¡Hagan algo ya!

De la reunión del Consejo Interterritorial de Salud de hoy no espero autocrítica. Qué va, ni siquiera aunque los responsables sanitarios nos deban quintales de explicaciones por el modo en que su ceguera voluntaria sea en buena parte culpable de esta tercera ola telegrafiada que nos golpea sin piedad. Llegará —ojalá—el momento de exigir responsabilidades, pero ahora no toca llorar por la leche derramada sino remangarse y hacer frente de verdad al descomunal repunte de contagios, ingresos hospitalarios y muertes. Lisa y llanamente, hay que coger el virus por los cuernos y dictar las medidas más eficaces para ponerlo en retirada.

¿Cuáles? Es obvio que no tengo la cualificación profesional para enumerarlas, así que me abstendré de decir si se trata de un confinamiento a rajatabla, de mayores restricciones horarias y de movilidad o de cierres selectivos de actividades concretas. Sí me atrevo a anotar, en todo caso, que parecen necesarias determinaciones más drásticas y, por descontado, acordadas entre las diferentes comunidades desde la honradez y renunciando al lucimiento propio o al aprovechamiento político. Y, claro, con el compromiso del poder central, que debe comprender de una vez que cogobernar no es boicotear a las autoridades locales ni meterse las manos en los bolsillos y silbar a la vía.

Diario de la segunda ola (7)

Cojamos el toro por los cuernos: solo un milagro nos va a librar de un nuevo confinamiento domiciliario. Quizá no sea mañana o pasado. Y no porque no haya motivos puramente sanitarios. Si leen entre líneas y no se dejan llevar por las querencias partidistas, sabrán que andamos en el enésimo pantano jurídico. Tanto aspaviento para aprobar el cojo-estado de alarma de medio año, y resulta que no sirve para que los gobiernos locales nos manden a casa. Llega a los cierres de bares, a limitarnos los movimientos hasta el municipio colindante “de tránsito habitual” (ejem, ajum) o, ya si eso, al toque de queda al que no hay bemoles a llamar toque de queda. Pero para lo otro, para lo que hasta el cuñado más cuñado sabía que venía, hay que convocar otro consejo de ministros extraordinario y una nueva sesión convalidatoria en el Congreso de los Diputados.

Hemos hecho, casi literalmente, un pan con unas hostias o una casa sin puertas ni ventanas. Pero sea para bien. Si la solución es esa, hágase sin perder un minuto, que mirando a nuestros vecinos de toda Europa, ya vamos tarde. Entretanto, a modo de aviso y preparación para lo que viene, decrétense las restricciones intermedias que quepan. Y cuando el BOE esté listo, venga de nuevo al encierro en el dulce hogar, aunque —espero— no tan estricto como el primero.

Diario de la segunda ola (6)

Detesto el papel de pájaro de mal agüero, pero no me queda otra que afirmar que vamos de cabeza otra vez a la prisión domiciliaria, digo al confinamiento en casa. Lo huelo en las declaraciones de las autoridades, demasiado parecidas a las que suelen gastar los presidentes de los clubs de fútbol antes de darle la patada al entrenador. Sospecho, por lo demás, que en cada comparecencia o canutazo nos dan información ya caducada. Van dos capítulos por delante del común de los mortales o del plumilla corriente y moliente y les cuesta disimular que manejan previsiones que rozan lo terrorífico.

Y luego está la calle, con buena parte de mis congéneres apurando el agua, o sea, las birras, los crianzas y los gintonics para llevarse eso por delante cuando volvamos al chape, a los aplausos de las ocho, la tortura musical de Manolo y Ramón y el bingo entre balcones. Me temo, en todo caso, que la mayoría solo son vagamente conscientes de la que se nos viene encima. Entre la candidez y el egoísmo extremo, muchos siguen preguntando si tras las últimas restricciones podrán ir este fin de semana a cazar, a por setas, a ver a Bisbal, a la jamada prevista en el txoko, a la ruta del vermú a la que se habían apuntado hace un mes, o como en la célebre duda resuelta por la Policía Municipal de Bilbao, a echar un polvo.

Diario de la segunda ola (5)

A las tres de la madrugada del domingo pasado atrasamos el reloj hasta las dos… del 15 de marzo. Lo escribí como broma macabra, pero empiezo a pensar que no estamos muy lejos de lo que vivimos entonces. No se imaginan la sensación de haber visto ya esta película de terror que tuve ayer cuando tratamos de explicar como mejor pudimos a los oyentes de Onda Vasca lo que se puede hacer y lo que no tras la entrada en vigor de las últimas restricciones. ¿Últimas? Me temo que solo son las que anteceden a las próximas que, a su vez, serán las que precedan a otras, y así, en bucle, hasta que un buen día las autoridades nos anuncien que estamos listos para la vuelta a lo que llamarán Renovísima Normalidad o una parida por el estilo y nos manden otra vez a preparar el caldo (gordo) de cultivo para la tercera ola.

