Diario del covid-19 (17)

Conforme a lo previsto, España ha superado los 100.000 casos, con más de 800 muertos diarios. En Hego Euskal Herria hoy rozaremos —esperemos que sin sobrepasar— los 10.000 positivos y los 600 fallecidos. No deja de horrorizarme la facilidad que hemos adquirido para hacer tan siniestras previsiones y, por encima de todo, la normalidad con que manejamos semejantes cifras. Tampoco diré que es porque nos hayamos vuelto indiferentes. Creo, simplemente, que hemos perdido la perspectiva y que nuestra humana defensa es no profundizar demasiado. La paradoja es que casi nos aterran más los números pequeños, porque esos vienen con nombres y apellidos de círculos que se van estrechando sobre nosotros.

Por fortuna, hay un contrapeso al que abrazarnos como vía para la esperanza. Igual que lo extraordinario se nos ha vuelto ordinario, en el partido de vuelta, lo ordinario se demuestra extraordinario. Hablo, sí, de todas esas y todos esos profesionales que siempre habían estado cuidándonos y en los que ahora reparamos, pero también de vecinos anónimos que en estas circunstancias han revelado capacidades inesperadas incluso para ellos. Quede aquí constancia de mi admiración, por ejemplo, por la mujer que anima la tarde-noche de mi barrio pinchando discos desde su balcón. Y por tantos más que lo hacen menos difícil.

Ya veremos

Pateo algunas calles de Barcelona el sábado por la mañana, apenas unas horas después del nacimiento de la República Independiente de Catalunya, ustedes y la RAE me perdonen si he escrito alguna mayúscula inicial de más; la falta de costumbre. El tiempo soleado es idéntico al de ayer. De amanecida ha amagado con una gotita más de aliviante fresco, pero pronto se ha restituido la normalidad meteorológica. Anoto en mi libreta de periodista a lo Camba o Chaves Nogales —más quisiera, sí, ya lo digo yo— que eso no ha cambiado respecto al día anterior. Tampoco la moneda. Pago el vermú y la tapa de butifarra en euros, y me devuelven en euros. La clavada, que es de escándalo, es la habitual de los tiempos de la pertenencia a España.

¿Qué más puedo observar? ¡Ah, sí, los quehaceres cotidianos, las caras y las actitudes! Pues menudo chasco, porque la gente sigue haciendo las mismas cosas de cualquier día libre de veroño. Unos desayunan en las terrazas, otros se echan carreritas sudorosas embutidos en prendas multicolores de licra —running le siguen llamando— y hay quien entra en las prohibitivas tiendas de ropa o complementos a pagar un pastizal por algo que no vale ni la mitad de la mitad.

En cuanto a los rostros, ni alegría desbordante ni tristeza incontenible. Como mucho, si fuerzo mi observación para ver lo que yo quiero ver, que es lo que hacen todos los cronistas, intuyo curiosidad. Apurando, una migaja de incertidumbre, que infiero de una pregunta que he captado en cuatro o cinco conversaciones a las que he puesto antena: ¿Y qué pasará ahora? La respuesta no puede ser más obvia y a la vez cabal: ya veremos.

¿Sociedad indolente?

Anotemos una aclaración que debería ser totalmente innecesaria. Cuando decimos que la sociedad vasca ha pasado la página de ETA, el mensaje no es, ni de lejos, que las ciudadanas y los ciudadanos de este país sean una panda de indiferentes e indolentes. Para empezar, como cada vez que pretendemos englobar a la totalidad del censo en una sola palabra, sería preciso admitir lo difuso de ese término que casi todo el mundo utilizamos a beneficio de obra. Vamos, que no es infrecuente que elevemos a la categoría de sociedad a nuestro círculo de amistades, conocidos y/o conmilitones. Y a veces, ni siquiera con malas intenciones; simplemente, porque la condición humana (vaya, otra generalización indemostrable) nos mueve a creer que somos la medida de todo.

