Diario del covid-19 (3)

Ya no queda casi nada por cancelar, suspender o aplazar, que de entre todos, es el verbo más esperanzador. Es el clavo ardiendo al que aferrarse o quizá el punto indefinido en el horizonte en que debemos fijar la vista para seguir caminando. No dudo, no quiero hacerlo, que muchos de la infinidad de actos que han caído podrán ser realidad en cuanto escampe. ¿Cuándo recuperaremos esa rutina de la que renegábamos? Seguramente un día. Miren que deploro la grandilocuencia, pero estoy por proclamarles que es una obligación cívica no ceder a la tentación del desaliento. Y si no están para pensar en los congéneres, les diré también que es la forma egoísta de que cada cual consiga salvar su culo.

En el tránsito hacia la luz al final del túnel nos ayudará la firme convicción de que vamos a ser capaces de superar esta situación excepcional. Pero no será suficiente. También deberemos afrontar una torrentera de lo que para otras generaciones serían inconvenientes y para la nuestra (pongamos a los nacidos del 65 en adelante) nos resultan brutales sacrificios. No derrochemos en sufrimiento. Si ahora hacemos un drama de no poder darnos un homenaje en una sidrería o de perder un fin de semana en no sé qué hotel con encanto, qué haremos si nos encontramos con males que prefiero ni escribir, aunque muy probablemente rondan en más de una cabeza. No olviden que no todo el mundo tiene un sueldo asegurado.

Termino con una imagen soñada. ¿Qué tal las y los responsables de todos los partidos políticos que se presentan a las elecciones del 5 de abril anunciando que han tomado por unanimidad una determinación sobre el retraso de los comicios.

Ya veremos

Pateo algunas calles de Barcelona el sábado por la mañana, apenas unas horas después del nacimiento de la República Independiente de Catalunya, ustedes y la RAE me perdonen si he escrito alguna mayúscula inicial de más; la falta de costumbre. El tiempo soleado es idéntico al de ayer. De amanecida ha amagado con una gotita más de aliviante fresco, pero pronto se ha restituido la normalidad meteorológica. Anoto en mi libreta de periodista a lo Camba o Chaves Nogales —más quisiera, sí, ya lo digo yo— que eso no ha cambiado respecto al día anterior. Tampoco la moneda. Pago el vermú y la tapa de butifarra en euros, y me devuelven en euros. La clavada, que es de escándalo, es la habitual de los tiempos de la pertenencia a España.

¿Qué más puedo observar? ¡Ah, sí, los quehaceres cotidianos, las caras y las actitudes! Pues menudo chasco, porque la gente sigue haciendo las mismas cosas de cualquier día libre de veroño. Unos desayunan en las terrazas, otros se echan carreritas sudorosas embutidos en prendas multicolores de licra —running le siguen llamando— y hay quien entra en las prohibitivas tiendas de ropa o complementos a pagar un pastizal por algo que no vale ni la mitad de la mitad.

En cuanto a los rostros, ni alegría desbordante ni tristeza incontenible. Como mucho, si fuerzo mi observación para ver lo que yo quiero ver, que es lo que hacen todos los cronistas, intuyo curiosidad. Apurando, una migaja de incertidumbre, que infiero de una pregunta que he captado en cuatro o cinco conversaciones a las que he puesto antena: ¿Y qué pasará ahora? La respuesta no puede ser más obvia y a la vez cabal: ya veremos.