Sánchez hace la estatua

Se había quedado el fin de semana niquelado para una de esas pomposas comparecencias sabatinas o dominicales del señorito de Moncloa, pero en la hora en que tecleo, parece que no va a ser así. El caporal ha mandado a su chico colocado como candidato, el ya casi exministro Illa, a hacer una nueva exhibición de lo que mejor se le da, que es lo que, al fin, le hace tan buen cabeza de cartel: hablar mucho y no decir nada. Convirtiendo prácticamente en bella arte su divisa —ni una mala palabra, ni una buena acción—, el interino de sí mismo se pegó toda la rueda de prensa con el balón en el córner. Todo lo que llegó a medio anunciar, que es lo que ustedes habrán visto en los titulares, es que en un gesto de inconmensurable bondad, su benemérito gobierno quizá —pero solo quizá— se avenga a conceder graciosamente a las comunidades autónomas la facultad de adelantar el toque de queda.

¿Y si precisaran tomar otras medidas más drásticas? Ah, no, eso ya no. Da igual que la curva de contagios sea ya una pared vertical que diariamente pulveriza su propio registro, que las UCI estén a reventar o que vuelvan a morir personas por paletadas. Lo que impera, como viene ocurriendo desde el minuto cero de la pandemia, es el frío y desalmado cálculo de lo que conviene políticamente. Y esta vez toca hacer la estatua.

¿A dónde vamos?

No quiero resultar melodramático, pero me da que la banda sonora de esta pesadilla la está interpretando la orquesta del Titanic. Por benévolas y voluntaristas que se pongan las autoridades sanitarias al aventar los datos diarios, quedan pocas dudas de que caminamos de nuevo hacia el abismo de la tercera ola. Como menú-degustación, los aumentos de positivos forjados en los puentes, en las mareas callejeras, en las chuflas domésticas… y mucho me temo que también en lugares a los que no acudimos precisamente por ocio.

“¡Eh, eh, eh, que la hostelería no estaba abierta esos días!”, protestan los recalcitrantes. Y la respuesta no es difícil: menos mal. A nadie que no quiera autoengañarse se le escapa que el descenso que ahora se estanca llegó tras el cierre de tabernas y restaurantes. Cualquiera que haya visto las imágenes de la reapertura en la CAV tiene motivos para temer lo peor. ¿Culpa de los tasqueros? Desde luego que no.

Claro que el pasmo mayor viene al mirar el calendario para comprobar que estamos cada vez más cerca de las fechas señaladas y no parece que nadie con mando en plaza tenga la intención de echar el pie al freno. Nuestros vecinos del norte, incluidos los que se tomaron a la ligera la primera embestida del bicho, se afanan en medidas a cada cual más restrictiva. Y aquí, como si nada.

No Navidad

No tenemos remedio. Quiero decir, siendo justo, que algunos de nuestros congéneres no lo tienen. Como si no hubiera sido suficiente escarmiento el desastre letal de las llamadas No Fiestas del verano, ahora se empeñan en construir la catástrofe futura que será la No Navidad. Caminan como autómatas descerebrados —y nos empujan con ellos, que es lo peor— hacia el abismo de la tercera entrega de la pandemia. Tramposos, ventajistas e ingenuos sin posibilidad de enmienda, se aferran al comodín de la inminente vacuna para espolvorear su mensaje sacado de esos grandes filósofos epicúreos que fueron Los Amaya: Vive la vida hoy, que mañana te puedes morir.

Lo jodido en este caso es que el enunciado puede ser literal. O casi, porque las leyes de probabilidad y la de Murphy apuntan a que las juergas nonavideñas matarán, como ha venido pasando hasta ahora, a los que no las habrán disfrutado. Ya les digo yo que bien pocos de los más de cien fallecidos en la última semana en Euskal Herria pillaron el bicho yéndose de mambo. Qué va, se lo dejaron en usufructo parientes y otros prójimos que no se privaron de chuflas idénticas a las que ahora vuelven a reclamar como derecho inalienable. Pequeños aznarines recalcitrantes, preguntan quiénes son las autoridades sanitarias para prohibirles expandir el virus. Rabia.

Simón siempre se libra

Voy para muy viejo. Veo al bienamado Fernando Simón diciendo que es funcionario público y que no piensa bajarse del barco antes de tiempo y recuerdo a Felipito Tacatún (Joe Rigoli) proclamando en su rancio pero siempre vigente gag: “¡Yo sigo!”. Qué persona, el aragonés que hace gala de los estereotipos de su tierra. Cuando pase todo esto, Dios o Belcebú quieran que pronto, alguien debería dedicar una tesis doctoral o, como poco, un trabajo de fin de grado a la adherencia inquebrantable del gachó. Y, claro, a la fascinación absolutamente acrítica que despierta entre las entregadas masas.

