Disparen al no adepto

Con una inmensa pereza bañada en un tanto de bilis, sigo donde lo dejé ayer. No contento con los avisos a navegantes de los Obergruppenführer Echenique y Monedero, el líder máximo Iglesias Turrión salió en persona mesándose la coleta a advertirnos a los periodistas de que tendremos que acostumbrarnos a que nos critiquen y nos insulten cuando hayamos mostrado un comportamiento desviado. Y miren, aunque no me gusta cómo lo dijo, ni siquiera es eso el origen de mi cabreo. Faltaría más que nuestro trabajo no pudiera ser objeto de la crítica y, metidos en gastos, del insulto de quien solo es capaz de argumentar a base de escupitajos dialécticos. La mano de collejas la tenemos asumida desde que tecleamos la primera letra o se pone en rojo la luz del estudio.

Lo que no cabe, y menos, si eres vicepresidente de un gobierno que se dice democrático, es azuzar a tu jauría de chacales furiosos porque un fulano del gremio plumífero no dobla el espinazo ante tu augusta figura. O, simplemente, porque tiene una ideología y unas creencias que no son las tuyas. Y esto lo escribe alguien que cada dos por tres es hostiado a modo por hatajos de matones de obediencias políticas diversas. A ver si los justicieros zurdos aprenden de su venerado Chomsky, que en USA acaba de pedir a los partepiernas que se corten un poco.

Diario del covid-19 (14)

La realidad se vuelve más compleja de lo que ya era. El otro día me vi —¡Quién me lo iba a decir!— defendiendo al obispo Munilla de sus linchadores de aluvión. Muchos de los mismos denunciantes acelerados del fascismo de balcón hacían presa en su tobillo porque le habían puesto una multa por ir en su vehículo con otra persona en el asiento del copiloto. La pandilla que nos da lecciones sobre el derecho a la intimidad se ciscaba en la ley de protección de datos que debería haber evitado que la sanción fuera de dominio público. Pero como el perjudicado por un filtrador, o sea, por el chivato de turno, según la lengua de uso recuperado, era uno de los cocos oficiales, ahí se joda monseñor.

Eso, como aperitivo, pues la jauría terminó definitivamente cuando se conocieron las circunstancias reales de los hechos. Resulta que el odiado purpurado llevaba a recibir atención odontológica urgente a una inmigrante que padecía una infección en la boca. Ahí debe de haber una moraleja que les dejo extraer a ustedes.

Y por si lo de salir en defensa de Munilla no bastaba, ayer me encontré aplaudiendo las palabras de un tipo con un historial tan poco presentable como Esteban González-Pons. Ocurrió que el eurodiputado del PP soltó desde su escaño de Bruselas cuatro verdades a los supertacañones europeos.

Antirracistas muy racistas

Confieso que el viernes evacué —no hay mejor verbo— un tuit muy desafortunado en las formas sobre quienes llevaban horas cargando contra la candidata a lehendakari propuesta por la dirección de Podemos en Euskadi, Rosa Martínez, por no estar en condiciones de desenvolverse en euskera. Me avergüenzo, no saben cuánto, de la grosería y hasta de la procacidad de mi mensaje, pero mantengo lo que debió ser la sustancia de mis torpes líneas: me resulta repugnante el rancio etnicismo de quienes luego tienen los santos bemoles de ir por la vida como la hostia en verso del antirracismo, el antifascismo y me llevo una.

No, miren, que si quieren un debate sereno y sosegado sobre la conveniencia de que la primera autoridad de los tres territorios de la demarcación autonómica deba ser capaz de dirigirse a su ciudadanía en las dos lenguas cooficiales de los tres territorios, ningún problema. Personalmente, y aunque en el primer bote creo que tendría que ser así, cuando le doy media vuelta al cacumen, concluyo que es mejor que sean los votantes los que lo decidan.

Pero es obvio que esto no va de reflexiones sinceras, sino de la enésima exhibición del pelo de la dehesa de unos miles de campuzos del terruño —Belcebú me libre de poner siglas— que son tan esencialistas como los del háblame en cristiano de enfrente. Acertó de pleno el mengano que, tratando de ponerme a los pies de los linchadores de corps, ironizó con que mi tuit era materia de Cocidito madrileño —¡ahora, Suspiros de España, por favor!—. Los participantes en el acollejamiento de Rosa Martínez forman parte del mismo género de mastuerzos que yo pongo en solfa.

El linchamiento de Goenaga

Así están los tiempos. Después de nueve años salseando en Twitter, siempre para bien, Bárbara Goenaga se rinde. Anuncia que lo deja porque ya no traga con ser pimpampúm facilón de las toneladas de imbéciles ventajistas que aprovechan la impunidad que da la red —demasiadas veces desde el anonimato— para verter su mierda sobre personas populares. Es una lucha brutalmente desigual en la que a la celebridad le toca callar, pues una respuesta a la altura de la ofensa sería tenida por muestra de prepotencia y falta de capacidad de encajar.

Esta vez, sin embargo, no ha sido un anónimo cobarde quien ha expulsado a la actriz del patio del pajarito. La orden de desalojo la firmaba una reputada activista del neofeminismo ejercido en régimen de monopolio y sin derecho a réplica; me muerdo la lengua para no ser más explícito en la definición. Ocurrió que, haciendo uso de su libertad, Goenaga opinó no importa qué sobre qué más da cuál, cuando la aludida líneas arriba se le echó al cuello. Que vale, que muy bien, pero que siendo pareja de quien es —Borja Sémper, supongo que no necesitan que se lo aclare—, no colaba porque el tipo milita en un partido que esto y que lo otro. En vano trató Bárbara de explicar que ella era ella y el señor con el que comparte su vida, otro diferente, y que no necesariamente coincidían en sus visiones de las cosas. La habitual escuadra de linchamiento llegó en tropel para afearle sus gustos en materia de hombres y condenarla por desempoderada a la hoguera de la sumisión al heteropatriarcado. Ni los curas preconciliares llegaron tan lejos. Pero lo peor es el silencio de tanto ¡y tanta! progre.

