Solo una entrevista más

Calculando por lo bajo, en mi ya moderadamente larga carrera profesional, le habré hecho unas 25 entrevistas a Arnaldo Otegi. Unas han sido de carril y otras con algo más de sustancia. Ninguna, se lo juro por el Dios de los plumíferos, ha incurrido en el blanqueamiento. Ni en el ennegrecimiento, ojo. El género no está ni para lo uno ni para lo otro. La cosa va de preguntar con más o menos tino, escuchar la respuesta y, si es el caso, volver a preguntar o pasar a la siguiente línea del cuestionario. A veces la cosa fluye como una conversación natural, mientras que en otras ocasiones se ronda el interrogatorio, el test, el juego de frontón o el cansino paseo por lo requetetrillado. Y eso pasa con Otegi, con Ortuzar, con Sémper o con quien se tenga en la alcachofa de enfrente.

Les arreo esta chapa introductoria porque sigo sin salir de mi pasmo ante la bronca de diseño que ha provocado la presencia del coordinador de EH Bildu en un programa de la televisión pública española. Manda bemoles que lo que por estos lares hace lustros no llama en absoluto la atención origine un cristo del quince si se da en la villa y corte de la hispanitud. O mandaría. Como vamos para talluditos, ya no nos pilla por sorpresa el rasgado ritual de vestiduras de los que viven de los pifostios de plexiglás. Que les ondulen con la permanén a los hiperventiladores fingidos. Ladren y ladren y vuelvan a ladrar, que ni por el forro tomaremos por auténtico su cabreo. Y si lo es, peor para ellos. Elijan entre tila y Lexatín. Otra cosa son mis presuntos compañeros de gremio que se escandalizan por la naturaleza misma de su curro. Qué pena.

Desmemoria interesada

Cuando despertó, la ponencia de memoria y convivencia del Parlamento Vasco todavía estaba ahí. Y seguirá por los siglos de los siglos porque en el fondo, no nos engañemos, la cuestión importa a cuatro ingenuos que alguna vez creyeron que cabía no hacerse trampas al solitario. El resto se divide entre la multitud que pasa cien kilos y los que de tanto en tanto sacan a paseo la martingala para hacer como que hacen, para tirársela a la cara o, bueno, porque lo obligan los protocolos de la cámara.

Dije ya hace años —¡años!— que sería más honesto plantarse ante un atril, respirar hondo y anunciar que hasta aquí hemos llegado con la vaina, y que en lo sucesivo cada palo ha de aguantar su vela. O, traducido a román paladino, que hay sectores, y no pequeños, que creen que la violencia de los suyos fue no solo necesaria sino heroica. Prefiero esa verdad cruda que las yenkas en bucle. Muy loable, sí, la “petición sincera de disculpas” de los familiares de los presos… si no fuera porque el mismo día se recibía bajo palio a un tipo que se llevó por delante una vida humana y formó parte de una banda que acabó con casi mil más.

Y como postre, esa frase terrible seguida de un silencio de tres segundos. “Faltan más personas dialogantes como Lluch”, dijo Arnaldo Otegi ante un periodista de TV3 que, como el propio líder de EH Bildu, pasó por alto el pequeño detalle de que el exministro socialista no desapareció como por ensalmo. Por tercera columna consecutiva, vuelvo a apelar a mi memoria. Porque yo sí me acuerdo, por desgracia, de que Ernest Lluch fue vilmente asesinado por ETA en el garaje de su casa hace más de 18 años.

Tantas fotos

Me rasco la coronilla con perplejidad al ver en la página 11 de DEIA de ayer una fotografía del alcalde de Bilbao, Juan María Aburto, junto a las y los portavoces de los seis grupos con representación en el ayuntamiento de la Villa. Copa en mano —a esto también habrá quien le sacará punta— y sonrisa más o menos forzada en ristre, brindan por el 2109 electoral que tenemos ya encima. Insisto: no falta ninguna sigla. Estaría por jurar que hay instantáneas similares de multitud de instituciones que a nadie le han salido de ojo ni han provocado la polvareda de diseño que la que publicó el otro día cierto diario que nunca cita a Onda Vasca y al que, en justa correspondencia, tampoco llamaré por su nombre.

