Por intentarlo, que no quede

Ojalá sirvan para algo, pero siento escribir que las nuevas medidas planteadas tanto en la demarcación autonómica como en la foral son un ejercicio de voluntarismo. Loable, desde luego. Necesario, por descontado; nadie entendería que las autoridades se quedasen mirando con la boca abierta la multiplicación diaria de contagios y su reflejo en la sanidad pública. Pero en el punto en el que estamos, marcando récords sucesivos no ya de la quinta ola sino de toda la pandemia, no parece que esta o aquella reducción de horario o aforo pueda ser un gran freno. ¿Lo de la obligatoriedad de las mascarillas en entornos urbanos transitados? Menos da una piedra, si es que no viene el juez jatorra con la guadaña. Quizá la petición de toques de queda (en segundas nupcias en Nafarroa y de estreno, si acaba produciéndose, en la CAV) sea lo que, si se concede, resultaría más efectivo. Aun así, vamos tarde y contra la corriente general. Para empezar, el gobierno español decretó hace meses el fin de la pesadilla vírica y, como se está comprobando, no va a mover un dedo. Que se coman el marrón las comunidades, incluso las gobernadas o cogobernadas por el PSOE. Y si les muestran a Sánchez o a Darias las brutales cifras, les dirán, como en las cuatro olas anteriores, que ya estamos llegando al pico y que pronto comenzará el descenso. Por desgracia, esa pachorra la comparten muchos de nuestros conciudadanos, que siguen viviendo como si estuviéramos a dos minutos de la vieja normalidad. No sé ustedes, pero yo conozco a muy pocas personas que hayan cambiado sus planes o que hayan dejado de incurrir en conductas de riesgo. Así nos va

La Justicia es una tom-tom-tómbola

El Gobierno de Nafarroa ha acudido al Superior de Justicia para pedirle (por favor, por favor, por favor) que le permita instaurar el toque de queda en el 80 por ciento de los municipios del territorio. En la demarcación autonómica, salvo sorpresa mayúscula, el Ejecutivo de Iñigo Urkullu ni se plantea solicitar la venia de sus señorías. Atendiendo a la bibliografía presentada hasta la fecha, sería uno de esos esfuerzos inútiles que conducen a la melancolía, o sea, al encabritamiento. Todo indica que el juez que tenía en su perfil de Twitter el himno del negacionismo, el que hacía cuchufletas sobre los epidemiólogos, se fumaría un puro con la solicitud. Dirán que es el Estado de Derecho funcionando a pleno pulmón, pero manda muchas narices que las autoridades votadas por la ciudadanía se vean en la humillación de presentarse ante la Justicia como quien va a una tómbola. No nos cansamos de ver cómo en cada caseta de feria judicial del Estado español los mismos hechos y las mismas situaciones implican resoluciones no ya diferentes sino radicalmente contrapuestas. Podría ser solo una cuestión latosa o una curiosidad, si no fuera porque llueve insistentemente sobre mojado y especialmente, porque esto ocurre en el fragor de la quinta ola, con los contagios multiplicándose exponencialmente y ya la presión hospitalaria notando la acometida. En esta tesitura, provoca una impotencia infinita asistir a la desnudez legal de las administraciones públicas, que sufren el bochorno de tener que rogar a los ciudadanos que no hagan aquello que los de las togas no les dejan prohibirles. No parece que sea la forma más eficaz de enfrentarse a una pandemia.

El domingo, tonto el último

Empezaré apuntando una maldad. Los que han decidido que no son necesarias ni la prórroga del estado de alarma ni una legislación específica a partir del domingo son los mismos que pensaron que era una buena idea presentar una moción de censura en Murcia. En uno y otro caso subyace el principio ludopático que rige sus actuaciones, que es el que mi profesor de cuarto de EGB enunciaba así: si sale con barbas, San Antón; si no, la Purísima Concepción. Lo tremendo es que en el caso que nos ocupa, esta apuesta a cara cruz se puede traducir en decenas de miles de contagios y en una buena cantidad de muertes. Alguna experiencia tenemos en desescaladas a tontas y a locas y en salvaciones del verano, las navidades o la semana santa.

Escribo esto, no lo niego, bajo los efectos del inmenso canguelo que me da pensar en el monumental pifostio que se puede montar pasado mañana, cuando el personal sienta que tiene permiso para hacer de su capa un sayo. Y la cuestión es que será literalmente cierto porque decaerán las medidas troncales para hacer frente a la pandemia. Como poco, el toque de queda y los cierres perimetrales. Todo lo demás deberemos fiárselo a los tribunales de Justicia. Con los precedentes que nos han dejado sus señorías, solo nos queda rezar para que el virus se tome un respiro. Ojalá.

