Silenciada, sí

Encajo sin un ápice de asombro, con más cansancio que enojo incluso, la torrentera de bilis que me ha llovido por haber señalado una obviedad: la agresión sexual de Zarautz fue silenciada durante seis meses porque su autor pertenecía a un entorno político determinado. No, ni rezumo odio a la izquierda abertzale, ni en mi calidad de esbirro de Sabin Etxea estoy haciendo la campaña a mis amados amos, ni ninguna de las soplagaiteces de aluvión que me han vomitado encima los que, como el ladrón, piensan que todos son de su condición. Individuos e individuas, además, que en este caso dejan a la vista hasta el último poro de su inmensa hipocresía. Ni se dan cuenta de que están justificando un hecho indigno. O quizá sí.

Pero ya dejé anotado que no me sorprendía. Conozco el paño. He visto decenas de veces cómo los monopolizadores del feminismo silbaban a la vía ante agresiones sexistas lacerantes solo porque no convenía dar cuartos al pregonero. ¡Cuántas miradas al otro lado! Y para que no falte de nada, el parapeto en la víctima. Se alega que el retraso ha sido para “respetar sus tiempos”. Como si en este medio año no se hubiera podido actuar sobre el agresor preservando la intimidad de la agredida. Qué bien lo resume un comentarista de mi blog: han actuado como la Iglesia en los casos de pederastia.

Una agresión silenciada

Con seis meses de retraso, nos enteramos de una agresión sexista ocurrida —siempre hay que poner “presuntamente”— en Zarautz. Según denuncian colectivos nada sospechosos, el porqué de tanto tiempo de ocultamiento tiene que ver con el lugar donde se produjeron los hechos y, sobre todo, con la filiación política del señalado como autor del ataque. El episodio ocurrió en la Herriko Taberna de la localidad costera y el tipo en cuestión es un antiguo concejal de EH Bildu y personaje referencial de la izquierda soberanista en el municipio. La víctima, una joven de 19 años que trabajaba —en pasado— en el bar.

No hace falta tener demasiada imaginación para saber que habría ardido Troya si la agresión hubiera tenido como marco un Batzoki, una Casa del Pueblo o una sede del PP. Incluso sin siglas de por medio, los acontecimientos hubieran tenido un curso bien distinto. Esta vez lo que se hizo fue seguir lo que nos presentan como un protocolo interno vanguardista del copón que ha desembocado —¡tras medio año y solo después de que el asunto saliera a la luz pública!— con la retirada del carné al supuesto agresor. Nada que ver en absoluto con lo que se proclama a voz en grito para el mismo tipo de situaciones. Debo decir también, bien es cierto, que esta conducta no me ha sorprendido lo más mínimo.

Las muertes no cuadran

Hace diez días, el fabuloso mago de los números Fernando Simón empezó a aportar al alimón los datos de las muertes diarias por COVID19 y los de las semanales. Desde entonces se han producido varios hechos prodigiosos. Por ejemplo, sistemáticamente la cifra de defunciones del conjunto del estado es mucho menor que la suma de las que han aportado las comunidades autónomas. En no pocas ocasiones, la diferencia ha sido un escándalo, de cero muertes frente a una veintena. Al ser preguntado por semejante desfase, el gran druida ha venido echando mano de dos explicaciones consecutivas. Por un lado, la culpa era de las autoridades territoriales, que no saben contar y/o les va lento el internet y los informes llegan tarde. Por otro, esa inconveniencia quedaba compensada por el reciente invento de agrupar los fallecimientos por semanas. Supuestamente, de ese modo las (brutales) discrepancias diarias quedaban compensadas.

Pues tampoco. Como demostró anteayer Vicente Vallés en Antena 3 Noticias, las sumas con datos del propio Ministerio de Sanidad siguen siendo de Muy Deficiente en Matemáticas. No cuadran ni con fórceps. ¿Por qué? Es terrible que solo preguntarlo le sitúe a uno en el bando de los odiadores de Simón. Y más terrible aun, que la falta de respuesta induzca a una desconfianza cada vez mayor.

Diario del covid-19 (52)

Después de varios días de mareo de perdiz, o sea, del personal, desde hoy mismo es obligatorio el uso de mascarilla en aquellos lugares donde no sea posible mantener la distancia de seguridad. Eso quiere decir que prácticamente en todos, pues tal como se ha puesto el ansia paseatoria de la peña, hasta en los ascensos a los montes se las ve uno y se las desea para no rozar a un congénere o no ser rozado por él. No les cuento la cantidad de runners sudorosos que me han rociado estos días con sus felipilllos renqueantes u otros fluidos.

Puesto que, en el fondo, no dejo de ser un miembro disciplinado del cuerpo social, seré el primero en acatar la medida, así me hostie treinta veces por el jodido vaho que, por más vídeos reenviados por guasap que mire, sigue empañando mis gafas. De hecho, antes de la entrada en vigor de la medida, ya iba con el tapabocas en mis temerosas y cívicas salidas por la rúa. Lo que no voy a dejar de hacer, sin embargo, es mostrar mi perplejidad ante los mil y un zigzags que se han marcado las autoridades públicas antes de decretar el uso impepinable del dichoso trocito de tela con filtro. Recuerdo en particular a un muy molesto Fernando Simón adoctrinando a un periodista sobre la inutilidad absoluta de las mascarillas frente a este coronavirus concreto. Pues ya ven.

