Memoria para la galería

Celebro hasta el atragantamiento de risa la mala sangre que gasta el facherío patrio tras la presentación del anteproyecto de la ley de Memoria Democrática. Sus lacrimógenos graznidos me suenan a música celestial, al tiempo que me confirman (como si lo necesitase) que padecemos una plaga de cabras que tiran al ultramonte, por más que vayan disfrazadas de constitucionalistas fetén. En cuanto rascas con una moneda de cinco céntimos, los aleccionadores de la tribu en materia de libertades fundamentales se revelan como jaleadores del bajito de Ferrol y sus mil y una villanías. Ahí se jodan.

Anotado lo anterior, dejo constancia aquí de mi estratosférico escepticismo ante la enésima cortina de humo parida por el siniestro gabinete de engaños y embelecos del (falso) doctor Sánchez. Siento decirlo, pero el tufo a brindis al sol es insoportable. De entrada, ese nombre gilipollas que le han puesto a la cosa nos pone sobre aviso de la intención de enseñarnos un pajarito para tenernos distraídos a tirios y troyanos, es decir, a partidarios de la revisión crítica del pasado y a los que echan las muelas ante eso mismo. Lo que se nos promete ya estaba contemplado hace un decenio en otra ley, la de Rodríguez Zapatero, cuyos primeros incumplidores fueron los que la promulgaron. En dos palabras, menos lobos.

La placa de Ordóñez

Noticias condenadas a una esquinita perdida de la actualidad durante un abrir y cerrar de ojos. O en lo que se tarda en expeler un bostezo, que es la reacción única de parte de mis conciudadanos cuando se nos aparecen en una curva los fantasmas del pasado. Qué tremendo aburrimiento, ¿verdad?, que a estas alturas del calendario nos vengan con la matraca del segundo ataque a la placa que recuerda el asesinato de Gregorio Ordóñez en la Parte Vieja de Donostia. ¿Es que no pueden cambiar de canción? Pues miren, no. Yo no solo no puedo, sino además, es que no quiero.

Ya sé que las versiones al uso son que no hay que montar tanta bulla por algo que se quita con acetona (en este caso, bastante más que eso), que se trata de la gamberrada de unos críos o, faltaría más, que es peor la política penitenciaria que empuja a suicidarse a nuestros gudaris… incluso a uno que fue tirado como una colilla por los que ahora lo han convertido en mártir de la causa. Allá quien compre esa mercancía averiada, que para más inri, viene acompañada de susurros que dan a entender que en este caso la víctima se buscó acabar en el cementerio de Polloe antes de cumplir los cuarenta. Por mi parte, levantaré la voz en cada ocasión en que ese trozo doloroso de nuestra memoria vuelva a ser mancillado. Espero que seamos muchos.

Desclasificando a Felipe

Más claro no lo puede decir el informe de la CIA de 1984 que ahora sabemos que ha sido desclasificado: “[Felipe] González ha acordado la formación de un grupo de mercenarios, controlado por el Ejército, para combatir fuera de la ley a los terroristas”.

Y es radicalmente verdad que no necesitábamos leerlo en un documento secreto de la agencia de inteligencia más poderosa —y con menos escrúpulos— del planeta, pero 36 años después de los hechos, la frase es una patada en la boca del estómago de la democracia española. Certifica, más allá del relato de aquel patético juicio de fogueo, que el presidente de un gobierno salido de unas urnas recurrió a los secuestros y los asesinatos para acabar con ETA. En realidad, para tratar de acabar con la banda, debemos matizar, porque la chapuza sanguinaria solo sirvió para dejar un reguero de dolor. Las acciones se prolongaron durante tres decenios más.

Con todo, lo más revelador del dossier no es que nos cuente algo, insisto, que ya sabíamos. Lo verdaderamente significativo es el manto de silencio indiferente y cómplice que ha seguido a su publicación en el diario La Razón. Muchos de los que gastan palabras grandilocuentes sobre el imperativo de reconocer el daño causado en aras de la reparación callan y otorgan. El GAL siempre quedó fuera de esas exigencias.

Todas las memorias

La memoria vuelve a interpelarnos. El lunes conmemoramos los cuarenta años del cobarde atentado de la extrema derecha paraestatal en el bar Aldana de Alonsotegi que segó cuatro vidas y dejó una decena de heridos. Hoy recordamos los 25 años del asesinato a sangre fría de Gregorio Ordóñez mientras comía en un bar de la Parte Vieja de Donostia. Permítanme que vomite ante el primer imbécil que me esté reprochando ahora mismo lo que los que no tienen ni idea de geometría ni de geografía moral llaman equidistancia. Inútil tarea, explicar a esos mendrugos obtusos y malnacidos que todos los criminales son, en esencia, idénticos. Cambia la atribución de sus vilezas a una causa de conveniencia, pero es puro accidente que maten a este o al otro lado de la línea imaginaria. De hecho, son abundantes los ejemplos a lo largo de la Historia de matarifes que han ejercido en los extremos opuestos.

Y más allá de los victimarios, lo terrible es que cuatro decenios y un cuarto de siglo después de las atrocidades, respectivamente, siga habiendo innumerablesjustificadores de ambas. Especialmente, de la segunda, no nos engañemos. Apuesten y ganen a que hoy tendré que mandar al guano a varios comentaristas de la edición digital de esta columna que vendrán, siempre desde el anonimato farruquito y cagueta, a explicarme por qué Ordóñez se ganó su final a pulso y a conminarme a pasar página por el bien de la convivencia. Lo siniestramente gracioso es que son los mismos que exigen que no queden impunes otras iniquidades. Como ni mi memoria ni mi ética son selectivas, clamo, ya sé que en el desierto, por la denuncia de todas y cada una.