Linchadores de hoy

Ocurrió la semana pasada en ese inmenso estercolero llamado Twitter. Algún sabueso de pitiminí descubrió la identidad real de uno de los piadores recalcitrantes de la diestra. Resulta que bajo el alias Pastrana, envenenador de los sueños y las vigilias de la ortodoxia progresí, empezando por el pijoaparte venido a más Rufián, se ocultaba… ¡un alcalde del PP! ¿Uno de alguna capital importante, apoyado por un aparato de propaganda pagado a millón? Qué va. Se trata del primer edil de una localidad turolense de 188 almas, según el último censo, llamada Villar del Cobo.

Cabría esperar que ante semejante humillación —un remedo de Paco Martinez Soria del siglo XXI provocando el crujir de dientes de la crema y la nata urbana e hinteleztual del recopón—, los millares de aludidos procedieran a silbar a la vía y a no darse por enterados. Pero esos no son los usos y costumbres, ni de la jauría en general, ni de sus gurús, con un mal perder estratosférico. A la revelación siguió un linchamiento del fulano para la antología, encabezado por ventajistas de gran pedigrí como el mentado arcángel exterminador y comunicadores megarrevolucionarios de veinte mil euracos al mes y secundado por la cobarde manada de funcionarios aburridos y acomplejados de variada estofa.

Se le escarmentaba al osado munícipe tuitero por repartir estopa al amparo de un seudónimo. Y anda que no mandaba huevos que entre los perpetradores de la paliza se contaran varios de los anónimos y las anónimas de más relumbrón, en compañía de otros que se encaraman a los teclados dejando a buen resguardo sus verdaderos nombres y apellidos. Qué rostro.

Los alegres linchadores

No saben lo que se pierden por no estar en Twitter. Los domingos, por ejemplo, en la red social del pajarito azul se practica un ritual a la altura del marianito y las rabas. Se trata del despelleje dialéctico de Javier Marías, presunto intelectual, hijo de tal —Julián se llamaba el sobrevalorado papá—, académico de la lengua española (no me jodas, Merche), autor de mediano éxito y articulista a millón del antiguo heraldo de la fetenidad conocido como El País. Es, de hecho, en calidad de esto último por lo que la turbamulta se junta para hostiarle a modo. Lo de menos suele ser lo que escriba. Siempre parece haber una razón para untarle el morro, y empieza a notarse que el sujeto lo sabe y se entrega en sus filípicas a provocaciones de patio de parvulario, exactamente a la altura, o sea, la bajura, de sus alegres linchadores.

El último regüeldo del egregio buscabocas ha consistido en disparar contra Gloria Fuertes, objeto de culto mayor para toda suerte de esnobs que no han leído en su puñetera vida media línea de la madrileña. Farfulla Marías, cual si él fuera Borges, que le “resulta imposible suscribir que fuese una grandísima poeta”. Servidor, un julay aún sin desasnar en materia lírica, solo puede decir que hay textos de Fuertes que me gustan un congo y pico. Hasta llegué a llevar algunos versos en mi carpeta de universitario natillón. Otra cosa es que a estas alturas me vaya a sentir ofendido por lo que barrite en un articulillo de aluvión un fulano que teclea con alevosía buscando escandalizar a los escandalizables, a ver si salen en procesión a atizarle en el culete con la garrota de porexpán.

Linchamiento en Alsasua

El pasado nos persigue. A punto de cumplirse cinco años de algo que ocurrió en 2011 (aquel comunicado largamente esperado), volvemos, como poco, a 1998. Alsasua, un solo hecho y dos versiones radicalmente opuestas. Ninguna creíble porque una y otra son de parte y arrojadizas. Juegan al viejo acción-reacción-acción, y a los hechos que les vayan dando morcilla. Cuádrese cada cual junto a su mástil y entone su cántico de guerra. Todo lo empezaron los de enfrente, faltaría más.

En triste y un tanto cobarde consonancia, dos declaraciones institucionales en el Parlamento de Navarra. La primera, en términos épicos entre el verdeoliva y el rojigualda; arriba España o así, todo por la patria. Votos a favor: UPN, PPN, PSN. La segunda, meliflua, de silbido a la vía, como al despiste, a ver si colaba y la esponjosa ambigüedad arrastraba también a EH Bildu. Ni por esas. Abstención y gracias. Votos a favor: Geroa Bai, Podemos e Izquierda Ezkerra. ¿El Gobierno del cambio? Bien, gracias. Los desacuerdos pactados, ya saben, no vayamos a darle pisto al Antiguo Régimen.

Lástima que esta vez no se haya conseguido tal objetivo. Por casualidad, puse ayer la tele en el canal progre por excelencia, y me encontré a Eduardo Inda con una apreciable erección neuronal mientras lanzaba los sapos y culebras de rigor. El resto de contertulios presentes, los mismos que habitualmente se le echan a la yugular, le hacían palmas. Digo yo que alguna conclusión deberíamos sacar de esa unanimidad. Bien es verdad que resulta más cómodo hacer como si no supiéramos que, ocurriese como ocurriese, el linchamiento del sábado no tiene un pase.