¿Pandemia? ¿Qué pandemia?

Toc, toc. Lamento interrumpir el plácido goce y disfrute de lo que dimos en llamar, tomando prestada la expresión al portavoz de Lakua, Bingen Zupiria, “la vida de otra manera”. Que sí, que yo también he pecado. Desde el mismo día en que decayó el decreto de emergencia sanitaria y el LABI pasó a la reserva, todos nos entregamos a la recuperación del tiempo perdido. Ya antes habíamos ensayado, pero en cuanto se cortó la cinta imaginaria, redoblamos nuestro ímpetu. Nos hicimos creer que llevábamos centurias de hambre atrasada y nos dispusimos a ajustar cuentas como si literalmente no hubiera un mañana ni un pasado mañana. Las mascarillas van desapareciendo del paisaje y nos arracimamos con el prójimo como no hacíamos antes de la irrupción del bicho. ¿Qué puede salir mal?

Pues, de momento, parece que todavía nada demasiado gordo. Estamos a tiempo de levantar el pie del acelerador vital. Sepan solamente que nuestra comunidad es una de las seis en las que el virus está técnicamente en expansión. Hemos pasado del verde al amarillo en ese mapa que hace no tanto escrutábamos con ansiedad y ahora pasamos un kilo y medio de mirar. Bien es cierto que algo de culpa tienen las autoridades que, por algún motivo, han considerado que ya no es necesario aportarnos los datos diariamente. La traducción de ese mensaje entre una ciudadanía con ansia de sepultar en el olvido este año y medio de limitaciones es que la pandemia está superada. Ya estamos viendo que todavía no podemos cantar victoria, pero por desgracia, parece tarde para dar marcha atrás. A lo bueno nos acostumbramos pronto.

El negacionismo crece y crece

Ciertamente, no se puede decir que fueran cuatro y el del tambor. La manifestación negacionista del pasado sábado entre Irun y Hendaia contó con una asistencia más que nutrida. Las imágenes dan fe de ello. Centenares de personas —por supuesto, sin mascarilla y arracimadas las unas sobre las otras— de ambos lados de la muga recorrieron las dos localidades exhibiendo pancartas pedestres con lemas visionarios y coreando las consignas esotéricas de rigor. Lo hacían, una vez más, en nombre de la libertad. De la de contagiar alegremente un virus que en año y medio ha causado millones de muertes en el planeta y ha dejado incontables secuelas probablemente permanentes entre quienes lo han padecido.

Resulta tremendo (y ahí es donde quiero llegar con estas letras que me costarán un reguero de biliosas diatribas de los aludidos) ver el tamaño que va adquiriendo este movimiento que no acepta la evidencia que sus propios ojos deberían mostrarles. De convocatoria en convocatoria, crece la afluencia a estos saraos y, lo peor, también escala el engorilamiento de sus representantes que pretenden convencernos de que lo que está ocurriendo obedece a una conspiración mundial para secuestrar las conciencias y convertir en esclava a la humanidad. La cosa sería una extravagancia si todo se quedara en sus estrafalarias proclamas. Ocurre, sin embargo, como hemos visto en esta última ola, que el ejercicio de lo que reclaman como derechos individuales inalienables —no vacunarse y pasarse por la sobaquera las recomendaciones sanitarias— tiene consecuencias demoledoras en la salud de sus congéneres.

Macrobrotes

Pues seguimos para bingo pandémico. O, como poco, para hacer la línea de la quinta ola, si no llevo mal las cuentas. De entrada, me van a permitir un saludo a los esforzados miembros del equipo paramédico habitual. Ya es mala leche que justo cuando volvían a darnos la matraca con datos super-mega-maxi fehacientes que probaban que la peña se pone chunga en el curro, la cabrita realidad nos haya vomitado cifras contantes y sonantes que demuestran de una forma no ya abrumadora sino insultante una realidad bien distinta. Tomen solo los últimos números, los del viernes. En la demarcación autonómica, 498. En la foral, 152. Y no hace falta ser un rastreador apache para llegar al origen del reventón de positivos: desfases en Mallorca y Salou y ‘no fiestas’ en un porrón de localidades, con Hernani ofreciendo registros de escándalo. Me voy a despiporrar un kilo cuando el científico oficial de la resistencia nos saque la gráfica en la que se vea claramente que todo quisque pilló el bicho en la oficina o mientras reponía las estanterías del híper. Algún día hablaremos de las batas blancas a las que hemos concedido estatus de oráculo cuando toda su divulgación parda atiende a unas siglas.

Pero no va ser hoy, porque el espacio que le queda a esta columna debe ser para tratar de hacer ver a los lectores que hemos entrado en una deriva endiablada. Mi gran temor es que la mayor parte de mis congéneres ha tomado la directa al viejo modo de vida. Como mucho, mantendrá la mascarilla en exteriores —mal puesta, sin cambiar en semanas— a modo de prueba de compromiso. Solo las vacunas puestas nos salvarán. Eso espero.

Un curso escolar casi normal

Ahora que ha terminado el curso escolar —para muchos, ya lo hizo en mayo; qué suertudos los zagales de esta época—, conviene echar la vista atrás. Sin ira, claro, pero con el ánimo de poner el punto en cada i y de señalar a la legión de profetas del apocalipsis que han quedado con sus generosas posaderas al aire. Los datos contantes y sonantes nos hablan de una extraordinaria falta de acontecimientos reseñables. Ha habido, por supuesto, algún contagio y no pocos aislamientos preventivos. En el caso de los primeros, los positivos, cabe acotar dos realidades: una, su proporción en el ámbito educativo ha sido menor que en cualquier otro; dos, han afectado más a los adultos que a la chavalería.

