Un asesino en la pancarta

La comparación es tan fácil que provoca rubor recurrir a ella. Seguro que no soy el primero, de hecho, que pide que nos imaginemos que una jacarandosa pancarta de cualquier peña sanferminera rinde tributo a Prenda o al resto de hijos de mala entraña de La Manada. En nombre, ya saben, del espíritu transgresor de la fiesta y, claro, de la libertad de expresión, siempre tan resultona ella, que vale igual para un roto que para un descosido. Por fortuna, ni en sueños colaría. Con toda la razón del mundo, pondríamos el grito en el cielo y los autores del escarnio deberían pasar el resto de sus vidas en Tombuctú trabajando como sexadores de pollos. Ni por un segundo la federación de las agrupaciones festeras se solidarizaría con los autores de semejante oprobio.

¿Por qué, sin embargo, cuando el personaje elevado a la gloria pancartera es un asesino conspicuo sin matices como el tal Patxi Ruiz, no solo no se produce un rechazo visceral, sino que salen en tromba los justificadores del matón y sus cantores de gesta? Por lo mismo que a este humilde escribidor le van caer una vez más de todos los colores. Porque tenemos un pequeñito problema que nos da pavor primero enunciar y luego tratar de resolver: muchos de nuestros congéneres, incluidos políticos de relumbrón, consideran héroes a ciertos criminales.

Milonga de la acetona

Escucho en Radio Euskadi al secretario general de Sortu, partido ampliamente mayoritario de EH Bildu, decir que las pintadas en sedes de partidos, principalmente batzokis y casas del pueblo, se quitan con acetona pero que nadie va a devolver la vida a Fulano, Mengano y Zutano, miembros de una organización criminal, autores y/o coautores de un quintal de asesinatos e incontables vulneraciones de los Derechos Humanos. En el primer bote, la frase resulta insuperable como melonada, pero más aun como autorretrato moral (o sea, inmoral) de quien —insisto— lidera la formación troncal de la segunda fuerza política de este país.

Por lo demás, las desahogadas palabras de Arkaitz Rodríguez Torres podrían ser un buen principio para que el individuo siga profundizando en su propia pregunta. ¿Quién, por ejemplo, devolverá la vida a Tomás Caballero, vilmente asesinado por el preso de ETA que está sirviendo de banderín de enganche a los ataques de estos días? O quién resucitará a Juan Mari Jáuregui, Miguel Ángel Blanco, Isaías Carrasco, Gregorio Ordóñez, Manuel Zamarreño, el niño Fabio Moreno, José Mari Korta, Fernando Buesa, Jorge Díez Elorza, Juan Priede, Froilán Elexpe, José María Ryan, Fernando Múgica, Enrique Casas, Fermín Monasterio, Yoyes, Ernest Lluch y los otros casi mil que no caben en estas líneas. ¿Quién?

La buena gente

Qué incómoda y pesada, la mochila de nuestro reciente ayer. Al tiempo, qué desazonante retrato de ese hoy que nos resistimos a admitir. Por mi parte, refractario al autoengaño, volveré a escribir que va siendo hora de reconocer que, por mucho que nos pese, hay una parte no pequeña de nuestros convecinos que creen que matar, si no estuvo bien del todo, por lo menos sí fue necesario y hasta resultó heroico por parte de quienes se dedicaron al asesinato selectivo —a veces, también a granel— del señalado como enemigo.

Lo tremendo es que no hablamos (o no solo, vamos) de individuos siniestros, malencarados e incapacitados para la empatía. Qué va. Muchos de los justificadores y/o glorificadores son tipos de lo más jatorra que te pagan rondas en el bar, te ceden el turno en la cola del súper o comparten tertulia contigo. Es esa buena gente, tan sanota, tan maja, la que estos días, al hilo de la exposición en un local municipal de Galdakao de un sujeto que se llevó por delante la vida de un currela (al que se suele obviar) y de un presidente del Tribunal Constitucional español, levanta el mentón y te advierte que mucho ojo con meterte con su asesino.

Cierto, quizá no te lo dicen exactamente así. Te espetan que no hay que mirar al pasado, que los del GAL se fueron de rositas, que a los de Vox nadie les dice nada, que qué pasa con la tortura, que por qué no te metes con los corruptos del PNV, que el PP es heredero del franquismo y te lo callas o, en la versión más suave, que a qué tanto cristo por unos cuadros. Vete y replícales que a ver qué pasaría si las pinturas fueran de Galindo, de uno de La Manada o, como escribió con tino alguien en Twitter, de Plácido Domingo.

Silencio sobre Judimendi

El novísimo tiempo es el viejo con una docena de parches y, por desgracia, cada vez más modorra para la denuncia. Para según qué denuncias, quiero decir, que llevo horas esperando la aparición de los campeones mundiales de la proclama justiciera a ver si dicen algo mínimamente crítico sobre la nauseabunda glosa como héroe del asesino de Fernando Buesa y su escolta, Jorge Díez. Totalmente en vano, oigan. Ni un cuartillo de tuit respecto a la enésima vuelta de la burra al trigo, en este caso, en el barrio gasteiztarra de Judimendi. Silencio sepulcral incluso de los que no hace demasiadas vueltas de calendario sí parecían tener claro el discurso ético y no dudaban en señalar las conductas intolerables.