Aquellos años grises

En medio de la repetición ritual del día de la marmota política y naderías por el estilo, te golpea una noticia de las que de verdad te hacen distinguir el trigo de la paja. Ha muerto un tipo, año arriba o abajo, de tu edad. Y no uno cualquiera con el que te cruzabas de vez en cuando o que te sonaba vagamente. Qué va, se trata de alguien que, sin ser exactamente un amigo o un conocido cercano, forma parte de tu currículum vital, sentimental y profesional. Una persona, por demás, que en tu disco duro se representa como eternamente joven.

Da igual que no hace demasiado hubiera visto imágenes de Iñigo Muguruza con los rastros evidentes de la cabrona enfermedad que se lo ha llevado. En mi cabeza siempre se aparecía casi con cara de niño, guitarra en ristre y, qué curioso, en blanco y negro, supongo que en consonancia con aquellos días grises que vivimos peligrosa e inconscientemente. O bueno, a lo mejor no tanto, que algo me dice que la nostalgia es una lupa de aumento o, casi peor, uno de esos espejos deformantes de las ferias de antaño. De hecho, bastante de lo que se está diciendo y escribiendo a raíz de la muerte del Iñigo me suena un tanto a cantar de gesta exagerado. Y. ¡ojo!, no por él, sino por la época —unos años guarros de plomo, paro, caballo y pelotazos en varias acepciones de la palabra— y, especialmente, por los autores de los ditirambos. De pronto, un fulano con Audi A8, segunda residencia en Jaca y reserva quincenal en un tres estrellas Michelín te cuenta que él también dio patadas al aire al ritmo de Sarri-Sarri. Al escucharlo, sientes el peso de treinta y pico calendarios. DEP, Iñigo Muguruza.

Víctimas de cuarta

Para quien, como este humilde rellenador de columnas, tiene un recuerdo bastante vívido del momento en que un representante de HB echó una bolsa de cal viva en el escaño vacío del socialista Ramón Júregui, lo del otro día en el Parlamento Vasco es apenas la enésima muestra de que hay asignaturas pendientes que jamás se aprobarán. Y ni siquiera me refiero expresamente a la bronca que ocurrió en la cámara, sino a las palabras de justificación y aplauso que se sucedieron después. Creo que me conocen lo suficiente para imaginar que hablo de todos los protagonistas del encontronazo y de sus respectivas hinchadas. Nazi, pues tú más nazi, grandiosas argumentaciones, comparaciones de parvulario, y como síntesis, la certidumbre de que, como canta Aute, tirios y troyanos son tal para cual. Cuidado con tocarles a sus asesinos o sus torturadores, que se ponen como basiliscos.

Lo triste en que bajo esa polvareda no se ve la ley que se debatía y salió finalmente aprobada de un modo que también supone un doloroso retrato de nuestra realidad. Votaron a favor PNV y PSE, sabiendo que su intento para reparar a las víctimas de abusos policiales no llegaba hasta donde debería llegar. La abstención de EH Bildu y Podemos propició la aprobación como mal menor. Mientras, el PP de Alonso, que es el de Casado, votó en contra con su representación residual, pero blandiendo su gran comodín: el recurso al su primo de Zumosol, también llamado Tribunal Constitucional. Es previsible que las cuatro cuestiones mínimas que contiene la norma vuelvan a ser agua de borrajas porque, como también sabemos, hay víctimas que no tienen derecho a nada.

Desmemoria interesada

Cuando despertó, la ponencia de memoria y convivencia del Parlamento Vasco todavía estaba ahí. Y seguirá por los siglos de los siglos porque en el fondo, no nos engañemos, la cuestión importa a cuatro ingenuos que alguna vez creyeron que cabía no hacerse trampas al solitario. El resto se divide entre la multitud que pasa cien kilos y los que de tanto en tanto sacan a paseo la martingala para hacer como que hacen, para tirársela a la cara o, bueno, porque lo obligan los protocolos de la cámara.

Dije ya hace años —¡años!— que sería más honesto plantarse ante un atril, respirar hondo y anunciar que hasta aquí hemos llegado con la vaina, y que en lo sucesivo cada palo ha de aguantar su vela. O, traducido a román paladino, que hay sectores, y no pequeños, que creen que la violencia de los suyos fue no solo necesaria sino heroica. Prefiero esa verdad cruda que las yenkas en bucle. Muy loable, sí, la “petición sincera de disculpas” de los familiares de los presos… si no fuera porque el mismo día se recibía bajo palio a un tipo que se llevó por delante una vida humana y formó parte de una banda que acabó con casi mil más.

Y como postre, esa frase terrible seguida de un silencio de tres segundos. “Faltan más personas dialogantes como Lluch”, dijo Arnaldo Otegi ante un periodista de TV3 que, como el propio líder de EH Bildu, pasó por alto el pequeño detalle de que el exministro socialista no desapareció como por ensalmo. Por tercera columna consecutiva, vuelvo a apelar a mi memoria. Porque yo sí me acuerdo, por desgracia, de que Ernest Lluch fue vilmente asesinado por ETA en el garaje de su casa hace más de 18 años.