Es evidente que no ha sido un curso más, como nada lo ha sido en este año y medio en el sector al que dirijamos la mirada, pero a efectos prácticos se ha desarrollado sin que la pandemia haya determinado de modo crucial lo puramente académico. Ningún alumno ha aprobado o suspendido más de lo que lo hubiera hecho en ausencia del virus. Y en cuanto a lo verdaderamente importante, su salud no se ha expuesto a más riesgo en las aulas que en los bancos del parque en los que se sientan arracimados o que en sus propias casas. Al contrario: en el pupitre, en el patio o en el gimnasio han estado infinitamente más protegidos que en los lugares citados. Espero sentado una petición de disculpas y la admisión de su tremendo error de los que a finales de agosto y principios de septiembre de 2020 nos pintaron un panorama de chiquillos y docentes cayendo como moscas y acusaron a las autoridades educativas vascas de promover poco menos que un genocidio.

Casi adiós a la mascarilla

Ahora sí que sí. Es cuestión de días. De semanas, como mucho. Quizá no a la vez en todos los territorios de Euskal Herria, pero todo apunta a que muy pronto podremos liberarnos de las mascarillas, por lo menos, en exteriores. No sé si les pasa también a ustedes, pero desde que ha empezado esa oficiosa marcha atrás, me ha nacido una cierta ansiedad. Es como si fuera más consciente de que llevo una tela sujeta por una goma a las orejas que me tapa la nariz y la boca. Y eso que estoy entre los afortunados que ha tenido una relación de lo más llevadera con ella. Sí es verdad que hasta que descubrí determinada milagrosa bayeta antivaho, me tocaba ir prácticamente a tientas con las gafas empañadas cuando llovía o hacía frío. O que en días de calor, subir una cuestita con la bici se me hacía el Tourmalet. Pero, en general, he sido capaz de portarla sin mayores problemas y, además, con la conciencia de que me estaba protegiendo y protegiendo a los demás. Y no solo contra la covid, sino, como parece que ha quedado demostrado, contra muchos otros de los virus cotidianos. Siendo como era de una bronquitis, una faringitis y no sé cuántos constipados nasales al año, he pasado los últimos quince meses sin mucho más que la tosecilla de exfumador que me asalta de tanto en tanto para que no olvide mis viejos pecados. Así que no voy a dejar de celebrar el instante en que deje de ser obligatorio su uso al aire libre, pero algo me dice que incluso cuando la liberación se extienda a los espacios a cubierto, seguiré llevando un par de ellas en el bolsillo para usarlas en situaciones concretas. Y estoy seguro de que no voy a ser el único.

Cansinos pandémicos

Sonrío entre la resignación y el cinismo ante las imágenes de las movilizacones del primero de mayo. Si servidor fuera un abogado de esos juicios de serie de Netflix o HBO, entonaría el clásico: no hay más preguntas, señoría. Como banda sonora, Chimo Bayo. Esta multitud arracimada sí, esta otra, no. O al revés. Qué mal, las concentraciones ante el autobús del equipo de nuestros amores, pero qué bien si se trata de pasarse por el arco del triunfo la distancia interpersonal y los cierres perimetrales para menesteres dizque reivindicativos. Todo justísimo y de lo más necesario, seguro, pero abiertamente contradictorio con lo que se proclama a voz en grito. ¿No estamos tan horriblemente mal por culpa de la autoridad (in)competente que no nos ha encerrado en casa como el año pasado? ¿Qué hacen entonces los espolvoreadores de tal matraca arengando a la peña a echarse al asfalto en alegre y promiscua biribilketa?

Ni siquiera espero una respuesta. Todo esto va de la feroz hipocresía que es seña de identidad del siempremalismo rampante. No oculto, en todo caso, que esa querencia desparpajuda por la ley del embudo empieza a resultarme cansina hasta el borde de la náusea. Supongo que es mi versión personal e intransferible de la cacareada fatiga pandémica. Qué hartura de ventajistas que siempre ganan.

El pifostio de AstraZeneca

Me he pasado las últimas horas poniendo la oreja a conversaciones ajenas. Sin rigor estadístico alguno, he constatado que cerca de la mitad de esas charlas robadas tenían como asunto el inmenso pifostio de la vacuna de AstraZeneca. Había valientes que decían que no tendrían el menor reparo en chutarse una dosis del antídoto de marras y también personas muy ponderadas que sostenían lo obvio, que el riesgo es incomparablemente inferior a los beneficios. Estamos hablando de un muerto por cada millón de pinchazos frente a miles de vidas salvadas. Ahí llegaba la apostilla de no pocos de mis espiados: eso, si damos por cierto lo que nos han venido contando, cuestión que no resulta nada fácil a la vista de los sucesivos espectáculos de las últimas semanas y no digamos de los incontables cambios de criterio sobre las franjas de edad para las que es adecuada.

La conclusión es que se ha instalado la sospecha y va a ser muy difícil restaurar la confianza. Los antivacunas se están dando un festín en medio de esta ceremonia de la confusión. Ocurre esto justo cuando parecía que la mayoría de la población había entendido la necesidad de vacunarse y también cuando empezábamos a coger ritmo en la inmunización. ¿Cómo arreglarlo? Con una herramienta que las autoridades sanitarias usan regular: la comunicación.