Días (muy) extraños

¿Metro y medio o dos metros? A gusto del consumidor o conforme al acuerdo político que toque. Lo último es buscarle la lógica. La autoridad dispone y la ciudadanía obedece rechistando lo justo, no vayamos a disgustar al santo doctor Simón, ora pro nobis. Así, no hay problema en ir pegado al prójimo en el transporte público, pero si se trata de un cine o un teatro, ah no, entonces hay que dejar butaca y pico, pues por lo visto, el bicho es más puñetero en ambientes culturetas que en los medios de locomoción que acarrean currelas o turistas a las actividades productivas.

Ídem de lienzo con las mascarillas. Son obligatorias, ya tú sabes, mi amor, pero un poco al libre albedrío. Nadie te va a decir nada por no llevarla en plena marabunta en la Gran Vía o el Boulevard. Cuidado, eso sí, con entrar sin ella al tasco de la esquina, aunque sea para ponértela bajo el mentón mientras te pegas dos horas de cañas y húmeda cháchara con tus compadres a apenas palmo y cuarto. Recuerda, eso sí, volver a colocártela en la posición reglamentaria al abonar la consumición y disponerte a abandonar el local. Da igual, por cierto, que sea el mismo tapabocas de 96 céntimos que estrenaste en la fase uno y que ya se ajusta a tu cara con precisión milimétrica gracias al almidón de tu saliva. Que viva la Nueva Normalidad.

De la RGI al IMV

Celebro, no imaginan cuánto, que el Ingreso Mínimo Vital haya salido adelante en el Congreso de los Diputados sin votos en contra. Otra cosa es que sea capaz de reprimir la sonrisa boba al ver ciertos comportamientos.

Para empezar, la abstención del ultramonte abascálido —léase Vox—, después de haber vomitado sapos y culebras contra lo que bautizaron con su patrioterismo insolidario con olor a Abrótano Macho como la paguita. Tanto marcar paquete para luego no tener los bemoles de votar No. Qué decir, medio diapasón más abajo, del giro copernicano del PP. Otros que farfullaban que ya estaba bien de subvencionar vagos y maleantes y que, vaya usted a saber por qué milagro o cálculo electoral, han acabado dando su aval a lo que tachaban de martingala bolivariana. Los conversos a la cola, diría Don Manuel de Irujo.

Y eso vale también, en alguna medida, para los encantados de conocerse padres putativos de la idea, es decir, el PSOE en calidad de centrador del balón y Unidas Podemos como levantadora de brazos victoriosos. Cómo no carraspear, en todo caso, ante la evidencia de que la sucursal local morada, al igual que los ahora aplaudidores de EH Bildu, sigue tachando de mezquina la Renta de Garantía de Ingresos de Euskadi, que dobla holgadamente la cuantía del voluntarista remedo español. [Risas enlatadas]

Diario del covid-19 (50)

Francamente, no esperaba que los campeones siderales de loas a la soberanía popular fueran a retratarse como los más refractarios del lugar a la colocación de urnas. Como ya anoté aquí, resulta particularmente insultante, amén de autodefinitoria, la soplagaitez esa de que la sociedad vasca no está para elecciones. Cualquiera que se haya dado un rule ayer mismo por nuestras calles en la fase cero coma pico habrá comprobado que, sin ser el de antes de la pandemia, el paisaje ya no tiene nada que ver con el páramo del confinamiento. Vuelve a haber vida. Más incluso de la que el cenizo que teclea cree que sería razonable para un momento en el que el virus todavía no ha hecho las maletas.

Parece, por lo tanto, que no es descabellado pensar que el 12 de julio, dentro de casi dos meses, la situación vaya a ser mejor. Y si resultara que no, hay tiempo para plegar velas y esperar un momento más propicio. Puro sentido común. Por eso se antoja tan incomprensible que la cojan llorona y bronquista las formaciones políticas que, por lo demás, no tienen nada que perder de la convocatoria electoral. Al contrario: se la juegan los que llevan la manija de la gestión de una crisis endiablada donde casi todo el monte es orégano para hacer oposición de pimpampum calcadita, oh sí, de esa tan pintoresca allende Pancorbo.

Diario del covid-19 (31)

Cómo se conoce uno a sus clásicos. Un minuto después de enviar la que debería haber sido esta columna, poniendo de vuelta y media al gobierno español por lo que pretendía hacer con las criaturas para el desconfinamiento, corrí a Twitter a dejar por escrito mis sospechas de que habría donde-dije-digo-digo-Diego… y tendría que volver a teclear otro puñado de líneas. Pues aquí me tienen, con el párpado a medio asta de quien se levanta a las cinco de la mañana, cumpliendo mi autoprofecía.

Y sí, se sabe uno lo de la sabiduría de la rectificación, pero también llevo las suficientes renovaciones de carné para discernir cuándo una enmienda es, en realidad, un grosero bandazo más de quien se maneja a golpe de puñetera ocurrencia. Por lo demás, me parece de cine que haya imperado la cordura y, en efecto, se vaya a permitir que los churumbeles den paseos en lugar de la soplagaitez de acompañar a sus progenitores a esa guerra en que se ha convertido la compra. Lo que ni es de recibo ni cuela es que haya habido nueve horas de diferencia entre el pomposo anuncio inicial y el giro de 180 grados. Anoto que es la segunda vez en diez días en que el ministro Illa, un tipo que tengo por muy serio, sale a desmentir al cien por ciento a la portavoz de su gobierno. Uno de los dos está de más, salvo que sea estrategia.