Sí les cuento, por si no están al corriente, que se trata de una imagen en que aparecen compartiendo cena navideña Andoni Ortuzar, Arnaldo Otegi, Idoia Mendia y Lander Martínez; ya ven que de saque brilla por su ausencia el PP. En realidad, la cosa debería haberse quedado en otra de esas ocurrencias que tenemos los medios porque ya no sabemos qué inventar para llamar la atención y, no nos engañemos, porque los protagonistas suelen prestarse. Ocurrió, sin embargo, que esta vez a José María Múgica, hijo del abogado Fernando Múgica, asesinado por ETA en 1996, le disgustó ver a la secretaria general del PSE en actitud amistosa con Otegi, y pidió la baja del partido en el que militaba desde hace 40 años. A lo humanamente comprensible y respetable de tal decisión, ha seguido una gresca en la que nadie, absolutamente nadie, se ha privado de chapotear. Es el minuto de juego y resultado de lo que llamamos normalización.

La lotería de Estrasburgo

Se me aparten, por favor, que vengo con un jarro de agua helada. Y no es por falta de ganas de unirme a la conga de Jalisco, o sea de Estrasburgo, que está celebrando la sentencia de sus ilustrísimas señorías europeas sobre el caso Bateragune. Cenizo con trienios acreditados, me ocurre que no soy capaz de ver los motivos de la algarabía. De entrada, porque, aunque les convenga a mi discurso y a mi tranquilidad de espíritu, no me gusta pasar por alto ciertos hechos incómodos, como que el ahora sacralizado Tribunal de Derechos Humanos es el mismo perpetrador de otras decisiones no precisamente felices. La bendición de la ilegalización de Batasuna, por ejemplo. O la convalidación del mantenimiento de la dispersión penitenciaria. O, anteayer como quien dice, el respaldo a no computar las penas en cárceles francesas. Conclusión: estamos ante una suerte de siniestra lotería judicial.

Para más inri, esta vez ni siquiera es esa pedrea de multar con diez mil eurillos a España por hacer la vista gorda con las torturas. Y mucho menos es el reintegro, que ojalá hubiera modo humano de devolver a los encarcelados los seis años y medio en el trullo. Todo el premio ha consistido en dictaminar lo que hasta el menos simpatizante de Otegi y sus compañeros de viacrucis sabía: que fueron juzgados y encarcelados por la puñetera cara. De acuerdo, ahora eso se recoge en papel con membrete oficial. Lástima que ahí se añada que el mero reconocimiento es sanción suficiente y no cabe ninguna acción para compensar a los damnificados. Vayan preparándose los dirigentes soberanistas catalanes para su futura (¡e inutil!) victoria moral.

Hasta el 8 de abril…

Moneda al aire. Cara, el gobierno español no dificulta el desarme y se limita a soltar la media docena de pejigueradas de costumbre. Cruz, Rajoy y Zoido se vienen arriba y mandan unos geos disfrazados de lagarterana a desbaratarlo. Ahora mismo, todo está al 50 por ciento. Estoy por jurar, de hecho, que el inquilino de Moncloa no tiene decidido nada al respecto. Como casi siempre, dejará que salga el sol por Antequera. O, vaya, por Baiona, Biarritz, Luhuso o donde cuadre. ¡Si pueden ocurrir cosas entre hoy y el 8 de abril, día de San Agabo Profeta!

Eso es lo malo. El anuncio se ha hecho con mucho tiempo de antelación. Demasiado, teniendo en cuenta la vocación de prima donna que gasta el personal. Esto apunta a show con codazos para repartirse el protagonismo. Tonto el último en salir a la palestra y vender su moto a la parroquia oportuna. Y cuidado si no acabamos sacando a hombros a ETA entre vivas a la madre que la parió por su bondad infinita. ¿Exagero? Estos ojos que han de comerse la tierra ya han visto entrecomillada una gloriosa frase de Arnaldo Otegi: “El desarme es un acto de desobediencia y de soberanía popular”. Joder con el relato. Unos no han empezado a escribirlo y otros van por el vigésimo tomo.

