Vayamos con tiento

¿Cuántas veces tenemos que desmorrarnos en la misma piedra para aprender algo? Infinitas, me temo. Perdonen, de nuevo, que ejerza de cenizo, pero se me ponen las rodillas temblonas al asistir al enésimo festival de triunfalismo ante la evidencia de que la tercera ola va cediendo. Es verdad que venimos de números terroríficos, pero las cifras actuales siguen siendo escandalosas. Están muy pero que muy lejos de los parámetros que permitirían pensar en algo que, aun así, sería remotamente parecido a nuestra vida anterior al desembarco del virus. Todo eso, sin dejar de lado la enorme e impía ligereza que supone anotar casi a beneficio de inventario los casi 5.000 fallecidos por covid —datos oficiales; los reales son más— que sumamos en el sur de Euskal Herria.

No. Por supuesto que no digo que no sea motivo de alivio ver cómo las gráficas confirman de día en día el camino descendente. Eso es tan esperanzador como la certificación de que las vacunas, incluso al ritmo seguramente muy mejorable que llevamos, empiezan a manifestarse efectivas; las curvas de contagios en las residencias, por ejemplo, han caído en picado. Soy el primero que se alegra al comprobar que también hay buenas noticias. Por eso mismo, para que siga habiéndolas, ruego a gobernantes y gobernados que esta vez vayan (vayamos) con tiento.

Pandemia judicial

Andaban ayer unos expertos de la OMS desplazados a China dándole vueltas a si el malhadado virus se originó en el mercado de Wuhan o a si procede de este o aquel animalito. Menudo esfuerzo baldío. Acababan antes preguntándoles a los y las que verdaderamente saben huevo y medio de pandemias, oséase, sus togadas señorías del Tribunal Superiorísimo de Justicia del País Vasco. En serio que no dejo de preguntarme por qué perdemos el tiempo escuchando a epidemiólogos, microbiólogos, inmunólogos y cualquier personal de bata blanca que se les ocurra, cuando el conocimiento excelso sobre la materia lo atesoran los de las túnicas negras.

Volvieron a demostrarlo ayer en una decisión —literalmente— de las de sujétame el cubata. Ordenan sus ilustrísimas que se levante el cierre de los bares en localidades con tasas de incidencia disparatadas. ¿El razonamiento? Ah, no, de momento, ninguno. Puesto que levitan sobre los infectos mortales, están exentos de entrar en el fondo de la cuestión. Ya lo harán cuando tengan un rato. Por de pronto, pista libre para arremolinarse en torno a una mesa de setenta centímetros de lado con la mascarilla por debajo del mentón. Qué inmenso corte de mangas a los sanitarios que desde hace un año se dejan el alma en unas UCIs aún hoy a reventar. Pero no rechisten. Es la Justicia.

724 muertos en un día

724 fallecidos por covid anteayer en el conjunto del Estado. Son tres veces las víctimas mortales de los atentados de Atocha o del accidente del Alvia de Angrois. Tremendo, ¿verdad? Pues mucho más, si piensan que, a diferencia de las tragedias citadas, la repercusión mediática será prácticamente nula. Ni programas monográficos especiales, ni opinadores de saldo, ni ardorosos denunciadores de lo que se ponga a tiro. Tampoco pomposos funerales institucionales con las autoridades ejerciendo de plañideras. Qué va. Esta vez la cosa se queda en una puñetera cifra para echarse las manos a la cabeza entre el último bocado del segundo plato y el primero del postre, justo antes de cambiar de canal, a ver si ha empezado el concurso de cocina o el de gañanes ligoteando.

¿Tan inhumanos nos hemos vuelto? En absoluto. Ya lo éramos a fuerza de digerir números sin desbastar. No sé cuántos ahogados en el Mediterráneo, masacrados en vaya usted a saber qué guerra ignota o a manos de estos o aquellos integristas con tarifa plana para el matarile. Es lo que tienen las muertes ajenas al por mayor, que acaban convirtiéndose en rutina. Y qué poco ayudan los portavoces sanitarios de pelo revuelto y voz ronca haciendo chistes en la comparecencia diaria y proclamando que ya casi estamos alcanzando el pico de esta vuelta.

Hasta la última gota

Soy de los que, cuando parece que la botella de aceite está vacía, la pongo boca abajo sobre un vaso para aprovechar hasta la última gota. Y también rajo los botes del lavavajillas, el gel o el champú con el fin de dejarlos absolutamente apurados antes de echarlos al cubo de los plásticos. Son, supongo, actitudes instintivas de alguien que creció en una familia donde la última semana de cada mes se hacía eterna. Se lo cuento porque intuyo que no serán pocos de ustedes los que mantengan rutinas o manías similares y, en consecuencia, estos días estén escandalizados al descubrir con qué ligereza se está derrochando nada menos que una sexta parte de las vacunas de Pfizer.

