¿Y la abstención?

En la terminología al uso, lo que Pedro Sánchez está haciendo con Pablo Iglesias se denomina troleo. Del nueve largo, además, porque el eterno presidente en funciones arrea en las partes más expuestas de su atribulado adversario. ¿No era Iglesias el que no hace tanto exigía negociaciones en streaming, o sea, transmitidas en directo? Pues ahí se va Sánchez a la televisión pública a anunciar urbi et orbi que cuando tenga un rato le va a llamar por teléfono para proponerle la penúltima ocurrencia de su hechicero, que básicamente consiste en marear la perdiz. Todo lo que le quedó al líder de Podemos, que andaba ante otra alcahofa, fue decir que no son formas, pero que bueno, que vale, y que ya procurará tener el móvil con batería. Todo, para que a media tarde, el inquilino interino de La Moncloa corriera a tuitear que ya había llamado a Pablo y que este pasa un kilo, jo qu péna.

Esa es la política en tiempos de Twitter. Como dicen que dijo aquel torero, lo importante no es hacerlo sino contar que lo has hecho. Y para que a cada capítulo no le falte su novedad, mientras sigue la trama pimpinelesca, se suelta la especie, a lo Gila, de que en las sesiones de investidura “pasarán cosas”. ¿Qué cosas? Pues, por ejemplo, que el Partido Popular se abstenga. De momento, no es más que un asustapardillos, pero si yo fuera el Iván Redondo de Pablo Casado, le animaría a darle una vuelta. De saque, quedaría como generoso hombre de estado que piensa antes en la estabilidad de la Nación que en su propio interés. A partir de ahí, tendría un gobierno débil cabreado con su sostén natural al que atizar hasta en el cielo de la boca.

Unai y tantos más

Como casi siempre les vengo con el morro arrugado y el zurriago en ristre, creo que se merecen una columna blandita. La que me dispongo a escribir tiene, si quieren buscarlas, varias moralejas. Por ejemplo, que a pesar de que las redes sociales son un inmenso estercolero, de cuando en cuando te regalan momentos que valen su peso en platino. Pero no me adelanto. Voy por orden.

Todo empezó con una historia que le birlé a mi mujer. Fue ella la que me contó, cerca del entusiasmo, cómo en el metro había escuchado una conversación entre una chavala y dos chavales. Por lo visto, acababan de aprobar lo que seguiremos llamando Selectividad y hablaban de sus planes de futuro. Pronto apareció en la charleta un tal Unai, profesor de Filosofía, del que se deshicieron en incontables elogios. Se notaba que estaban realmente agradecidos, no porque les había facilitado el aprobado, sino porque con él habían aprendido mucho. “¡Con lo difícil que es hacer atractiva esa asignatura!”, remató uno de ellos.

Un impulso me llevó a Twitter. Necesitaba que esas palabras llegaran a su destinatario. Gracias a la multiplicación del mensaje, pronto quedó claro que el elogiado no podía ser otro que Unai Cabo, profesor del Colegio El Regato, en Barakaldo. Pudimos charlar con él en Euskadi Hoy de Onda Vasca, y varios medios —conste mi agradecimiento a El País y EITB— difundieron el feliz episodio, mientras quintales y quintales de usuarios de Twitter, Facebook o Instagram lo acompañaban con comentarios llenos de emoción. Mi conclusión es que Unai es un tío grande que representa a las y los miles de docentes que cambian la vida de sus alumnos.

No son solo las redes

Me preguntan hasta qué punto es noticia o materia de columna y/o tertulia que una actriz abandone una red social después de una mala experiencia. Dependiendo de los casos, intuyo entre los signos de interrogación curiosidad genuina o mal disimulada antipatía por la protagonista del incidente, a la que se arrumba flojera de espíritu por no saber encajar una buena manta de hostias gratuitas. A los segundos les dedico mi sonrisa más socarrona antes de mandarlos a esparragar. A los primeros, a los que de verdad plantean el asunto como asunto para la reflexión, empiezo devolviéndoles la pregunta: ¿Noticia, comparándola con qué?

