¿Con Iglesias no?

Es de sobra conocido que no soy, ni remotamente, el presidente del club de fans de Pablo Iglesias Turrión. Sin embargo, mi exigua simpatía por el personaje no me impide ver que el trato que le está dispensando Pedro Sánchez en los últimos capítulos del enredo negociador entra de lleno en el terreno de la humillación. “El principal escollo para que haya acuerdo con Podemos es la presencia de Iglesias en el Gobierno”, llegó a soltar ayer el presidente interino ante el confesor catódico Ferreras. Mi ya larga memoria en cuestión de cocina de pactos no tiene registrado nada ni parecido en materia de desprecios a la formación con la que se pretende alcanzar un mínimo entendimiento. Con aliados así, quién necesita enemigos.

No niego, como me hacía ver mi admirado Alberto Moyano, que es compresible que Sánchez albergue recelos respecto a un tipo que ha demostrado largamente su capacidad para liar pajarracas del quince. Eso, por no hablar de su querencia por los numeritos, la pirotecnia verbal o las maniobras orquestales en la oscuridad. Un peligro, sí, pero también un mal inevitable si de verdad se quiere llegar a algo con la fuerza que hoy por hoy supone el intento aritmético más viable para lograr la investidura, siempre teniendo en cuenta que todavía faltan apoyos. Y ocurre que el líder de esa fuerza es Iglesias, y que en calidad de tal, tiene todo el derecho del mundo a reclamar su presencia en un gobierno de coalición. Puede, como digo, que al socio mayoritario —el PSOE— no le guste, pero no se entiende el veto, y menos, acompañado de una descalificación pública… salvo que la intención sea dinamitar el pacto.

Chistes de Carrero

El primer chiste sobre Carrero del que tengo constancia lo parió el propietario del bar Mikeldi de Bilbao el mismo día del atentado contra el llamado a ser continuador de la obra franquista. En el local de la calle María Muñoz que luego sería el legendario Muga —¡enfrente mismo de la comisaría de la Policía Armada!— apareció un cartel que rezaba: “Hoy solo servimos vino tinto. El Blanco está por las nubes”. La cosa acabó en una clausura de seis meses, aunque no tengo claro si fue por la carga de profundidad sobre el recién difunto o por otras causas. Desde luego, la resolución del Gobierno Civil la obviaba y mencionaba algo distinto: “En el frontal del mostrador se habían colocado varios carteles con inscripciones en vascuence y adornados con cintas que juntamente formaban la bandera separatista de la región”.

Después de esa gracia vinieron muchas más. Las chirigotas se multiplicaban en cada esquina sin disimulo. El desparpajo llegó a tal punto que no había verbena en que no se corease a voz en grito la célebre canción con el estribillo “¡Carrero voló y hasta el alero llegó!” acompañado del consabido lanzamiento al aire de prendas diversas. Eso, con Franco vivo. En 1984, hasta Tip y Coll se permitieron colgarle al almirante la cita “De todos mis ascensos, el último fue el más rápido”.

No hubo consecuencias penales. Hasta ayer. 43 años después del magnicidio, la Audiencia Nacional ha condenado a un año de cárcel a una joven murciana por haber publicado trece tuits jocosos. Le atribuye humillación a las víctimas del terrorismo, cuando el único delito era, si cabe, la dudosa calidad de los chistes.