Iván y Pablo, qué risa

Verdaderamente, unas imágenes de lo más entrañables. Iván Espinosa de los Monteros y Pablo Iglesias intercambian chascarrillos y se descuajeringan vivos. Cierto, también se carcajea Inés Arrimadas, pero a los efectos de esta columna, permítanme que la obvie, como han hecho con el partido que medio dirige en funciones cuatro quintas partes de sus votantes. Lo que haya de comentable, denunciable o defendible —ustedes lo decidirán— está en el compadreo que exhiben, se diría que impúdicamente, el máximo dirigente de Podemos y el lugarteniente de Abascal. Sin olvidar, claro, el marco del posado-robado: los fastos por el 41 aniversario de la Intocable Constitución española en el mismo Congreso de los Diputados donde el partido liderado por el residente en Galapagar reclamaba a todo trapo un cordón sanitario sobre Vox.

Y sí, lo valiente no quita lo cortés. La de veces que nos habrá tocado en esta vida fingir jijí-jajás ante fulanos que nos dan cien patadas, bendita hipocresía social que nos evita, supongo, estar a hostia limpia todo el rato. Pero hasta ahí debe haber límites. Hay individuos frente a los que la única actitud decorosa que procede es la indiferencia; fíjense que ni siquiera digo la muestra abierta de desprecio. Más, si como ha sido el caso de Iglesias, se ha venido liderando la campaña de invectivas, cagüentales, sapos y culebras contra la formación del sujeto con el que luego se va a partir uno la caja en público. “¡Al fascismo se le combate!”, proclaman machaconamente las huestes moradas. Jamás se nos hubiera ocurrido pensar que la estrategia para derrotar al declarado enemigo fuera matarlo de risa.

Injusticia con sordina

Pues no. Esta vez no ha habido rasgado de vestiduras ni concurso de soflamas incendiarias contra la manga ancha de la Justicia. Será en vano que busquen pronunciamientos de campeones siderales del Yo acuso, ni airadas peticiones de cambio inmediato del Código Penal. Qué va. Únicamente silencio en la grada progresí y algarabía en la de enfrente, la ultramontana, que ha disfrutado sin competencia de una denuncia que debería haber sido compartida por cualquiera con un mínimo sentido de la decencia. Pero es que en este viaje no molaba por quiénes eran el criminal y la víctima. Les cuento, por si no acaban de caer.

Ocurre que la Audiencia de Zaragoza ha absuelto a un fulano llamado Rodrigo Lanza, de oficio sus antisistemeces, del delito de asesinato de un tipo al que pateó hasta la muerte porque le provocó… ¡llevando unos tirantes rojigualdos! Los togados, a medias con un jurado popular, le han hecho precio de amigo y dejan el matarile —por la espalda y a traición— en homicidio imprudente. En román paladino, de 25 años a un máximo de 12, que todo quisque apuesta que será mucho menos.

Es bastante fácil imaginar la explosión de bilis que se hubiera producido de haber estado cambiados los papeles. De hecho, sin llegar a eso, me consta que más de media docena de los lectores de estas líneas las habrán dejado cabreados antes de llegar aquí. No pocos de los que alcancen el punto final verán confirmada su tesis de que soy un fascista que lamenta que le hayan dado su merecido a un individuo que sobraba de la faz de la tierra. Eso, sin contar con los que se encogerán de hombros y concluirán que no les gusta la columna.

Tales para cuales

Cuánto antifascista, y yo qué viejo. Antifascistillas o antifascistuelos, quiero decir. A más no llegan. Ni unos ni otros, que en realidad son haz y envés de idéntica moneda. Juegan exactamente a lo mismo y se necesitan mutuamente con urgencia, con apremio, con ansia infinita. Por eso se buscan y se encuentran, como este fin de semana en Donostia y Bilbao. ¿Lo de Errenteria? Sí, vale, también, aunque quizá ahí quepan más matices, por lo menos, para los que tiramos de decimales y no vamos a blanco o negro.

