Ahora, los hechos

Bueno, pues hoy es el día. El aniversario redondo. Casi podemos decir que hasta aquí llegó la riada. Es verdad que en las jornadas sucesivas aún nos llegarán los restos de serie. Este artículo a rebufo. Aquel reportaje que no encontró espacio. No sé qué declaración al humo de las velas. Y la matraca de oficio, esa que no para diga lo que diga el calendario. Pero lo que es la pirotecnia conmemorativa, a la que ni servidor ni los medios en los que publico somos ajenos, está agotando los penúltimos cohetes. El resumen, si quieren que lo escriba mal y pronto, es que, salvando alguna honrosa excepción, ha sido un peñazo del nueve largo. Incluidas, insisto, mis aportaciones, tan previsibles como casi todas las demás.

Lo sorprendente, de hecho lo único verdaderamente sorprendente, es que se sigan comprando vaquillas mil veces toreadas como si fueran de estreno. Luego haremos proclamas del copón sobre la desmemoria. Ahí nos las dan todas. O se las dan a los pardillos dispuestos a festejar en bucle la misma nadería. Manda pelotas que lleves con las matemáticas de segundo de primaria pendientes y pretendas que te saquen a hombros por haber sacado un tres en el examen a tus casi setenta años. Manda todavía más pelotas, es verdad, que haya fulanos que por ingenuidad o necesidad, efectivamente, te saquen a hombros. Y poco más, que hasta el próximo aniversario me remito al final de mi parrapla de ayer. Ya no estamos para medir pasitos. No sobran, desde luego, las palabras, aunque lleguen tarde. Pero es el momento de demostrar con hechos contantes y sonantes que se ha renunciado a seguir haciendo sufrir a las víctimas.

ETA nunca debió hacerlo

Diez años después y no salimos de la rotonda. ¿De verdad nos vamos a enredar otra vez en lo de los pasos adelante pero insuficientes? Me niego. Y entiendo que tendríamos que negarnos todos. Empecemos recordando que la presunta novedad de las palabras de Arnaldo Otegi no es tal. Ya hace años dejó incluso por escrito algo muy parecido. Y después hemos escuchado más o menos la misma fórmula. Simplemente, no era eso. Ni lo es. ¿O es que acaso tomaríamos en serio a Martín Villa diciendo que los asesinatos del 3 de marzo de 1976 en Gasteiz o la muerte de Germán Rodríguez a tiros de la Policía Nacional son “algo que nunca debió producirse”? Claro que no.

Ya vale del engañabobos de los verbos conjugados en formas impersonales. Así, como quien no quiere la cosa (que sí la quiere, vaya que si la quiere), Otegi insinúa que las muertes, los secuestros, las extorsiones o las persecuciones fueron fruto de un cúmulo de circunstancias. Casi literalmente que entre todos los mataron y ellos solos se murieron. Pues no. La frase completa tiene un sujeto que no puede ocultarse. Fue ETA quien provocó el sufrimiento. Por tanto, el enunciado correcto es: “ETA nunca debió producir ese sufrimiento”. Más auténtico aún, en primera del plural: “Nunca debimos producir ese sufrimiento”.

Cabrá el viejo comodín de argumentar que se diga lo que se diga, nunca bastará. Venga, lo acepto. Dejémonos de palabrería y vayamos a los hechos. Evitemos a las víctimas el dolor de homenajear a asesinos múltiples, o el de nombrarlos como presos políticos. Y ya puestos, ¿qué tal ayudar a esclarecer los asesinatos no resueltos?

