El pifostio de AstraZeneca

Me he pasado las últimas horas poniendo la oreja a conversaciones ajenas. Sin rigor estadístico alguno, he constatado que cerca de la mitad de esas charlas robadas tenían como asunto el inmenso pifostio de la vacuna de AstraZeneca. Había valientes que decían que no tendrían el menor reparo en chutarse una dosis del antídoto de marras y también personas muy ponderadas que sostenían lo obvio, que el riesgo es incomparablemente inferior a los beneficios. Estamos hablando de un muerto por cada millón de pinchazos frente a miles de vidas salvadas. Ahí llegaba la apostilla de no pocos de mis espiados: eso, si damos por cierto lo que nos han venido contando, cuestión que no resulta nada fácil a la vista de los sucesivos espectáculos de las últimas semanas y no digamos de los incontables cambios de criterio sobre las franjas de edad para las que es adecuada.

La conclusión es que se ha instalado la sospecha y va a ser muy difícil restaurar la confianza. Los antivacunas se están dando un festín en medio de esta ceremonia de la confusión. Ocurre esto justo cuando parecía que la mayoría de la población había entendido la necesidad de vacunarse y también cuando empezábamos a coger ritmo en la inmunización. ¿Cómo arreglarlo? Con una herramienta que las autoridades sanitarias usan regular: la comunicación.

AstraZeneca: incomprensible

Se diría que las autoridades sanitarias españolas han renunciando a la batalla de la comunicación. Lo que no tengo claro es si el motivo es que la dan por perdida o, directamente, que no les parece importante gastar tiempo informando a la ciudadanía de algo que es difícil de explicar. Y así, han optado por imponernos sus decisiones como en tiempos se hacía con el ricino, es decir, por las bravas. Y sin entrar en las ilógicas restricciones actuales —comunidades cerradas y fronteras abiertas para que los turistas exteriores tengan vía libre— el penúltimo episodio más representativo de lo que hablo es lo ocurrido con la vacuna de Astrazeneca.

Para empezar, se frena en seco la inoculación sin dejar claros los motivos; ni siquiera los expertos habituales eran capaces de entenderlos. Luego, cuando la Agencia Europea del Medicamento dice que no hay causa para el exceso de celo, en lugar de reanudar los pinchazos inmediatamente, se espera hasta mañana. Y lo último es que ahora resulta que esa vacuna sobre la que había tantas dudas es también efectiva para la franja de edad entre los 55 y los 65 años. Seguramente, habrá razones basadas en la ciencia que amparen todas y cada una de las decisiones. Sin embargo, es muy complicado que el común de los mortales no sienta que algo que no se le cuenta.

Las bobadas de Abril

Algo es algo. Victoria Abril dice que lo siente si ha ofendido “a las personas que han perdido a sus seres queridos” con sus bocachancladas de la semana pasada. Por lo demás, y pese a que aseguró llevar el discurso escrito “porque el patio no está pa’ ruidos”, sus palabras al recoger el premio Feroz vinieron a ser una versión dulcificada de las que tanto escándalo justificado provocaron. Sigue en sus trece y no se bajará de ese burro mientras vea que su comportamiento tiene como recompensa la atención pública que ya no consigue con su trabajo, cuya calidad nadie pone en duda. Pocas veces en los últimos años habrá alcanzado tanto relieve, incluyendo entrevistas en horario de máxima audiencia y columnitas menores como esta que tecleo ahora mismo.

Se debate en mi gremio si la actitud más correcta ante un caso como el de Abril —o Bosé, Bunbury, Iker Jiménez, Alaska…— consistiría en no contribuir a difundir las melonadas. Me pregunto hasta qué punto es evitable hacerlo, especialmente, en un periodismo como el de hoy, que busca sumisamente la atención de los consumidores. Pretender salirse del carril implica, así de claro, perder cuota de mercado. Quizá el motivo para la reflexión esté, como tantas veces, justamente ahí, en la cantidad de congéneres dispuestos a comprar este tipo de mercancía.

Hasta la última gota

Soy de los que, cuando parece que la botella de aceite está vacía, la pongo boca abajo sobre un vaso para aprovechar hasta la última gota. Y también rajo los botes del lavavajillas, el gel o el champú con el fin de dejarlos absolutamente apurados antes de echarlos al cubo de los plásticos. Son, supongo, actitudes instintivas de alguien que creció en una familia donde la última semana de cada mes se hacía eterna. Se lo cuento porque intuyo que no serán pocos de ustedes los que mantengan rutinas o manías similares y, en consecuencia, estos días estén escandalizados al descubrir con qué ligereza se está derrochando nada menos que una sexta parte de las vacunas de Pfizer.