Quedémonos pues con las otras grescas y, afinando más, con la de la capital vizcaína, que fue resumen y corolario de la ponzoña extremista o extremoide con que nos toca lidiar. Y la prueba, la felicidad del provocador mayor, Santiago (y cierra España) Abascal. No le entraba una paja por el tafanario al mindundi encumbrando como líder carismático de la fachitud al abandonar la Villa de Don Diego. “Profeta en su tierra”, titulaba viniéndose muy arriba un medio de orden ante un lleno más imaginario que real en el Euskalduna… o, en todo caso, certificado a golpe de autobús y cenutrio foráneo. Un mitin de medio pelo convertido en apertura informativa peninsular a todo trapo gracias a los alteregos del terruño vascón, que regalaron a los convocantes la batalla campal, duras cargas policiales incluidas, que habían venido a buscar los de la falange renombrada con tres letras. Y casi peor que los que la liaron en el asfalto, los burguesotes que a buen cubierto cantaron la gesta en Twitter, tomándose la licencia de comparar a los bronquistas con Neus Catalá, auténtica antifascista fallecida el mismo día. De vómito.

¿Hay que temer a Vox?

¿Quién teme al lobo feroz? O lo que es lo mismo en el actual momento procesal: ¿Quién teme a Vox? Llámenme inconsciente, pero yo todavía no. En este instante, me limito a observar el fenómeno con infinita curiosidad, asco indecible —eso también es verdad— y cierta sorpresa porque, aun teniendo claro que son fascistas sin remisión y bodoques carentes de la menor humanidad, confieso que no esperaba que desplegaran toda la artillería pesada tan pronto ni con semejante nivel de descaro.

Como siga la progresión mostrada hasta ahora, llegaran a las vísperas del 28 de abril pidiendo grúas para colgar públicamente a los homosexuales y paseíllos con final en cuneta para quienes consideren rojoseparatistas, es decir, todo quisque menos ellos. Por brutal que suene lo que acabo de escribir, no parece exagerada la expectativa, si tenemos en cuenta que hasta la fecha ya hemos visto a Abascal y su recua cavernícola pidiendo que se permita portar armas a “los españoles decentes”, negando el bombardeo de Gernika y el holocausto o justificando la violencia contra las mujeres, mientras infestaban sus listas sin recato de militares abiertamente franquistas.

¿Y dice que tamañas atrocidades no han de ponernos temblonas las rodillas, ingenuo columnero? No digo que no sea para contener el aliento, pero también añado que quizá estemos ante un susto necesario. Me explico: el canguelo auténtico llegará si al contar los votos resultara que unas ideas como las enunciadas cuentan con un gran respaldo de la ciudadanía. Eso sí sería un drama, y más, si la aritmética convierte en decisivos los sufragios. En nuestra mano está que no ocurra.

Fascistas, al fin y al cabo

Es probable que sea verdad que llamemos fascismo a algo que técnicamente no lo es. Y lo digo tanto por la caquita acaudillada por el jeta Abascal como por la jauría que el otro día hostió en el campus universitario de Gasteiz a un chaval que de entre todos los vicios posibles tiene el de ser partidario de la unidad de la nación española. No discutiré que si sacamos el libro gordo de Petete, vaya a resultar que la definición canónica de la cosa no se corresponda ni con Vox, ni con los matones de Vitoria, ni con sus mayores, ni con los partisanos que salieron a montar la barrila por el resultado electoral de Andalucía, ni con los mononeuronales que la liaron parda en Girona con la excusa de que los de enfrente eran megamaxifachas.