El tal Cortés

En la todavía no digerida tragedia del pozo de Totalán ha destacado, por su estomagante omnipresencia, ese peculiar individuo llamado Juan José Cortés. Apuntaran donde apuntaran las mil y una cámaras que transmitieron al segundo cada insignificante detalle del rescate del niño Julen Roselló, él estaba allí. A veces, simplemente se conformaba con chupar plano junto a los padres o los familiares del pequeño, los operarios que colocaban los dispositivos, los expertos que explicaban lo que se hacía, los guardias civiles que pululaban por allí, las autoridades que acudían también a retratarse o el gentío atraído por el drama. En otras ocasiones, sin embargo, conseguía en exclusiva el micrófono y los focos para farfullar sus sonrojantes naderías. También es verdad que ninguna de sus melonadas in situ superó a la que lanzó desde la convención del PP, donde, como militante con derecho a escenario, bramó: “¡Aguanta, Julen, que Juan José Cortés y el Partido Popular están contigo!”.

Como no hay que explicar pero sí señalar porque tendemos a pasarlo por alto para evitar la incomodidad que provoca saberlo, la autoridad de este tipo para actuar así le viene dada por su condición de padre de una niña asesinada por un malnacido que, además, intentó abusar sexualmente de ella. Con ese tremebundo salvoconducto, Cortés ha conseguido, amén de una colocación vía carné, ser convocado a un sinnúmero de foros en calidad de experto al que, por descontado, no se puede rebatir ni poner en solfa. O no se podía. Por fortuna, este caso lo ha desenmascarado. Sería genial que cundiera el ejemplo. No es el único que vive de su sufrimiento.

Pues agur

Por más que ensayo ante el espejo, no me sale la cara de solemnidad que, según el manual, requiere el momento. Llego a algo parecido a una jeta de sota, pero enseguida me viene este o aquel tic, y derroto por la risa floja, el rictus de úlcera duodenal, la pedorreta, la lágrima amarga pensando en los que no están o, para qué engañarles, el gesto de la más absoluta de las indiferencias. Todo mezclado, claro, con la sensación de estupor y despiporre infinitos al asistir a la chapuza ceremonial. He perdido la cuenta de los comunicados, cartas, mensajes, proclamas y/o partes para anunciar el sanseacabó a los diferentes públicos. Y nosotros, los cuentacosas, que somos unos benditos y nos va la marcha (bueno, y que necesitamos rellenar nuestros blablás), venga dar pábulo a cada una de las chapas, como si fueran algo más que los esfuerzos postreros de la decrépita prima donna por llamar la atención.

A ver si es verdad —empiezo a dudarlo— que el festejo aguachirlado de Kanbo es el definitivo. Qué papelón, siento escribirlo aunque me consta que los aludidos son conscientes de ello, el de los que van por el qué dirán o porque a estas alturas qué más da. Ojalá sea, copiando mal a Neruda, el último sofoco que ETA les causa, y esta, la última Fanta que les pagan a los entusiastas de la bicha y a los profesionales de la conflictología parda.

Y sí, estoy seguro de que serán muy bonitos los discursos apelando al empuje de la sociedad y a no sé qué futuro que se abre. Como si no tuviéramos la certidumbre de que esto no ha sido más que una liquidación por cese de negocio. Tardía, además. Dicen que se van. Pues agur.

Detrás del hacha

En esas andamos, en discusiones sobre el significado de una escultura. O sea, parece que andamos, porque solo si pretendemos hacernos trampas en el solitario podremos tomar como debate artístico el que ha suscitado la obra de Koldobika Jauregi para conmemorar —¿o celebrar?— la escenificación del desarme de ETA hace ahora un año. ¿El hacha invertida de cuyo mango sale un árbol es un brindis en honor de la banda que tiene ese distintivo o una metáfora de la sangrienta herramienta que da paso a la primavera de la convivencia? Como tantas veces, tenemos los suficientes años para saber la respuesta, igual que cuando nos cuestionamos si cabe considerar homenaje al recibimiento bajo palio al autor de media docena de asesinatos. Igual, por cierto, que en este mismo caso, cuando señalamos la unanimidad de las fuerzas políticas e instituciones de Iparralde, pasando por alto que las realidades a uno y otro lado de la muga son imposibles de comparar, salvo que se obre con ignorancia inconmensurable o mala intención todavía mayor.

