Diario de la segunda ola (2)

Asisto con una ceja enarcada y aprovisionado de quintales de resignación al (falso) debate sobre cómo debe ser la inminente vuelta a las aulas. Voy avisando de que los esfuerzos estériles conducen a la melancolía, o sea, a la frustración o, si conocemos el paño, al aumento de la bronca. Se adopte la solución que se adopte, será mala. Todos sabemos que acá, allá o acullá habrá uno, dos o quince contagios, y tendremos al ejército cuantopeormejorista echándose las manos a la cabeza y dirigiendo su ventajista dedo acusador a la autoridad correspondiente, ya se llame Urkullu, Chivite, Sánchez o Ayuso. Con suerte, se librará Torra; no son nadie los procesistas de salón haciéndose los orejas.

Desengañémonos: esta vez los que llevan no dando una en sus vaticinios apocalípticos (para esta hora no debería quedar vivo un currela del metal ni un votante del 12 de julio) tienen todos los boletos para que su siniestra profecía se autocumpla. Otra cosa es que sea en los pupitres donde se transmita el bicho. Si fuéramos una gota menos fariseos o pardillos, repararíamos en una realidad apabullante: desde el final del confinamiento, la chavalería anda por ahí en apiñado y despreocupado rebaño. ¿De qué sirve convertir en burbujas los centros educativos si el verdadero comportamiento de riesgo no va a cesar?

Contágiame, mi amor

Qué bulla más tonta, por favor. Que si son los jóvenes. Que si pues anda que los mayores. Que si también son las reuniones familiares y nadie dice nada. Por no hablar de los memos babeantes que, a estas puñeteras alturas, siguen dando la matraca con las elecciones, cuando, si algo acaba de demostrarse —¡joder, ya!— es que no pudo haber mejor momento para celebrarlas. Ya está bien de profecías autocumplidas y hechos alternativos (o sea, putas fake news). No hace falta estar en posesión de ningún máster en epidemiología avanzada para tener medio claro lo que está pasando en las últimas semanas.

Igual que con muchas de nuestras causas de muerte más habituales antes de la pandemia, como las enfermedades cardiovasculares o los accidentes de tráfico, volvemos a estar ante la opulencia y la pachorra como origen. Mal que les pese a los doctores Tragacanto de aluvión, aquí no hay asesina Confebask ni pérfido gobierno neoliberal que valga. Esto va de señoritos con derecho a voto de diferentes edades que se pasan por la sobaquera las recomendaciones más básicas para que el jodido bicho se dé un festín. Hace falta ser destalentado y tonto con enes infinitas para estabularse en un local cerrado a compartir fluidos a discreción. Claro que también les vale un rato a nuestras queridas autoridades por no impedirlo.

Diario del covid-19 (16)

El pico de contagios empieza a ser como la línea del horizonte. Parece estar ahí, pero con cada paso que damos se va alejando. Malos tiempos para ser escéptico o incrédulo porque siempre se tiene la sensación de estar ante domadores de estadísticas y de gráficas. Ojalá sean las cosas como escuchamos en las últimas comparecencias oficiales y vayamos camino del inicio de la cuesta abajo. O, por lo menos, del llano. Con qué poco nos conformamos.

Entretanto, miro embobado el calendario, tratando de imaginar el mundo que pudo ser y no está siendo. Si no hubiéramos caído en esta pesadilla, ahora estaríamos agotando la campaña electoral. Seguro que nos sentiríamos hastiados por las naderías y los mensajes reiterativos que en esta situación hacen sentir una nostalgia infinita. ¿Dónde hay que firmar para volver a esa bendita rutina que tan poco nos estimulaba?

Puras divagaciones en un primero de abril, la jornada en la que en España se sobrepasarán los cien mil contagios y en los cuatro territorios del sur de Euskal Herria nos pondremos a tiro de piedra de los diez mil. Siempre, claro, de acuerdo a los cómputos oficiales, que casi todos sospechamos que son un reflejo no demasiado exacto de la realidad. Ocurre, y aquí voy a poner el punto final, que simplemente no podemos permitirnos el lujo del desánimo.