Estábamos avisados

Quizá sea solo impresión mía, pero veo a los cuantopeormejoristas bailando congas a cuenta del brote del hospital de Basurto. Con lo mal que llevaban que cada una de sus profecías apocalípticas sobre las miles de muertes que provocaría la vuelta a la actividad no esencial hayan sido sistemáticamente desmentidas por la realidad, ahora sienten que han pillado en bruto y tienen sabrosa munición para disparar sobre su pimpampum favorito. Cómo evitar la dulzona tentación de culpar al perverso capitalismo y a su mano ejecutora desde Lakua del fallecimiento en un centro dependiente de la Sanidad pública vasca de un hombre con pluripatologías y de veintipico contagios a la hora de escribir estas líneas. Oé, oé, oé, We are the champions, ya decíamos que la sociedad vasca no está para elecciones ni para echarse un rule hasta Laredo.

Y sí, todo muy bien, una chulada para los titulares gritones, si no fuera porque lo que ha ocurrido había sido radiotelegrafiado hasta la ronquera por los que pedíamos de rodillas que no nos merendásemos la cena. No quito un ápice de responsabilidad a las autoridades sanitarias, que para eso las pagamos, pero si somos medio justos en el análisis de lo que ha ocurrido en el pabellón Revilla, concluiremos que ha habido una bajada de guardia de libro. Ojalá que no pase de ahí.

Diario del covid-19 (46)

Amigos, sí, pero la vaca, por lo que vale. Quiero decir que yo tengo responsabilidad individual por arrobas y que la regalo de mil amores por el bien de la causa, aun a riesgo de pasar por gilipollas, primaveras, meapilas o pringadete frente a los apóstoles del “buah, chaval, deja a la peña hacer lo que quiera”. Y estoy casi seguro de hablar también en nombre de las miles de personas que llevan dos meses poniendo de su parte hasta donde ya no hay más que sacar. Por fortuna, la mayoría de lo que Gabilondo llamaba la infantería social estamos a la orden no ya para vencer en la lucha contra el bicho, que ojalá, sino para limitar sus daños devastadores. No creo que se nos pueda pedir mucho más.

Comprendo perfectamente que nuestros dirigentes deben interpelarnos a sus administrados para que aportemos nuestra cuota de civismo solidario. Si yo fuera su asesor de comunicación, les anotaría en negrita esa parte del discurso, por supuesto. Pero acto seguido, les invitaría a ponerse al frente de la manifestación o, más que eso, a pasar de las palabras a los hechos. ¿Más claro todavía? A acabar con las herramientas a su alcance con los comportamientos letales que amenazan con devolvernos a lo más duro del duro invierno. Esa “minoría” es lo suficientemente grande como para arruinar lo conseguido hasta ahora.

Diario del covid-19 (43)

Desde que empezó todo esto, no he dejado de mostrar mi admiración por la enorme responsabilidad con que, según mi opinión, la mayoría de la población estaba cumpliendo con las normas del confinamiento. De hecho, sigo defendiendo que sin ese esfuerzo colectivo con sus sacrificios añadidos —tampoco hablaré de heroísmo— hubiera sido imposible llegar al punto en el que nos encontramos, con la curva en vías de domesticar y cifras notablemente más bajas que hace solo un mes. Sin duda, nos hemos ganado el alivio del encierro, y el otro día, tras mi primera temerosa salida a hacer deporte, me pareció que íbamos a ser capaces de gestionar adecuadamente los primeros sorbitos de libertad.

Siento escribir que he dejado de sostener ese idea. Belcebú me libre de generalizar, así que solo anotaré que creo que una parte no pequeña de mis congéneres da por finiquitada la pesadilla. Lo demuestran paseando en manada, igual adolescentes que cincuentones, pasando un kilo de mascarillas, distancias de seguridad o recomendaciones de puro sentido común cuando el bicho sigue ahí. Se diría que los cincuenta y pico días de arresto domiciliario no han servido para nada, aunque casi más desolador que asistir a estos comportamientos es constatar que se practican con una impunidad absoluta. O se paran o lo pagaremos caro.

Diario del covid-19 (41)

Jamás he destacado por mis dotes proféticas, pero algo me dice que hoy saldrá adelante en el Congreso la cuarta prórroga del estado de alarma. Básicamente, porque en nuestro fuero interno casi todos sabemos que no queda otra. Por más que sea un chantaje infecto, e incluso aunque, como les anoté ayer, destacados constitucionalistas aseguren que en el punto y hora actual basta con la legislación ordinaria, la lógica parece indicar que la extensión es necesaria. Más que nada, por no poner en riesgo lo que hemos ido consiguiendo en estos cincuenta y pico días de apretar los dientes justo ahora que intuimos al mismo tiempo la lejana luz al final del túnel y las posibilidades de volver a la casilla de salida por la irresponsabilidad de una parte de nuestros conciudadanos.

Eso sí, el apoyo deberá implicar la garantía de que no volverá a haber más bofetadas ni más ninguneos gratuitos a quienes desde el minuto cero de esta pesadilla estaban dispuestos a arrimar el hombro sin pedir otra contrapartida que la lealtad recíproca. Se ha puesto demasiadas veces la misma mejilla ante el uso caprichoso y prepotente de una herramienta legal que debe manejarse con extremo cuidado. Sánchez y su susurrador Redondo tendrán que comprometerse de una vez a dejar de ser el escorpión que pica a la rana en medio del río.