A eso equivale lo que el dicharachero consejero de Salud andaluz llamó “un culillo”, quitando importancia al despilfarro. Porque, sí, provoca mucha bronca, y yo ya lo he dejado por escrito aquí mismo, que jetas profesionales con incontables trienios de mangancia pública se hayan atizado por el puñetero morro un chute del líquido inmunizador. Pero si echan cuentas, aunque en nuestros terruños y más allá sean legión estos golfos, la suma de lo que se hayan podido inocular en sus carnes serranas es muy inferior a lo que se pierde de oficio porque a la farmacéutica le salió de la entrepierna dispensar el elixir en unos viales con trampa.

Pícaros que se vacunan

El día que en la demarcación autonómica volvemos a estar por encima del millar de contagios, la descomunal cifra queda eclipsada por las dimisiones —¿quizá destituciones?— de los directores de los hospitales de Basurto y Santa Marina por haberse vacunado cuando no les tocaba. Y la cuestión es que no cabe nada que objetar. En términos de lógica periodística, la actitud de los ya ex responsables de los citados centros médicos merece la prioridad informativa y, desde luego, la censura moral más contundente. No hay reservas suficientes de vergüenza ajena para hacer frente a unos comportamientos que, por otra parte, ya vemos que no son excepcionales. Abrieron la espita unos cuantos alcaldes del Mediterráneo, y tras ellos, se abonaron al pufo diferentes mandamases y enchufados, incluyendo al consejero de Sanidad de Murcia, que antes de renunciar al cargo tuvo el cuajo de sostener que no había hecho nada malo pero que pedía perdón “porque yo soy así”.

Más allá de la indignación por la brutal insolidaridad de los ventajistas con mando en plaza, mi gran duda es sobre los procesos mentales que los llevaron a pasarse los protocolos por el arco del triunfo. Ya no hablo de ética sino de conocimiento sobre el mecanismo del sonajero. ¿Acaso pensaban que nadie se daría cuenta? Tal vez, en su soberbia, fue así.

¡Hagan algo ya!

De la reunión del Consejo Interterritorial de Salud de hoy no espero autocrítica. Qué va, ni siquiera aunque los responsables sanitarios nos deban quintales de explicaciones por el modo en que su ceguera voluntaria sea en buena parte culpable de esta tercera ola telegrafiada que nos golpea sin piedad. Llegará —ojalá—el momento de exigir responsabilidades, pero ahora no toca llorar por la leche derramada sino remangarse y hacer frente de verdad al descomunal repunte de contagios, ingresos hospitalarios y muertes. Lisa y llanamente, hay que coger el virus por los cuernos y dictar las medidas más eficaces para ponerlo en retirada.

¿Cuáles? Es obvio que no tengo la cualificación profesional para enumerarlas, así que me abstendré de decir si se trata de un confinamiento a rajatabla, de mayores restricciones horarias y de movilidad o de cierres selectivos de actividades concretas. Sí me atrevo a anotar, en todo caso, que parecen necesarias determinaciones más drásticas y, por descontado, acordadas entre las diferentes comunidades desde la honradez y renunciando al lucimiento propio o al aprovechamiento político. Y, claro, con el compromiso del poder central, que debe comprender de una vez que cogobernar no es boicotear a las autoridades locales ni meterse las manos en los bolsillos y silbar a la vía.

Guerra de vacunas

Era lo penúltimo que nos faltaba por ver, una guerra por el modo de aplicar las vacunas. ¡Y con premios y castigos, oigan, decididos caprichosamente por el paternalista gobierno español! Zanahoria y sobadita en el lomo para las comunidades que se liaron la manta a la cabeza y se pusieron a dispensar viales como si no hubiera mañana, es decir, como si no fuera necesaria otra dosis. Pescozón, afeamiento de la conducta y reducción del suministro a las que, como la demarcación autonómica, prefirieron pecar de prudentes y administraron solo las dosis que garantizaban la segunda e imprescindible vuelta.

Se actuó así a riesgo de que el cuñadismo, igual el ilustrado que el sin desasnar, empeñado en convertir la inmunización en carrera de pinchazos al por mayor, despotricara contra las autoridades sanitarias por ser farolillo rojo. Luego el tiempo, o sea, la realidad de la producción de algo que todavía está en puñeteras mantillas, demostró que la cautela tenía razón de ser. A la todopoderosa Pfizer se le cruzaron los hechos tozudos, y tuvo que anunciar que echaba el freno en la distribución. Lo lógico y, desde luego, lo justo habría sido que las comunidades derrochadoras pagasen su desparpajo competidor. Pero Sánchez, Illa y Simón han decidido, conforme a sus caracteres, castigar a las que actuaron con mesura.