A eso equivale lo que el dicharachero consejero de Salud andaluz llamó “un culillo”, quitando importancia al despilfarro. Porque, sí, provoca mucha bronca, y yo ya lo he dejado por escrito aquí mismo, que jetas profesionales con incontables trienios de mangancia pública se hayan atizado por el puñetero morro un chute del líquido inmunizador. Pero si echan cuentas, aunque en nuestros terruños y más allá sean legión estos golfos, la suma de lo que se hayan podido inocular en sus carnes serranas es muy inferior a lo que se pierde de oficio porque a la farmacéutica le salió de la entrepierna dispensar el elixir en unos viales con trampa.

Pícaros que se vacunan

El día que en la demarcación autonómica volvemos a estar por encima del millar de contagios, la descomunal cifra queda eclipsada por las dimisiones —¿quizá destituciones?— de los directores de los hospitales de Basurto y Santa Marina por haberse vacunado cuando no les tocaba. Y la cuestión es que no cabe nada que objetar. En términos de lógica periodística, la actitud de los ya ex responsables de los citados centros médicos merece la prioridad informativa y, desde luego, la censura moral más contundente. No hay reservas suficientes de vergüenza ajena para hacer frente a unos comportamientos que, por otra parte, ya vemos que no son excepcionales. Abrieron la espita unos cuantos alcaldes del Mediterráneo, y tras ellos, se abonaron al pufo diferentes mandamases y enchufados, incluyendo al consejero de Sanidad de Murcia, que antes de renunciar al cargo tuvo el cuajo de sostener que no había hecho nada malo pero que pedía perdón “porque yo soy así”.

Más allá de la indignación por la brutal insolidaridad de los ventajistas con mando en plaza, mi gran duda es sobre los procesos mentales que los llevaron a pasarse los protocolos por el arco del triunfo. Ya no hablo de ética sino de conocimiento sobre el mecanismo del sonajero. ¿Acaso pensaban que nadie se daría cuenta? Tal vez, en su soberbia, fue así.

No somos ovejas

No entiendo cómo puede estar azotándonos una terrible pandemia cuando vivimos rodeados de tipas y tipos que saben perfectamente lo que hay que hacer para acabar con ella. Los sabios incuestionables están por todos lados. Desde las barras de bar a las cátedras del recopón, pasando, cómo no, por Twitter. Fue precisamente en esa corrala donde el jueves leí a una individua que en los CIR —Centros de Instrucción de Reclutas, aclaro a los insultantemente jóvenes— se vacunaba a 5.000 soldados en una mañana. Tal garrulez nostálgica empató en cuñadismo barato con la proclama de un fulano al que escuché decir en la parada del bus que si su suegra se inyectaba la insulina o hasta el yonki más bruto era capaz de chutarse una dosis, no veía por qué no obligaban a que cada cual se vacunase contra la covid-19.

Pero como en la canción de Rosa León, entonces llegó un doctor —en veterinaria, en este caso— afirmando que los de su gremio habían vacunado en un mes a dos millones de (¡tatachán!) ovejas, lo cual venía a ser la prueba irrefutable de que tanto las autoridades como el personal sanitario eran unos mantas que no sabían hacer su curro. Lo tremendo para mi no fue la comparación vomitivamente ofensiva, sino el aplauso de paladines de la ciencia que, en efecto, nos ven a los seres humanos como ganado lanar.

Vacunar más o menos

Por enésima vez aparece el espíritu del gendarme de Casablanca: “¡Qué escándalo, aquí se juega!”. O lo que aplicado al caso viene a ser: “¡Qué escándalo, no se vacuna lo que nos habían prometido!”. Si no hubiera por medio una enorme tragedia, sería para despiporrarse de la risa. Hasta el que reparte las cocacolas sabe que, en caso de que el ritmo equivaliera a un pinchazo por dosis recibida, los mismos protestones estarían poniendo el grito en el cielo por la injustificable explotación semiesclavista del personal sanitario empleado en la inoculación. Los monopolistas de la ley del embudo siempre ganan. Toda situación y la contraria es susceptible de ser utilizada a su favor. Dense por jodidas las autoridades sanitarias. No acertarán ni vacunando más ni vacunando menos.

Ocurre que esto era previsible como los telefilmes dominicales de sobremesa. Cuando hace dos semanas se disparató la loca carrera de la vacunación, cualquiera que no padeciera la tendencia a engañarse en el solitario tenía claras algunas cosas obvias. Primero, que por muy preparada que estuviera la red pública, el curro recaería en unas espaldas ya sobrecargadas. Segundo, que ni con todo el oro del mundo se encuentra hoy más personal. Y tercero, que esta práctica no se aprende de un rato para otro. ¿Qué tal un poco de realismo?