Diario del covid-19 (44)

Si el telón de fondo no fuera una enorme tragedia, resultaría hasta graciosa la suerte de votación de Eurovisión en que se convirtió el proceso para el salto o no de fase de la dichosa desescalada. Especialmente, teniendo en cuenta que los criterios sanitarios, los intereses económicos y las argucias politiqueras que entraron en juego tuvieron como contrapunto real la actitud de buena parte de la ciudadanía que desde hace una semana vive cuatro traineras por delante de la fase más avanzada. Les remito a mi columna anterior, que incluso se ha quedado en aguachirle a la vista del brutal incremento del desparrame de unos cuantos de nuestros semejantes.

Por lo demás, es imposible no reseñar entre el asombro y el cabreo que a los censados en la demarcación autonómica nos ha tocado una versión capada de la fase 1. Vamos, que nos han dejado en la 0,7, siendo muy generosos. Porque sí, de cine lo de las terrazas, las iglesias y los comercios, pero, a diferencia de lo que pasa en el resto del Estado, permanecemos enclaustrados en nuestro municipio, sin posibilidad de reencontrarnos con los seres queridos a los que no vemos desde hace dos meses. Seré muy obtuso, pero el mensaje no concuerda con los que nuestras propias autoridades habían lanzado sobre la necesidad de recuperar algo parecido a la normalidad.

Cuestión de respeto

Además de pasajero de transporte público, soy peatón, conductor y ciclista. Exactamente por ese orden. Doy fe de que las cosas se ven muy distintas a pie de asfalto, al volante o desde el sillín. No son pocas las ocasiones en que me sorprendo a mí mismo, según el papel que me toque, recriminando a mis compañeros de vía por un comportamiento en que yo mismo incurro en situaciones parecidas. Cómo joroba, cuando vas paseando, ese Fitipaldi que acelera en el paso de cebra. O ese bicicletero que tampoco lo respeta porque escoge a conveniencia las normas de circulación. Igual, por otra parte, que el cabreo que te provoca sobre cuatro ruedas el tipo que se demora al cruzar porque va guasapeando o la señora de cierta de edad que atraviesa la calzada, bastón y carrito de la compra incluidos, por donde no hay rayas pintadas.

Eso y todas las viceversas cruzadas que se les ocurran y que, a buen seguro, habrán vivido usando el pavimento a pie, en coche, en moto —por ahí si que no me pillan, lo juro—, en bici o como quiera que circulen. Y el asunto es que debemos ser capaces de ponernos en el lugar del otro, que bien podemos ser nosotros mismos, porque no hay más opciones que compartir las calles, los caminos y las carreteras. Con paciencia, con respeto, poniendo a prueba los límites de nuestra tolerancia. Seguramente, tragando más de un sapo y evacuando algún que otro exabrupto. Porque no queremos ser la ciclista que el otro día dejó su vida en una céntrica calle de Bilbao, pero tampoco el camionero que, por despiste o infortunio, pasará el resto de su existencia sabiéndose el autor de esa muerte prematura… y evitable.

Peaje a la vista

Voy dándome por jodido. El ayuntamiento de la ciudad —perdón, villa— donde trabajo ha empezado a sembrar el maíz para cosechar, andando no mucho tiempo, un peaje a los vehículos que penetren en su perímetro. En fino, se llama crear el contexto. Primero, un titular regalado a un medio escogido para ir calentando las barras de bar. Luego, un par de “Bueno, eso lo estamos pensando” o “Es un debate abierto en muchos lugares” soltados aquí o allá por parte del locuaz concejal del ramo y/o algún portavoz autorizado del gobierno municipal bipartito. Y, de momento, lo último, el lanzamiento de una encuesta mastodóntica (en Google Docs, se lo juro) en la web municipal para que vecinos y foráneos se pronuncien sobre la cosa… después de haber echado la tarde poniendo puntitos en las mil y una casillas del kilométrico interrogatorio. Presidiendo la pantalla, junto a un bucólico logotipo con un viandante, un ciclista, un autobús y un arbolito, el pomposo acrónimo PMUS, o sea, Plan de Movilidad Urbana Sostenible. Sonoridad y vaciedad en relación directamente proporcional.

Como no tengo paciencia para completar el cuestionario, desde aquí le comunico a quien corresponda que mi humilde C-4 invade las lindes capitalinas a las 4.55 de la madrugada de los días laborables. Me acompañan en la oprobiosa incursión un puñado de conductores y conductoras con la legaña puesta y aún sin ánimo siquiera para ciscarse en los muertos de los tocapelotas semáforos de Juan Garay. Les juro por lo que me digan que si a la intempestiva hora que les indico me ponen el transporte público que sea, yo les ahorro la presencia de mi carro.

Zapateado de la movilidad

Como las insistentes oscuras golondrinas de Bécquer, vuelve hoy al santoral administrativo ese enorme brindis al sol que llaman “Semana europea de la movilidad”. Buen caladero para pescar rellenos travestidos de noticia y gran escaparate para que se den una jartá de declaraciones pomposas los que entrarían en shock anafiláctico si tuvieran que sacar un creditrans de una expendedora automática. Que hagan el censo de quienes, bajo el influjo irresistible de las pegatinas, los trípticos y las mascotas de gomaespuma, abjurarán de la religión motorizada para pasarse con armas y bagajes a la fe del peatón. Se verá así que el éxito de este despliegue de palabrería es tendente a cero.

Y no, no es cuestión de fuerza de voluntad, de conciencia ecológica o de comodidad. Adentrarse en nuestras ratoneras grises en coche es lo más parecido a un suplicio bengalí que se pueda imaginar. ¿Por qué lo hacemos, entonces? Excluyendo a los cuatro gañanes que van a comprar el pan o a potear a bordo de su deslumbrante GTI, casi todos los demás nos ponemos los faralaes de santos Job urbanos porque no nos queda otra opción.

Me encantaría admitir que eso suena a excusa, y lo haré encantado si alguien resuelve mi pequeño drama cotidiano. ¿Cómo hago los quince kilómetros -precio de amigo- que separan mi trabajo en Azkuna City de mi casa en la bonita aldea santurtziarra? Como no sea por toda la orilla, con la saya remangada y luciendo la pantorrilla, en homenaje a la Bella Charo, no se me ocurren muchas alternativas, salvo un taxi, que también es transporte público. Treinta euros me despellejó el último que tomé por una apasionante carrera nocturna que incluía entre sus extras un recorrido sin guiar por las obras de la Supersur a la luz de los focos. En el bolsillo me quedaron quince céntimos. Un minuto más de trayecto y acabo en comisaría.

Cuando consulte un horario de trenes, metro, autobuses o tranvía y vea que el último es capaz de esperar a una hora en la que todavía es necesario para mucha gente, empezaré a creerme los jolgorios oficialistas a mayor gloria de la movilidad. Lo haré, incluso, a sabiendas de que los promueven los mismos que lloran la pena negra cuando bajan las ventas de esos tremendos depredadores con cuatro ruedas. Mientras, seguiré siendo ese energúmeno eternamente cabreado que hace slalom gigante entre monovolúmenes apalancados en doble fila, o direcciones prohibidas. Todo, para no encontrar sitio y dejar el utilitario -manos arriba, esto es un atraco- en un parking.