El negacionismo crece y crece

Ciertamente, no se puede decir que fueran cuatro y el del tambor. La manifestación negacionista del pasado sábado entre Irun y Hendaia contó con una asistencia más que nutrida. Las imágenes dan fe de ello. Centenares de personas —por supuesto, sin mascarilla y arracimadas las unas sobre las otras— de ambos lados de la muga recorrieron las dos localidades exhibiendo pancartas pedestres con lemas visionarios y coreando las consignas esotéricas de rigor. Lo hacían, una vez más, en nombre de la libertad. De la de contagiar alegremente un virus que en año y medio ha causado millones de muertes en el planeta y ha dejado incontables secuelas probablemente permanentes entre quienes lo han padecido.

Resulta tremendo (y ahí es donde quiero llegar con estas letras que me costarán un reguero de biliosas diatribas de los aludidos) ver el tamaño que va adquiriendo este movimiento que no acepta la evidencia que sus propios ojos deberían mostrarles. De convocatoria en convocatoria, crece la afluencia a estos saraos y, lo peor, también escala el engorilamiento de sus representantes que pretenden convencernos de que lo que está ocurriendo obedece a una conspiración mundial para secuestrar las conciencias y convertir en esclava a la humanidad. La cosa sería una extravagancia si todo se quedara en sus estrafalarias proclamas. Ocurre, sin embargo, como hemos visto en esta última ola, que el ejercicio de lo que reclaman como derechos individuales inalienables —no vacunarse y pasarse por la sobaquera las recomendaciones sanitarias— tiene consecuencias demoledoras en la salud de sus congéneres.

También hay datos buenos

No soy precisamente conocido por mi espíritu optimista, pero por alguna razón, albergo la esperanza de que este reventón de positivos que nos tiene acongojados no tendrá repercusiones terroríficas en los hospitales ni en el cómputo de fallecidos. Me consta que necesitamos por lo menos diez días para empezar a comprobar si será así y contendré la respiración hasta ese instante. De momento —insisto en que no parezco yo mismo— hago espeleología más allá de los escandalosos datos de nuevos contagios diarios e incidencias y encuentro detalles que merecen subrayarse en positivo. Por ejemplo, la cifra de fallecimientos. En la CAV llevamos tres días sin contabilizar ninguno, y en Nafarroa hubo uno ayer, después de varias jornadas en blanco. En el conjunto del Estado, incluso aquellos lugares donde la gráfica de nuevos casos es vertical, los decesos son testimoniales. También los ingresos se mantienen estables tanto en planta como en UCI. Y si miramos por edades las incidencias, vemos que las franjas que van desde los 40 a los 90 años se sitúan entre lo razonable y lo escasamente preocupante. Y aquí no hace falta ningún título de epidemiología o virología para comprender el motivo: las vacunas se están mostrando efectivas y, pese a la larga sucesión de errores cometidos en la gestión de la inmunización, nos podemos dar con un canto en los dientes. Otra cosa es que todavía tengamos por delante un largo camino lleno de incertidumbres y de sustos. Pero igual que no conviene echar las campanas al vuelo demasiado pronto cuando los números pintan bien, tampoco hay que pasarse de fatalista cuando se dan la vuelta de nuevo.

Macrobrotes

Pues seguimos para bingo pandémico. O, como poco, para hacer la línea de la quinta ola, si no llevo mal las cuentas. De entrada, me van a permitir un saludo a los esforzados miembros del equipo paramédico habitual. Ya es mala leche que justo cuando volvían a darnos la matraca con datos super-mega-maxi fehacientes que probaban que la peña se pone chunga en el curro, la cabrita realidad nos haya vomitado cifras contantes y sonantes que demuestran de una forma no ya abrumadora sino insultante una realidad bien distinta. Tomen solo los últimos números, los del viernes. En la demarcación autonómica, 498. En la foral, 152. Y no hace falta ser un rastreador apache para llegar al origen del reventón de positivos: desfases en Mallorca y Salou y ‘no fiestas’ en un porrón de localidades, con Hernani ofreciendo registros de escándalo. Me voy a despiporrar un kilo cuando el científico oficial de la resistencia nos saque la gráfica en la que se vea claramente que todo quisque pilló el bicho en la oficina o mientras reponía las estanterías del híper. Algún día hablaremos de las batas blancas a las que hemos concedido estatus de oráculo cuando toda su divulgación parda atiende a unas siglas.

