Que le duela a Rivera

Aunque hasta el rabo todo es toro y los precedentes no invitan al excesivo optimismo, se diría que la mayoría de los indicios apuntan a la muerte por causas naturales del 155. Otra cosa es que pasado mañana se le haga resucitar en versión corregida y aumentada, pero a los efectos que nos ocupan, que son los del acuerdo sobre los presupuestos generales del Estado, parece que el PNV podrá decir que ha cumplido su promesa. Entra en la negociación efectiva con el Gobierno español una vez que la aplicación del perverso artículo queda en suspenso.

Seguramente, me vendría mejor callarme, pero soy incapaz de dejar de anotar que no tengo claro que fuera buena idea convertir la retirada en condición irrenunciable. Me consta que lo popular es aparentar una firmeza del quince y medio y exhibir unos principios de granito. Lo que no me cuela es que eso solo fuera exigible a una formación (ya puse ejemplos de acuerdos de otras siglas con el malvado PP), del mismo modo que no se me escapa la escasa reciprocidad del gesto por parte de sus destinatarios. Tengo la impresión de que el PNV ha estado a un tris de ser ese tipo que le presta una escalera a un amigo y acaba quedándose sin escalera y sin amigo.

En cualquier caso, llegados a este punto, digamos que bien está lo que bien acaba, y ahora a los jeltzales les toca rematar la faena. Y sí, muy bien lo de las pensiones, pese al desprecio de que ha sido objeto incluso por sus beneficiarios, pero habrá que aprovechar la extrema necesidad al otro lado de la mesa para arrancar todo lo que se pueda. Cuanto más veamos berrear a Albert Rivera, mejor síntoma será.

Del selfi al hecho

En el principio fueron ojos como platos y bocas abiertas hasta el esguince de mandíbula incapaces de balbucear nada que no fueran obviedades de aluvión. ¿Cómo carajo había que reaccionar al ver que ese partidito del extrarradio con cinco votos le había sacado al ogro de la Moncloa lo que hasta un cuarto de hora antes era absolutamente imposible? ¿Quién se iba a imaginar que los malvados sacamantecas periféricos pondrían como condición indispensable para aprobar los presupuestos de Rajoy una que ni el más cabestro de los extremocentristas podría (des)calificar con la habitual sarta de bramidos sobre los privilegios, el egoísmo y la mancillada unidad de la nación española?

Y si a la piara naranja se le había quebrado la cintura, qué decir de la perplejidad en las amplias llanuras progresís que empiezan donde habitan los cofirmantes del 155 y terminan en los diversos mundos de Yupi. Vaya gol entre las piernas a los cazapancartas de lance. Del selfi al hecho va un buen trecho.

Era de cajón que la cosa no podía quedar así. Es el relato, amigo, se dijeron a lo Don Rodrigo los argumentistas de guardia. De entrada, también es verdad que porque el PNV lo había puesto a huevo, el recuerdo en bucle a la línea roja catalana como presunta muestra de falta a la palabra dada. Un tanto endeble el dardo, si se tiene en cuenta que la votación real de las cuentas será dos días después de que expire el plazo definitivo para convocar (o no) nuevas elecciones. Restaba, entonces, agarrarse a las enseñanzas de la zorra y sentenciar que las uvas están verdes, o en este caso, que el compromiso arrancado es una birria. Ajá.

Sombrío panorama

Pleno monográfico sobre pensiones en el Congreso de los Diputados, piensen lo peor y se quedarán cortos. Pura prestidigitación: nada por aquí, nada por allá. Pero literalmente nada. Una promesa de paupérrimo aguinaldo fiscal condicionada, para más inri, a la aprobación de unos Presupuestos que, de momento, dormitan en un cajón. Como no tenía suficientemente encabronados a los que protestan en las calles, el presidente Eme Punto les ha puesto la puntilla demostrándoles que, como sospechaban, los toma por parvos. Una ristra de ramplonas excusas de mal pagador; esa fue toda su artillería para calmar los ánimos crecientemente enardecidos. Apuesten lo que quieran a que las manifestaciones del sábado van a ser históricas.