Me sobran, en todo caso, los decimales académicos. El fascismo como ideología cabe en una puta caja de cerillas. Es una mierda pinchada en un palo, y solo quienes simpatizan con su fondo pueden ponerse tiquismiquis cuando metemos en el mismo a saco a todos los zurullos humanos que, al margen de la causa que digan profesar, tienen como característica común su cerrilidad, su refracción a razonar, su fanatismo sin fisuras y, desde luego, su querencia por la imposición utilizando la coacción, la intimidación o la violencia pura y dura. La ideología declarada no es más que una excusa barata para dar rienda suelta a su natural agresivo y, por mencionar la palabra que nos puede sacar de dudas, totalitario. El error fatal por parte de quienes decimos abogar por los métodos pacíficos es buscar excusas al comportamiento intolerable de los que, en el fondo, tenemos por prójimos ideológicos.

¡Será por fascistas!

Qué oportuno y qué incómodo para los campeones galácticos de la resistencia. Justo cuando todo quisque se hace lenguas sobre los ultras presuntamente recién salidos del armario allá en la Bética y la Penibética, acá en el norte irredento ma non troppo, varios encapuchados —dicen que hasta quince— inflan a hostias a un chaval de 19 años por integrar un grupúsculo ínfimo que pregona la unidad de España. El escenario de la valiente hazaña de esta (también) manada de niñatos es el campus de la universidad pública vasca en Gasteiz, donde ya hay cierta costumbre de similares ceremoniales violentos. La novedad es que en esta ocasión se ha cruzado la pantalla de los cuantiosos y carísimos daños al mobiliario que pagamos todos y hay una víctima de carne y hueso.

Se mire por donde se mire, es una acción neta y genuinamente fascista que pretende pasar, faltaría más, por antifascista. Quisiera fingir sorpresa, pero me siento incapaz. Cómo contarles a quienes parece que acaban de descubrir a los camisas pardas que el pisaverde Abascal es solo otro de los muchos y diversos fachas que venimos sufriendo por aquí arriba desde hace un carro de quinquenios. De hecho, la diferencia con el ahora convertido en hombrecito es que el baranda de Vox todavía no ha pasado de las bocachancladas incendiarias, mientras sus gemelos del extremo opuesto llevan acreditadas toneladas de iniquidades contantes y sonantes. La brutal e inconmensurable indecencia es que son ellos y sus mayores los que en estos días de rasgado de vestiduras han tenido el cuajo de ponerse en la primera línea de la lucha contra sus paralelos del otro lado del espejo.

¿Con o contra Abascal?

Y luego se preguntan qué ha pasado, mesándose los cabellos, agriando el rictus para los selfis megacabreados, como si no lo supieran. Como si no lo provocaran. Enardecidas manifestaciones para mostrar la-más-enérgica-repulsa… ¡por un resultado electoral! Un sarao por cada capital andaluza, se lo juro. Los demócratas contra lo que ellos mismos juraban que era la democracia. ¿Antifascismo con métodos que atufan a fascismo? Uy, muchos decimales para entendederas tan escasas. Como la voluntad popular no fue la suya, una de pataleo, prometiendo ser la tumba de un muerto cada vez más vivo —gracias a sus balones de oxígeno, antipático detalle— y clamando que no pasarán los que ya han pasado… por la alfombra roja que ellos mismos les han tendido, que aquí es donde viene la desvergüenza definitiva.

Sí, porque la orgía plañidera de diseño trae consigo un millón de chapas infames sobre Abascal y sus mariachis. Y qué más quiere el jeta del Valle de Ayala, un tipo que lleva desde los 23 años pillando cacho gordo del erario público sin dar un palo al agua, que engrandezcan su leyenda. De Le Pen, Bolsonaro o Salvini no les sé decir, porque me pillan lejos. De este, con bastante conocimiento de causa, sí les puedo contar que no pasa de fachuzo vividor del cuento. Una versión barbada de Rosa Díez, quizá con alguna lectura y alguna luz más, pero empatado en afán de figurar, rostro de alabastro y falta de moral. 80.000 euros anuales cobraba el rapaz en la canonjía que le procuró su madrina Esperanza Aguirre. No está mal para quien se caga en las autonomías, el nuevo héroe encumbrado, cachis la mar, por sus presuntos enemigos.