Quiero decir que si hacemos un somero repaso de la infinidad de chorradas que alcanzan las portadas o entran en los menús de las diversas francachelas opinativas, el episodio de la claudicación de Bárbara Goenaga me parece un asunto de suficiente envergadura para dedicarle unos párrafos. Más allá de la anécdota concreta y hasta de los nombres propios implicados, la sucesión de hechos supone un retrato muy preciso de los tiempos que nos toca surfear. ¿También de las pérfidas redes sociales? Pues fíjense que sin negar que cada vez son estercoleros más hediondos, diría que en sí mismas no deben considerarse las culpables últimas de la derrama de bilis incesante. Son los humanos que las utilizan quienes ponen el vitriolo y la ponzoña. Desde luego, con la ayuda de los gestores de las plataformas —Twitter, Facebook y demás—, que no acaban de poner coto a los incontables hijos de la peor entraña que las usan para provocar incendios por pura maldad, porque sale a cuenta o por lo uno y lo otro.

El linchamiento de Goenaga

Así están los tiempos. Después de nueve años salseando en Twitter, siempre para bien, Bárbara Goenaga se rinde. Anuncia que lo deja porque ya no traga con ser pimpampúm facilón de las toneladas de imbéciles ventajistas que aprovechan la impunidad que da la red —demasiadas veces desde el anonimato— para verter su mierda sobre personas populares. Es una lucha brutalmente desigual en la que a la celebridad le toca callar, pues una respuesta a la altura de la ofensa sería tenida por muestra de prepotencia y falta de capacidad de encajar.

Esta vez, sin embargo, no ha sido un anónimo cobarde quien ha expulsado a la actriz del patio del pajarito. La orden de desalojo la firmaba una reputada activista del neofeminismo ejercido en régimen de monopolio y sin derecho a réplica; me muerdo la lengua para no ser más explícito en la definición. Ocurrió que, haciendo uso de su libertad, Goenaga opinó no importa qué sobre qué más da cuál, cuando la aludida líneas arriba se le echó al cuello. Que vale, que muy bien, pero que siendo pareja de quien es —Borja Sémper, supongo que no necesitan que se lo aclare—, no colaba porque el tipo milita en un partido que esto y que lo otro. En vano trató Bárbara de explicar que ella era ella y el señor con el que comparte su vida, otro diferente, y que no necesariamente coincidían en sus visiones de las cosas. La habitual escuadra de linchamiento llegó en tropel para afearle sus gustos en materia de hombres y condenarla por desempoderada a la hoguera de la sumisión al heteropatriarcado. Ni los curas preconciliares llegaron tan lejos. Pero lo peor es el silencio de tanto ¡y tanta! progre.

El comisario patán

El jefe de la Policía Nacional en Nafarroa usaba una cuenta de Twitter anónima para poner a caldo de perejil a rojoseparatistas de variado pelaje y para exaltar a macizos de la raza hispana como el teniente coronel Tejero y el cabo furriel Abascal. Tocaría indignarse dos congos por semejante desmán perpetrado, para más inri, por un servidor público, o sea, un fulano al que le pagamos el sueldo. Pero no me sale, se lo juro. Por más que intento encabronarme con la infamia del tal Daniel Rodríguez López, solo consigo que se me descoyunte el bullarengue de la risa.

Que sí, que ya sé que es grave, pero no me digan que no les resulta despiporrante que el sujeto sea tan mastuerzo de usar su nombre real de pila para soltar sus cuescos dialécticos y que haya elegido para bautizar la cuenta el nombre de su pueblo seguido de su fecha de nacimiento. De premio Nobel de la mentecatez. Este es de los que se cree a pies juntillas que para ir de incógnito hay que disfrazarse de lagarterana. Para rematar la faena, cuando los de Eldiario.es le pillan con el carrito del helado, todo lo que se le ocurre balbucear es que, pese a que los ladridos han salido de su teléfono oficial, los autores han sido su mujer y su hermano, joder con los patriotas valientes que dan la cara.

