Diario del covid-19 (14)

La realidad se vuelve más compleja de lo que ya era. El otro día me vi —¡Quién me lo iba a decir!— defendiendo al obispo Munilla de sus linchadores de aluvión. Muchos de los mismos denunciantes acelerados del fascismo de balcón hacían presa en su tobillo porque le habían puesto una multa por ir en su vehículo con otra persona en el asiento del copiloto. La pandilla que nos da lecciones sobre el derecho a la intimidad se ciscaba en la ley de protección de datos que debería haber evitado que la sanción fuera de dominio público. Pero como el perjudicado por un filtrador, o sea, por el chivato de turno, según la lengua de uso recuperado, era uno de los cocos oficiales, ahí se joda monseñor.

Eso, como aperitivo, pues la jauría terminó definitivamente cuando se conocieron las circunstancias reales de los hechos. Resulta que el odiado purpurado llevaba a recibir atención odontológica urgente a una inmigrante que padecía una infección en la boca. Ahí debe de haber una moraleja que les dejo extraer a ustedes.

Y por si lo de salir en defensa de Munilla no bastaba, ayer me encontré aplaudiendo las palabras de un tipo con un historial tan poco presentable como Esteban González-Pons. Ocurrió que el eurodiputado del PP soltó desde su escaño de Bruselas cuatro verdades a los supertacañones europeos.

Diario del covid-19 (13)

Una de las pandemias colaterales es la de las certezas irrebatibles. Si ya antes padecíamos a una caterva de tipos angelicales que no albergaban la menor duda sobre nada, se diría que el maldito bicho ha multiplicado el número de ventajistas que siempre se quedan con la parte ancha del embudo. Y lo definitivamente alucinógeno es que son sistemáticamente dueños de la razón incluso cuando defienden justo lo contrario de lo que pontificaron con vehemencia. Hablo, una vez más, de los negacionistas de anteayer, que lucen al mismo tiempo una piel finísima y un rostro de hormigón armado.

Ahí tienen a buena parte de los que no hace ni un mes aseguraban que no había lugar para el alarmismo porque detrás estaba el pérfido sistema capitalista que desde tiempo inmemorial ha utilizado el miedo como instrumento de dominio y control. Ahora que pintan bastos, acusan a las autoridades de pacatas y claman por la paralización total de la economía para salvaguardar la salud. Me apresuro a aclarar que, más por intuición que por hallarme en posesión de datos, sospecho que no está la lejos la toma de medidas más drásticas que las actuales. Los argumentos a favor de hacerlo me resultan interesantes, siempre y cuando no sean esgrimidos por tipos que saben que van a mantener su sueldazo incluso en el peor de los escenarios.

Diario del covid-19 (9)

La curva no es una curva. Pasará tiempo hasta que podamos llamarla así. De momento, sigue siendo casi un muro vertical que avanza imparable de día en día. Las comparaciones son escalofriantes. En el estado español ya se ha se ha superado el mismo número de casos que tenía Italia en el mismo día de la crisis. La cuestión es que no podremos decir que no fue porque no nos lo advirtieron. Y hago precio de amigo con esa primera persona del plural. Me aterra, me descompone, me encabrona enormemente pensar que los que ahora lideran los linchamientos a los memos irresponsables que se saltan de uno en uno el estado de alarma son los que hace dos semanas despreciaban las conminaciones urgentes a tomar medidas desde los lugares donde el virus ya hacía estragos. ¿De qué se quejan, qué denuncian hoy esta patulea de ventajistas?

Estoy de acuerdo. Seguro que esta no es la actitud en un momento como el presente, pero intuyo que tampoco lo es exhibir impúdicamente unos principios cambiantes y de conveniencia. Especialmente, cuando sabemos, y ya no solo de oídas sino por cercanía, que hay personas que se van quedando en el camino. Por no hablar de las heroínas y los héroes que siguen luchando hasta la extenuación y más allá por combatir la cruel pandemia. Qué balsámico sería, por lo menos, pedirles perdón.

Miente, que queda todo

Si no fuera tremendamente trágico, sería gracioso que en un país donde excusitas de a duro farfulladas como letanías pasan por revisiones críticas del pasado se esté negando que el lehendakari pidiera ayer disculpas explícitas por los errores en la gestión del derrumbe del vertedero de Zaldibar. “Siento mucho los errores que hemos podido cometer en este operativo”, dijo Iñigo Urkullu. Añadiría que el documento audiovisual está al alcance de cualquiera que esté por la labor de comprobarlo, pero sé que pincho en hueso. Una vez más, la realidad es una minucia al lado de los juicios prefabricados y lanzados al enmerdadero en la certeza de que casi cualquier especie hará fortuna. Los dispuestos a creer creerán. Cualquier intento por confrontar con hechos contantes y sonantes las trolas caerá en saco roto.

¿Ejemplos? Mil. El penúltimo lo comentaba, creo que ni siquiera sorprendido, un querido compañero de fatigas informativas y opinativas. Ayer corrió la especie de que en el Teleberri se habían obviado las declaraciones de Maddalen Iriarte. Es solo la enésima vuelta de tuerca a la mandanga que sostiene que EITB pasa de puntillas sobre la cuestión, cuando va a todo trapo con información no precisamente cómoda. Y qué decirles de mi propio trabajo. A pocas cosas les habré dedicado tanto tiempo de radio —amén de un par de columnas que hubo quien tomó por fuego amigo— como al derrumbe. Si rescatan las tertulias de Euskadi Hoy en Onda Vasca, escucharán durísimas diatribas de contertulios de varias siglas. Da igual: a cada rato se me reprocha callar yo y silenciar las versiones poco amables. Pues lo lamento. No me rendiré.