Pero no va ser hoy, porque el espacio que le queda a esta columna debe ser para tratar de hacer ver a los lectores que hemos entrado en una deriva endiablada. Mi gran temor es que la mayor parte de mis congéneres ha tomado la directa al viejo modo de vida. Como mucho, mantendrá la mascarilla en exteriores —mal puesta, sin cambiar en semanas— a modo de prueba de compromiso. Solo las vacunas puestas nos salvarán. Eso espero.

La curva se revuelve

Aquí estamos, otra vez con cara de pasmo viendo cómo la curva se da la vuelta de nuevo y emprende la subida que no esperábamos. O que no queríamos esperar. ¿Cómo ha sido posible? Vistos los peledengues al bicho con cuernos, toro. Vamos, que no hace falta tener un máster en epidemiología para intuir que todo viene, una vez más, de haber querido correr más de la cuenta, del exceso de confianza y, en fin, de la condición humana, que tiende al autoengaño. Creo que nadie lo ha explicado mejor que el exconsejero de Salud de Navarra Fernando Domínguez. Decía el doctor en un tuit memorable que se han cancelado las fiestas patronales, pero que el gobierno foral permite comidas populares de hasta 150 personas, prolonga el horario de cierre de las discotecas hasta la cuatro de la madrugada y deja que se celebren encierros y suelta de vaquillas. ¿Quién se va a creer que no son fiestas? Ah, no claro, que dicen los doctores Tragacanto citando estudios de conveniencia que el peligro no está en las farras, sino en el laburo. Supongo que por eso se ha dado el brutal reventón de positivos de Hernani, cuyo alcalde reclama ahora un cribado masivo.

Por lo demás, poniendo la lupa a los datos (y esto también desmiente a los listillos), resulta que mientras los del babyboom a los que el ministro Escrivá nos va a crucificar ofrecemos cifras razonables, los menores de cuarenta y no digamos los de veinte muestran incidencias de escándalo. Esto nos confirma la importancia de las vacunas y nos revela el colectivo sobre el que hay que centrar los esfuerzos de contención. Ahora, si el ejemplo es Mallorca, apaga y vámonos.

Vacunas, vamos mejorando

Como el burro amarrado a la puerta del baile de la canción de El último de la fila, aguardo la llamada o el mensaje para vacunarme. Ya no puede tardar mucho. En apenas tres semanas he visto el fluido descenso de la escalera de edades. 63, 62, 61, 60, 59… Familiares, amigos y conocidos de esas quintas han ido celebrando su primera dosis y, por supuesto, narrando la experiencia con todo lujo de detalles. Los del baby boom —yo prefiero decir “los de la cosecha del 67”— estamos a punto de caramelo. Tampoco es que me consuma la ansiedad. Por fortuna, cada siete días, un test me ha ido confirmando que todo iba bien. Si me he parado a hacer esta reflexión es porque al final resulta que el asunto está avanzando mucho más rápido de lo que creíamos.

