Pánico a Vox

Cuando se anunció la repetición de las elecciones generales, muchos pensamos que lo único bueno de la vuelta a las urnas era el previsible trompazo de Ciudadanos y la bajada de humos de Vox. En lo primero, salvo sorpresa morrocotuda, parece que vamos a andar atinados; ojalá. Lo segundo, sin embargo, tiene toda la pinta de que no va a ser así. Aunque me cuesta creer —quizá es solo que no quiero hacerlo— que los neotrogloditas vayan a acercarse a la sesentena de escaños que les vaticinan algunas encuestas, no me sorprendería que tras el 10-N nos los encontremos como tercera fuerza en el Congreso de los Diputados. Bien es cierto que podemos aferrarnos al recuerdo del 28 de abril, cuando las predicciones fatídicas de hasta 40 asientos se quedaron en 24 reales, que siguen siendo un congo, pero asustan menos.

Ocurra lo que ocurra, merece la pena gastar unas neuronas discurriendo por qué los abascálidos han remontado lo que la intuición y la lógica señalaban. En el primer bote, habrá que mirar a quienes los han vuelto a poner en el centro de los focos porque necesitan un monstruo peludo que acongoje otra vez al personal hastiado y asqueado que barrunta pasar de acercarse al colegio electoral el domingo. Y si somos intelectualmente honrados, por repugnancia y miedo que nos provoquen los ultramontanos, habrá que reconocer que la parte de la campaña que no les regalan los demás la han ejecutado con gran habilidad. Sus mensajes son directos y eficaces. Lo inquietante es que esos lemas a quemarropa no han salido de un grupo de luminarias de la comunicación política. Se han tomado directamente de la calle. Ojo con eso.

¡A las urnas!

Como la mayoría de los mortales, llego a estas elecciones con la lengua fuera y una sensación de hastío infinito. Aunque sea cierto que desde hace unos lustros vivimos en campaña permanente, dos llamadas a las urnas en menos de un mes y para votar (como poco) para cinco cosas distintas se hacen inabarcables. Máxime, cuando la triple cita de hoy se vive como una especie de reválida o segunda vuelta de la del 28 de abril, lo que inevitablemente suponía un riesgo de contaminación de los mensajes y las actitudes.

Y aquí es donde esta columna hace la ciaboga —o un triple tirabuzón— y cambia de tenor. Para variar, me pongo en clave optimista. Creo sinceramente que en este trocito del mapa hemos sido capaces de vadear ese peligro para centrarnos, en general, en las cuestiones que de verdad se juegan en el recuento de esta noche. Aunque el ruido de fondo de costumbre no ha faltado, tanto en la demarcación autonómica (en cada uno de sus territorios) como en la foral, exabrupto arriba o abajo, se ha mantenido el foco del debate donde debía estar.

Habrá que agradecérselo de modo especial a las sufridas y los sufridos candidatos. Después de tratar a unas decenas de aspirantes a lo largo de los últimos quince días, les confieso desde aquí mi admiración. Les juro que no es ironía. Es verdad que en alguna ocasión sus palabras sonaban a recitado machacón o venta de moto. Sin embargo, en la mayoría de los casos, me he encontrado con personas ilusionadas, nerviosas, con ganas de agradar, que parecía que se creían sinceramente lo que decían. Todos coincidían, por cierto, en la importancia de cada voto. Hasta el último cuenta.

Esconder las siglas

Para mi sorpresa, se festeja como novedad y gran hallazgo que algún candidato a alcalde haga campaña prescindiendo de las siglas de su partido, es decir, escondiéndolas. Al ejemplo más célebre y celebrado, Borja Sémper, le pregunté una gotita a mala leche si las iniciales BS eran de Banco de Santander o de Sabadell, y él me hizo una cobra dialéctica. En lugar de contestar, me colocó la falaz teórica de las municipales como elecciones en las que se pondera lo humano y lo cercano por encima de las ideologías.