Derecho a no huelga

Hay cuestiones de primero de Democracia. Convocar una huelga y/o secundarla es un derecho inalienable. Pero no me vitoreen todavía. También no sumarse al paro es un derecho que nadie puede conculcar. Qué hermoso sería que mañana ningún currela se sintiera coaccionado ni para acudir ni para dejar de acudir al tajo. Ustedes y yo, que ya acumulamos las suficientes caídas de guindos, sabemos que no será así. Habrá capataces a uno y otro lado de la puerta que, utilizando la fuerza psicológica o física, impedirán que cada cual ejerza su voluntad. Eso ya es malo, pero casi peor es la certidumbre de que en uno de los casos —y es fácil adivinar en cuál— no cabrá derecho a crítica.

Viene aquí la segunda lección del catón de la libertad. Lo mismo que cabe hacer decálogos de motivos para cantar la perentoria necesidad del plante general, es perfectamente aceptable expresar las objeciones al respecto. Es obvio que, como el tremebundo fascista ajusticiable que soy, me encuentro entre los practicantes de lo último. O, en plata, que no solo voy a intentar currar mañana, sino que estoy convencido de que este llamamiento a la huelga, que respeto sin matices, no va más allá del brindis al sol y el marcaje de paquete.

Hasta ahí, casi todo en orden. Se conoce uno el paisaje y paisanaje. La única pena, insisto que siempre según mi humilde pero también respetable opinión, es que se haga en nombre de causas expropiadas y practicadas en régimen de monopolio. “Esta huelga no les gusta a los privilegiados”, farfullaba el otro día en Twitter un tipo que se levanta catorce pagas anuales (pluses aparte) de 4.000 euros. Y claro, me convenció.

Se prohíbe criticar

Es gracioso que en uno de sus primeros mensajes, el ya oficialmente elevado a vicepresidente español, Pablo Iglesias, haya pedido con entusiasmo a la ciudadanía que fiscalice su actuación de un modo crítico. Tomen nota del recado, en primer lugar, sus propios fieles y, por extensión, los de su socio principal en el gobierno y los del resto de partidos —incluido el que yo voté en noviembre— que han contribuido a esta etapa novedosa. Lo escribo con las marcas todavía frescas en mi jeta de las bofetadas que me han llovido por una columna en que cometí el atrevimiento de afear los primeros pasos del invento hasta ahora inédito.

Resulta llamativo y me temo que tristemente revelador el hecho de que los campeones mundiales de la evaluación ajena sean incapaces de tolerar la menor apreciación negativa de los actos de los de su cuerda. Y esto no va de cien días, ni de cincuenta ni de quince, sino de comportamientos concretos que, aunque se cometan en el minuto uno, resultan censurables. Basta con pensar —sin hacernos trampas, claro— lo que estaríamos diciendo si la triderecha hubiera montado un gabinete mastodóntico dividiendo ministerios y bautizándolos con nombres a cada cual más extravagante. O las lenguas que nos hubiéramos hecho a la vista de las zancadillas y codazos indisimulados entre los que supuestamente comparten objetivo.

Muy flaco favor nos haremos los que queremos que esto dure si cerramos los ojos ante lo que no hubiéramos aceptado en la acera de enfrente. Por más generosos que pretendamos ser, los comienzos del bipartito que llamamos voluntariosamente “de progreso” han sido manifiestamente mejorables.

La cazadora cazada

Visto lo visto en los últimos años, a la lista de clásicos navideños habrá que sumar las broncas a cuenta de con quién sale o deja de salir la peña en las fotos. Ocurrió el año pasado con el reportaje entre fogones de Mendia y Otegi (como si no estuvieran también Ortuzar y Martínez) e igualmente con el brindis compartido en el ayuntamiento de Bilbao por el ya caído en desgracia concejal del PP Luis Eguiluz y, entre otros, la entonces portavoz de EH Bildu, Aitziber Ibaibarriaga.

Ya tiene guasa que este año le hayan cazado en las mismas a una de las más enfurruñadas con aquella instantánea. La mismísima presidenta del PP en Bizkaia, defenestradora de Eguiluz y otros históricos que se jugaron la vida por el partido cuando ella ni estaba ni se la esperaba, Raquel González, ha sido retratada en idéntico renuncio celebratorio compartido con la batasunidad. En este caso, quien sujeta la copa inductora del pecado es nada menos que Jone Goirizelaia, lo que a ojos de la carcundia caspurienta hispanistaní es como si González hubiera topado su santo cáliz con Satanás en persona.

Pasaron horas y horas de risas de quienes nos tomamos a chunga estos deslices de los campeones de la castidad política y de encendidos cagüentales cavernarios, antes de que la atribulada líder del cada vez más ultramontano PP de Bizkaia compareciera en Twitter para pedir disculpas por el desvío sobre su propio catecismo. Tras despejar a córner con el manido “no fue una foto buscada”, a modo de padrenuestro expiatorio, rezó la letanía de rigor: “No tenemos nada que hablar con Bildu y siempre estaremos con las víctimas del terrorismo”. Aaaaamén.