Pero cualquiera dice nada, que enseguida te sale el que llevaba fierro bajo el sobaco a cascarte por enemigo de la paz. Por si quedan dudas, reitero mis ganas infinitas de que se proceda a lo que llevamos cinco años y pico esperando. Sí, eso que se va a producir, fanfarria arriba o abajo, exactamente en los términos en que se decía que era imposible, con la entrega de una lista y cuatro quincallas.

Éxito indiscutible

Algo tendrá el agua cuando la bendicen. La entrevista de Jordi Évole a Arnaldo Otegi cosechó en Euskal Herria un 30 por ciento de share. Creo que ni La que se avecina ni Mujeres y hombres y viceversa han llegado ahí. Algún partido de la Champions o de la selección —ejem— española, como mucho, o, según me anotaba ayer Xabier Lapitz, aquel castizo tête à tête tabernario entre Albert Rivera y Pablo Iglesias, también de la mano del mago televisivo de Cornellá de Llobregat. Y eso, contando solo con los que se inyectaron el programa en vivo y directo. Añadan a quienes se lo atizaron en segundas nupcias o a los millones de personas que han sabido de la cosa en los innumerables refritos que hemos hecho los demás a rebufo, y las cifras rondarán las que dan fe de un fenómeno mediático incontestable.

¿Por qué lo es? En la misma pregunta está casi toda la respuesta. El solo hecho de que nos la estemos planteando legiones de opinateros es la prueba del nueve. Bien es cierto que esta misma tarde, si es que no ha ocurrido ya, el furor decaerá y dará paso a una nueva entretenedera de mogollones, quién sabe cuál. Quizá otra vez los refugiados, el señor equis que dicen que también tiene su línea y cuarto en los papeles de Panamá, Piqué enseñando el níspero en Periscope o lo que se tercie. Pero hasta que se produzca —insisto, si es que no se ha producido ya— el cambio de guardia de la atención popular, que les vayan quitando lo bailado a Évole y Otegi, copartícipes de un éxito que admite poca discusión. Otro asunto es que la traducción automática sea una victoria electoral por goleada. Eso habrá que verlo.

Urquijo a la carga

Aunque la izquierda abertzale ha demostrado sobradamente su pericia para la comunicación política, su mejor propagandista no forma parte —que sepamos, vaya— del equipo creativo oficial. No hay lema, serie de carteles, buzoneo ni viral en redes sociales que iguale la eficacia de unas palabras desabridas del virrey ahora en funciones, Carlos Urquijo. La ardorosa obstinación con que el comisionado de Madrid se entrega al proselitismo involuntario es digna de tesis doctoral, no se sabe si de psiquiatría o de veterinaria. O quizá de física de los materiales, porque hace falta ser duro de mollera para no haber comprobado a estas alturas que sus intentos demonizadores surten exactamente el efecto contrario al que busca.

Inasequible al desaliento, su penúltima cruzada pretende alimentar una reacción social [sic] en la pecaminosa Vasconia que impida que Arnaldo Otegi sea designado candidato a lehendakari por EH Bildu. Por fortuna, esta vez no lo hace a base de oficio acusica ante la fiscalía para que esta luego mande a los guardias, sino a través de su blog personal, lo que le da un toque de extravagancia añadida.

Más Rompetechos que Don Quijote, se lanza ciego contra tal molino de viento, armado de las soflamillas de rigor, entre las que destaca, por rancia y cansina a estas alturas de la liga, la imputación de complicidad de no se sabe qué a la ciudadanía vasca. “¿Qué tipo de sociedad narcotizada frente al terror se ha ido construyendo para no poner el grito en el cielo ante esta provocación?”, se echa las manos a las cabeza el Cicerón de Laudio en su catilinaria de andar por casa. Todo un personaje.