Resignado a ser Bill Murray en Atrapado en el tiempo, no gastaré bilis en acordarme de la puñetera calavera de los hijos de mala entraña que, pasándose las recomendaciones por el forro o con manga ejecutiva excesivamente ancha, nos han devuelto (casi) a la casilla de salida. Me limitaré a hacer acopio de papel higiénico, cervezas y cinismo para asistir, pensando que no tenemos remedio, a la nueva tanda de mensajitos voluntaristas, aplausos y sermones desde los balcones o a lo que toque este viaje.

El contagio un millón

Me perdonarán la estrafalaria asociación de ideas. Supongo que, influido por la flatulenta moción de censura de Vox, he recordado aquellos tiempos del desarrolismo franquista en tecnicolor aguachirlado, cuando se celebraba con toda la fanfarria la llegada del turista un millón. Esta vez, los no-dos recauchutados vocean el contagio por covid un millón en Hispanistán. Obviamente, hablamos de la contabilidad oficial. Sin ser epidemiólogo ni virólogo, cualquiera intuye que en este punto y hora han debido de ser muchos más los positivos, del mismo modo que sabemos con atroz seguridad que a los treinta y pico mil muertos del balance gubernamental hay que sumarles, como poco, otros veinte mil.

Y aquí estamos, en plena segunda ola, dando palos de ciego y cambiando de criterio a golpe de informe sanitario y de circunstancias concurrentes. No me jodan que el confinamiento de Navarra tiene que esperar al paso de una etapa de la Vuelta ciclista. O qué decirles, en la demarcación autonómica, de las medidas anunciadas el sábado pasado y que, para cuando las valide (o no) la sacrosanta Justicia, se habrán quedado viejas, porque ya nos adelantan que hoy mismo habrá que decretar otra vuelta de tuerca. Un saludo afectuoso, por cierto, a los que pontificaban que las elecciones vascas deberían haber sido en otoño.

Se veía venir

A finales de julio escribí una columna titulada No pinta bien. En realidad, me dejé llevar por las ganas de no jorobar demasiado la marrana, pues en aquellas jornadas estivales de brotes y rebrotes desbocados, debí haber encabezado mis garrapateos diciendo claramente que pintaba mal, muy mal, si me apuran. Sin ser uno, en lenguaje de Violeta Parra, ni sabio ni competente en materia de pandemias cabritas, ya se podía intuir por entonces que empezábamos a transitar por el camino negro que va a la ermita de la multiplicación de contagios, hospitalizaciones y —oh, sí— fallecimientos. El que desemboca impepinablemente no sé si en un confinamiento como el de marzo y abril, pero sí en la toma de medidas restrictivas por parte de las atribuladas y hasta despistadas autoridades.

Las primeras de esas medidas, que ahora mismo les apuesto yo que no serán las últimas, ya están decretadas tanto en la demarcación autonómica como en la foral. Ha llegado Paco con la rebaja, diría mi difunta ama, aunque quizá ella misma también proclamaría, viéndose en estas, que ya nos pueden ir quitando lo bailado. Desde aquellos días en que ya se olía la llegada de la tempestad, hemos venido comportándonos como si la cosa no fuera con nosotros, esperando el milagro de último minuto que —¡manda carallo!— aún no hemos descartado.

Los jueces nos salvarán

Qué esfuerzo más inútil, el de las administraciones públicas al pretender que la gestión de la pandemia se guíe por criterios sanitarios. Epidemiólogos, virólogos y demás profesionales de bata blanca están de más. Los que de verdad saben de esto son los de las togas y las puñetas. Y como muestra más reciente, la decisión del Tribunal Superior de Justicia de Madrid de tumbar el confinamiento de la Comunidad que había decretado el gobierno español alegando que vulnera derechos y libertades fundamentales. Cómo explicar, cómo contar a sus reverendísimas señorías que tales derechos y tales libertades te sirven de una mierda cuando estás muerto.

Y sí, me sé la letanía con que me vendrán incluso muchos de mis más apreciados amigos del mundo jurídico. Que las cosas no son tan sencillas, que entre Ayuso, Illa y Sánchez lo han puesto a huevo, que hay principios irrenunciables que deben prevalecer y bla, bla, requeteblá. A todo eso respondo que sí, que muy bien, que en el plano teórico o académico, esos adagios lucen un huevo. Pero explíquenselo a quien, en el mejor de los casos, se va a pasar dos meses entubado en una UCI porque unos tíos que viven en una realidad paralela pidieron que les sujetaran el cubata para dictaminar que las razones médicas son una coña marinera al lado de su infinita sapiencia.