Bastan unos cuantos gramos de empatía y otros poquitos de humanidad para plantearse, siquiera como hipótesis, la posibilidad de que la elección del símbolo pueda provocar sufrimiento en una parte no pequeña de la misma sociedad a cuya convivencia se apela en la explicación oficial de la escultura. Y no, no vale el comodín de aludir al dolor que también ha padecido “la otra parte”, porque entonces sí que se caen los velos y las máscaras del todo. Si no vamos de farol en las proclamaciones, se supone que se trata de que nadie se sienta ofendido ni excluido. No parece tan difícil.

La guerra de las placas

Y ahora, la guerra de las placas. Ponerlas para que las quiten y así poder echarse las manos a la cabeza. Acción, reacción, acción. Jugando con las cartas marcadas. Qué mal quedan, ¿verdad?, los ayuntamientos que ordenan retirar letreros que contienen los nombres de personas asesinadas. Se antoja una actitud que roza lo inhumano. Una prueba de complicidad, gritan allá en el ultramonte. Media corchea por debajo, se dice que es la prueba de la conciencia culpable de los que no quieren tener recordatorios visibles de lo que ocurrió cuando, según el vieja teorema, se miraba hacia otro lado. Ya saben, la cantinela de la sociedad enferma.

Por fortuna, ese cuento para no dormir ha dejado de colar. Como contábamos anteayer, el acto del viernes en Gasteiz fue, entre otras muchas cosas, un indicador de progreso notable. Incluso contando ciertas declaraciones intencionadamente ásperas o la más que probable incomodidad (por falta de costumbre, mayormente) de algunos de los presentes. Qué curioso, que el único discurso estentóreo fuera el de la misma asociación de víctimas que unas horas más tarde aprovechó la madrugada para fijar nada menos que 62 placas en las calles de Bilbao y Donostia.

Ocurre que uno y otro ayuntamiento, lo mismo que la mayoría de los consistorios vascos, tienen ese parcial aprobado hace tiempo. Lo atestiguan diversas iniciativas de reconocimiento, recuerdo y homenaje, tanto de las víctimas a las que figuran en los carteles fijados de tapadillo, como de las que, por haber sufrido una violencia igualmente injusta, merecen una consideración idéntica. Esas a COVITE ni le importan en absoluto.

Oda al esfuerzo

En una de las columnas que dediqué a la lotería del informe PISA, especialmente en lo que tocaba al morrazo de los escolares de la CAV, menté la necesidad de reflexionar sobre el esfuerzo. Lo hice a sabiendas de que ahora mismo es lo que Pablo Iglesias denominaría “significante perdedor”. Vamos, que quien lo enarbole como valor no solo no se comerá un colín, sino que resultará sospechoso de pertenecer al fascio y/o la reacción.

Ciertamente, en los ambientes donde se desenvuelve la ortodoxia bienpensante el concepto tiene una pésima fama. Se asocia —muchas veces con buena intención, pero en general, por postureo gandul— a la vetusta máxima “La letra con sangre entra”. No negaré que quede por ahí algún residuo de la (literalmente) rancia escuela que equipare esforzarse con recibir una mano de hostias, pero la vaina no por ahí. Y tampoco por el del sacrificio pseudopurificador ni cualquiera de las formas del masoquismo.

Es una cuestión bastante más simple, diría incluso que primaria y, desde luego, ajena al sufrimiento por el sufrimiento. Se trata, sin más y sin menos, de comprender que para conseguir cualquier cosa hay una cantidad razonable de trabajo que debe hacerse. Es verdad que hay afortunados de cuna a quienes los favores y los logros les caen del cielo. A los demás, que somos la mayoría, nos toca currárnoslo. Tenerlo claro es, de entrada, una buena vacuna contra la intolerancia a la frustración que muestran cada vez más congéneres que lo han tenido todo demasiado fácil. Pero el beneficio no se queda solamente ahí. También es una forma de dar sentido a aquello por lo que nos hemos esforzado.