Claro que si hay que decirlo todo, el fenómeno de Pontevedra tuvo enfrente unos adversarios a su misma altura, es decir, a su bajura. Los y las portavoces de la supuesta oposición no pasaron de sobreactuadas peroratas para la galería. Frases tan efectistas como vacías, espolvoreadas desde la ventajista comodidad que da saber que las propuestas no se van a confrontar con la realidad, que es lo bueno que tiene no gobernar. ¿Un impuesto a la banca (que acabarán apoquinando los paganini de costumbre)? ¿Reducir en tanques y/o quincallería varia de la Casa Real? ¿Cargarse la Reforma laboral de modo que el empleo no sea precario y así haya pasta a manta para repartir? No pasa ni como cuento de la lechera. Haciendo la media de los discursos de los que mandan y de los que aspiran a mandar, el panorama es para llorar mil ríos. Ni pájaro en mano ni ciento volando. No queda otra que protestar… más.

El ejemplo de los viejos

Enorme lección de dignidad de las personas mayores. Han llenado el asfalto del que tantas y tantas mareas se habían ido retirando desde aquellos tiempos nada lejanos en que nos prometían no sé qué estallido social y no sé cuál estrepitoso derrumbamiento del sistema. No es improbable que de aquí a unas vueltas de calendario, ocurra lo mismo con estas protestas que hoy ocupan las portadas y las tertulias. Pero que les vayan quitando lo bailado a quienes han conseguido volver el foco sobre ellos después de años de ninguneo y desprecio.

Ya están tardando las peticiones de perdón de la panda de oportunistas que estos días, y particularmente ayer, se les pegan como lapas para salir en una foto. Hay que tener el rostro de mármol negro de Markina para sumarse a la fiesta después de haber acusado a los viejos de ser el freno que impide la victoria en las urnas de las fuerzas redentoras. Repasen lo que se ha dicho y escrito tras las últimas citas electorales, y verán cuántos de los actuales abrazadores de abuelitos les deseaban que la fueran diñando.

Y para los aguerridos dirigentes sindicales, igual de obediencia tiria que troyana, negociadores o confrontadores, una peineta como la de los carteles que exhibían los manifestantes. Sabemos lo que han hecho en los últimos cien otoños calientes: pasar un kilo de quienes técnicamente habían dejado de ser trabajadores y, en consecuencia, de pagar las cuotas de afiliación. Claro que de sabios es rectificar. Tienen toda la vida por delante, pero empezando hoy mismo, para concentrar sus esfuerzos de lucha en los pensionistas que son y en los que ojalá lleguemos a ser.

No es la beneficencia

Por enésima vez, la gran mentira de la campaña, que en realidad es mucho peor que la mera falta a la verdad. “Los vascos cobran sus pensiones por la solidaridad de los españoles”. Firma Patxi López, que ha hecho de la mendaz letanía su estandarte en la cacería de votos, junto a la morralla dialéctica del muro de contención y el espantajo de los apellidos. Conclusión preliminar: no se dirige a quienes sabe que ya no podrá convencer para la reelección sino que oposita a secretario general del PSOE. El fin y los medios. Del mismo modo que hace tres años y medio se le vistió de cordero vasquista y transversal —ya hemos visto con qué resultado—, ahora sus monosabios le rellenan con serrín la taleguilla rojigualda y lo sacan a marcar paquete españolero, que es lo que cotiza al alza en un partido a la deriva incapaz de hacerle la menor cosquilla al Gobierno de Rajoy.

No cabría demasiado que objetar a tal aspiración. Como mucho, habría que anotar que en esto, igual que en su promoción primero a líder del PSE y después a lehendakari, él no es más que un extra. La maliciosa broma que ha circulado sobre el anagrama PLL encierra, más allá de la chanza, un retrato muy preciso de una de las personalidades políticas más vacías de la generación actual. La ambición y las ganas de figurar por encima de sus capacidades lo han convertido en un polichinela manejado desde la sombra y a voluntad por el ganador de todos los congresos de su formación, que ahora se ha fijado Madrid como próximo objetivo.

Para quienes la libran, puede que en la batalla por conquistar el desierto de Ferraz valga todo. Si quedara una gota de decencia, sin embargo, debería excluirse el insulto sistemático a los pensionistas. A los vascos, a los murcianos, a los gallegos o a los madrileños. La Seguridad Social no es la beneficencia. Cada perceptor de una pensión se la ha ganado tras años —a veces más de cuarenta— de cotización.

