¡Despenalicen la eutanasia!

Ese Congreso de los Diputados casi en barbecho por la cachaza irresponsable de las formaciones que dicen aspirar a formar Gobierno recibió el viernes un millón de firmas a favor de la despenalización de la eutanasia. Las portaban grandes tipos que saben de primera mano lo que es asistir al padecimiento obligatorio de un ser querido, entre ellos, el portugalujo Txema Lorente, que no pudo cumplir la promesa que le hizo a su adorada Maribel.

Como tantas veces, ciudadanos corrientes y molientes demuestran ir muy por delante de sus supuestos representantes en las instituciones democráticas. De alguno de ellos, quiero decir. Sería una brutal injusticia generalizar, cuando sí hay políticos de varios de partidos que llevan años buscando el modo de introducir en la despiadada arquitectura legal española el derecho al buen morir. Pero esos esfuerzos chocan una y otra vez con el cálculo de réditos partidistas y, sobre todo, con la resistencia numantina de un catolicismo anclado en principios de una crueldad indecible. La sádica idea viene a ser que el sufrimiento es la vía directa hacia la redención del pecado, algo así como el justiprecio impuesto por un Dios al que, pese a decir que es amor, atribuyen un carácter sanguinario.

La cuestión es —y no tienen más que preguntar a su alrededor— que ya hace mucho tiempo la mayoría de quienes se tienen por creyentes e incluso practicantes está a favor de permitir que las personas, con y sin conciencia de sí mismas, aquejadas de una enfermedad irreversible y dolorosa puedan partir de este mundo con dignidad. Aunque llegue tarde para demasiados, esta vez no puede haber excusa.

Bazofia indigna

Por supuesto que entiendo como acto de amor sublime e infinito acabar con el sufrimiento indecible de la persona querida. Y estaré en primera línea de denuncia de la persecución penal de quien lo cometa. Tengo muy claro que el derecho a la muerte digna es igual de básico que el derecho a la vida. Lo he defendido, lo defiendo y lo defenderé, entre otras cosas, porque espero que algún día se me permita dejar este mundo antes de convertirme en un amasijo de pieles, huesos y vísceras. También porque es lo que deseo y procuraré, así me duela dos océanos, para los seres a los que adoro.

Lo que no me pueden pedir es que participe de la conversión en espectáculo de algo que debería ser, si no íntimo, sí por lo menos, sobrio y discreto. No soy capaz de expresar el asco, la perplejidad y la rabia que siento últimamente al ver cómo en incontables vertederos de mierda, incluyendo algunos medios que pasan por serios y hasta adustos, se dispensa morbo por arrobas con diferentes casos de personas que ya se han ido o que no les dejan irse. Como pertenezco al oficio, comprendo perfectamente el poder de concienciación que se consigue presentando tales casos sin edulcorar. Pero por el mismo motivo, también conozco las innobles intenciones que mueven a regodearse en la crudeza y en los detalles más escabrosos. “Esta noche tal programa [uno requetechachi] emitirá imágenes en exclusiva de Ángel Hernández tras ayudar a su mujer, Maria José, a morir”, ponzoñeaba anteayer la cuenta de Twitter oficial de la cadena televisiva que difunde la ortodoxia progresí. Así transmutan la muerte digna en bazofia indigna. Y hay peña que traga.

Derecho al buen morir

El ruido de esta semana pirotécnica en lo informativo ha ocultado la que, en mi opinión, debería haber sido una de las noticias más comentadas. Sin negar relieve al juicio por el procés o al fracaso presupuestario que ha desembocado en la llamada anticipada a las urnas, creo que deberían haber merecido más espacio las 280.000 firmas que llegaron al Congreso de los diputados para pedir que se desbloquee la tramitación de la ley que pretende regular la eutanasia. Las entregaron dos familias que han padecido en sus carnes la inconmensurable injusticia de no poder ver morir con dignidad a un ser querido.

Una de esas familias, como hemos contado largamente en los medios del Grupo Noticias, es la de la portugaluja Maribel Tellaetxe, que ahora mismo solo es un cuerpo con ese nombre. Hace cuatro años, cuando el maldito Alzheimer ya le había empezado a causar estragos, ella misma pidió a los suyos que la dejaran ir en cuanto no fuera capaz de recordar quiénes eran.“No podemos seguir viendo sufrir a mi ama más. Cada día que la ley está bloqueada en el Congreso mi ama sufre más. Es otro día en el que solo dirá ‘susto, susto’ o ‘miedo, miedo’ y se le caerán las lágrimas”, denunciaba su hijo, Danel Lorente, a las puertas de las cortes españolas. Y en el mismo lugar descargaba una acusación demoledora a la clase política: “Que no negocien con nuestro dolor y sufrimiento”.