Efecto Semana Santa

Lo sorprendente de verdad es que siga sorprendiéndonos. Aunque ya sé que todo es impostura entreverada de eso que hemos dado en llamar fatiga pandémica. Hace catorce días, cuando ya la curva había emprendido su cuarta subida, teníamos una idea bastante aproximada de cómo iban a estar hoy los contagios y los ingresos. Sabíamos también cómo evitar ese reventón de casos a plazo fijo. O, por lo menos, cómo limitarlo. Y aquí es donde cambio la primera persona del plural por la tercera: muchos de nuestros convecinos no quisieron hacerlo. Era Semana Santa y, en el caso de Gipuzkoa y Bizkaia, con la propina de una final de copa entre los eternos rivales. Había que ser de piedra para no sumarse a la algarabía. Ya saldría el sol por Antequera. Además, teníamos el permiso silencioso de las autoridades sanitarias, que ni habían dicho ni habían dejado de decir. O viceversa, tanto da.

El resultado es, insisto, exactamente el esperado. Se ha consumado el efecto Semana Santa y nos debatimos entre el “Que nos quiten lo bailado” y el fastidio al ver que vuelven los cierres perimetrales y las persianas bajadas de los bares en los municipios en rojo. Eso, mientras los organismos competentes parecen haber tirado la toalla. ¿Qué nuevas medidas pueden adoptarse si no se cumplen ni la cuarta parte de las vigentes?

¿Pandemia? ¿Qué pandemia?

La demarcación autonómica le da una vuelta de tuerca a las restricciones. En la foral ocurrirá lo mismo muy pronto. Exactamente igual que ya hacen y seguirán haciendo nuestros vecinos cercanos y lejanos. Lo que tiene pelendengues es que finjamos asombro y/o fastidio. Sin el menor conocimiento de epidemiología, microbiología, virología o lo que se tercie, resultaba de cajón que tras las fiestas navideñas habría un repunte de contagios, ingresos hospitalarios —¡y enseguida, de muertes!— del carajo de la vela.

Tener la certeza absoluta de que ocurriría no evitó que muy buena parte de nuestros congéneres siguieran haciendo todo lo que sabían que no debían hacer. Terrazas e interiores de tascas a reventar, rebaños de runners espolvoreando aerosoles al por mayor, centros comerciales hasta las cartolas, comidas familiares y chuflas sociales de récord Guiness… con banda sonora de Alaska: ¿A quién le importa lo que yo haga? Y si algún manso cometía la osadía de llamar la atención sobre el despropósito, sobre él o ella caían rayos de indignación por cenizos, chivatos y correveidiles.

¿Y ahora qué? Pues ahora, otra vez nada. A buscar el modo de saltarse las nuevas medidas al mismo tiempo que ponemos a caer de cien pollinos a las autoridades —que su culpa tienen, es verdad— por no habernos atado más en corto.

Vacunas… y mascarillas

Por si no me he expresado bien o no se han entendido mis dos columnas anteriores sobre el inicio de la vacunación, aclaro que no tengo nada en contra. Vamos, ni de lejos. Sostengo que es un logro y que todos debemos ponérnosla con la misma firmeza que defiendo que me sobran la propaganda, las caralladas sentimentaloides, el politiqueo de todo a cien y la desmedida transmisión de expectativas. Diría, de hecho, que esto último es lo que más me preocupa. Si a bastantes de nuestros congéneres les hace falta poco para saltarse las normas de seguridad más elementales, la propagación de la idea de que tenemos al bicho a punto de ser fumigado puede ser letal.

Me gustaría exagerar, pero creo que hay la suficiente bibliografía presentada para temerse lo peor. Demasiadas veces a lo largo de esta pandemia la conjunción de unas autoridades que están a por uvas y la tendencia del personal a pillar siempre lo ancho del embudo han provocado comportamientos nada deseables. Hay un ejemplo de parvulario: las mascarillas. En todas las letanías nos repiten que debemos usarlas, pero se pasa por alto que hay quienes no se la cambian en semanas o fían su protección a un trocito de tela de colores. Y por si faltaba algo, ahora son moda esas transparentes —¡homologadas!— a través de las que se puede beber. Hagan la prueba.

Diario de la segunda ola (5)

A las tres de la madrugada del domingo pasado atrasamos el reloj hasta las dos… del 15 de marzo. Lo escribí como broma macabra, pero empiezo a pensar que no estamos muy lejos de lo que vivimos entonces. No se imaginan la sensación de haber visto ya esta película de terror que tuve ayer cuando tratamos de explicar como mejor pudimos a los oyentes de Onda Vasca lo que se puede hacer y lo que no tras la entrada en vigor de las últimas restricciones. ¿Últimas? Me temo que solo son las que anteceden a las próximas que, a su vez, serán las que precedan a otras, y así, en bucle, hasta que un buen día las autoridades nos anuncien que estamos listos para la vuelta a lo que llamarán Renovísima Normalidad o una parida por el estilo y nos manden otra vez a preparar el caldo (gordo) de cultivo para la tercera ola.

Resignado a ser Bill Murray en Atrapado en el tiempo, no gastaré bilis en acordarme de la puñetera calavera de los hijos de mala entraña que, pasándose las recomendaciones por el forro o con manga ejecutiva excesivamente ancha, nos han devuelto (casi) a la casilla de salida. Me limitaré a hacer acopio de papel higiénico, cervezas y cinismo para asistir, pensando que no tenemos remedio, a la nueva tanda de mensajitos voluntaristas, aplausos y sermones desde los balcones o a lo que toque este viaje.