Iván y Pablo, qué risa

Verdaderamente, unas imágenes de lo más entrañables. Iván Espinosa de los Monteros y Pablo Iglesias intercambian chascarrillos y se descuajeringan vivos. Cierto, también se carcajea Inés Arrimadas, pero a los efectos de esta columna, permítanme que la obvie, como han hecho con el partido que medio dirige en funciones cuatro quintas partes de sus votantes. Lo que haya de comentable, denunciable o defendible —ustedes lo decidirán— está en el compadreo que exhiben, se diría que impúdicamente, el máximo dirigente de Podemos y el lugarteniente de Abascal. Sin olvidar, claro, el marco del posado-robado: los fastos por el 41 aniversario de la Intocable Constitución española en el mismo Congreso de los Diputados donde el partido liderado por el residente en Galapagar reclamaba a todo trapo un cordón sanitario sobre Vox.

Y sí, lo valiente no quita lo cortés. La de veces que nos habrá tocado en esta vida fingir jijí-jajás ante fulanos que nos dan cien patadas, bendita hipocresía social que nos evita, supongo, estar a hostia limpia todo el rato. Pero hasta ahí debe haber límites. Hay individuos frente a los que la única actitud decorosa que procede es la indiferencia; fíjense que ni siquiera digo la muestra abierta de desprecio. Más, si como ha sido el caso de Iglesias, se ha venido liderando la campaña de invectivas, cagüentales, sapos y culebras contra la formación del sujeto con el que luego se va a partir uno la caja en público. “¡Al fascismo se le combate!”, proclaman machaconamente las huestes moradas. Jamás se nos hubiera ocurrido pensar que la estrategia para derrotar al declarado enemigo fuera matarlo de risa.

¡Despenalicen la eutanasia!

Ese Congreso de los Diputados casi en barbecho por la cachaza irresponsable de las formaciones que dicen aspirar a formar Gobierno recibió el viernes un millón de firmas a favor de la despenalización de la eutanasia. Las portaban grandes tipos que saben de primera mano lo que es asistir al padecimiento obligatorio de un ser querido, entre ellos, el portugalujo Txema Lorente, que no pudo cumplir la promesa que le hizo a su adorada Maribel.

Como tantas veces, ciudadanos corrientes y molientes demuestran ir muy por delante de sus supuestos representantes en las instituciones democráticas. De alguno de ellos, quiero decir. Sería una brutal injusticia generalizar, cuando sí hay políticos de varios de partidos que llevan años buscando el modo de introducir en la despiadada arquitectura legal española el derecho al buen morir. Pero esos esfuerzos chocan una y otra vez con el cálculo de réditos partidistas y, sobre todo, con la resistencia numantina de un catolicismo anclado en principios de una crueldad indecible. La sádica idea viene a ser que el sufrimiento es la vía directa hacia la redención del pecado, algo así como el justiprecio impuesto por un Dios al que, pese a decir que es amor, atribuyen un carácter sanguinario.

La cuestión es —y no tienen más que preguntar a su alrededor— que ya hace mucho tiempo la mayoría de quienes se tienen por creyentes e incluso practicantes está a favor de permitir que las personas, con y sin conciencia de sí mismas, aquejadas de una enfermedad irreversible y dolorosa puedan partir de este mundo con dignidad. Aunque llegue tarde para demasiados, esta vez no puede haber excusa.

Derecho al buen morir

El ruido de esta semana pirotécnica en lo informativo ha ocultado la que, en mi opinión, debería haber sido una de las noticias más comentadas. Sin negar relieve al juicio por el procés o al fracaso presupuestario que ha desembocado en la llamada anticipada a las urnas, creo que deberían haber merecido más espacio las 280.000 firmas que llegaron al Congreso de los diputados para pedir que se desbloquee la tramitación de la ley que pretende regular la eutanasia. Las entregaron dos familias que han padecido en sus carnes la inconmensurable injusticia de no poder ver morir con dignidad a un ser querido.