Disquisiciones metodológicas al margen, estoy seguro de que sí podemos alcanzar un amplio consenso respecto a la hipótesis que apuntaba al comienzo. Se diría que la mayor parte de nuestros convecinos manifiesta un interés escaso respecto a las cuestiones relacionadas con lo que, según el grado de entusiasmo o cinismo, llamamos pacificación o normalización. Incluso los hechos que llegan, previo hinchado artificial, a los titulares principales les resultan ajenos. Pregunten en su entorno inmediato —obviamente, no en los sectores más concienciados— y comprobarán la idea tan etérea que tiene el personal sobre el anuncio de desarme. Y si pretenden ofrecer las claves mínimas, encontrarán, como mucho, una escucha educada. Pero insisto. Estoy seguro de que no estamos ante una actitud despreocupada ni insolidaria, sino ante el ejercicio práctico de la normalidad.

Otegi y la normalidad

“¡La que se nos viene encima!”, se hacía el preocupado Pedrojota para vender en Twitter la consabida pieza de aluvión de su nuevo periódico digital sobre la puesta en libertad de Arnaldo Otegi. Abundan estos días esas novelitas de a duro que pintan al personaje como una mezcla del Sacamantecas, el Arropiero y Jarabo, solo que en mucho peor. Y me temo que, andando los días, el género truculento seguirá proliferando, bien es cierto que en proporción similar a los cantares de gesta que nos llegan desde la acera de enfrente. La batalla por el relato, le dicen, sin pararse en disimulos al toma y daca. Será muy interesante comprobar hasta qué punto triunfan y dónde esas literaturas exaltadas de lo pésimo o lo superior.

Apoyándome en que nosotros, los de entonces, ya no somos exactamente los mismos, apostaría que, pasada una cierta novedad, y pese al derroche de bombo y platillo de las respectivas claques, la mayoría del personal perderá el interés. No creo pronosticar nada que no haya ocurrido ya. La capacidad digestiva del cuerpo social tiende a infinito. Le bastan tres eructos para despachar lo que le echen y pasar al siguiente bocado.

Así funciona la normalidad, el lugar al que vuelve Otegi después de una tremebunda anormalidad que ha consistido en robarle seis años y medio de su vida —a él y a otras cuatro personas que siempre quedan en penumbra— en un acto de palmaria injusticia, de venganza pura y dura, o de lo uno entreverado de lo otro. Si algo de ese brutal calado no provocó más allá de un puñado protestas y la vida siguió más o menos igual, no parece que ahora vaya a ceder ningún cimiento.

Colau y la normalidad

Ada Colau reconoce que ha fracasado en su intento de evitar la huelga del metro de Barcelona. No solo eso. Por alguna razón que me abstendré de interpretar, hace públicos los sueldos de los trabajadores. 33.000 euros es la media, de la que tampoco diré ni pío. En la previa, la alcaldesa había solicitado la desconvocatoria del paro que, según su muy docto entender —algo sabe de reivindicaciones y protestas—, es una medida desproporcionada.

¿Y qué hacemos ahora con ella? ¿La arrumbamos de fascista explotadora de la clase obrera o nos liamos a zurriagazos con los señoritos operarios del suburbano que exigen por encima de sus posibilidades? Con lo fácil que sería, ¿verdad?, si el munícipe que pone pie en pared perteneciera a la casta fachuna de rigor. Ahí no cabría la menor duda de que la culpa correspondería en exclusiva a la perversa autoridad, brazo ejecutor del insaciable capital en su sádica carrera precarizadora y laminadora de derechos básicos. O así.

Quizá la enseñanza de todo esto sea, sin embargo, que no hay que venirse muy arriba con el lenguaje panfletero. Ocurre en más de un conflicto (y en más de diez) que las demandas, por justas que sean o lo parezcan, no se pueden satisfacer al cien por ciento. Si tras un número razonable de intentos se sigue en las mismas, suele proceder levantarse de la mesa y reconocer el fracaso, lo cual nos devuelve al principio de estas líneas, pues eso es exactamente lo que ha tenido que hacer, muy a su pesar, Ada Colau. Política real se llama el invento. Aunque descubrirlo y asumirlo supone perder barniz lírico, también es un síntoma de madurez y normalidad.