Amor y sensatez

Nuestras queridas autoridades —da igual cuáles— siempre se van a equivocar. Si flexibilizan las restricciones, mal. Si las refuerzan, mal. Si las dejan como están, mal. En cada uno de los supuestos se escucharán las agrias quejas de los descontentos por esto, por aquello o por lo otro. Y lo divertido a la par que revelador es que no pocas veces las protestas vendrán de los mismos eternos disconformes.

Anoto, para que no me digan que me escapo, que de tener voz y voto en los órganos decisorios, en este momento yo optaría por la máxima prudencia. Comprendo la necesidad de hacer malabarismos con mil bolas políticas, económicas y sanitarias, pero se me ponen las rodillas temblonas al pensar que podemos estar comprando a plazos la tercera ola. Claro que también es verdad, y es lo que venía a contarles, que a estas alturas de la pandemia yo no necesito que venga ningún gobierno a decirme lo que tengo que hacer. Vamos, que independientemente de lo que esté permitido o no esté expresamente prohibido, sé qué tipo de actitudes y comportamientos debo evitar. Y me conforta no ser el único. Me consta, sin ir más lejos, que en más de una familia se ha decidido sin esperar al boletín oficial que este año tocan cenas y comidas en casa y solo con los convivientes. No se me ocurre mejor prueba de amor y sensatez.

Todavía no hay vacuna

Pido perdón por el incómodo baño de realidad, pero me permito recordar que nada de lo que nos han dicho sobre las diferentes vacunas contra el covid-19 se ha difundido a través de publicaciones científicas. Cada impactante buena nueva la hemos ido conociendo a golpe de comunicado o pomposa comparecencia ante los medios generalistas. Y en no pocos de los casos, con inmediata reacción en las bolsas, que eran las auténticas destinatarias de unos anuncios donde las poderosas farmacéuticas nos iban escamoteando sistemáticamente información. De sonrojo, por ejemplo, la de Oxford-AstraZeneca, que olvidó contarnos que sus esplendorosos resultados eran solo en menores de 55 años. Pillados en renuncio, sus impulsores confesaron que, glups, quizá sea necesario practicar alguna prueba adicional.

Pero lo más ilustrativo sobre el estado verdadero de la carrera es el aviso de la Agenda Europea del Medicamento: hasta finales de año, como muy pronto, no podrá evaluar las diferentes vacunas. O sea, que menos cuentos de la lechera y menos ventas prematuras de la piel de un oso —es decir, de un virus— que todavía no se ha cazado. Está bien tomar posiciones para estar listos cuando llegue el gran momento, pero todo lo demás es impostura y lanzar a la población el peligrosísimo mensaje de que esto está chupado.

No Navidad

No tenemos remedio. Quiero decir, siendo justo, que algunos de nuestros congéneres no lo tienen. Como si no hubiera sido suficiente escarmiento el desastre letal de las llamadas No Fiestas del verano, ahora se empeñan en construir la catástrofe futura que será la No Navidad. Caminan como autómatas descerebrados —y nos empujan con ellos, que es lo peor— hacia el abismo de la tercera entrega de la pandemia. Tramposos, ventajistas e ingenuos sin posibilidad de enmienda, se aferran al comodín de la inminente vacuna para espolvorear su mensaje sacado de esos grandes filósofos epicúreos que fueron Los Amaya: Vive la vida hoy, que mañana te puedes morir.

Lo jodido en este caso es que el enunciado puede ser literal. O casi, porque las leyes de probabilidad y la de Murphy apuntan a que las juergas nonavideñas matarán, como ha venido pasando hasta ahora, a los que no las habrán disfrutado. Ya les digo yo que bien pocos de los más de cien fallecidos en la última semana en Euskal Herria pillaron el bicho yéndose de mambo. Qué va, se lo dejaron en usufructo parientes y otros prójimos que no se privaron de chuflas idénticas a las que ahora vuelven a reclamar como derecho inalienable. Pequeños aznarines recalcitrantes, preguntan quiénes son las autoridades sanitarias para prohibirles expandir el virus. Rabia.

Evitemos la tercera

Es mejor que no nos engañemos en el solitario. Ciertamente, es un alivio ver cómo muy poco a poco la curva de la segunda ola ha emprendido el descenso. También lo es comprobar que en el mapa el color rojo va apagándose de día en día. Pero todavía estamos muy lejos de lo deseable, incluso de lo aceptable. Los números de hospitalizaciones siguen siendo demasiado altos y las tantas veces mentadas tasas de positividad y de incidencia acumulada por cada 100.000 habitantes continúan casi escandalosamente por encima de lo que marcan las recomendaciones de las autoridades sanitarias. Qué decirles de las cifras de fallecidos, que aún tardarán en dejar de crecer. Eso, sin perder de vista que cada muerte es una tragedia.