Vale, quizá también sea digno de estudio el paquete gratuito que le tiene otra parte del graderío, con disposición de oficio a sacrificarlo antes de abrir la boca. Pero si tienen vocación de neutrales, o incluso, simpatizando de saque con el doctor que presume de no serlo, no me negarán que sale vivo de temporales en los que cualquier otro naufragaría. Da igual que suelte una machistada garrula, que confiese haber mentido sobre la utilidad de las mascarillas, que jure que todo va guay cuando va de culo, que diga que está bien cerrar cines o teatros porque la peña pimpla antes y después o que se descuelgue con que los sanitarios no se contagian en el curro sino cuando salen de mambo. ¿Imaginan a Urkullu o Ayuso en las mismas?

Diario de la segunda ola (2)

Asisto con una ceja enarcada y aprovisionado de quintales de resignación al (falso) debate sobre cómo debe ser la inminente vuelta a las aulas. Voy avisando de que los esfuerzos estériles conducen a la melancolía, o sea, a la frustración o, si conocemos el paño, al aumento de la bronca. Se adopte la solución que se adopte, será mala. Todos sabemos que acá, allá o acullá habrá uno, dos o quince contagios, y tendremos al ejército cuantopeormejorista echándose las manos a la cabeza y dirigiendo su ventajista dedo acusador a la autoridad correspondiente, ya se llame Urkullu, Chivite, Sánchez o Ayuso. Con suerte, se librará Torra; no son nadie los procesistas de salón haciéndose los orejas.

Desengañémonos: esta vez los que llevan no dando una en sus vaticinios apocalípticos (para esta hora no debería quedar vivo un currela del metal ni un votante del 12 de julio) tienen todos los boletos para que su siniestra profecía se autocumpla. Otra cosa es que sea en los pupitres donde se transmita el bicho. Si fuéramos una gota menos fariseos o pardillos, repararíamos en una realidad apabullante: desde el final del confinamiento, la chavalería anda por ahí en apiñado y despreocupado rebaño. ¿De qué sirve convertir en burbujas los centros educativos si el verdadero comportamiento de riesgo no va a cesar?

Contágiame, mi amor

Qué bulla más tonta, por favor. Que si son los jóvenes. Que si pues anda que los mayores. Que si también son las reuniones familiares y nadie dice nada. Por no hablar de los memos babeantes que, a estas puñeteras alturas, siguen dando la matraca con las elecciones, cuando, si algo acaba de demostrarse —¡joder, ya!— es que no pudo haber mejor momento para celebrarlas. Ya está bien de profecías autocumplidas y hechos alternativos (o sea, putas fake news). No hace falta estar en posesión de ningún máster en epidemiología avanzada para tener medio claro lo que está pasando en las últimas semanas.

Igual que con muchas de nuestras causas de muerte más habituales antes de la pandemia, como las enfermedades cardiovasculares o los accidentes de tráfico, volvemos a estar ante la opulencia y la pachorra como origen. Mal que les pese a los doctores Tragacanto de aluvión, aquí no hay asesina Confebask ni pérfido gobierno neoliberal que valga. Esto va de señoritos con derecho a voto de diferentes edades que se pasan por la sobaquera las recomendaciones más básicas para que el jodido bicho se dé un festín. Hace falta ser destalentado y tonto con enes infinitas para estabularse en un local cerrado a compartir fluidos a discreción. Claro que también les vale un rato a nuestras queridas autoridades por no impedirlo.

Diario del covid-19 (16)

El pico de contagios empieza a ser como la línea del horizonte. Parece estar ahí, pero con cada paso que damos se va alejando. Malos tiempos para ser escéptico o incrédulo porque siempre se tiene la sensación de estar ante domadores de estadísticas y de gráficas. Ojalá sean las cosas como escuchamos en las últimas comparecencias oficiales y vayamos camino del inicio de la cuesta abajo. O, por lo menos, del llano. Con qué poco nos conformamos.

Entretanto, miro embobado el calendario, tratando de imaginar el mundo que pudo ser y no está siendo. Si no hubiéramos caído en esta pesadilla, ahora estaríamos agotando la campaña electoral. Seguro que nos sentiríamos hastiados por las naderías y los mensajes reiterativos que en esta situación hacen sentir una nostalgia infinita. ¿Dónde hay que firmar para volver a esa bendita rutina que tan poco nos estimulaba?

Puras divagaciones en un primero de abril, la jornada en la que en España se sobrepasarán los cien mil contagios y en los cuatro territorios del sur de Euskal Herria nos pondremos a tiro de piedra de los diez mil. Siempre, claro, de acuerdo a los cómputos oficiales, que casi todos sospechamos que son un reflejo no demasiado exacto de la realidad. Ocurre, y aquí voy a poner el punto final, que simplemente no podemos permitirnos el lujo del desánimo.