Tontos del Cupo

Los tontos del Cupo son una moda de ida y vuelta en bucle como los pantalones de pata de elefante. Aunque siempre permanecen ahí, en estado de latencia, de cuando en cuando reaparecen todos a una y con estrépito para bramar sus cánticos tiñosos. Qué mejor oportunidad para la vuelta a las andadas que los titulares gordos sobre el último acuerdo alcanzado por los gobiernos español y vasco (o por el PP y el PNV, que no sé si monta tanto). ¿Cómo es eso que de la noche a la mañana, estando las arcas españolas con telarañas, les largan a los insaciables vascones 1.400 millones del ala? Un atraco, un agravio intolerable, una vergonzosa cesión a los chantajistas periféricos, y así, hasta llenar cien barriles de bilis.

Y no crean que los bufidos salen solo de las gargantas de costumbre. La cosa no se limita a los inquebrantables de la rojigualdez. Hasta los requeteprogres presuntamente comprensivos con la vaina de la plurinacionalidad andan echando espumarajos. “¡España se rompe por el ministerio de Hacienda, señor Montoro!”, se tiró de los pelos en el Congreso el tenido por razonable Joan Baldoví. Por similares derroteros dialécticos han hecho slalom desde la bancada morada Iglesias, Errejón o la intrusa de tertulias Montero. No pasa de moda Josep Pla: no hay nada más parecido a un español de derechas que un español de izquierdas.

Quizá debamos echarle pedagogía. Por intentarlo, que no quede. Lástima que no podamos clonar a Pedro Luis Uriarte. Con todo, soy escéptico tirando a pesimista. Es verdad que esta bronca sobre el Concierto o el Convenio se basa en la ignorancia, pero diría que más en la maldad.

Dar y recibir

Tengo escrito aquí mismo que ignorancia y maldad no son carencias excluyentes. Al contrario, lo frecuente es que la una se apoye en la otra —y viceversa—, formando una sociedad de consecuencias letales para quien se ponga a tiro. Acabamos de ver una vez más el fenómeno en la chorripolémica respecto al Concierto y el Convenio que se han maravillado por centésima vez los tiñosos tocapelotas del centralismo cañí, incluyendo en semejante concepto a pajes periféricos como ese tal Miquel Iceta, cuya talla política es, y así lo muestra al mundo sin vergüenza, la del cuñado piripi que se viene arriba en una boda; algún día, alguien analizará que toda su aportación al debate catalán sea un bailoteo.

Con todo, el chistezuelo (también de cuñado, subsección más gracioso que la puñetera eme) que hizo el secretario general del PSC convirtiendo cupo en cuponazo no es la mayor de las desventuras que hemos oído desde que empezó la martingala de marras. Peor fue, entre otras cosas, por la reincidencia, el par de veces en que la nulidad sideral que atiende por Susana Díaz metió la pezuña en el charco y habló —insisto: dos veces— de modular el cupo. La muy zote piensa, y parece que ningún conmilitón se ha preocupado en sacarle del error, que la cosa funciona exactamente al revés. Es, literalmente, el ladrón creyendo a todos de su condición. Como la comunidad que gobierna sí recibe de la cacareada caja común un pastón que se va en corruptelas y/o en la compra desparpajuda de votos a través de ese escándalo intocable llamado PER, Díaz está segura de que el cupo consiste en recibir. Pues no, calamidad, es dar. Y mucho.

Nos gustan los malos

Ha muerto —bastante antes de lo que biológicamente se diría que le tocaba— James Gandolfini. Sin embargo, el luto no es por el notable actor, sino por su personaje, Tony Soprano. Un mafioso. Simpático a ratos, con algún que otro problema de conciencia y de estrés laboral, un padrazo en el fondo… pero también, es decir, sobre todo, un asesino. De los que no se andan con chiquitas. Son negocios, pum, pum, pasemos al siguiente asunto, a ver si llego a casa a tiempo de ver el basket. Un restaurante que salta por los aires, cuatro mangutas que acaban dando de comer a los peces, un pringao hecho puré a batazo limpio. Y los espectadores, que cuando van de paisano endilgan al primero que pasa profundas teóricas sobre la educación en valores y despotrican porque la gente no usa las papeleras, haciendo la ola en la butaca. Qué cosa es la empatía catódica, oigan, que un rato estás echando la lagrimita por los niños esclavos de Bangladesh y al siguiente, integrando el club de fans de un criminal.

¿Y estas tribulaciones, señor columnista? Qué sé yo, que ha terminado afectándome el secuestro del anticiclón de las Azores o que por una vez he mandado al tinte a los malosos de carril de los que escribo a diario. El caso es que al ver los lamentos de los deudos virtuales de Soprano —más que de Gandolfini, insisto—, me ha dado por pensar en la poderosa atracción que ejercen sobre nosotros los hijoputas de la ficción.

Como me decía, desbarrando sobre la cuestión en Twitter, mi querido colega Alberto Moyano, hoy el Michael Landon (o sea, Ingalls) de La casa de la pradera nos provocaría un shock hiperglucémico. Los que nos ponen son los indeseables de Mad men, el pedazo cabrón de House, un gañán amoral como Homer Simpson o —¡glups!— los polis de cualquier serie que se pasan por la sobaquera los derechos de los detenidos y los inflan a mandobles. ¿Deberíamos hacérnoslo mirar o es lo más normal del mundo?

Barcenitas

Hay un censo que me urge, aunque me temo que las herramientas estadísticas no han avanzado aún lo suficiente como para acometerlo. Hablo del inventario de las buenas personas, las malas y, por supuesto, las categorías intermedias, que ya imagino que serán las más numerosas. Pero solo lo imagino, vuelvo a subrayar, del mismo modo que tengo que tirar de intuición y ojo de regular cubero para sacar mis propias cuentas a la espera de que lleguen las del Ine, el Eustat o quien se atreva a hacerlas. La cuestión es que mis cálculos no pueden ser más desalentadores: ganan de calle los hijoputas cum laude, seguidos por los cabroncetes que entrenan a diario y demás tropa malnacida. En el farolillo rojo y con cuatro o cinco vueltas perdidas, encontramos a las gentes de bien y a las que conservan ciertos escrúpulos morales. Aunque a veces mi pesimismo indómito me lleva a pensar que esta especie se ha extinguido de la faz de la tierra, por fortuna, subsisten unos miles de ejemplares que hacen más soportable la vida en la ciénaga y que permiten que la esperanza moribunda no se rinda. Ya digo, sin embargo, que de acuerdo con mis sumas y mis restas, su número es anecdótico al lado de la ralea que parece estar en plena explosión demográfica: la de los barcenitas.

Tal término, recién acuñado por servidor, puede tomarse como diminutivo o en el sentido de miembros de una secta. Por un lado, serían versiones a escala del tipejo al que deben su nombre y por otro, seguidores fanáticos —incluso sin sospecharlo— del engominado extesorero del PP. Tanto da. Lo terrible es que los hay a patadas. No tienen cuentas en Suiza ni esquían en Canadá; de hecho, los bolsillos de los más están como la mojama. Sin embargo, comparten con su modelo lo fundamental: la convicción total de que les asiste el derecho a hacer lo que les salga de la entrepierna. Y si alguien se lo afea, peineta al canto. ¿A que conocen a más de uno?