Efectivamente, es obvio que la impronta personal del candidato o de la candidata es en un buen montón de casos lo que impulsa de forma decisiva el voto de sus vecinos. Hay mil y un regidores que, ejerciendo como versos libres de sus organizaciones y hasta siendo un dolor de muelas, obtienen mejores resultados que los que las siglas de referencia cosechan en otros comicios. Azkuna, Odón Elorza en un tiempo o José Ángel Cuerda son el prototipo de lo que apunto. Nótese que, a diferencia del mentado Sémper, todos cimentaron su crédito extra después de haber ejercido como alcaldes. Por lo demás, ninguno de ellos ocultó a sus posibles votantes que se presentaban bajo unas siglas concretas, cuya ideología troncal, y aún con cierta manga ancha, marcaría a la postre su actuación al frente del consistorio.

Y falta, claro, el detalle fundamental, que apuntaba con tino la tuitera Ángela Mártinez de Albéniz: quien paga la campaña es el partido, no el candidato. Mientras sea así, y aunque se comprenda humana y estratégicamente que se practique, el birlibirloque de las siglas tiene bastante de descortesía y de postureo.

¡Campaña y se acabó!

Al final, tampoco ha sido para tanto. La campaña que se acaba hoy, digo. Estaba el miedo a la contaminación del pifostio español, y la cosa se ha quedado en casi nada. Cierto, no porque no lo hayan intentado los recalcitrantes visitantes de las cuatro franquicias españolas. Para nota, de hecho, el intento a la desesperada de Pedro Sánchez, en fase regresiva a Ken y copiando el tono no se sabe si a Félix Rodríguez de la Fuente o a DJ Pablo, postulándose desde Portugalete como alternativa al que le suda el yameentienden que haya o no terceras elecciones. Y aun así, poco parece que va a rascar entre nosotros, más allá de unos titulares de aluvión y unos blablablás de los todólogos de guardia. Que le aproveche.

Por lo demás, y quizá habla por mi una suerte extraña de síndrome de Estocolmo, no ha faltado entretenimiento a esta quincena de veda abierta para la caza del votante. Las gildas como mejor oferta, el euskera convertido en asustabobos, el desempoderamiento más descaradamente empoderado (o viceversa), los desahucios trucados para el selfi de rigor,  y la letanía falsaria que asegura que lo que importa es la economía. Queda todo eso como tachuelas coloreadas de las que empezaremos a olvidarnos en medio rato.

Venga, va, y también el momentazo del debate, ese silencio torpón que se tornó en Pili, levántate y anda. Pena que no tuviéramos ocasión de asistir a la recíproca porque hay cosas que todavía no se pueden decir. Y como argamasa para dar sentido a todo, esas encuestas que han sonado a peligroso canto de sirenas para la fuerza señalada obstinadamente como vencedora de largo. Cualquiera se fía.

Una campaña más

Pues otra más. Campaña electoral número ene que se echa servidor al coleto. Como cada una de las anteriores, es la más trascendente. Por lo menos, hasta la siguiente o, sin esperar tanto, hasta que el aparato digestivo de momentos presuntamente históricos hace su trabajo, que suele ser muy pronto. Bendita capacidad de adaptación a lo que sea. Cuánta razón tenía el lehendakari Ibarretxe: al día siguiente vuelve a amanecer, y aunque salga nublado, no queda otra que tirar hacia adelante. Camina o revienta, que decía el Lute.

¿Una tirita antes de tener la herida? Qué malos son ustedes. No es más que resabio de quien, como servidor, va para veterano y tras mil y una partidas a cara o cruz ha comprobado que, a la larga, ni la derrota es tan perra ni la victoria tan dulce. A partir de ahí, que ocurra lo que tenga que ocurrir, aunque ojalá se parezca a lo que deseo, que no es muy diferente de lo que seguramente se imaginan. Es lo bueno o lo malo de conocerse, que ya no nos sorprendemos.

