Cansinos pandémicos

Sonrío entre la resignación y el cinismo ante las imágenes de las movilizacones del primero de mayo. Si servidor fuera un abogado de esos juicios de serie de Netflix o HBO, entonaría el clásico: no hay más preguntas, señoría. Como banda sonora, Chimo Bayo. Esta multitud arracimada sí, esta otra, no. O al revés. Qué mal, las concentraciones ante el autobús del equipo de nuestros amores, pero qué bien si se trata de pasarse por el arco del triunfo la distancia interpersonal y los cierres perimetrales para menesteres dizque reivindicativos. Todo justísimo y de lo más necesario, seguro, pero abiertamente contradictorio con lo que se proclama a voz en grito. ¿No estamos tan horriblemente mal por culpa de la autoridad (in)competente que no nos ha encerrado en casa como el año pasado? ¿Qué hacen entonces los espolvoreadores de tal matraca arengando a la peña a echarse al asfalto en alegre y promiscua biribilketa?

Ni siquiera espero una respuesta. Todo esto va de la feroz hipocresía que es seña de identidad del siempremalismo rampante. No oculto, en todo caso, que esa querencia desparpajuda por la ley del embudo empieza a resultarme cansina hasta el borde de la náusea. Supongo que es mi versión personal e intransferible de la cacareada fatiga pandémica. Qué hartura de ventajistas que siempre ganan.

El pifostio de AstraZeneca

Me he pasado las últimas horas poniendo la oreja a conversaciones ajenas. Sin rigor estadístico alguno, he constatado que cerca de la mitad de esas charlas robadas tenían como asunto el inmenso pifostio de la vacuna de AstraZeneca. Había valientes que decían que no tendrían el menor reparo en chutarse una dosis del antídoto de marras y también personas muy ponderadas que sostenían lo obvio, que el riesgo es incomparablemente inferior a los beneficios. Estamos hablando de un muerto por cada millón de pinchazos frente a miles de vidas salvadas. Ahí llegaba la apostilla de no pocos de mis espiados: eso, si damos por cierto lo que nos han venido contando, cuestión que no resulta nada fácil a la vista de los sucesivos espectáculos de las últimas semanas y no digamos de los incontables cambios de criterio sobre las franjas de edad para las que es adecuada.

La conclusión es que se ha instalado la sospecha y va a ser muy difícil restaurar la confianza. Los antivacunas se están dando un festín en medio de esta ceremonia de la confusión. Ocurre esto justo cuando parecía que la mayoría de la población había entendido la necesidad de vacunarse y también cuando empezábamos a coger ritmo en la inmunización. ¿Cómo arreglarlo? Con una herramienta que las autoridades sanitarias usan regular: la comunicación.

Cogobernanza o así

Mi animal mitológico favorito es la cogobernanza. Más concretamente, al estilo Pedro Sánchez y en enunciado de su alucinógena vicepresidenta primera (si no me lío con el orden del camarote monclovita), Carmen Calvo. La cosa se viene a resumir en la martingala para timar a pardillos que empleaba un jeta de mi barrio: cara, gano yo; cruz, pierdes, tú. O, aplicado a la gestión de la pandemia, que es el caso que nos ocupa, el Ejecutivo central dicta las normas y las comunidades las acatan, las ejecutan y, por supuesto, se comen los marrones que acarreen, que son un quintal. Vamos, que todo lo que salga mal o disguste a los ciudadanos es culpa de los gobiernos locales. Los éxitos, faltaría más, se atribuyen automáticamente a la fastuosa labor del pastor central.

Semejante principio (o sea, falta de principios) está tan rodado, que hasta ha dejado de ser necesario el estado de alarma. Dice Calvo que en el momento en que el decreto caduque, allá por el 9 de mayo, “se podrían utilizar acciones coordinadas de todas las comunidades cuando se estimen necesarias y que tendrían que ser cumplidas por todos obligatoriamente”. Lo de “acciones coordinadas”, como bien sabemos porque seguimos sufriéndolas, es el viejo artículo 33. Madrid ordena y manda y la periferia obedece, pero eso sí, todo de muy buen rollito.

Semana Santa alemana

En Alemania, un país donde el personal se mete al sobre a las ocho de la tarde, la canciller, Angela Merkel, compareció ayer a las tres de la madrugada. No fue un capricho ni una excentricidad. Tenía un buen motivo. Después de once horas de reunión con los responsables de los estados federados, era urgente anunciar la dura decisión que se había tomado. Frenazo en seco a la tenue desescalada empezada hace apenas catorce días y confinamiento severo durante toda la Semana Santa. Hablamos, ojo, de paralizar totalmente el país, con la única excepción de las tiendas de alimentación, que podrán abrir exclusivamente el sábado, 3 de abril. Obviamente, como ocurre desde noviembre, se mantienen abajo las persianas de la hostelería, los cines, los teatros, los museos y los gimnasios. Por añadidura, todos los viajeros, incluidos los propios alemanes que regresen, deberán acreditar una PCR negativa.

