Condenar o no condenar

Les confesaré un secreto: a mí tampoco me gustan el verbo condenar ni el sustantivo condena como sinónimos de rechazar o rechazo. Aunque me consta que la tercera acepción de la RAE lo asimila a reprobar, el vocablo siempre me ha sonado excesivo y, si me pongo tiquismiquis, incluso un tanto vacuo y artificioso. Supongo que eso ha sido a fuerza de escucharlo durante decenios en labios de personas que parecían estar compitiendo por aparentar la mayor indignación en lugar de limitarse a lamentar y censurar sinceramente unos hechos. Los formulismos manoseados acaban perdiendo su sentido o, un paso más allá, convirtiéndose en caricaturas. Eso pasó, por ejemplo, con la letanía «mi/nuestra más enérgica repulsa», a la que puso banda sonora La Polla Récords.

Por todo esto, propongo que dejemos de enguarrarnos en las batallitas de los comunicados conjuntos. Más allá de la utilización de este o aquel término, busquemos la miga del asunto. Y si se trata, como en el caso reciente de la agresión de una descerebrada fanática a un joven del PP, la cuestión es tan simple como la expresión contundente y sin matices ni tics justificatorios de la denuncia de tal hecho. Es muy adecuado decir, como hizo Arnaldo Otegi, que es «reprobable, rechazable e inaceptable» y que «va en la dirección contraria a la construcción de la convivencia democrática». A partir de ahí, puesto que no nos hemos caído de un guindo, cabría pasar de las palabras a los hechos. ¿Cómo? Imponiendo la autoridad y el influjo que se tiene sobre los agresores y, sobre todo, no promoviendo actos contra la mentada convivencia democrática. Ya nos entendemos.

¿Es Cuba una dictadura?

A Pablo Casado se le inflama la carótida y se le empina el mentón cuando exige que el gobierno de Pedro Sánchez diga contundentemente que Cuba es una dictadura. Los años que tuvo el palentino, entre máster de pega y máster de pega, para reclamar lo mismo a José María Aznar y a Mariano Rajoy. Salvo que ande yo muy errado, ni uno ni otro lo hicieron cuando residían en La Moncloa. Luego fuera, ya tal, que diría el de Pontevedra. Ahí sí que hemos visto venirse arriba en la soflama anticastrista a Aznar, que cuando era presidente y fue a rendir pleitesía a Fidel, solo llegó a hacer una gracieta sobre lo raro que sería que él se hubiera vuelto comunista. ¿Por qué nadie en el ejercicio de sus funciones gubernamentales va a llamar dictadura a Cuba? Por lo mismo que no lo hace respecto a Arabia Saudí, Catar, Irán o China: porque hay un pastizal en juego. Que levante la mano la administración del color que sea que no ha hecho tratos con regímenes que van de lo infecto a lo muy infecto, no sea que vayamos a perder tal o cual negocio pingüe. Llámenlo hipocresía, cinismo o Realpolitik. ¿No dice el Evangelio que es mejor que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha? Pues eso. Otra cosa muy distinta es que nos chupemos el dedo y no seamos capaces de distinguir qué estados del planeta no alcanzan los mínimos estándares democráticos. Si hasta Brasil, Hungría o Marruecos, que ponen urnas y permiten dos o tres medios de comunicación, son sospechosos de ser tiranías disfrazadas, ¿qué decir de los países que he mencionado arriba, donde ni siquiera hay mecanismos para que el poder cambie de manos? Que son dictaduras.

Fue injusto y punto

No quise escribir en caliente sobre la aberrante teoría de Maddalen Iriarte según la cual el daño causado por ETA fue injusto o no dependiendo del relato. Lancé, es verdad, un par de tuits al aire, pero para extenderme más, preferí esperar una explicación de semejantes declaraciones a Vocento. Me refiero a algo que fuera más allá del socorrido “El perro me ha comido los deberes”, equivalente en este caso a “Han manipulado mis palabras”, que fue la decepcionante salida de Iriarte. Esa y, de propina, otro comodín de carril: “Mi compromiso con los derechos humanos está fuera de toda duda”. Pues no. Quizá lo estuviera hasta el instante mismo en que pronunció esas palabras, las vio publicadas y no corrió a aclarar que jamás quiso decir lo que apareció en el entrecomillado.

Una rectificación a tiempo es una victoria y en la cuestión de la que hablamos habría evitado la frustración de ver cómo la persona que representa la superación de los viejos tabúes de la izquierda soberanista acaba profiriendo una frase que hiela la sangre en el más rancio y descorazonador estilo de los irreductibles del matarile. ¿De verdad, señora portavoz parlamentaria de EH Bildu, los asesinatos de Brouard o Muguruza fueron justos o injustos en función del relato? Claro que no. Y lo mismo con los de Blanco, Buesa, Jauregi…

¿Pandemia? ¿Qué pandemia?

La demarcación autonómica le da una vuelta de tuerca a las restricciones. En la foral ocurrirá lo mismo muy pronto. Exactamente igual que ya hacen y seguirán haciendo nuestros vecinos cercanos y lejanos. Lo que tiene pelendengues es que finjamos asombro y/o fastidio. Sin el menor conocimiento de epidemiología, microbiología, virología o lo que se tercie, resultaba de cajón que tras las fiestas navideñas habría un repunte de contagios, ingresos hospitalarios —¡y enseguida, de muertes!— del carajo de la vela.