Por lo demás, lo único que pido hasta que llegue el momento de contar las papeletas es que quienes nos reclaman que metamos en la urna la que lleva sus siglas se apiaden de nosotros. Sería de agradecer infinitamente que no nos tomaran por imbéciles. No les digo que lo disimulen, que en eso los hay muy duchos, sino que directamente se planteen la posibilidad revolucionaria de vernos como algo más que sujetos para camelar. Ahorren en topicazos, en promesas imposibles de cumplir, en frases de las que habrán de desdecirse, en exabruptos gratuitos y, desde luego, en mentiras de aluvión. Así ganarán incluso los que pierdan.

Sí vale todo

Yo tampoco sé a qué vino el gesto de Pedro Sánchez después de saludar a una mujer negra. No fue, desde luego, estético. A primera vista, sí parece que se limpia la mano que le acaban de estrechar. Sin embargo, salvo que sea a base de echarle toneladas de mala fe, cuesta trabajo interpretarlo como una muestra de racismo. Al margen de la opinión que se tenga del secretario general del PSOE, nada en su trayectoria conocida invita a pensar que derrote por ahí.

Ocurre que a una semana de las elecciones no cabe el beneficio de la duda. No hay rival que se resista a meter el morro en tal merengue relleno de demagogia facilona. Y ahí se fueron a degüello Podemos y el PP, componiendo esa perfecta pinza que tanto les cabrea que les nombren, a retratar a Sánchez poco menos que como miembro del Ku Klux Klan.
La dolida respuesta de las huestes socialistas fue de carril. Se lanzaron a las mismas redes sociales donde se vituperaba a su candidato a rasgarse las vestiduras al grito de “¡No todo vale!”. Seguramente, razón no les faltaba. Otra cosa es lo fácil que resulta imaginar lo que habría ocurrido si el protagonista del vídeo viral hubiera sido, pongamos, Mariano Rajoy. Ahí sobrarían las minucias. El linchamiento habría marcado época y, desde luego, en primera fila de acollejamiento tendríamos a los compañeros del actual saco de las hostias… si no a él mismo.

Moraleja: por desgracia, sí vale todo. En la política actual en general y en el fragor de la contienda electoral en particular. Hace ya mucho tiempo que dejó de haber límites. Es un juego comúnmente aceptado. Y lo peor, con el que nadie quiere terminar.

¡Yupi, campaña!

Respiremos con ansia a pleno pulmón los aires perfumados de libertad y ajonjolí. Qué suerte la nuestra, estar llamados una vez más a participar en la fiesta de la democracia, como únicos dueños de un destino que está por forjar. Es para dar una y mil veces gracias emocionadas a quienes nos han permitido volver a ejercer el sagrado derecho al sufragio. Indecible grandeza, la de estos hombres y estas mujeres que, mirando única y exclusivamente por el bien común, quitándoselo de sus bocas, decidieron devolver al pueblo soberano el poder de decidir. Solo escribirlo pone los pelos como escarpias, humedece los ojos del más bragado y deja trémulos los corazones ante lo que ya ha venido y, sobre todo, lo que ha de venir.

No me digan que no desean con cada poro de su piel asistir de nuevo al profundo, sosegado y enriquecedor intercambio de opiniones entre los seres justos y generosos que, siempre con el mayor de los respetos, van a intentar ganarse nuestro voto. Serán, conforme conocemos, debates plenos de intensidad sobre las cuestiones más candentes, urgentes, convenientes y supercalifragilísticas. Desterradas la demagogia y la impostura, ausentes el chachipirulismo populachero y el navajeo macarril, los y las próceres nos hablarán en lenguaje llano y sin concesiones a la galería. Ni una tentación, por supuesto, de echar la culpa al otro ni de reclamar el monopolio de la verdad verdadera. Sin repetirse como guacamayos, sin tirar de lugares comunes, sin frasezuelas de cinco duros. Con pedagogía exquisita, con altura de miras, con nobleza por arrobas.

La única lastima es, mecachis, que no me lo creo ni yo.