Diario del covid-19 (41)

Jamás he destacado por mis dotes proféticas, pero algo me dice que hoy saldrá adelante en el Congreso la cuarta prórroga del estado de alarma. Básicamente, porque en nuestro fuero interno casi todos sabemos que no queda otra. Por más que sea un chantaje infecto, e incluso aunque, como les anoté ayer, destacados constitucionalistas aseguren que en el punto y hora actual basta con la legislación ordinaria, la lógica parece indicar que la extensión es necesaria. Más que nada, por no poner en riesgo lo que hemos ido consiguiendo en estos cincuenta y pico días de apretar los dientes justo ahora que intuimos al mismo tiempo la lejana luz al final del túnel y las posibilidades de volver a la casilla de salida por la irresponsabilidad de una parte de nuestros conciudadanos.

Eso sí, el apoyo deberá implicar la garantía de que no volverá a haber más bofetadas ni más ninguneos gratuitos a quienes desde el minuto cero de esta pesadilla estaban dispuestos a arrimar el hombro sin pedir otra contrapartida que la lealtad recíproca. Se ha puesto demasiadas veces la misma mejilla ante el uso caprichoso y prepotente de una herramienta legal que debe manejarse con extremo cuidado. Sánchez y su susurrador Redondo tendrán que comprometerse de una vez a dejar de ser el escorpión que pica a la rana en medio del río.

Fracking, no y punto

Para desmemoriados: la primera noticia sobre algo llamado fracking que tuvimos la mayoría de los mortales de la Comunidad Autónoma llegó de la mano del entonces lehendakari, Patxi López. No es difícil datar el momento, pues fue durante aquel fastuoso viaje a Estados Unidos que coincidió, mecachis la porra, con el comunicado del fin de las acciones armadas de ETA. Dos días antes de la patética foto del tren, los servicios de prensa difundieron otras instantáneas que provocaron risas a este lado del Atlántico. En ellas aparecía el ingeniero López con un casco azul de currela y gafas de sol de espejo durante la visita a un secarral de Dallas donde no sé qué multinacional obraba el milagro de la conversión de piedras en gas. En la nota que acompañaba el reportaje gráfico, el amanuense de turno nos anunciaba, con toque de pífanos, la inminente autosuficiencia energética de la Vasconia autonómica, pues a ojo de buen cubero se calculaba que en la llanada alavesa había gas natural para aburrir. Solo era cuestión de ordeñar las rocas con un método prodigioso denominado fractura hidráulica o en el inglés obligatorio, fracking.

Fue cosa de días que descubriéramos el trozo que nos habían ocultado: el procedimiento en cuestión acarreaba brutales consecuencias para el entorno. No de esas jeremiadas apocalípticas de ecologista de pitiminí, no; desastres perfectamente documentados. Pareció zanjado el asunto. Salvo los proponentes —PSE y PP—, nadie daba la impresión de estar dispuesto a jugar a la ruleta rusa energética. Me causa asombro que hoy, aún con más datos, el fracking no esté totalmente descartado.