Desconozco si se cumplirá el vaticinio de alcanzar la inmunidad de grupo a mediados del verano, pero ya no me parece una quimera. No hace tanto que circulaban agoreros cálculos que cifraban en hasta dos y tres años la fecha en la que recibiríamos el primer pinchazo. Hemos resultado hombres y mujeres de poca fe. Creo que es justo y necesario reconocerlo con la misma firmeza que hemos criticado y seguiremos criticando, por poner el ejemplo más claro, la tremebunda ceremonia de la confusión respecto a la segunda dosis para los menores de 60 años a los que se administró AstraZeneca. Sin duda, las diversas autoridades sanitarias han cometido errores por acción u omisión, pero si vamos al minuto de juego y resultado, nos encontramos con motivos para estar razonablemente satisfechos respecto al proceso de vacunación. Mucho si, como hemos comprobado, sus efectos ya se notan.

¿El final de la pandemia?

Evidentemente, la respuesta a la pregunta de arriba es que no. Otra cosa es que se vaya instalando la impresión creciente de que al virus le quedan dos Teleberris entre nosotros. Incluso algunos de los que se han mostrado más prudentes empiezan a dar muestras de cierto optimismo. Puedo citarme como ejemplo. Pese a mi natural cenizo y pinchaglobos, creo intuir la ansiada luz al final del túnel. Y los números también parecen avalar semejante idea. Por de pronto, y aunque ojos más entrenados puedan ver algo diferente, se diría que las últimas cifras de contagios no se corresponden con las que pronosticábamos ante el desparrame que siguió al fin del estado de alarma. Han pasado ya más de dos semanas desde aquella especie de nochevieja en plena primavera y la curva no ha dejado de bajar. Tendrán que venir los expertos a explicarnos los motivos, pero la intuición de este profano le señala a la influencia de la vacunación, incluso estando lejos de la inmunidad de grupo.

Viniendo de donde venimos, arrastrando la carga de privaciones que arrastramos, es perfectamente humano querer pasar la página de la pandemia. ¿Quién no quiere decir adiós a la mascarilla, a las colas para comprar el pan, a no poder tomarse un café de pie en la barra o a la imposibilidad de juntarse sin límtes para celebrar una boda, una comunión o una chufla sin más motivo que pasarlo bien? Todo eso llegará. Ahora sí que me atrevo a escribir que será más temprano que tarde, utilizando las palabras de nuestra sabia de cabecera Miren Basaras. Pero para que pueda ser de verdad, es importante que sepamos correr esta última milla sin ansiedad.

Pfizer o… Pfizer

Decía un anuncio ya viejuno: “La elección es bien sencilla, o Moriles o Montilla”. Y con el segundo pinchazo de los menores de 60 años que recibieron la primera dosis de AstraZeneca parecía que iba a ser algo similar. O repetían con la marca estigmatizada o se cambiaban a la encumbrada Pfizer. Y además, tenían que hacerlo responsabilizándose de su decisión porque las autoridades sanitarias españolas se habían lavado las manos y les conminaban a elegir antídoto, como si se tratara de optar por tortilla con cebolla o sin cebolla. Algún cínico ha dicho que es el ejercicio de la libertad en su máxima expresión. Pero de eso, nada. En todo caso, y como suele ocurrir con cualquier aspecto de nuestra vida en la democracia de andar por casa que gastamos, se trata de una libertad orientada a hacer lo correcto. Y lo correcto en este asunto resulta que es escoger Pfizer.

De entrada, porque quien se líe la manta a la cabeza y solicite AstraZeneca tendrá que firmar un documento en el que asume lo que pueda ocurrirle tras el chute. Eso no lo piden para la otra, lo cual es un modo poco sutil de decirle a quien se va a vacunar algo así como “Usted verá lo que hace”. Ya no es una elección tan libre, por lo tanto. Pero es que, además, hay un elemento que acaba determinando la decisión. Las provisiones de AstraZeneca son notablemente menores que las de Pfizer. Eso supondrá en la práctica, tal y como informaba el viernes el Departamento de Salud del Gobierno Vasco, que quienes prefieran ser fieles a lo anglosueca deberán esperar a que haya suministro. Los que se decanten por la estadounidense se vacunaran antes. En resumen: Pzifer o Pfizer.