Y al fin, casta

Qué lejos va quedando el 15-M. O sin retroceder tanto, aquellos días de 2014 de la entusiasta fundación de lo que se nos juró que jamás sería una organización vertical con cúpula, aparato y todo el andamiaje de los partidos rancios y en descomposición. ¿Quién necesitaba de vetustas estructuras y de cadenas de mando, cuando el círculo era la forma geométrica más pura y el ágora, el lugar donde cada opinión valía exactamente lo que cualquier otra y las decisiones se tomaban, no ya por mayoría, sino por ósmosis. Cómo olvidar también aquella máxima irrebatible de que cualquier negociación debía transmitirse en streaming urbi et orbi. Y claro, la promesa de no cambiar bajo ninguna circunstancia las humildes moradas de los barrios por chalés en zonas chic donde habitaba… ¡la casta!

Ahí, en esa palabra pronunciada con gesto de desprecio, es donde más duele, ya a modo de descabello, con las tres propuestas definitivas del amado líder a su siempre obediente rebaño. De entrada, nada de limitación de mandatos, que el tiempo pasa muy deprisa. Fuera también la imposibilidad de acumular cargos, porque yo y mis amigos lo valemos. Y como resumen y corolario de la ciaboga impúdica, la eliminación del tope retributivo de tres salarios mínimos, algo que, por otra parte, los mandarines llevaban pasándose por el arco del triunfo desde la primera nómina a cargo del erario.

¿Saben lo más gracioso? Que los que fuimos escupidos cuando dijimos que todo lo anterior era, amén de innecesario, imposible de llevar a la práctica, volveremos a serlo por señalar la brutal incoherencia de quienes han acabado siendo la casta que despreciaban.

¡Al rico sapo!

Pues no, petulante y encantadísimo de conocerse señor vicepresidente del gobierno del Reino de España, lo del error que no volverá a ocurrir no cuela. Comprende uno que en su meteórico viraje de amenazar con la guillotina a rendir cortesana pleitesía a la borbonada haya querido adornarse con un homenaje al Campechano, pero su acto de contrición tras haber votado en contra de la publicación de la hoja de servicio del matarife Billy el Niño no va a evitar el autorretrato de la acción inicial. Usted, yo y el que le saca el polvo a su mesa de caoba sabemos que de no haber mediado el torrente de indignación por su traición a las víctimas del torturador (y en general, a cualquier persona con un gramo de decencia), no habría habido lugar a esa rectificación innecesariamente posturera.

Con qué clarividencia, maese Iglesias Turrión, advirtió a sus mansos conmilitones de que venía un tiempo de tragar sapos. Va camino de récord de ingesta de batracios en menos de un mes de gabinete compartido. Estuvo fina hace unos días, porque le conoce de largo y de ancho, su levantisca compañera Teresa Rodríguez al recordarle unas palabras de Sabino Cuadra: una cosa es tener que tragar sapos y otra decir que nos gustan los sapos. Y ahí enlazamos, no tanto con usted como con su patulea de lamelibranquios que antes de que saliera a dar marcha atrás, se dedicaron a la jabonosa justificación de lo injustificable. Sostiene Iñaki Galdos, de quien he tomado prestado el apunte anterior, que los pelotas andarán deseando ser tragados por la tierra, pero yo me permito dudarlo.

Un saludo final, por cierto, a su progresista socio, que no rectificará.

Hacerla, pagarla

Empezaré por lo obvio. Aplaudamos que el peso de la ley haya caído sobre quienes se creyeron por encima de ella. Se llamen como se llamen y hayan sido lo que hayan sido. Destacados dirigentes del PNV, por ejemplo. O altos cargos de la administración pública. Alfredo de Miguel y el resto de los ya oficialmente condenados tendrán tiempo de pensar en la cárcel que no está nada bien valerse de un carné y, menos, de una posición de privilegio en una institución que debe estar al servicio de la ciudadanía para engordar su cuenta corriente. Sí, la suya. En la sentencia no se dice que un solo céntimo haya ido a un lugar distinto del bolsillo de los implicados. Ni siquiera el Bobby Kennedy local que mezcló sus aversiones con sus ansias de medrar ha sido capaz de sugerir que lo afanado ha servido para pagar ni una fotocopia en Sabin Etxea.

Por lo demás, menos lobos con lo del “mayor caso de corrupción” en Euskal Herria. Es verdad que un euro sería una infamia, pero es que el botín no llega a 200.000 euros. Con eso no se paga ni los cagaderos de la sede del PP de Bilbao. Que ya hay que tener desparpajo, Alonso, Fanjul, Oyarzábal, y otros musguitos crecidos en la megacorrupción pepera sin cuartel, para venirse tan arriba por esta decisión en absoluto criticable de la Justicia española. Y aquí es donde enlazamos con los escandalizados de la contraparte. Se me saltan las lágrimas viendo a los denunciadores sin cuartel de la arbitrariedad togada hispana haciendo la ola a los otras veces tan vilipendiados magistrados a sueldo del estado opresor. Eso, claro, sin mentar que no hay ni habrá mayor corrupción que la que ustedes saben.