Ahora es cuando les cuento, por si se lo estaban preguntando, que estas medidas se toman con una incidencia acumulada de 108 casos por cada 100.000 habitantes en siete días. Ni en Euskal Herria ni en el conjunto del Estado estamos muy lejos de esos números. Recuerden las imágenes del reciente puente de San José y decidan si es lógico o no que vuelvan a darse, corregidas y aumentadas, en la inminente Semana Santa.

AstraZeneca: incomprensible

Se diría que las autoridades sanitarias españolas han renunciando a la batalla de la comunicación. Lo que no tengo claro es si el motivo es que la dan por perdida o, directamente, que no les parece importante gastar tiempo informando a la ciudadanía de algo que es difícil de explicar. Y así, han optado por imponernos sus decisiones como en tiempos se hacía con el ricino, es decir, por las bravas. Y sin entrar en las ilógicas restricciones actuales —comunidades cerradas y fronteras abiertas para que los turistas exteriores tengan vía libre— el penúltimo episodio más representativo de lo que hablo es lo ocurrido con la vacuna de Astrazeneca.

Para empezar, se frena en seco la inoculación sin dejar claros los motivos; ni siquiera los expertos habituales eran capaces de entenderlos. Luego, cuando la Agencia Europea del Medicamento dice que no hay causa para el exceso de celo, en lugar de reanudar los pinchazos inmediatamente, se espera hasta mañana. Y lo último es que ahora resulta que esa vacuna sobre la que había tantas dudas es también efectiva para la franja de edad entre los 55 y los 65 años. Seguramente, habrá razones basadas en la ciencia que amparen todas y cada una de las decisiones. Sin embargo, es muy complicado que el común de los mortales no sienta que algo que no se le cuenta.

¿Cuarta ola?

Mucho me temo que sobran los signos de interrogación en el encabezado. Los últimos números, da igual en Euskal Herria, el Estado o en el entorno europeo, apuntan exactamente por ahí. Cabe, como mucho, la bizantina discusión técnica: si es todavía la segunda ampliada o una tercera de nuevo cuño. Da igual. Basta mirar el gráfico. Desde que hace un año tuvimos que encerrarnos en casa hasta hoy, se ven claramente tres montañas y el inicio de una nueva cuesta arriba. Justo cuando nos las prometíamos felices recuperando (en el caso de la CAV) la movilidad entre los territorios y acariciando la posibilidad, una vez pasada la Semana Santa, de dar saltos mayores, volvemos a darnos de morros con la realidad.

Somos Sísifo subiendo una y otra vez por la pendiente con el pedrusco a cuestas. Y para que el chasco sea mayor, cuando empezábamos a pasar del trantrán en el ritmo de vacunación, se obliga a dejar en el congelador miles de dosis del suero de AstraZeneca sin que los mismos expertos sepan muy bien por qué. Será inevitable la caza del culpable. Unos dedos señalarán a la pachorra de la ciudadanía. Otros negarán la mayor y apuntarán a las autoridades por hacer y, ya puestos, por dejar de hacer. Este humilde tecleador no tiene moral para apuntarse a este o al otro bando. Bastante trabajo da seguir en pie.

Vayamos con tiento

¿Cuántas veces tenemos que desmorrarnos en la misma piedra para aprender algo? Infinitas, me temo. Perdonen, de nuevo, que ejerza de cenizo, pero se me ponen las rodillas temblonas al asistir al enésimo festival de triunfalismo ante la evidencia de que la tercera ola va cediendo. Es verdad que venimos de números terroríficos, pero las cifras actuales siguen siendo escandalosas. Están muy pero que muy lejos de los parámetros que permitirían pensar en algo que, aun así, sería remotamente parecido a nuestra vida anterior al desembarco del virus. Todo eso, sin dejar de lado la enorme e impía ligereza que supone anotar casi a beneficio de inventario los casi 5.000 fallecidos por covid —datos oficiales; los reales son más— que sumamos en el sur de Euskal Herria.

No. Por supuesto que no digo que no sea motivo de alivio ver cómo las gráficas confirman de día en día el camino descendente. Eso es tan esperanzador como la certificación de que las vacunas, incluso al ritmo seguramente muy mejorable que llevamos, empiezan a manifestarse efectivas; las curvas de contagios en las residencias, por ejemplo, han caído en picado. Soy el primero que se alegra al comprobar que también hay buenas noticias. Por eso mismo, para que siga habiéndolas, ruego a gobernantes y gobernados que esta vez vayan (vayamos) con tiento.