No pretendo ser un cenizo. Soy el primero en necesitar imperiosamente buenas noticias. Y sin duda, no son malas las que vamos contando últimamente. Parece que la tendencia ha cambiado y que la tempestad empieza a amainar. Si añadimos los prometedores avances sobre las vacunas, tenemos motivos para la esperanza. Sin embargo, una mirada hacia atrás —y no muy atrás; hablo de apenas unas semanas— nos debería servir para evitar caer de nuevo en los mismos errores. Cuando todavía no hemos abandonado la segunda ola, no podemos permitirnos de ningún modo poner la simiente para la tercera.

Sánchez, el gran vacunador

He perdido la cuenta de las veces que habré escrito aquí mismo que quien nace lechón muere gorrino. Ay, Sánchez, eterno Sánchez. Llevaba el tipo silbando a la vía de perfil durante lo más crudo de la segunda ola, dejando que se comieran el marronazo las autoridades de cada Comunidad, y cuando parece que dejan de pintar bastos, sale a darnos la buena nueva. Otra vez, en un aló, presidente dominical de los de hace unos meses. Españoles, españolas —inclúyanse ahí los y las de novísima obediencia, ya saben quiénes—, sepan que tenemos un planazo de vacunación contra el bicho que es la leche en verso. Oigamusté, que en esto vamos de la mano de Alemania, por delante de toda la purria de la UE, también de aquellos a los que les vamos dar el sablazo para pagar la ronda.

Un notición, ¿verdad? Tal que así les coló a los ingenuos y pelotas de diverso cuño. Este servidor, con pellejo duro y renegrido, olió el tufo a gato encerrado incluso bajo tres capas de mascarillas. Y así se lo solté a los oyentes de Onda Vasca: ¿Cuánto les va a que las autoridades de cada terruño, que son las que habrán de llevar a la práctica el pomposo plan de inmunización, no tienen ni pajolera idea de lo que ha anunciado urbi et orbi el prohombre de Moncloa? De nuevo, bingo. El lehendakari lo confirmó resignado y contrariado. Un caso.

Simón siempre se libra

Voy para muy viejo. Veo al bienamado Fernando Simón diciendo que es funcionario público y que no piensa bajarse del barco antes de tiempo y recuerdo a Felipito Tacatún (Joe Rigoli) proclamando en su rancio pero siempre vigente gag: “¡Yo sigo!”. Qué persona, el aragonés que hace gala de los estereotipos de su tierra. Cuando pase todo esto, Dios o Belcebú quieran que pronto, alguien debería dedicar una tesis doctoral o, como poco, un trabajo de fin de grado a la adherencia inquebrantable del gachó. Y, claro, a la fascinación absolutamente acrítica que despierta entre las entregadas masas.

Vale, quizá también sea digno de estudio el paquete gratuito que le tiene otra parte del graderío, con disposición de oficio a sacrificarlo antes de abrir la boca. Pero si tienen vocación de neutrales, o incluso, simpatizando de saque con el doctor que presume de no serlo, no me negarán que sale vivo de temporales en los que cualquier otro naufragaría. Da igual que suelte una machistada garrula, que confiese haber mentido sobre la utilidad de las mascarillas, que jure que todo va guay cuando va de culo, que diga que está bien cerrar cines o teatros porque la peña pimpla antes y después o que se descuelgue con que los sanitarios no se contagian en el curro sino cuando salen de mambo. ¿Imaginan a Urkullu o Ayuso en las mismas?

Memos sin edad

Doscientos idiotas en un botellón en Artxanda. Salen en estampida al llegar la Ertzaintza. No todos. Un puñado de ellos se quedan y se encaran con los agentes. Que si no son terroristas, que a ver dónde pone que está prohibido quedar con los amigos a socializar. Leo en el diario de la acera de enfrente que, incluso, hay una enfermera de 25 años que se viene arriba y suelta una docena de mentecateces. Me muerdo las yemas de los dedos para no escribir que manda narices con la generación más preparada de todos los tiempos o la que dispone de más medios de acceder a la información. Sería, por añadidura, una generalización injusta. Les puedo presentar a un buen montón de chavales y chavalas en esa edad crítica que hacen todo lo posible y más por no expandir el bicho. Al precio, eso tampoco se me pasa por alto, de tener la juventud aparcada en el arcén de la pandemia.

Eso, sin contar que pasarse las recomendaciones por el forro no es una cuestión de renovaciones de carné. Son incontables los memos talluditos que se apelotonan en los bancos públicos con un café en vaso de parafina comprado en el bar de enfrente, que se agolpan en los merenderos a compartir tortilla, fumeque y fluidos o que salen a corretear o bicicletear en manada porque las normas son solo para los pardillos que tratamos de cumplirlas.