Diario del covid-19 (4)

Cada uno de estos días equivale a varios meses. En solo una semana hemos pasado de manifestaciones multitudinarias y estadios de fútbol hasta la bandera a estar bajo la restricción de cualquier movimiento que no sea de fuerza mayor. Nada tengo que objetar a la medida en sí, aunque me cuesta dejar de señalar que la ha tomado un gobierno, el español, con la presencia en carne mortal de un vicepresidente al que se le había impuesto una cuarentena. ¿Cómo demonios se le puede pedir responsabilidad a la población si uno de los dirigentes principales del Estado actúa de tal modo, existiendo posibilidades tecnológicas de haberlo evitado.

Admito que puedo estar fijándome en lo anecdótico frente a, por ejemplo, el tufo a invasión competencial que implica haber echado mano de algo que huele bastante, como se ha señalado, a 155. Ocurre que en esta pesadilla excepcional que estamos enfrentando, lo simbólico tiene un papel casi a la altura de lo ejecutivo. Sencillamente, no es de recibo cantarle las mañanas a la ciudadanía con la importancia decisiva de extremar unas precauciones que te saltas a la torera. Y peor todavía, como ha sido el caso, si cuando te lo afean te pones farruco y alegas que te han hecho un análisis extra, mientras la gente se deja el dedo y la paciencia para que le atiendan una sola vez en los teléfonos habilitados.

Y en cuanto al contenido de la medida, bienvenido sea, insisto. Ahora falta que se haga cumplir de modo efectivo. Es tremendo tener que reconocer que bastantes de nuestros congéneres necesitan que les prohíban las cosas más elementales porque no son capaces de dejar de hacerlas voluntariamente.

Diario del covid-19 (3)

Ya no queda casi nada por cancelar, suspender o aplazar, que de entre todos, es el verbo más esperanzador. Es el clavo ardiendo al que aferrarse o quizá el punto indefinido en el horizonte en que debemos fijar la vista para seguir caminando. No dudo, no quiero hacerlo, que muchos de la infinidad de actos que han caído podrán ser realidad en cuanto escampe. ¿Cuándo recuperaremos esa rutina de la que renegábamos? Seguramente un día. Miren que deploro la grandilocuencia, pero estoy por proclamarles que es una obligación cívica no ceder a la tentación del desaliento. Y si no están para pensar en los congéneres, les diré también que es la forma egoísta de que cada cual consiga salvar su culo.

En el tránsito hacia la luz al final del túnel nos ayudará la firme convicción de que vamos a ser capaces de superar esta situación excepcional. Pero no será suficiente. También deberemos afrontar una torrentera de lo que para otras generaciones serían inconvenientes y para la nuestra (pongamos a los nacidos del 65 en adelante) nos resultan brutales sacrificios. No derrochemos en sufrimiento. Si ahora hacemos un drama de no poder darnos un homenaje en una sidrería o de perder un fin de semana en no sé qué hotel con encanto, qué haremos si nos encontramos con males que prefiero ni escribir, aunque muy probablemente rondan en más de una cabeza. No olviden que no todo el mundo tiene un sueldo asegurado.

Termino con una imagen soñada. ¿Qué tal las y los responsables de todos los partidos políticos que se presentan a las elecciones del 5 de abril anunciando que han tomado por unanimidad una determinación sobre el retraso de los comicios.

Diario del covid-19 (2)

Acabamos de pasar de pantalla. Pandemia, dice la OMS, como el locutor del bingo que canta línea, solo que esta vez nosotros rezamos para que la combinación no sea la nuestra. La cosa es que ahí le andamos en los territorios del sur de Euskal Herria. La dichosa curva empieza a calcar la de Italia de hace una semana, y al margen de las cifras, empezamos a poner nombres y apellidos a los contagiados. Abandonan la condición de números anónimos para convertirse en ese compañero de tal medio, aquella amiga que trabaja en la tercera de Basurto, la suegra del vecino o el camarero del bar de la esquina. Cómo evitar preguntarse en cada caso si habremos estado cerca de sus fluidos recientemente.

Sin ánimo de resultar alarmista, la cuestión es que la estadística va jugando en nuestra contra. Como en el poema de Blas de Otero, el cabrito del bicho vendrá por ti, vendrá por mi, vendrá por todos. La buena noticia, el clavo ardiendo al que agarrarnos, es que todavía en una más que apreciable mayoría de los casos, saldremos vivos, coleando y, ojalá, con alguna que otra lección aprendida. Por ejemplo, que tan señoritos del primer mundo que nos creemos, hay seres microscópicos que de un rato para otro ponen patas arriba nuestra falsa sensación de estar al mando.

Somos, oh, sí, vulnerables como individuos y como colectivo, pero también, si de verdad nos lo proponemos, atesoramos las opciones de salir con bien de este envite. Debemos empezar conjurándonos contra el infantilismo, el cainismo y la naturaleza del escorpión que anida en nuestro seno. No sé ustedes, pero yo quiero que en el futuro se diga que estuvimos a la altura.