Por desgracia, todo hace indicar que la interpelación caerá en saco roto. Con o sin disolución de las cámaras, PP y Ciudadanos, que son las dos grandes formaciones que mantienen secuestrado el proyecto de ley, se muestran inflexibles. No tienen corazón.

El martirio de Andrea

Qué propio de los obispos, poner una vela a su Dios y otra a (¿su?) Diablo. Había empezado muy bien el portavoz de su organización gremial, José María Gil Tamayo, pronunciándose contra el encarnizamiento terapéutico y a favor del uso de los cuidados paliativos. La traducción más humana —o más piadosa, utilizando un término que algo tendría que decirle a la Iglesia— de sus palabras debería ser que es una crueldad obstinarse en alargar la vida de la niña Andrea, sabiendo como se sabe a ciencia cierta que jamás va a experimentar mejoría y, lo más duro, que su sufrimiento crece minuto a minuto. Pero no, entre el peso de la casulla y el adagio que sostiene que la mano izquierda no tiene que saber lo que hace la mano derecha, el mensaje que acabó transmitiendo el vocero episcopal fue el de costumbre: solo el de arriba decide cuánto tiempo estamos en este valle de lágrimas. Es decir, que por tremendas que sean las condiciones, no es aceptable retirar la alimentación para acortar el padecimiento de la pequeña, como suplican su madre y su padre en unos términos que rompen el alma al más bragado.

Lo descorazonador es que quienes muestran esta actitud tan poco compasiva no son solo los purpurados, que al fin y al cabo, se mueven en el terreno de esa superstición disimulada que llamamos fe. También hombres y mujeres que se desenvuelven, siquiera teóricamente, en los terrenos de la razón y de la ciencia mantienen la misma obstinación rayana el sadismo. Cobijándose en la literalidad de leyes fósiles, médicos, juristas y administradores de lo público han decidido prolongar sin fecha el martirio de Andrea.

Muerte (in)digna

¿Por qué tristeza? Supongo que porque los seres humanos, qué contradicción, acabamos funcionando como autómatas. Tenemos programadas las respuestas a cada estímulo y hasta los sentimientos, que uno imaginaría que deberían ser el último reducto de lo personal e intransferible, se rigen de acuerdo a unas pautas establecidas. Así de gregarios somos: al toque del resorte adecuado, nos dejamos invadir por una congoja exquisitamente convencional, que cumple con todas las normas ISO de la pena y evacuamos la cantidad de aflicción que indica el prospecto. A la muerte de una gran personalidad planetaria, por ir ciñéndome al caso concreto que ha provocado esta reflexión seguramente estúpida, le corresponde equis desazón. Y tal cual la expresamos, sin reparar siquiera en las circunstancias concretas, como si fuera lo mismo llorar por alguien que deja este mundo sin colmar su plenitud que por alguien cuya vida era solo un tecnicismo médico desde hace tiempo.

No, yo no he sentido tristeza alguna por la muerte de Mandela, que por cierto, me tocó anunciar en directo a los oyentes de Onda Vasca. En todo caso, un tanto de rabia y asco por la miserable hemorragia de elogios fúnebres de quienes representan exactamente lo contrario que él, colectivo que abarca de extremo a extremo del abanico ideológico. Nauseabunda, la subasta de su cadáver y de su legado entre tantos que lo hubieran matado física y/o virtualmente y que de algún modo continuarán haciéndolo. Vomitivas, las comparaciones a beneficio de obra de su figura con la de cualquier mangarrán que se ha llevado a treinta o cuarenta por delante, qué falta de respeto.

Más allá de ese mal cuerpo por la manipulación impúdica, lo que siento es alivio porque por fin vayan a dejarlo descansar en paz. Para mi, además de todo lo obvio, Mandela era una persona a quien se le privó (no sé si fue la biología o los intereses) del sagrado derecho a morir dignamente.

