¿Condenar a ETA? ¡Venga ya!

Oh, qué sorpresa más sorprendente. Ha sido imposible que en el Parlamento vasco salga adelante una declaración unánime de condena a ETA. Venga ya, Vizcaíno, no nos tomes el pelo. Si hace literalmente cuatro días vimos al poli bueno y al poli malo de la izquierda soberanista (de soltera, abertzale), ataviados como pinceles en Aiete diciendo que sentían una hueva el dolor de las víctimas y que, mecachis en la mar, nunca se tenía que haber producido, pobre gentucilla, digo gentecilla. Item más, ese pomposo comunicado de nada entre dos platos aseguraba que en lo sucesivo se comprometían a mitigar el sufrimiento “en la mediada de nuestras posibilidades”. Y para que constara en acta se añadía —chanchanchanchán— que “Siempre nos encontrarán dispuestos a ello”.

Juer, pues la segunda en la frente. La primera, claro, fue la rajada de Eibar, donde el líder máximo enseñó el dedo y nos dijo que montáramos y pedaleáramos. O sea, que “tenemos 200 presos” (primera persona del plural, pero no somos ETA y tal) y ya puede fumar en pipa el secretario general de ELA, que si nos los van sacando de cinco en cinco cada fin de semana, apoyamos los Presupuestos y, si hace falta, la candidatura de Sánchez al Nobel de Veterinaria. Después de eso, lo de ayer no es ni noticia. Ni décimo aniversario ni gaitas en vinagre. No se condena y no se condena, punto pelota. Y el que lo ponga en solfa es un enemigo de la paz y un constructor de trincheras cuando los santos y puros están levantando los puentes, ejem, que dinamitaron dejando debajo casi mil vidas y un inmenso reguero de dolor. ¡Toma diez años de paz, Moreno!

Ahora, los hechos

Bueno, pues hoy es el día. El aniversario redondo. Casi podemos decir que hasta aquí llegó la riada. Es verdad que en las jornadas sucesivas aún nos llegarán los restos de serie. Este artículo a rebufo. Aquel reportaje que no encontró espacio. No sé qué declaración al humo de las velas. Y la matraca de oficio, esa que no para diga lo que diga el calendario. Pero lo que es la pirotecnia conmemorativa, a la que ni servidor ni los medios en los que publico somos ajenos, está agotando los penúltimos cohetes. El resumen, si quieren que lo escriba mal y pronto, es que, salvando alguna honrosa excepción, ha sido un peñazo del nueve largo. Incluidas, insisto, mis aportaciones, tan previsibles como casi todas las demás.

Lo sorprendente, de hecho lo único verdaderamente sorprendente, es que se sigan comprando vaquillas mil veces toreadas como si fueran de estreno. Luego haremos proclamas del copón sobre la desmemoria. Ahí nos las dan todas. O se las dan a los pardillos dispuestos a festejar en bucle la misma nadería. Manda pelotas que lleves con las matemáticas de segundo de primaria pendientes y pretendas que te saquen a hombros por haber sacado un tres en el examen a tus casi setenta años. Manda todavía más pelotas, es verdad, que haya fulanos que por ingenuidad o necesidad, efectivamente, te saquen a hombros. Y poco más, que hasta el próximo aniversario me remito al final de mi parrapla de ayer. Ya no estamos para medir pasitos. No sobran, desde luego, las palabras, aunque lleguen tarde. Pero es el momento de demostrar con hechos contantes y sonantes que se ha renunciado a seguir haciendo sufrir a las víctimas.

Condenar o no condenar

Les confesaré un secreto: a mí tampoco me gustan el verbo condenar ni el sustantivo condena como sinónimos de rechazar o rechazo. Aunque me consta que la tercera acepción de la RAE lo asimila a reprobar, el vocablo siempre me ha sonado excesivo y, si me pongo tiquismiquis, incluso un tanto vacuo y artificioso. Supongo que eso ha sido a fuerza de escucharlo durante decenios en labios de personas que parecían estar compitiendo por aparentar la mayor indignación en lugar de limitarse a lamentar y censurar sinceramente unos hechos. Los formulismos manoseados acaban perdiendo su sentido o, un paso más allá, convirtiéndose en caricaturas. Eso pasó, por ejemplo, con la letanía «mi/nuestra más enérgica repulsa», a la que puso banda sonora La Polla Récords.