Una de esas familias, como hemos contado largamente en los medios del Grupo Noticias, es la de la portugaluja Maribel Tellaetxe, que ahora mismo solo es un cuerpo con ese nombre. Hace cuatro años, cuando el maldito Alzheimer ya le había empezado a causar estragos, ella misma pidió a los suyos que la dejaran ir en cuanto no fuera capaz de recordar quiénes eran.“No podemos seguir viendo sufrir a mi ama más. Cada día que la ley está bloqueada en el Congreso mi ama sufre más. Es otro día en el que solo dirá ‘susto, susto’ o ‘miedo, miedo’ y se le caerán las lágrimas”, denunciaba su hijo, Danel Lorente, a las puertas de las cortes españolas. Y en el mismo lugar descargaba una acusación demoledora a la clase política: “Que no negocien con nuestro dolor y sufrimiento”.

Por desgracia, todo hace indicar que la interpelación caerá en saco roto. Con o sin disolución de las cámaras, PP y Ciudadanos, que son las dos grandes formaciones que mantienen secuestrado el proyecto de ley, se muestran inflexibles. No tienen corazón.

El gesto

Hace unos días, les lloraba aquí mismo las penas de Murcia, o sea, las de la Carrera de San Jerónimo, por los deplorables espectáculos que nos depara, con creciente frecuencia e intensidad, el Congreso de los Diputados de Madrid. O las Cortes, incluyendo esa peculiar cámara que es el Senado, donde lo mismo sestean los viejos elefantes que tratan de hacer su trabajo contra los elementos varios entusiastas de la política que todavía se lo creen. Era el mío un llanto a beneficio de inventario, casi una pataleta impotente, al ver cómo los supuestos representantes de la soberanía popular se han entregado a una competición ya decididamente alocada por hacer el mayor ruido posible para tapar su incapacidad —¿O será su falta de voluntad?— de encontrar soluciones a los problemas de la ciudadanía que los ha colocado ahí.

Por supuesto, la descarga no era de aplicación a la totalidad de los ocupantes de escaño. Ya dejaba caer que había algunos que clamaban en el desierto contra esa impostura desbocada y pedían un cambio de actitud a sus compañeros. Añado aquí y con doble subrayado entre los dignos titulares de acta de diputado al representante canario de Unidos Podemos, Alberto Rodríguez, que en esa misma bronca sesión de la que les hablaba el otro día, tuvo la gallardía de dedicarle unas emotivas palabras a su adversario del PP, Alfonso Candón, que se despedía de la cámara. “Nunca pensé que diría esto en el Congreso, y menos a alguien del Partido Popular. Le vamos a echar de menos. Es usted una buena persona y le pone calidez humana a este sitio”, dijo Rodríguez desde el atril. Un gesto que merece un enorme aplauso.

Aznar se divierte

Aquellas legendarias matinales del Circo Price reviven de un tiempo a esta parte en la también madrileñísima Carrera de San Jerónimo, residencia putativa de la devaluada soberanía popular. La diferencia es que las originales fueron la cuna del pop español, más o menos cañí, y las funciones actuales no pasan del número del bombero torero o del intercambio de bofetadas de individuos a los que no llamo Tonettis por respeto a los hermanos que pasearon dignamente ese apellido. La representación de ayer, con José María Aznar de gallo mayor y una selecta reata de tiradores de esgrima de salón no haciéndole ni cosquillas, fue la enésima demostración de la nada entre dos platos que les describo.

