Prohibir el amarillo

Es la vieja y certera advertencia del pastor luterano Martin Niemöller que solíamos atribuir erróneamente a Bertolt Brecht: cuando vengan a por nosotros no quedará nadie para defendernos. Cómo explicar que esto no va de soberanismo y unionismo. Ni siquiera de ser o no partidario del Derecho a decidir. Es algo infinitamente más primario. Va, sin más y sin menos, de la libertad básica, incluso del minimísimo moral exigible. Ni en las previsiones más pesimistas sobre la devaluación imparable de la (llamada) democracia española cabía contemplar la prohibición de un color. Cualquiera que lo hubiera planteado habría pasado por exagerado y alarmista.

Sin embargo, acabamos de verlo convertido en triste y ruborizante realidad. A la entrada al estadio donde se disputó la final de Copa de fútbol, la policía se hinchó a requisar a los aficionados del Barça todo tipo de prendas, banderas u objetos de color amarillo bajo el caprichoso pretexto de que esa variedad cromática es una incitación a la violencia. Por descontado, esteladas y pancartas acabaron también en los contenedores de la vergüenza.

El solo hecho de escribirlo, como acabo de hacer, produce una mezcla de náusea e impotencia. Pero casi es peor asistir a la casi absoluta indiferencia con la que no pocos de los más progres del lugar han acogido semejante muestra de totalitarismo bananero por parte de los mandarines hispanistaníes. En el mejor de los casos, un mecachis, así no se hace, y a otra cosa. Por no hablar, claro, de quienes lo han visto perfectamente justificado o directamente lo han aplaudido. Provoca pánico imaginar qué será lo siguiente.

‘Fariña’ fina

Agradezco con entusiasmo a la juez Alejandra Fontana y más todavía al ex cacique pepero de las Rías Baixas, José Alfredo Bea Grondar, en calidad de instigador, que a estas alturas de la liga haya cometido la enorme torpeza de ordenar el secuestro del libro de Nacho Carretero titulado Fariña. Entre mi monumental despiste para ciertas cuestiones y mi agenda —digamos— complicada, jamás hubiera tenido conocimiento de tal obra, de no haber mediado la bronca originada por el absurdo intento de la magistrada de ponerle puertas al campo. Ni siquiera la publicidad de la serie de televisión —bien hecha, pero creo que pierde respecto al libro— me habría empujado a comprar el magnífico trabajo de Carretero, con el que he disfrutado un potosí. Y creo no haber sido el único. Tanto en papel como en formato digital, las ventas se han multiplicado por ene gracias a la decisión judicial.

Efecto Streisand, creo que lo llaman en fino. En castizo, darle tres cuartos al pregonero. Menudo tolo, que dicen en mi querida Galicia, el tal Bea Grondar, que habría pasado desapercibido entre los mil choricetes citados en el texto. Otra cosa es que, pese al paradójico resultado promocional, no debamos perder de vista lo principal, es decir, que estamos ante un intolerable caso de censura. Incluso aunque todo haga indicar que no vaya a tener mucho más recorrido en tribunales, como tal hay que denunciarlo sin rodeos. Al tiempo, el asunto también nos vale para distinguir un verdadero ataque a la libertad de comunicación del intento de pillar cacho propagandístico haciéndose pasar por víctima de la tijera. Algún caso ya se ha dado.

Censuras de diseño

Sigo con una inmensa sonrisa socarrona la bronca literalmente de diseño a cuenta de la retirada de ARCO de algo que los medios nombran como obra de arte, y yo no sé si sí o si no. Quizá sea un raro y un descreído sin cura, pero el verdadero arte del episodio me parece que reside en la capacidad para volvernos a colar el sucedido entre los titulares y la materia de aluvión para que los todólogos nos lancemos a opinar. O bueno, según los casos, a pontificar, que en el rato que ha pasado desde que nos echaron la noticia a modo de alpiste, he visto, escuchado y leído intervenciones dignas de tesis doctoral de veterinaria. Qué decepción se van a llevar cuando comprueben la pobreza de mi aportación, que básicamente consiste en tomarme el asunto a guasa.

