Prórroga, el mal menor

Todos los políticos con o sin responsabilidades de gobierno deberían revisar lo que han dicho sobre el estado de alarma desde que se decretó el primero hace más de un año. Comprobarían que han ido incurriendo no en una sino en una buena colección de contradicciones. Y da lo mismo la postura que se haya defendido. Quienes lo ponderaban como herramienta imprescindible e insustituible sostienen ahora que basta con la legislación ordinaria para hacer frente a la pandemia. Exactamente a la inversa, los que que proclamaban que era una exageración echar mano de un instrumento legal excepcional se han convertido ahora en partidarios de la prórroga.

Debo confesar que yo mismo no estoy libre de la contradicción o, si quieren, la incoherencia. En todo caso, después de lo visto en estos interminables 14 meses, opto por lo práctico. El decreto de estado de alarma —y más con la pachorra con que lo ha administrado el gobierno español— es la opción menos mala. Utilizando la metáfora al uso, es el paraguas jurídico que aun teniendo un montón de agujeros puede sacarte de un apuro en un momento dado. Vamos, que menos da una piedra. Por eso, y dado que los efectos de las vacunas todavía no han conseguido que la situación sanitaria sea muy distinta a la de octubre del año pasado, lo más lógico es mantenerlo.

Con o sin estado de alarma

En su última gran comparecencia a mayor gloria de sí mismo, Pedro Sánchez dejó caer que su objetivo era no prorrogar el estado de alarma cuando alcance la fecha de caducidad el próximo 9 de mayo. En realidad, el inquilino de Moncloa estaba haciendo de la necesidad virtud. Tal y como baja el patio politiquero en Hispanistán, con unas elecciones a cara de perro en Madrid, los aliados soberanistas cabreados y hasta el socio de gobierno actuando de dinamitero, no conviene arriesgarse a una derrota en las Cortes. Menos, si tenemos en cuenta que desde el fiasco de Murcia, no han dejado de llover piedras sobre el presidente y su hechicero Iván Redondo, al que parece haberle dejado de funcionar la magia.

Pasando por alto el comprensible cabreo de los responsables autonómicos —empezando por el lehendakari— por un anuncio hecho sin consulta previa, cabe preguntarse cómo se luchará contra la pandemia sin estado de alarma. Y lo cierto es que no tengo una respuesta. Hasta ahora ese presunto paraguas jurídico ha sido una especie de perro del hortelano. Ni ha comido ni ha dejado comer. Las comunidades, da igual el signo político, no han podido hacer lo que entendían mejor para poner el virus en retirada. La paradoja es que a partir del 10 de mayo tampoco podrán hacerlo. La elección es entre lo malo y lo peor.

Cogobernanza o así

Mi animal mitológico favorito es la cogobernanza. Más concretamente, al estilo Pedro Sánchez y en enunciado de su alucinógena vicepresidenta primera (si no me lío con el orden del camarote monclovita), Carmen Calvo. La cosa se viene a resumir en la martingala para timar a pardillos que empleaba un jeta de mi barrio: cara, gano yo; cruz, pierdes, tú. O, aplicado a la gestión de la pandemia, que es el caso que nos ocupa, el Ejecutivo central dicta las normas y las comunidades las acatan, las ejecutan y, por supuesto, se comen los marrones que acarreen, que son un quintal. Vamos, que todo lo que salga mal o disguste a los ciudadanos es culpa de los gobiernos locales. Los éxitos, faltaría más, se atribuyen automáticamente a la fastuosa labor del pastor central.

Semejante principio (o sea, falta de principios) está tan rodado, que hasta ha dejado de ser necesario el estado de alarma. Dice Calvo que en el momento en que el decreto caduque, allá por el 9 de mayo, “se podrían utilizar acciones coordinadas de todas las comunidades cuando se estimen necesarias y que tendrían que ser cumplidas por todos obligatoriamente”. Lo de “acciones coordinadas”, como bien sabemos porque seguimos sufriéndolas, es el viejo artículo 33. Madrid ordena y manda y la periferia obedece, pero eso sí, todo de muy buen rollito.

Tocaban los bares

Estaba entre el clamor, el temor y el secreto a voces: la demarcación autonómica sigue los pasos de Nafarroa y decreta el cierre total de la hostelería a partir de mañana. Hay otra media docena de medidas más, pero esa y el adelanto a las diez de la noche del toque de queda —uy, perdón, de la restricción horaria— son las que están en los titulares y, más significativo, en las conversaciones en vivo y en los humeantes grupos de guasap. Ahí tenemos un cierto retrato social. Lo que nos duele es que nos chapen los bares, incluso sabiendo íntimamente que es por nuestro bien y que, de alguna manera, han sido muchos de nuestros congéneres —aquí les juro que soy inocente— los que han hecho impepinable la orden de clausura con su actitud abiertamente irresponsable. Ahora lloran como chiquilines lo que no han sabido defender como adultos. Que nos quiten lo bailado, dirán en su incurable inmadurez.