Por todo esto, propongo que dejemos de enguarrarnos en las batallitas de los comunicados conjuntos. Más allá de la utilización de este o aquel término, busquemos la miga del asunto. Y si se trata, como en el caso reciente de la agresión de una descerebrada fanática a un joven del PP, la cuestión es tan simple como la expresión contundente y sin matices ni tics justificatorios de la denuncia de tal hecho. Es muy adecuado decir, como hizo Arnaldo Otegi, que es «reprobable, rechazable e inaceptable» y que «va en la dirección contraria a la construcción de la convivencia democrática». A partir de ahí, puesto que no nos hemos caído de un guindo, cabría pasar de las palabras a los hechos. ¿Cómo? Imponiendo la autoridad y el influjo que se tiene sobre los agresores y, sobre todo, no promoviendo actos contra la mentada convivencia democrática. Ya nos entendemos.

Otra agresión porque sí

La violencia gratuita sigue campando a sus anchas. El último botón de muestra, que puede ser el penúltimo a estas horas, lo hemos tenido en la localidad vizcaína de Amorebieta. En la madrugada del pasado domingo una piara de energúmenos veinteañeros la emprendió a golpes con un chaval de su edad que acabó en el hospital en estado muy grave. Fue una agresión salvaje porque sí. Tan injusta, condenable y penalmente perseguible como cuando hay otras motivaciones que encuentran mejor acomodo en los titulares y en los tuits de denuncia al por mayor. El odio puede adoptar miles de caras, a ver si nos entra en la cabeza ante la tentación de hacer clasificaciones sobre los linchamientos. Que dé un paso al frente el politiscatro de tres al cuarto que sostenga que se criminaliza a los criminales solo porque son jóvenes. Bonita forma de retratarse siempre al lado de los matones. Nada sorprendente, por otro lado.

Y luego está la matraca de la educación, que también mentaron en sus rasgados de vestiduras algunos representantes políticos. No, estimado Eneko Andueza (entre otros), con los desalmados agresores de Amorebieta ya no hay educación que valga. De hecho, la que hubo, la que recibieron, no ha servido para absolutamente nada. Desde luego, no ha evitado que patearan a un semejante hasta dejarlo entre la vida y la muerte. Va siendo hora de que aprendamos, a la vista de la reiteración tozuda de este tipo de episodios, que la realidad no se cambia cerrando los ojos muy fuerte y deseando que pase lo que queremos que pase. ¿Y si probamos haciendo que sepan que los actos tienen consecuencias?

Telecinco solo hace negocio

Qué cosas tiene el azar cuando lo fuerzan. Resulta que la actual esposa del expicoleto maltratador Antonio David Flores ha ganado ese concurso megaintelectual de Telecinco en que una panda de famosos necesitados de cash se dejan grabar en taparrabos y bikini haciendo el minga en un paraje exótico. Ni de broma sigo un bodrio así, pero he leído que la favorita era otra. ¿Qué ocurrió? Exigencias del guion, que marcaba que la mengana victoriosa sería recibida en el plató por los hijos de su odiada antagonista Rocío Carrasco. Hubo abrazos moqueantes, hipidos y palabras como dardos para la ausente madre no querida.

