Las muertes no cuadran

Hace diez días, el fabuloso mago de los números Fernando Simón empezó a aportar al alimón los datos de las muertes diarias por COVID19 y los de las semanales. Desde entonces se han producido varios hechos prodigiosos. Por ejemplo, sistemáticamente la cifra de defunciones del conjunto del estado es mucho menor que la suma de las que han aportado las comunidades autónomas. En no pocas ocasiones, la diferencia ha sido un escándalo, de cero muertes frente a una veintena. Al ser preguntado por semejante desfase, el gran druida ha venido echando mano de dos explicaciones consecutivas. Por un lado, la culpa era de las autoridades territoriales, que no saben contar y/o les va lento el internet y los informes llegan tarde. Por otro, esa inconveniencia quedaba compensada por el reciente invento de agrupar los fallecimientos por semanas. Supuestamente, de ese modo las (brutales) discrepancias diarias quedaban compensadas.

Pues tampoco. Como demostró anteayer Vicente Vallés en Antena 3 Noticias, las sumas con datos del propio Ministerio de Sanidad siguen siendo de Muy Deficiente en Matemáticas. No cuadran ni con fórceps. ¿Por qué? Es terrible que solo preguntarlo le sitúe a uno en el bando de los odiadores de Simón. Y más terrible aun, que la falta de respuesta induzca a una desconfianza cada vez mayor.

Contar muertos

Una noticia directa a la boca del estómago: la factura mensual de las pensiones ha caído por primera vez por las muertes por coronavirus. La Seguridad Social tuvo que hacer frente en mayo a 38.508 pensiones menos que en abril. Es altamente probable que en la explicación detallada de semejante descenso entren otros factores, pero a nadie se le escapa el brutal mensaje que contiene esa cifra. Nada, por otra parte, que no se nos hubiera pasado por la cabeza ni que nos resulte extraño. Esta pandemia se ha cebado cruelmente con las personas mayores.

Se antoja especialmente siniestro que hayamos conocido este hecho apenas unas horas después de que el artista del alambre Fernando Simón nos informase de que de un día para otro habían desparecido casi dos mil personas del saldo oficial de muertes. ¿La explicación? Ninguna convincente: que las comunidades autónomas no saben contar. O peor aun, que cambiando de criterio, los números salían menos feos. Miren que trata uno, casi con fe de carbonero, de no poner en duda el criterio de los que saben, pero en este caso cuesta un mundo. Máxime, si como hemos venido intuyendo, hasta la fecha las muertes se han contado de menos y no de más. Eso, sin pasar por alto lo más doloroso, que es la reducción a mera estadística de vidas que se han quedado por el camino.

Diario del covid-19 (2)

Acabamos de pasar de pantalla. Pandemia, dice la OMS, como el locutor del bingo que canta línea, solo que esta vez nosotros rezamos para que la combinación no sea la nuestra. La cosa es que ahí le andamos en los territorios del sur de Euskal Herria. La dichosa curva empieza a calcar la de Italia de hace una semana, y al margen de las cifras, empezamos a poner nombres y apellidos a los contagiados. Abandonan la condición de números anónimos para convertirse en ese compañero de tal medio, aquella amiga que trabaja en la tercera de Basurto, la suegra del vecino o el camarero del bar de la esquina. Cómo evitar preguntarse en cada caso si habremos estado cerca de sus fluidos recientemente.

Sin ánimo de resultar alarmista, la cuestión es que la estadística va jugando en nuestra contra. Como en el poema de Blas de Otero, el cabrito del bicho vendrá por ti, vendrá por mi, vendrá por todos. La buena noticia, el clavo ardiendo al que agarrarnos, es que todavía en una más que apreciable mayoría de los casos, saldremos vivos, coleando y, ojalá, con alguna que otra lección aprendida. Por ejemplo, que tan señoritos del primer mundo que nos creemos, hay seres microscópicos que de un rato para otro ponen patas arriba nuestra falsa sensación de estar al mando.

Somos, oh, sí, vulnerables como individuos y como colectivo, pero también, si de verdad nos lo proponemos, atesoramos las opciones de salir con bien de este envite. Debemos empezar conjurándonos contra el infantilismo, el cainismo y la naturaleza del escorpión que anida en nuestro seno. No sé ustedes, pero yo quiero que en el futuro se diga que estuvimos a la altura.