Muerte indigna

A la jerarquía eclesial (no confundir con la Iglesia, que es algo mucho más amplio y rico) le encanta imaginar canteras llenas de piedras de escándalo y disponerlas a modo de barricadas. A un lado se sitúa la realidad y al otro, sus ilustrísimas vestidas para pontificar y, en la misma homilía, envenenar la convivencia. Tanto que dicen saber sobre tentaciones, una y otra vez sucumben a la de tener la última palabra sobre lo que sea e imponerla a sotanazos. No hay debate social en el que no tercien blandiendo la amenaza del infierno para quien ose contradecir su tenebroso magisterio.

Pase, si lo hicieran con argumentos; pero los purpurados no se rebajan a opinar como cualquiera. Lo suyo son verdades reveladas y por tanto, irrefutables para el rebaño que se vanaglorian en pastorear. Y si se les mete en el entrecejo que Dios quiere que nos vayamos de este mundo sufriendo como verracos el día de San Martín, ha de hacerse su voluntad. ¿Muerte digna? ¡Hasta ahí podíamos llegar! Antes de rendir el último aliento hay que pasar las de Caín en carne propia y, faltaría más, en la de familiares y prójimos en general. Nada como un buen martirio para llegar limpios de pecado a la otra orilla. Arrepentidos los quiere el señor, aunque no se sepa de qué.

Luego, claro, los integristas son los otros. Sin embargo, la oposición de la Conferencia episcopal española al proyecto de ley que pretende hacer más llevadero el inevitable paso de la vida a la muerte no tiene nada que envidiar a las fatuas de los ulemas más cerriles. Por añadidura, roza el sadismo y, desde luego, es ajena a toda esa piedad que se avienta desde los púlpitos. ¿Dónde está el pecado mortal en renunciar al encarnizamiento terapéutico ante un trozo de carne que hace tiempo dejó de ser una persona y que jamás volverá a serlo? ¿En qué parte de las Escrituras dice que lo cristiano es alargar inmisericordemente las agonías? Ni ellos lo saben.

Una campaña por la vida que huele a muerto

Tienen suerte los apoltronados y soberbios miembros de la Conferencia Episcopal española de que la doctrina de Benedicto XVI sobre el infierno sólo sea una filfa incomprobable. Ojalá de verdad fuera, como dijo el alemán del pelo blanco, un lugar que existe y es eterno, porque ahí se iban a pasar unas vacaciones infinitas sus purpuradas y desalmadas ilustrísimas. Si su lista de pecados ignominiosos -cincuenta por ciento por acto, cincuenta por ciento por omisión- ya daba para cuatro volúmenes como la guía telefónica de Nueva York, el último, una campaña por la vida que huele a muerto que asfixia, los hace definitivamente merecedores de un forfait sin fecha de caducidad ni billete de retorno en el aparthotel de Pedro Botero. Por colosal e inmarcesible que sea el amor divino, una ruindad semejante a la que revela la perpetración de ese engendro propagandístico no puede encontrar la absolución ni aunque contraten a Perry Mason como abogado.

Palabra que jamás he padecido el atávico tic anticlerical y que no pocas veces he enfadado a mis amigos comecuras pidiéndoles que bajasen el listón demagógico de sus diatribas contra lo que para mi, más allá de la institución, es algo muy digno de respeto. Pero mi propósito de contención y templanza no puede hacer nada frente al [Enlace roto.] que pretende convencernos de que el gol de Iniesta es una razón del copón de la baraja para perpetuar el sufrimiento de quien sólo puede aspirar a vegetar, muchas veces entre entre dolores insoportables y siempre con la dignidad y la voluntad expropiadas.

Sin piedad

Proclaman los muy cínicos que la Iglesia no debe ser piedra de escándalo, y cada dos por tres están pariendo provocaciones conscientes como este truño viral que han evacuado en las mismas redes sociales que, según el fariseo Rouco, son creaciones del diablo. Y no reparan en gastos populacheros y sentimentaloides hasta el retortijón: musiquita de natillas, sillas de ruedas, confetti, niños con síndrome de down, una rosa, lagrimones de plexiglás, un anciano cadavérico, la sacrosanta rojigualda y, como hilo conductor, la narración histérica del gol por el que supuestamente merece la pena ser un trozo de carne. Con la peor de las intenciones, lo emotivo se convierte en vomitivo. Ya quisiera de mayor el director de [Enlace roto.] marcarse algo la mitad de indecente. ¿De qué mente sádica ha podido salir una perversión de tal calibre? De una, sin duda, blindada contra esa piedad que tanto nombran en vano. No tienen perdón de Dios. Ni de nadie.