¿Que cómo puedo decir algo así cuando de nuevo hemos visto actuar la oprobiosa censura sobre el ímpetu creador a lomos de la sagrada a la par que cada vez más mancillada libertad de expresión? Pues porque son ya demasiados años repitiendo la misma coreografía del escándalo impostado en eventos como el que nos ocupa u otros del pelo. Cuando no es una capucha a lo Abu Ghraib sobre una modelo esquelética, es un pene circuncidado gigante o una Virgen de los Dolores con tacones y bolso. Esta vez son unos retratos pixelados de personajes que se nos presenta (y no negaré que para mi varios lo son) como presos políticos del sistema judicial español. Pasaría como valiente denuncia, si no fuera porque tanto el autor, como la galerista, como el que en primera instancia consintió la instalación y luego mandó retirarla tenían claro que pasaría justo lo que ha pasado.

Jijí-jajá

Los límites del humor son según, sin, so, sobre, tras, y me llevo una. Ni con el kit antinevada de la DGT está uno a salvo de naufragar en ese proceloso mar donde una aparente gracieta puede ser un delito de odio del nueve largo y, a la inversa, lo que se diría una intolerable falta de respeto acaba siendo un chistaco que lo flipas. Lo pistonudo es que la clasificación corre siempre a cargo de los mismos señoritos Rottenmeier y supertacañones del chachipirulismo King Size.

¿Que ponga ejemplos? A ello iba. Empiezo citando las collejas dialécticas que le han caído a una individua, jueza de profesión, que a título personal —porque bajo las togas hay, aunque a veces no lo parezca, seres humanos— se ha dirigido en términos muy duros a la publicación satírica El Mundo Today a cuenta de una chanza en la que los pastores quedaban retratados, jijí-jajá, como practicantes de zoofilia. ¿Se pasaba de frenada la magistrada? Es probable, porque parece que exigía una rectificación y hasta amenazaba con no sé qué acciones legales. Sin embargo, no deja de resultar curioso que prácticamente los mismos que la lincharon en las redes sociales actuando en nombre de la sacrosanta libertad de expresión están montando un pifostio considerable porque una chirigota del carnaval de Cádiz ha hecho un gag en el que se simula, jejé-jojó, la decapitación de Puigdemont.

Como ya anoté en una ocasión anterior, me abstengo de opinar sobre el trato que deberían recibir una y otra mofas. Me limito a rogar que ambas sean medidas con la misma vara. Si vale todo, vale todo. Si no vale todo, no vale todo. Pero no me tomen en serio.

Eternos ofendidos

No cesa la pandemia de escandalizables por esto, lo otro y lo de más allá. Manda narices, a estas alturas del psicodrama, montar el pollo por un cartel de promoción de una película —tragicomedia, me dicen que es— titulada, por si cabía alguna duda sobre su temática, Fe de etarras. Sí, otra del bueno de Borja Cobeaga, que luego dirá que no quiere encasillarse. Es la enésima y seguramente hasta graciosa vuelta de tuerca a lo mismo que nos lleva sirviendo desde los tiempos de ¡Vaya semanita! Por eso llama la atención que todavía quede quien esté dispuesto a manifestar su ofensa, ni siquiera ante la cinta en sí, sino ante el modo en que se anuncia.

Si no conocen el caso, ni gasten un segundo imaginando tremendos escarnios. Toda la bronca es por la consignilla forocochesca “Yo soy españoool, españoool, españoool” tachada con rotulador rojo. Tal memez ha provocado la santa indignación de plexiglás de los restos de serie cavernarios. Que si cómo se puede hacer chanzas con algo tan serio, que si a tiro de piedra del edificio donde cuelga el pancartón se produjo tal o cual asesinato —¿En qué sitio de Donostia no?—, que si es intolerable con ETA aún sin disolverse, o que cómo se nota que han ganado los malos.