La Iglesia no se atreve

Parecía algo. Menos daba una piedra. Después de décadas de silencio ominoso y culpable, la Iglesia daba un paso adelante y ponía bajo el foco su pecado capital, los abusos sexuales a menores. Y, como han escrito bastantes personas antes que yo, quizá ahí está el error, en reducirlo a esa categoría etérea y extraterrenal del pecado, que no deja de ser el gran chollo del catolicismo. Por inmenso que sea tu crimen, basta unas jaculatorias y cuatro gimnasias a modo de contrición, y ya has conseguido el perdón divino, vayan días y vengan ollas. Gracias a esa filfa, miles de tipos con sotana, hábito o indumentaria civil se han ido de rositas después de haber destrozado no ya la infancia sino la vida entera de incontables criaturas. En el mejor de los casos, todo el castigo consistía en un retiro discreto o un traslado a un lugar donde, generalmente los depredadores tenían a su alcance nuevas presas. Lo habitual, sin embargo, era una mirada hacia otro lado porque la carne es débil y Satanás no deja de tentar a los siervos del Señor.

Tremendo, que ese haya sido uno de los resúmenes de la reciente cumbre del Vaticano sobre la pederastia, el descargo de la culpa en el Demonio junto a un difuso propósito de enmienda. Conste que no soy partidario de causas generales ni de linchamientos a favor de corriente, tampoco contra la Iglesia. Sin embargo, escuchando a las víctimas, me queda muy clara su infinita decepción y su sensación de haber sido utilizadas como detergente. Con todo, no puedo dejar de añadir que la cuestión que nos ocupa no debe dilucidarse intramuros. Es la justicia temporal, la humana, la que debe actuar.

Algo no va bien

La hora de enviar la columna, y no hay manera. Siguen sin aparecer los turistas vascones del todo incluido al Procés. ¡Con lo necesitados que andamos de su iluminación en estas últimas horas de tinieblas! Porque lo más seguro es que, una vez más, los cenizos que creemos ver una cantada soberanista detrás de otra estemos equivocados y nos dejemos llevar por nuestra fe endeble de tibios autonomistas. Lo de ayer en el Parlament, sin ir más lejos, esa aparente bronca a calzón quitado entre las dos fuerzas mayoritarias del independentismo, tiene indudablemente una explicación razonable y, faltaría más, un lugar en esa detalladísima hoja de ruta ante la que tantas genuflexiones hemos hecho los aprendices de cómo se lleva a término una secesión comme il faut. ¿O ya no cuela?

Me dejo de sarcasmos. Me limito a enunciar lo que se antoja evidente: Sant Jaume, tenemos un problema. Por descontado, no soy tan necio de anunciar, como ya se aventura en el unionismo que come palomitas y descorcha cava, el finiquito del movimiento. Es obvio que ha calado con tal hondura, que difícilmente llegará la marcha atrás, y si hay que apostar, lo más verosímil es que siga creciendo con el paso del tiempo y la suma de desaires. Pero, como ya empiezan a decir, siquiera desde el córner, muchos de los que estuvieron en los orígenes, va siendo hora de tirar de honestidad y reconocer que se mintió o, en el mejor de los casos, se pecó de ingenuidad al proclamar que la separación de España era coser y cantar. Quizá proceda ya que se hagan a un lado los de las adhesiones inquebrantables y los palmeros de ocasión para dar paso a los realistas.

Todavía más depredadores

Sigo haciendo memoria de depredadores nada mediáticos, que en realidad son casi todos. Solo en lo que va de curso radiofónico, cada semana nos ha tocado informar, como poco, sobre un caso. Casi podíamos haber hecho una plantilla para contarlos porque la inmensa mayoría eran un calco. Cambiaba la localidad y la edad de la víctima, que podía oscilar entre los 14 y los 30. Cabía una variación sobre si se conseguía detener o no al agresor o agresores o sobre la decisión judicial; no era extraño, ojo, la puesta en libertad. Tampoco eran muy distintos los abordajes, generalmente en un portal. Las demás circunstancias eran idénticas: enérgica condena plagada de tópicos —esta, sí que sí, de molde—, concentración de repulsa, y hasta la próxima.

Así ocurrió, para ir individualizando, con la violación de una niña de Barakaldo a manos de cuatro machitos el pasado 29 de diciembre. Llegamos a saber que los agresores se entregaron en los días posteriores. Como eran menores, carpetazo. “Ellos también son víctimas”, se atrevió a decir el santurrón de costumbre. Quizá a ese buenrollero le merecía la misma consideración el tipo que en la noche de Halloween de 2016 violó analmente a una niña de 14 años. ¡Cuánta indignación en los comunicados y cuánto silencio cuando una jueza lo dejó en libertad para que él pusiera tierra de por medio!

Termino con un episodio que me asquea especialmente. En carnavales de ese fatal 2016, varios adolescentes acorralaron a dos menores en un bar del Casco Viejo de Gasteiz y abusaron de ellas hasta que se dio cuenta un camarero. En esa ocasión, más que en otras incluso, se impuso la ley del silencio.