Por lo demás, veremos si seguimos para bingo, o sea, para confinamiento general en nuestras casas. Como he anotado varias veces aquí mismo, tenemos muchos boletos para que sea así. Si el lehendakari le pidió a Sánchez anteayer que le diera un meneo al estado de alarma para hacerlo posible, por algo será. ¿Hay que lamentarse por ello? Yo no lo hago. Menos, sabiendo que es necesario y que no será como en primavera.

Diario de la segunda ola (7)

Cojamos el toro por los cuernos: solo un milagro nos va a librar de un nuevo confinamiento domiciliario. Quizá no sea mañana o pasado. Y no porque no haya motivos puramente sanitarios. Si leen entre líneas y no se dejan llevar por las querencias partidistas, sabrán que andamos en el enésimo pantano jurídico. Tanto aspaviento para aprobar el cojo-estado de alarma de medio año, y resulta que no sirve para que los gobiernos locales nos manden a casa. Llega a los cierres de bares, a limitarnos los movimientos hasta el municipio colindante “de tránsito habitual” (ejem, ajum) o, ya si eso, al toque de queda al que no hay bemoles a llamar toque de queda. Pero para lo otro, para lo que hasta el cuñado más cuñado sabía que venía, hay que convocar otro consejo de ministros extraordinario y una nueva sesión convalidatoria en el Congreso de los Diputados.

Hemos hecho, casi literalmente, un pan con unas hostias o una casa sin puertas ni ventanas. Pero sea para bien. Si la solución es esa, hágase sin perder un minuto, que mirando a nuestros vecinos de toda Europa, ya vamos tarde. Entretanto, a modo de aviso y preparación para lo que viene, decrétense las restricciones intermedias que quepan. Y cuando el BOE esté listo, venga de nuevo al encierro en el dulce hogar, aunque —espero— no tan estricto como el primero.

Sin aspavientos

De minuto en minuto se tiñe el mapa de rojo. Aquella curva que no hace tanto tiempo creímos ver emprendiendo el descenso se ha dado la vuelta y trepa con letales bríos renovados. Sería un espectáculo hipnótico si no fuera porque están en juego literalmente vidas y haciendas. Es grande, por supuesto, la tentación de enredarse con las culpas —¡como si no tuviéramos una idea bastante aproximada del porqué de la mayoría de los brotes!—, pero mientras porfiamos que si son galgos o podencos, sigue creciendo la presión en los hospitales y no dejan de bajar las persianas.

Andamos tarde, muy tarde, pero no proceden los lamentos sino los hechos. Que se hagan a un lado los exquisitos de los decimales jurídicos y, con ellos, los pescadores de río revuelto. Claro que no era el estado de alarma lo más deseable. Sin embargo, a la fuerza nos han ahorcado y ahora mismo es la herramienta legal que tenemos sobre la mesa. ¿Por seis meses, ocho semanas, cuarto y mitad? Tal vez proceda, simplemente, ir viendo cómo evolucionan los acontecimientos. Gestionémoslo sin aspavientos, honradamente y con la tarea repartida porque luchamos por un bien común. Abordemos la cuestión de una puñetera vez como una endiablada crisis sanitaria, la peor de nuestra Historia reciente, y no como una partida de ajedrez político. ¿Podrá ser?

¿Queréis alarma? ¡Tomad!

Bueno, pues ya tenemos el deseo concedido por nuestro particular genio de la lámpara. Recién llegado de fotografiarse contumazmente sin mascarilla en El Vaticano —¿qué decíamos de Trump y Bolsonaro por lo mismo?—, el redentor Sánchez Castejón ha escuchado las preces de sus vasallos y nos ha concedido un estado de alarma de toma pan y moja. ¡Hasta el 9 de mayo de 2020, oigan! No lo hay más largo en nuestro entorno inmediato, a ver qué dirigente europeo se atreve a bajarse la bragueta ejecutiva y medírsela con el mejor dotado de los gobernantes de este lado de Occidente. Bien es verdad que te tienes que reír (por no llorar un río) al aplicar la lupa y comprobar que el toque de queda en Hispanistán comienza a las once de la noche, cuando los componentes del populacho hemos tenido tiempo de sobra de socializar el virus a modo con nuestros compadres.

Más allá de la melonada horaria, qué gran triunfo para los conspicuos defensores de las libertades civiles. Resulta que para evitar que cercenaran (supuestamente) una, la de reunión, nos encontramos ahora mismo con un decreto que permite tumbar durante medio año ese derecho fundamental y otras diez docenas más sin dar ninguna explicación. En resumen, se ha hecho un pan con unas hostias. Hasta tendría gracia si no fuera porque hay gente que sigue muriendo.