Y ahí fue cuando la mojigatería cínica explotó. “¡Eso es violencia vicaria!”, atronaron las redes sociales progresís usando el término recién puesto de moda por los prescriptores chachis para nombrar lo que ha existido, por desgracia, toda la puñetera vida. Los rasgados de vestiduras eran por la utilización de los hijos —y especialmente de uno de ellos, con “capacidades especiales”— para hacer daño a la madre biológica. Todo sería de lo más loable, si no fuera porque los sapos y culebras iban dirigidos a la misma cadena que convirtió la denuncia de maltrato de Rocío Carrasco en espectáculo desvergonzado para ganar audiencia. Con dos millones de euros de paga previa a la denunciante y un contrato de 3.000 pavos por cada media hora en ese despojo catódico llamado Sálvame. Así que, hipocresías, las justas. Lo que hace el canal de Mediaset es puro y duro negocio, igual con el serial por entregas del infierno de Carrasco que con el numerito de sus hijos besoteando a la actual pareja del tipo que la maltrató.

¿Es Cuba una dictadura?

A Pablo Casado se le inflama la carótida y se le empina el mentón cuando exige que el gobierno de Pedro Sánchez diga contundentemente que Cuba es una dictadura. Los años que tuvo el palentino, entre máster de pega y máster de pega, para reclamar lo mismo a José María Aznar y a Mariano Rajoy. Salvo que ande yo muy errado, ni uno ni otro lo hicieron cuando residían en La Moncloa. Luego fuera, ya tal, que diría el de Pontevedra. Ahí sí que hemos visto venirse arriba en la soflama anticastrista a Aznar, que cuando era presidente y fue a rendir pleitesía a Fidel, solo llegó a hacer una gracieta sobre lo raro que sería que él se hubiera vuelto comunista. ¿Por qué nadie en el ejercicio de sus funciones gubernamentales va a llamar dictadura a Cuba? Por lo mismo que no lo hace respecto a Arabia Saudí, Catar, Irán o China: porque hay un pastizal en juego. Que levante la mano la administración del color que sea que no ha hecho tratos con regímenes que van de lo infecto a lo muy infecto, no sea que vayamos a perder tal o cual negocio pingüe. Llámenlo hipocresía, cinismo o Realpolitik. ¿No dice el Evangelio que es mejor que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha? Pues eso. Otra cosa muy distinta es que nos chupemos el dedo y no seamos capaces de distinguir qué estados del planeta no alcanzan los mínimos estándares democráticos. Si hasta Brasil, Hungría o Marruecos, que ponen urnas y permiten dos o tres medios de comunicación, son sospechosos de ser tiranías disfrazadas, ¿qué decir de los países que he mencionado arriba, donde ni siquiera hay mecanismos para que el poder cambie de manos? Que son dictaduras.

Torturas: no mirar hacia otro lado

Entre la pandemia y la pereza creciente que nos da mirar hacia atrás se nos está yendo por una esquinita de la actualidad el juicio por el sumario 13/13 que se está celebrando en la siniestra Audiencia Nacional. Se sientan en el banquillo ocho personas acusadas de formar el llamado frente jurídico de ETA. Dos de ellas, Naia Zuriarrain y Saioa Agirre, ofrecieron el martes un relato escalofriante de las torturas que sufrieron en el momento de sus respectivas detenciones. La primera contó que, después de advertirle de que lo pasaría mal si contaba algo, le echaron agua fría por la cabeza y pusieron una bolsa de plástico para dificultarle la respiración. A Agirre le amenazaron con que tras su paso por las dependencias policiales no podría ser madre y la sometieron a diferentes vejaciones sexuales. Todo esto fue denunciado en su momento ante el juez instructor del sumario, Fernando Grande-Marlaska. Fiel a su costumbre, el todavía hoy ministro de Interior miró hacia otro lado.

Desde estas líneas dejo constancia de que doy total credibilidad a los dos testimonios. Por supuesto, condeno sin paliativos los hechos denunciados, muestro mi solidaridad con las dos mujeres que sufrieron semejante trato inhumano, insto a pronunciarse a quienes siempre llevan en la boca la defensa de los derechos más básicos y añado que, hayan pasado los años que hayan pasado, se hace imprescindible una investigación que esclarezca lo sucedido y si se demuestra la veracidad, se imponga a los torturadores la pena que corresponda. Es exactamente lo que hago ante cada vulneración de los Derechos Humanos, independientemente de quien la perpetre. No es tan difícil.