De entrada, punto para el creativo de la plataforma Netflix, productora de la película, que ha sabido multiplicar el impacto con el recurso de la provocación de diseño, que ya le funcionó con el “Sé fuerte” de Rajoy para dar bola a la serie Narcos. Por lo demás, me remito a mis mil y una columnas sobre la ley del embudo que rige con la libertad de expresión. El límite siempre es lo que me molesta a mi.

Arrimadas, a callar

Previsible, repugnantemente previsible. Una tipeja se encarama a su muro de Facebook para proclamar sus deseo de que la dirigente de Ciudadanos, Inés Arrimadas, fuera violada en grupo a la salida de una entrevista que le están haciendo en una cadena de televisión. La individua, espécimen de manual del bocabuzón amateur que se gasta en las llamadas redes sociales, no se priva de empezar su vertido de bilis dejando claro que sabe que le “van a llover las críticas” y que lo que va a decir “es machista y todo lo que se quiera”. Para terminar de quedarse a gusto, la mengana remata la deposición subrayando que la agresión grupal es lo que se merece “semejante perra asquerosa”.

Es verdad que cuando Arrimadas denunció públicamente la brutal demasía, hubo un primer momento de aparente indignación y solidaridad más o menos generales. No cabría esperar algo diferente, ¿verdad? Pues, lamentablemente, se equivocan. Fue cuestión de un par de horas que cambiaran las tornas. Por sorprendente que les parezca —ya les digo que yo sabía que ocurriría—, la vejada dialécticamente acabó siendo la mala de la película.

Las y los campeones de la progritud, los mismos que gritan más alto que nadie “Tolerancia Cero” y “No es No”, empezaron a tacharla de irresponsable por no haber callado. Por lo visto, sufrir esos ataques le va en su sueldo como representante política. Servía también como justificación que no fuera la única a la que le ha pasado algo así. Cómo no, salió a colación la santa libertad de expresión, aunque lo insuperable fueron los que dijeron que lo verdaderamente machista era meterse con la autora del mensaje.

¿Qué se puede decir y qué no?

Se pierde uno en el proceloso mar de la libertad de expresión. Y no será porque de un tiempo a esta parte no llevemos acumulados episodios que abundan en el asunto. Pero según el rato que toque, el chusquero de guardia o, sobre todo, la materia en que se hinque el teclado o se vierta la saliva, estamos ante un sanísimo ejercicio de la democracia o frente a la más abyecta e intolerable de las actitudes.

Tenemos así que desorinarse de risa sobre el asesinato de Miguel Ángel Blanco o el secuestro de Ortega Lara sea un comportamiento libre de cualquier reproche, incluso digno de aplauso, mientras que un autobús naranja con pitos y rajas fletado por unos fachas es una incitación al odio del recopón que debe ser prohibida de raíz. O viceversa, vuelvo a repetir, porque la martingala funciona exactamente al revés: los que reclaman el derecho a hacer chistes homófobos, xenófobos o vomitivamente misóginos luego reclaman pelotón de ejecución para unos tipos que sueltan cuatro mendrugadas sobre los españoles en un programa de ETB.

Les confieso que ni siquiera sé cuál es la vara buena. Me limito a rogar que nos quedemos con una que sirva para todo. Si hay barra libre, que lo sea igual para las mofas de las víctimas del terrorismo que para cualquiera otra de las demasías que he citado. Y si lo que procede es impedir que se difundan mensajes gratuitamente dañinos para este o aquel colectivo, digo lo mismo: trato idéntico para la chanza que pueda ofender a lo tirios y para la que vaya a escocer a los troyanos. Basta ya de la ley del embudo de los campeones mundiales de la superioridad moral. No parece tan difícil.