La cosa es que se trataba de sustanciar algo tan serio como la responsabilidad del sujeto en los mil y un casos de corrupción que han acabado siendo seña de identidad de su (creo que todavía) partido. Aun siendo difícil lograr que sudara un poco de tinta china un tipo al que se la refanfinfla todo, cabía intentarlo a base de sobriedad en las formas, sin perder de vista que el foco debía estar en el interpelado y no en el interpelador. Pero ni modo. Llevados por su ego, los arrinconadores, bien es verdad que en complicidad con la claque acrítica que jalea cualquier cacaculopedopís y los editores de los programas matutinos que premian el regüeldo, salieron a escena a lucirse con el florete. Y eso era exactamente lo que quería Aznar, que además de dejar que los golpes resbalaran sin daño en su piel de ofidio, conseguía colocar sus bofetadas en las sonrientes caras de sus señorías y, de propina, en los principales titulares.

Pan y circo en el Congreso

Miro de refilón unos fragmentos escogidos de la comparecencia en el Congreso de los Diputados de un par de célebres presuntos corruptos que hasta anteayer tuvieron mucho mando en plaza, principalmente en la Villa y Corte y zonas aledañas. Podría pasar por la hostia en verso del parlamentarismo funcionando a pleno pulmón, pero hasta el último ujier de la Carrera de San Jerónimo sabe que es pan y circo del siglo XXI. Una purita entretenedera —que enseguida aburre, por demás— para llenarle el programa a Ferreras de jijís-jajás entreverados con indignados cagüentales y rasgados de vestiduras coreografiados por Giorgio Aresu, el del Ballet Zoom.

Pasen y vean, chachiprogres y postfachas de la galaxia hipanistaní, el mayor espectáculo del mundo, un juego de trileros, todo trampa y cartón, donde lo de menos es el supuesto fondo del asunto. Qué más darán los quintales de maravedíes despistados del erario público o los usos y costumbres hampescos de la otrora bautizada casta. Lo que importa, como comprobará cualquiera que se eche al coleto un ratito de la farsa, es lo bien que quedan sus señorías interpeladoras. Con honrosas excepciones, cada culiparlante que inquiere a los comparecientes no va a la búsqueda de la verdad sino de un momento de gloria. Para el telediario, si se pone a tiro, pero sobre todo, para recibir la ovación y vuelta al ruedo viral en las (amadas y odiadas) redes sociales. Tendría gracia si no fuera una inmensa tragedia que la actual función de los chorizos y asimilados llamados a comparecer sea hacer de pimpampum para el lucimiento de ególatras elegidos, qué dolor, por la ciudadanía.

Sombrío panorama

Pleno monográfico sobre pensiones en el Congreso de los Diputados, piensen lo peor y se quedarán cortos. Pura prestidigitación: nada por aquí, nada por allá. Pero literalmente nada. Una promesa de paupérrimo aguinaldo fiscal condicionada, para más inri, a la aprobación de unos Presupuestos que, de momento, dormitan en un cajón. Como no tenía suficientemente encabronados a los que protestan en las calles, el presidente Eme Punto les ha puesto la puntilla demostrándoles que, como sospechaban, los toma por parvos. Una ristra de ramplonas excusas de mal pagador; esa fue toda su artillería para calmar los ánimos crecientemente enardecidos. Apuesten lo que quieran a que las manifestaciones del sábado van a ser históricas.

Claro que si hay que decirlo todo, el fenómeno de Pontevedra tuvo enfrente unos adversarios a su misma altura, es decir, a su bajura. Los y las portavoces de la supuesta oposición no pasaron de sobreactuadas peroratas para la galería. Frases tan efectistas como vacías, espolvoreadas desde la ventajista comodidad que da saber que las propuestas no se van a confrontar con la realidad, que es lo bueno que tiene no gobernar. ¿Un impuesto a la banca (que acabarán apoquinando los paganini de costumbre)? ¿Reducir en tanques y/o quincallería varia de la Casa Real? ¿Cargarse la Reforma laboral de modo que el empleo no sea precario y así haya pasta a manta para repartir? No pasa ni como cuento de la lechera. Haciendo la media de los discursos de los que mandan y de los que aspiran a mandar, el panorama es para llorar mil ríos. Ni pájaro en mano ni ciento volando. No queda otra que protestar… más.