Anoto aquí y ahora que les echo muchísimo de menos y que no comprendo por qué ya solo escogen para sus chapoteos los charcos que apenas cubren. Porque es justo y necesario levantar la voz contra la arbitrariedad sin matices del Caso Altsasu, nadie lo niega. Y hay que estar, claro que sí, en primera línea de protesta por las mil y una tropelías cometidas sobre los políticos soberanistas catalanes, por la medalla pensionada que no le retiran al torturador Billy el Niño, por la cárcel a la carta del cuñado de Felipe VI o por los incontables atropellos que nos salen al encuentro cada día. Pero aquí también hay que retratarse, aun a riesgo de perder las palmaditas en la espalda de aluvión o, como ya está acostumbrado a experimentarlo en sus propias carnes este humilde escribidor, de convertirse en pimpampum de los que tienen la absoluta convicción de que matar estuvo bien o, como poco, estuvo perfectamente justificado.

Despertar de la siesta

Resentido. Eso me dicen por haber escrito aquí mismo que no tengo la menor intención de reconciliarme con quien, por otro lado, jamás estuve conciliado. Viniendo de quien viene, lo tomo como elogio y como indicio de que no debo de andar tan descaminado. El clásico Ladran, luego cabalgamos, que en este caso es, además, una brutal proclamación de cómo se espera que funcione el invento a partir de ahora.

En realidad, un suma y sigue, el continuose del empezose, porque ya llevamos un buen rato en que los que han tirado de pistola deciden quién es o quién deja de ser amigo o enemigo de la paz. Desde el otro día, se ha añadido un requisito extra para no ser considerado torpedeador del nuevo tiempo, o sea, del nuevo nuevo tiempo, puesto que también se ha decretado otro cambio de era sin haber agotado la anterior. Esa recién nacida condición sine qua non para ser de los buenos, de los que facilitan, de los que reman en la dirección adecuada, es darle gracias a ETA. Tan perverso como suena.

Lo habrán visto estos días en varias versiones. Pintarrajeado guarramente con spray en las paredes, en alguna bucólica portada o en esas pegatinas vintage en las que sobre el hacha y la bicha se lee en azul desvaído no sé qué de que todos tenemos que dar un poco para que unos pocos no tengan que darlo todo. Ese fue el regalo por haber apretado los dientes para acudir a lo nunca visto, la lectura de la herencia de una organización que se decía revolucionaria y socialista en un palacio de manda carallo. Quiero pensar que estamos a tiempo de despertar de la siesta y tomar las riendas del futuro. Pero no lo veo nada claro.

De Hipercor a hoy

Hipercor, 30 años. 21 muertos y 45 heridos, muchos de cuales aún arrastran secuelas físicas y psicológicas. Es verdad que para algunos, muy poquitos, de los que apoyaban la patéticamente llamada lucha armada de ETA marcó un antes y un después. Tal nivel de crueldad gratuita e indiscriminada resultó sencillamente inexplicable para, insisto, un puñado de personas que guardaban algo de conciencia y de espíritu crítico en su interior. El resto recurrió a la palabrería panfletaria de rigor, a las añagazas autojustificatorias o, cómo no, a encogerse de hombros porque “el conflicto es así”.

Todavía hemos tenido que escuchar en las últimas horas, y eso es lo verdaderamente terrible, que la culpa no fue de los que colocaron en el parking de un centro comercial repleto de gente 30 kilos de amonal, 100 litros de gasolina y escamas de jabón y pegamento, sino de los que no mandaron desalojar el local a tiempo. Y no crean que lo sueltan solo mentecatos de mollera granítica como los que andan quemando contenedores y pintando paredes en apoyo del homicida múltiple Iñaki Bilbao. Amén de no pocos cargotenientes de la cosa recién renovada, también lo dejan caer los polemistas de corps, esos tipos que dan lecciones, hay que joderse, sobre vulneraciones de Derechos Humanos. Son los mismos, efectivamente, que tienen las santas narices de colocar en idéntico plano de necesidad de reconocer el daño causado al lehendakari y a un mengano que se ha llevado por delante diez, quince, veinte vidas.

Claro que también es verdad, y esta vez la autocrítica es mía, que eso ocurre porque asumimos tales comportamientos como normales.

Última Fanta a ETA

Como decía Groucho desde su lápida, me van a perdonar que no me levante. Y desde luego, que no aplauda. El cínico que hay en mi llega, como mucho, a anotar que prefiero que se utilicen las armas para la propaganda que para limpiarle el forro al personal. Oigan, que ETA no era un grupo de malotes que hacían pintadas en las paredes. Bastante menos, una organización revolucionaria, como quizá se soñó en sus inicios. Se quedó en mafieta que mataba y acojonaba a quien le tosía. O a quien ni siquiera lo hacía, porque la lista de apiolados porque sí es vergonzosamente larga. Qué repugnantemente gracioso es ver a quienes jaleaban todo eso haciendo ahora profesión de campeones mundiales de la paz. Si tanto les gustaba, ya podían haber empezado a practicarla mucho antes. Algunos tenemos quinquenios en esto de recibir por las dos mejillas.

Pero bueno, ya está. Capri, c’est fini. Que se termine la Fanta y que ahueque el ala. Esta tiene que ser la última que le pagamos. Y con lo cara que nos ha salido, podremos darnos el desahogo de señalar que, alegres biribilketas aparte, el desarme de marras se ha hecho efectivo exactamente como podía haber sido en el mismo instante del famoso comunicado de hace cinco años y medio. Todavía el otro día le escuché a un egregio vocero de la causa diciendo que era “de subnormales” (sí, es literal) pensar que la cosa se podía hacer entregando una lista de localizaciones.

Queda claro que la cacareada (y no falsa, ojo) resistencia de los gobiernos de España y Francia era un comodín, una falacia más a mayor gloria del relato, que ayer en Baiona fue, en realidad, clamoroso retrato.