¿Y una huelga indefinida?

Leo y releo el titular de la edición digital de una de las cabeceras en las que escribo: “Miles de personas piden un retorno seguro a las aulas en Euskadi”. Mi estupor no es menos que si se contara que el objeto de la movilización era la felicidad universal. Se diría que exactamente seis meses después del (tardío) Decreto de alarma que nos tuvo nueve semanas en casa y de 50.000 muertos en el Estado, hay quien sigue sin darse por enterado de la gravedad de la situación. Por más que a los eternos infantes que son algunos no les entre en la cabeza, absolutamente nadie está en condiciones de garantizar que el puñetero virus no hará presa en nosotros en un pupitre, en la caja del súper, en la barra del bar, en el andamio, en un estudio de radio o en la butaca de un cine.

Y sí, faltaría más, el derecho a la huelga es indiscutible… sobre todo, si se pertenece a un colectivo que puede permitírselo, pero una vez pasada la primera jornada, cabe preguntarse por el siguiente paso. Si ayer los centros educativos eran peligrosísimos focos de contagio, deduciremos que hoy lo siguen siendo. En pura lógica, procedería haber extendido los paros hasta tener la certeza de que ni nuestros churumbeles ni sus desasnadores van a pillar el bicho en cumplimiento del deber educativo. Ya puestos, ¿por qué no una huelga indefinida?

Cambiemos las leyes ya

Miren por dónde, el protagonista del 25 de noviembre que acabamos de dejar atrás ha sido ese tipejo siniestro que atiende por Javier Ortega Smith. Resulta imposible no sentir náuseas al presenciar su comportamiento cobarde y brutalmente suficiente ante una víctima de malos tratos que le cantaba las verdades del barquero en el acto del ayuntamiento de Madrid. Ni fue capaz de sostenerle la mirada el muy cagarro humano. Antes y después, el fulano se había vuelto a permitir la chulería insultante de negar la violencia machista, una conducta que en una sociedad medio decente debería implicar bastante más que el destilado de mala sangre y bilis hirviente. ¿La ilegalización de la formación política que cobija a semejante sembrador de odio y a tantos como él? Jamás pensé que escribiría algo como esto, pero mi respuesta es rotundamente afirmativa.

Dado que eso no ocurrirá —me temo—, quizá proceda convertir nuestro cabreo en una actitud de provecho. Debemos conjurarnos para que los miles de Ortegas Smith que hay repartidos por el censo sientan nuestro aliento en el cogote y tomen conciencia de que su justificación (o, directamente, su práctica) de la violencia hacia las mujeres no les va a salir gratis. Y eso, siento decirlo por enésima vez, no se hace solamente con encendidas proclamas, repeticiones sistemáticas de topicazos, concentraciones para el telediario ni campañas resultonas. Tampoco, como demuestran los datos sobre la extrema juventud de muchos maltratadores y depredadores, con la martingala de la educación en valores. Hay que cambiar, por descontando, de mentalidad, pero especialmente de leyes. Es urgente.

Unai y tantos más

Como casi siempre les vengo con el morro arrugado y el zurriago en ristre, creo que se merecen una columna blandita. La que me dispongo a escribir tiene, si quieren buscarlas, varias moralejas. Por ejemplo, que a pesar de que las redes sociales son un inmenso estercolero, de cuando en cuando te regalan momentos que valen su peso en platino. Pero no me adelanto. Voy por orden.

Todo empezó con una historia que le birlé a mi mujer. Fue ella la que me contó, cerca del entusiasmo, cómo en el metro había escuchado una conversación entre una chavala y dos chavales. Por lo visto, acababan de aprobar lo que seguiremos llamando Selectividad y hablaban de sus planes de futuro. Pronto apareció en la charleta un tal Unai, profesor de Filosofía, del que se deshicieron en incontables elogios. Se notaba que estaban realmente agradecidos, no porque les había facilitado el aprobado, sino porque con él habían aprendido mucho. “¡Con lo difícil que es hacer atractiva esa asignatura!”, remató uno de ellos.

Un impulso me llevó a Twitter. Necesitaba que esas palabras llegaran a su destinatario. Gracias a la multiplicación del mensaje, pronto quedó claro que el elogiado no podía ser otro que Unai Cabo, profesor del Colegio El Regato, en Barakaldo. Pudimos charlar con él en Euskadi Hoy de Onda Vasca, y varios medios —conste mi agradecimiento a El País y EITB— difundieron el feliz episodio, mientras quintales y quintales de usuarios de Twitter, Facebook o Instagram lo acompañaban con comentarios llenos de emoción. Mi conclusión es que Unai es un tío grande que representa a las y los miles de docentes que cambian la vida de sus alumnos.

¡Viva Finlandia!

¡Vaya con Finlandia! Moderna, civilizada, feliz, campeona sideral de no sé cuántos índices de desarrollo humano. Las brasas que habremos dado glosando la Ítaca nórdica y, particularmente, su envidiable y envidiado sistema educativo donde no se conocen ni el bullying ni el fracaso escolar. Y oigan, que no les digo que no sea cierto, pero déjenme que me rasque la cabeza con perplejidad a la vista de lo que han votado en las últimas elecciones un buen montón de ciudadanos forjados por ese modelo de enseñanza que se nos exhorta a imitar una y otra vez.