Luego, pretende arreglarlo renunciando cinco minutos antes de que lo echen, el muy héroe. Y quizá aquí sea donde empecemos a ponernos a serios, porque algo me dice —mayormente decenas de experiencias anteriores— que este tirón de orejas ha sido para la galería. Andando el tiempo, no será extraño que el comisario Rodríguez acabe recibiendo una medalla pensionada.

Linchadores de hoy

Ocurrió la semana pasada en ese inmenso estercolero llamado Twitter. Algún sabueso de pitiminí descubrió la identidad real de uno de los piadores recalcitrantes de la diestra. Resulta que bajo el alias Pastrana, envenenador de los sueños y las vigilias de la ortodoxia progresí, empezando por el pijoaparte venido a más Rufián, se ocultaba… ¡un alcalde del PP! ¿Uno de alguna capital importante, apoyado por un aparato de propaganda pagado a millón? Qué va. Se trata del primer edil de una localidad turolense de 188 almas, según el último censo, llamada Villar del Cobo.

Cabría esperar que ante semejante humillación —un remedo de Paco Martinez Soria del siglo XXI provocando el crujir de dientes de la crema y la nata urbana e hinteleztual del recopón—, los millares de aludidos procedieran a silbar a la vía y a no darse por enterados. Pero esos no son los usos y costumbres, ni de la jauría en general, ni de sus gurús, con un mal perder estratosférico. A la revelación siguió un linchamiento del fulano para la antología, encabezado por ventajistas de gran pedigrí como el mentado arcángel exterminador y comunicadores megarrevolucionarios de veinte mil euracos al mes y secundado por la cobarde manada de funcionarios aburridos y acomplejados de variada estofa.

Se le escarmentaba al osado munícipe tuitero por repartir estopa al amparo de un seudónimo. Y anda que no mandaba huevos que entre los perpetradores de la paliza se contaran varios de los anónimos y las anónimas de más relumbrón, en compañía de otros que se encaraman a los teclados dejando a buen resguardo sus verdaderos nombres y apellidos. Qué rostro.

Los alegres linchadores

No saben lo que se pierden por no estar en Twitter. Los domingos, por ejemplo, en la red social del pajarito azul se practica un ritual a la altura del marianito y las rabas. Se trata del despelleje dialéctico de Javier Marías, presunto intelectual, hijo de tal —Julián se llamaba el sobrevalorado papá—, académico de la lengua española (no me jodas, Merche), autor de mediano éxito y articulista a millón del antiguo heraldo de la fetenidad conocido como El País. Es, de hecho, en calidad de esto último por lo que la turbamulta se junta para hostiarle a modo. Lo de menos suele ser lo que escriba. Siempre parece haber una razón para untarle el morro, y empieza a notarse que el sujeto lo sabe y se entrega en sus filípicas a provocaciones de patio de parvulario, exactamente a la altura, o sea, la bajura, de sus alegres linchadores.

El último regüeldo del egregio buscabocas ha consistido en disparar contra Gloria Fuertes, objeto de culto mayor para toda suerte de esnobs que no han leído en su puñetera vida media línea de la madrileña. Farfulla Marías, cual si él fuera Borges, que le “resulta imposible suscribir que fuese una grandísima poeta”. Servidor, un julay aún sin desasnar en materia lírica, solo puede decir que hay textos de Fuertes que me gustan un congo y pico. Hasta llegué a llevar algunos versos en mi carpeta de universitario natillón. Otra cosa es que a estas alturas me vaya a sentir ofendido por lo que barrite en un articulillo de aluvión un fulano que teclea con alevosía buscando escandalizar a los escandalizables, a ver si salen en procesión a atizarle en el culete con la garrota de porexpán.