Tener la certeza absoluta de que ocurriría no evitó que muy buena parte de nuestros congéneres siguieran haciendo todo lo que sabían que no debían hacer. Terrazas e interiores de tascas a reventar, rebaños de runners espolvoreando aerosoles al por mayor, centros comerciales hasta las cartolas, comidas familiares y chuflas sociales de récord Guiness… con banda sonora de Alaska: ¿A quién le importa lo que yo haga? Y si algún manso cometía la osadía de llamar la atención sobre el despropósito, sobre él o ella caían rayos de indignación por cenizos, chivatos y correveidiles.

¿Y ahora qué? Pues ahora, otra vez nada. A buscar el modo de saltarse las nuevas medidas al mismo tiempo que ponemos a caer de cien pollinos a las autoridades —que su culpa tienen, es verdad— por no habernos atado más en corto.

Siempre mal

Acuñé hace un tiempo el término cuantopeormejorismo, y ahora les vengo con otro palabro que, mucho me temo, emplearé con frecuencia: siempremalismo. Lo definiré como la disposición permanente a enmendar a la totalidad una cosa, su contraria y lo que sea que haya en el medio. Y no, no es eterno inconformismo ni humana contradicción. Es, hablando en plata, ganas de jorobar la marrana, de dar la nota y, si procede —que suele proceder—, de arrimar el ascua a la sardina partidista correspondiente. Pero toda esta parrapla se ve mejor con un ejemplo.

Cuando hace unas semanas se decretó el cierre de la hostelería como modo de hacer doblar la cerviz a la maldita curva, hubo quien echó espumarajos de todos los colores y graduaciones biliosas. Pregonaban allá donde les daban un micrófono, un foco, una tribuna o, más modestamente, en sus redes sociales que era una indignidad culpabilizar a los bareros del aumento desbocado de contagios y condenarlos a la ruina. Vaya risas más tristes, que ni un minuto después de que las autoridades sanitarias —en este caso, de la CAV— anunciaran la inminente reapertura de los tascos, los mismos quejicas profesionales se lanzasen a vaticinar con los ojos fuera de las órbitas la tercera ola de la pandemia. Inasequibles al desaliento, sea lo que sea les parecerá mal. Qué pereza.

Negociar, sin más

Déjenme que ejerza de adivino. En lo sucesivo, cada vez que un portavoz de la autoproclamada izquierda soberanista tire del sobadísimo repertorio para despotricar del Tren de Alta Velocidad, alguien del PNV le recordará con media sonrisa que EH Bildu respaldó en el Congreso de los Diputados una inversión de una porrada de millones para el supuestamente malvado ingenio. Valdría también la vaina, por cierto, para los aquí aguerridos ecocínicos de Elkarrekin Podemos, cuyos mayores en Madriz han dado carta de naturaleza al mismo pastizal para el TAV, al no impuesto al diésel y, ya si nos ponemos, a las partidas destinadas a sufragar el caspuriento ejército español, la Corona borbonesa, el CNI, las cloacas de Interior y me llevo una.

“¡Igual que los de Sabin Etxea!”, estarán clamando ahora algunos de mis más biliosos odiadores. Y no diré lo contrario. Mencionaré tan solo que hasta la fecha no recuerdo a ninguno de los representantes jeltzales que han propiciado la aprobación de los presupuestos de diversos gobiernos españoles justificando sus votos en nombre de la futura república vasca o de la destrucción del régimen. Menudas risas, si Anasagasti, Erkoreka o el propio Esteban hubieran salido por semejante petenera en lugar de explicar lisa y llanamente que esto de la política va de negociar. Sin más.

Bares y bares

Si no fuera por el fondo de tragedia, sería otra vez despiporrante. Con un par, han cogido la vanguardia del canto de gesta lacrimógeno a la hostelería los mismos que llevan toda la pajolera vida bañándonos de teóricas pardas sobre la explotación laboral en el sector. Que si trabajo en negro, horarios esclavistas, sueldos de miseria o, cómo no, contabilidades en B para escamotear impuestos al pueblo obrero. Por no mentar, claro, la moralina estomagante sobre el ocio basado en el castigo del hígado. Es para miccionar y no echar gota que justamente esos paladines de lo correcto nos vengan ahora con monsergas de todo a cien exigiendo provisiones requetemillonarias de pasta pública para salvar a los otrora malvados tasqueros. Al resto de las actividades hundidas, como son menos fotogénicas, que les vayan dando.

Y sí, que no seré yo quien diga que no se debe echar un cable lo más gordo posible a aquellos que les llueven chuzos de punta. Me hago cargo perfectamente de la tremenda situación de los propietarios de esos locales, y desde luego, de los currelas. Otra cosa es que tenga un problema de nota con los genéricos. A mi no me hablen de “la hostelería”, sino de este bar, el otro y el de más allá. Distingo perfectamente a quien se lo suda y a quien se pasa cien pueblos. Y lloro o no en consecuencia.