Pensiones (Nivel básico)

A ver, López, Basagoiti y demás bodoques (no es un insulto; vayan al diccionario) del muro de contención contra el secesionismo rampante, pregunta de examen: ¿Cómo funciona el sistema español de pensiones? Calma, que no les pido una explicación al dedillo y con decimales. Basta con lo básico, con lo que sabe hasta el último cotizante… salvo, por lo visto, ustedes. Ya se ve por sus caras y, sobre todo, por las soplagaiteces que van soltando por ahí, que no tienen ni idea. Claro que también puede ser que estén mintiendo como bellacos. No querrán que pensemos eso de ustedes, ¿verdad? Dejémoslo, pues, en ignorancia supina y corrijámosla.

La cosa es más o menos así: Cada mes todos los que tienen la suerte de tener trabajo, ya sea por cuenta ajena o propia, aportan una cantidad equis a la Seguridad Social. Sí, sí, a la española, que de momento no hay otra. Con esa cuota, apoquinada regularmente mientras tengan un contrato en vigor, adquieren el derecho a recibir una paga a partir del momento en que se jubilan. Como sabrán porque leen los periódicos, es el Estado (bueno, ahora atendiendo a los supertacañones de Europa) quien fija la edad mínima —cada vez más tarde— así como el número indispensable de años en el tajo para empezar a cobrar. La cuantía que se percibe depende del periodo cotizado y del tamaño del descuento mensual. Por eso hay quien llega a los 2.500 euros y quien, con suerte, raspa los 500. Anoten que no es la geografía la que marca las desigualdades.

De hecho, y llegamos a lo gordo, la geografía no pinta nada en todo esto. A efectos del sistema de pensiones, España es una y grande. Por algo, su seña de identidad es la caja única. Los pensionistas actuales, vivan en Legorreta o Jaén, pagaron su piquito mensual a España y, en consecuencia, es España quien tiene la obligación de ingresarles su parte mientras vivan. Incluso, fíjense, aunque nos independicemos mañana. ¿Aprendido?

Una pensión, no un regalo

Lo dijo hace un mes Patxi López en el Parlamento de Gasteiz y volvió a repetirlo anteayer en una de sus célebres piadas el lenguaraz portavoz del PSE, José Antonio Pastor: las pensiones de los vascos se pagan gracias a la solidaridad española. Se me ocurren pocas formas peores de insultar, además de a la inteligencia en general, a las personas que durante cuarenta o cincuenta años se han hecho migas el espinazo sin dejar de cotizar religiosamente el mordisco mensual a la Seguridad Social. A la española, cuál va a ser si no había ni hay otra.

Se puede comprender que la política, y más cuando huele a urnas inminentes, se deslice un par de grados hacia los andurriales de la demagogia, de las verdades a medias o, apurando, de los exabruptos de fogueo. Sin embargo, hay líneas —no sé si las famosas rojas u otras verdes, azules o amarillas— que jamás se deberían atravesar. Vamos, ni rozar. Mal está una ofensa gratuita al de las siglas rivales que antes o después te acabará atizando también la colleja de rigor. Tampoco es lo más presentable ir por ahí diciendo que has hecho lo que no has hecho o culpando al del cartel de enfrente de todas tus cantadas. No vamos a hacernos los escandalizados por algo que, insisto, estando feo, es moneda común cuando se abre la veda del voto. Lo que no tiene ni un cuarto de pase es cargar el trabuco miserablemente —si les parece fuerte el adverbio, lo silabeo— contra decenas de miles de personas que están percibiendo una parte de lo que se han ganado con su esfuerzo. En no pocos casos, por cierto, una cantidad ridícula en comparación con lo aportado.

Tal vez la futura pensión de López, que no ha cotizado por un trabajo fuera de la política ni un solo día de su vida, y la de Pastor, que sólo lo hizo durante un tiempo muy inferior al mínimo legal, sean una generosa (y suculenta) dádiva. Las del resto son y serán el fruto de mucho sudor. No confundan. No insulten.