores (generalemente, anónimos) de las demasías. No solo eso: con una irresponsabilidad suicida, se azuza a las huestes propias contra los señalados como enemigos del pueblo, enemics del poble o todo al mismo tiempo.

Ahí tienen, por ejemplo, al ventajista Rufián escupiendo en Twitter que Joan Coscubiela es “como el ‘camarada’ que iba hace 40 años con las manos sin callos a las casas de los obreros a decirles que mejor no hacer huelgas”. Manda huevos, por cierto, ver cómo el advenedizo que solo podría tener ampollas en las manos haciendo lo que ustedes imaginan se atreve a lanzar tal andanada a un tipo que, además de defender como abogado a sindicalistas, se comió su cárcel en el franquismo.

Pero ese es el nivel. Se ha instalado el todo vale, y cada tarde se bate el récord de declaración de traidores del día anterior. Los peor parados, como de costumbre, los que tratan de introducir el menor matiz entre los brochazos. Ya verán, sin ir más lejos, los tres o cuatro soplamocos que le caen al autor de estas líneas.

Nadie parece haberse parado a pensar que, sea cual sea el desenlace de este inmenso embrollo, no quedará otra que seguir conviviendo.