Les supongo tan informados y confusos como yo mismo: la ultraderecha agrupada en una formación llamada Verdaderos Finlandeses —¡glups!— se quedó a dos décimas, o sea, a 6.800 sufragios, de ganar los comicios. Se impuso por ese ínfimo margen el Partido Socialdemócrata, que vuelve a ser la primera fuerza después de dos decenios. Y ahí también se nos rompe un mito o una mentira que creíamos por pura inercia. Resulta que durante ese tiempo los gobiernos han estado encabezados por conservadores o centristas, que han venido constituyendo ejecutivos de coalición de variada coloratura. El más reciente, el que decae con estas elecciones, compuesto por centristas, conservadores y… ¡los propios Verdaderos Finlandeses! Es decir, que desde 2015, un partido al que se tiene por radicalmente xenófobo ha sido puntal de gobierno en el que creíamos paraíso del norte de Europa. Para más inri, su realidad política actual no es muy diferente de la que se vive en los países de su entorno, esos cuyos nombres aún pronunciamos al borde del éxtasis. Quizá debamos revisar ciertos tópicos.

Clases de ‘Consti’

Qué idea más inspirada e inspiradora, oigan, la del figurín figurón naranja. Dice Alberto Carlos de Todos los Santos que cuando él gobierne —Belcebú no lo quiera— implantará en los centros escolares hispanistaníes una asignatura llamada Constitución española. Y al cacarearlo, suelta en plan excusatio non petita que si a alguien no le gusta la ocurrencia es porque tiene un problema. Al gañán que se hacía el dormido para no cambiar los pañales de su hijo —les juro que lo confesó hace poco— apenas se le nota la intención de hacer un remedo de lo que en tiempos relativamente recientes fue la Formación del Espíritu Nacional, por sus siglas, FEN. No pocos oyentes que sufrieron tal cosa me lo están diciendo estos días entre risas y pasmo.

Pero, ¿saben?, si no me acongoja el fachirulo Abascal, menos me preocupa esta memez del chaval del Ibex. Le encuentro la pega de ubicar la vaina en los programas escolares, que ya no dan abasto. Me decía un amigo que se bate el cobre en las aulas que llegará el día en que se cepillen las mates, la fi-qui o la lite para hacer sitio a todas las propuestas sandungueras que listos diversos pretenden incorporar a los currículos.

Y luego está el temor más que fundado de que la materia se quede inconclusa. Vamos, que al alumnado le bastará para aprobar con saberse la unidad de España, la Corona, el ejército, el monopolio de la fuerza y el 155. Lo demás, es decir, la no discriminación por sexo, ideología o creencias, los derechos a trabajo, vivienda, libertad de expresión… será pura paja. De la mención a la nacionalidades en el artículo 2, ni hablamos. He ahí la Constitución de Rivera.

Con un suspenso

Les cuento una batallita de adolescencia. En 2º de BUP —4º de la ESO al cambio actual— me suspendieron Matemáticas. Fue un atraco a mano armada (de rotulador rojo) en toda regla. Mis ejercicios, confrontados con los de mis compañeros de fila, daban, como poco, para un 8. Sin embargo, la peculiar docente al mando de mi destino académico, una tipa que espero paste ya en el infierno, decidió catearme simplemente porque le caía mal, supongo que por mi fama de rebelde, aunque no podría asegurarlo. Mi respuesta a la injusticia, acorde con esa reputación de indócil, consistió en no presentarme a ninguna recuperación. Ni ese mismo mes de junio, ni en septiembre, ni en las mismas fechas del año siguiente. Total, que llegué a COU —de letras puras, latín y griego, por demás— arrastrando la maldita materia y, en consecuencia, sin el título de Bachillerato que era la condición obligatoria para poder presentarse a Selectividad.

Ni se imaginan la bronca que me montó mi tutora por mi absoluta irresponsabilidad, pachorra, inmadurez, soberbia y no sé cuántas cosas más. Aunque la inmensa mayoría de los profesores, en atención a mi currículum, abogó por regalarme el aprobado y dejarlo correr, ella se negó en redondo y me obligó a presentarme a un examen a cara o cruz.

A quien no esté en el secreto le desvelo ahora que esa tutora inflexible (buena profesora y persona a la que siempre he tenido en gran estima, por otra parte) se llamaba Isabel Celaá Diéguez. Es, en efecto, la misma ministra de Educación que impulsa una reforma que contempla que se pueda obtener el título de bachillerato con una asignatura pendiente. Paradojas.

Filosofía obligatoria

Escucho entre el pasmo, la pereza infinita y algo muy parecido a la indiferencia el clamor festejante unánime por la vuelta de la Filosofía como asignatura obligatoria a los programas educativos del bachillerato. Si tanto molaba, se pregunta uno a santo de qué convirtieron en optativa la untuosa materia que ahora devuelven con los votos de todo el arco parlamentario español, como la piedra que es, a las mochilas de los atribulados cachorros de la tribu. No se esfuercen, que sé la respuesta: cada reforma educativa de un gobierno lleva como hipoteca de vencimiento fijo una contrarreforma a cargo del siguiente gabinete. Y en este caso, parece que del millón de aspectos muy derogables de la anterior ley, se ha decidido empezar por este bonito fuego de artificio para la galería.

Como hace bastantes lustros dejé de estar en edad de frecuentar aulas, ahí me las den todas. Me limito a dejar constancia de mi solidaridad con la chavalada que, igual que centenares de generaciones anteriores, tendrán que apechugar con una serie de enseñanzas perfectamente prescindibles. Su única suerte será que den con un docente que les suministre las dosis de nada con cierta gracia. Huelgo decirles, porque son lo suficientemente avispados para estar al cabo de la calle, que la tal filosofía no les hará “instalarse conscientemente en el tiempo y en el espacio”, como exageró, rozando el desabarre, la ministra Celaá. Tampoco les “enseñará a pensar” ni “desarrollará su conciencia crítica”, según la chachiversión oficial. De tales menesteres deberán encargarse ellas y ellos, igual que de aprobarla en como se llame ahora la Selectividad.