El crimen de la candidata

Tiene su miga el caso de la candidata de Podemos a la alcaldía de Ávila, Pilar Baeza. Una persona condenada a 30 años de cárcel como cómplice de un asesinato encabeza una lista electoral y la obligación es asumirlo como algo absolutamente normal so pena de pasar por facha del copón y pico. Como lo leen. Resulta que es un escándalo intolerable estar en posesión de uno o varios títulos universitarios de la señorita Pepis —conste que yo estoy de acuerdo—, pero haberse llevado por delante la vida de un prójimo es una cuestión menor que solo puede poner en solfa un tiquismiquis, un tocapelotas o, ya les digo, un reaccionario.

Y sí, ya sé lo que viene ahora: la justificación del crimen bajo el argumento de que el tipo enviado a criar malvas había violado a Baeza. Aparte de que en las pormenorizadas investigaciones que se hicieron en la época no se llegó a encontrar el menor indicio y que todo apuntó a una estrategia de la defensa, incluso dando por cierto el testimonio de la condenada, nos encontramos ante una incómoda pregunta. ¿Acaso estamos dando por bueno un asesinato por venganza? Piense cada cual la respuesta y compárela con los discursos habituales sobre la proporcionalidad de las penas o el derecho a un juicio justo que tiene hasta el peor de los depredadores.

Hay algo que no cuadra… o que cuadra perfectamente con la acostumbrada querencia por la doble vara de medir que manifiestan los otras veces campeones mundiales de la rectitud y la moralidad. No resulta nada difícil imaginar lo que hubiera sucedido si la protagonista de los hechos perteneciera a otras siglas políticas. Creo que deberíamos reflexionar.

Tantos cómplices

Lo terrible es pensar que aunque no sepamos quiénes asesinaron a golpes y cuchilladas a Lucía y Rafael, si tenemos perfectamente identificados a los innumerables integrantes de su legión de cómplices. Qué impotencia indescriptible, asistir a otro crimen anunciado —doble, con una saña salvaje y con unas víctimas extremadamente vulnerables, para más inri— y no poder siquiera decir por lo bajo que hasta los ciegos de Otxarkoaga lo veían venir, no sea que te aparezca una patrulla de la totalitaria policía del pensamiento ortodoxo a leerte la cartilla.

Ya les dije que me da igual. Hace mucho tiempo que ha llegado el momento de acabar con esa nauseabunda perversión que supone que —¡en nombre del progreso y la justicia!— se aliente, se justifique y se ampare a los vulneradores sistemáticos de los derechos más básicos. Empezando por el de la vida, pero siguiendo por otros tan simples como poder pasear por tu barrio. En este caso y en tantos, un barrio humilde, castigado desde su mismo nacimiento por todo tipo de abusos y atropellos, a ver quién se lo explica a los señoritingos que pontifican sobre los pobres sin distinguirlos de una onza de chocolate.

Debería sobrar la aclaración, pero subrayo que no hablo de razas, etnias, orígenes ni colores de piel. Esos son los comodines de los holgazanes y los beatos. Esto va de comportamientos radicalmente inaceptables al margen de la filiación de quien los cometa. No es tan difícil de comprender. Es verdad que carezco de datos contrastados, pero estoy por apostar que la inmensa mayoría de mis convecinos lo tienen claro. Y creo que también los que deben actuar… ya.

Por qué los matan

“Hemos matado a vuestros hijos”, se jactaba Daesh tras la masacre de Manchester. Y lo peor es que lo hacen porque pueden. Tanto lo uno como lo otro. Primero matarlos, y después presumir de haberlo hecho. O anunciar chulescamente que no va a ser la última vez, y que nosotros, despreciables infieles, sepamos sin lugar a dudas que es rigurosamente cierto.

No, no es porque sea imposible garantizar la seguridad al cien por cien. Ni por la eficacia manifiestamente mejorable de ciertas investigaciones. Ni por el inmenso despiste entreverado de hipocresía de las autoridades del trozo del mundo llamado a ser fumigado. Todo eso influye, por supuesto, pero la verdadera razón de la barra libre para asesinar en nombre del islam, y ahí nos duele, está en la holgazanería moral de quienes uno esperaría encontrar enfrente y no al lado de los criminales.

Al lado. Eso he escrito. Y cada vez de un modo menos sutil. Ya no disimulan con algo parecido a una condena. Tampoco gastan un minuto en un mensaje de solidaridad. Pasan directamente a la justificación. El trío de las Azores, la pobreza, la intolerancia de los de piel pálida —¡hay que joderse!—, la industria armamentística, el operativo en que se cargaron a Bin Laden… Cualquier explicación es buena salvo atribuir las carnicerías a la maldad infinita y entrenada de sus autores. Del totalitarismo que anida en sus creencias, ni hablamos.

Celebro la mala hostia que estas líneas estará provocando a quienes se están dando por aludidos. Yo también he dejado los matices. Por eso los señalo sin rubor como los colaboradores imprescindibles de los que matan a nuestros hijos.

Miguel Ángel Blanco

18 años. Yo sí me acuerdo. Sin cerrar los ojos, sé dónde estaba en cada uno de los instantes críticos. Desde la noticia del secuestro hasta la de su muerte tras una infame agonía. Tengo memoria, cómo no, de la zozobra, del alma en vilo, del estupor, de la rabia, de la impotencia. También, claro, de los que ya entonces sacaron la calculadora y supieron que habían encontrado una mina que explotarían sin rubor; en esta tierra de emprendedores se han hecho incontables y pingües negocios con el dolor. Y no, no me olvido de los que callaron, de los que justificaron ni, ¡ay!, de los que celebraron que el estado opresor recibiera no sé qué golpe en la línea de flotación. Muchos de ellos dan hoy lecciones de dignidad a granel y andan señalando enemigos de la paz por aquí y por allá, o estableciendo suelos éticos a ojo de buen cubero, pero siempre a beneficio de obra.

Lo tremendo es que una mayoría de edad después, con todo lo que ha llovido y lo que ha dejado de llover —principalmente plomo y metralla— , la evocación justa y necesaria de Miguel Ángel Blanco siga devolviéndonos al peor de los pasados. ¿Por qué otra vez la ausencia clamorosa en el homenaje en el ayuntamiento de Ermua, con cinco siglas que están y una que no? ¿Por qué en ese mismo acto, que debería haber sido de puro recuerdo emocionado, la presidenta del PP vasco, Arantza Quiroga, sintió la necesidad de excusar la creciente irrelevancia de su partido y atribuyó la hegemonía actual de las fuerzas abertzales nada menos que a una presunta limpieza étnica perpetrada por ETA? Algún día venceremos la inercia, la nostalgia o la simple ineptitud.