Hasta nunca, Rivera

Miren por dónde, a los vascos jamás nos tocó el Cuponazo, pero sí nos acaba de caer un pellizco del sorteo del Once del Once de la ONCE en forma de dimisión del que inventó y difundió la maledicencia. Qué inspirador, por cierto, que el figurín figurón haya hincado la rodilla el día de San Martín, confirmando literalmente el refrán que ustedes saben, oink. “Albert Rivera abandona la política”, cuentan con tanta generosidad como falta de tino los titulares. De eso nada. Es la política la que abandona a Albert Rivera de una patada en el tafanario como no se recordaba en estos lares desde la desintegración de UCD.

No deja de tener su mérito, es decir, su demérito, el julijustri naranja, que en apenas seis meses se ha fundido 47 escaños de vellón. No me digan que no es la personificación del legendario Abundio, aquel que se echó una carrera a sí mismo y quedó el segundo. Como decía ayer en Euskadi Hoy de Onda Vasca el politólogo Rafa Leonisio, su caso de autodestrucción pertinaz y obtusa se estudiará en las facultades del ramo. Añado yo que en la misma unidad didáctica debe citarse a otros célebres ególatras inmolados en su propio jugo como Rosa de Sodupe y sus Maneirachis.

Casi es para concebir esperanzas de que en no muchas vueltas del calendario le aguarde una suerte similar al ahora exultante y siempre insultante Santiago Abascal. Tome nota el amurriotarra cid de pacotilla: cuanto más arriba se llega, más dura es la caída. Y para compensar otros sinsabores, no es la primera ni la segunda vez que la justicia poética nos depara el gustazo de ver morder el polvo a tipos que han hecho del odio su modo de vida.

Unamuno, a estas alturas

Como seguramente tengo un gusto pésimo, las novelas de Unamuno que he leído me parecen truñetes bastantes prescindibles. De acuerdo, quizá con la excepción de Paz en la guerra, que en mi (insisto) ramplona opinión, es un magnífico retrato de una época y un lugar al que le sobran una hueva de páginas. En cuanto al resto de la obra de Don Miguel, ahí sí que no me pillan: paso un kilo. Igual los ensayos pretendidamente enjundiosos que los artículos de opinión llenos de bilis, egocentrismo, ganas de epatar y odio sin matices me resultan aborrecibles. Y ojalá solamente fuera eso. Bastantes de esos textos arrojadizos alimentaron el caldo de cultivo del golpe de estado que derribó la Segunda República y provocó una guerra sangrienta a la que siguieron cuatro decenios de dictadura cruel. No se olvide que el hoy reivindicado soflamador se situó en primer tiempo de saludo de los facciosos.

Lo sé, las historietas oficiosas cuentan que el tipo se percató de su error y le montó un tiberio al matarife Millán Astray. Lástima que todas las versiones serias y documentadas desmientan la autenticidad de la plástica frase “¡Venceréis pero no convenceréis!”. Lo que se ha contado sobre aquel discurso en el paraninfo de la Universidad de Salamanca es, en el mejor de los casos, una amable reinvención. Lo tremendo es que sea la base para una película a mayor gloria del sujeto, dirigida por un guay que va por ahí asegurando que “la España actual es la que ideó Franco” e interpretada por un actor, el de las gulas y el asco indecible al Bilbao, que pontifica que “en 83 años en España no nos hemos movido un milímetro”. Mejor me callo.

Jijí-jajá

Los límites del humor son según, sin, so, sobre, tras, y me llevo una. Ni con el kit antinevada de la DGT está uno a salvo de naufragar en ese proceloso mar donde una aparente gracieta puede ser un delito de odio del nueve largo y, a la inversa, lo que se diría una intolerable falta de respeto acaba siendo un chistaco que lo flipas. Lo pistonudo es que la clasificación corre siempre a cargo de los mismos señoritos Rottenmeier y supertacañones del chachipirulismo King Size.

¿Que ponga ejemplos? A ello iba. Empiezo citando las collejas dialécticas que le han caído a una individua, jueza de profesión, que a título personal —porque bajo las togas hay, aunque a veces no lo parezca, seres humanos— se ha dirigido en términos muy duros a la publicación satírica El Mundo Today a cuenta de una chanza en la que los pastores quedaban retratados, jijí-jajá, como practicantes de zoofilia. ¿Se pasaba de frenada la magistrada? Es probable, porque parece que exigía una rectificación y hasta amenazaba con no sé qué acciones legales. Sin embargo, no deja de resultar curioso que prácticamente los mismos que la lincharon en las redes sociales actuando en nombre de la sacrosanta libertad de expresión están montando un pifostio considerable porque una chirigota del carnaval de Cádiz ha hecho un gag en el que se simula, jejé-jojó, la decapitación de Puigdemont.

Como ya anoté en una ocasión anterior, me abstengo de opinar sobre el trato que deberían recibir una y otra mofas. Me limito a rogar que ambas sean medidas con la misma vara. Si vale todo, vale todo. Si no vale todo, no vale todo. Pero no me tomen en serio.

Para delirio, lo de Alsasua

Qué oportuno, Rajoy hablando de delirios autoritarios en relación a Catalunya, apenas 24 horas después de que sus terminales judiciosas en la Audiencia Nacional hayan pedido descomunales penas de cárcel para los presuntos autores de la paliza —yo no lo diré de otro modo— a dos guardias civiles en Alsasua. 62 años para uno, 50 para otros seis y 12 y medio para la que, hay que joderse, sale mejor librada. ¿Quién delira ebrio de autoritarismo norcoreano en este caso? Por desgracia, los únicos que tienen la capacidad para hacerlo. Suyas son las leyes y suya, la facultad de retorcerlas hasta donde les salga del níspero.

Impotentes, los escandalizados espectadores clamamos que no es justicia sino venganza y nos quedamos patéticamente cortos. Ni siquiera lo hacen por resarcirse de la vieja afrenta. O no solo. Simplemente, les pedía el cuerpo un escarmiento ejemplarizante y se han pegado el capricho de darlo en las carnes de los primeros pardillos que les han salido al paso. Para que se vea quién sigue mandando aquí, como aviso a navegantes y, de propina, como provocación a ver si alguien muerde el cebo y tenemos unos sanfermines calentitos, como aquellos de hace 39 años.

Echa uno de menos en este lance, igual que en tantos, a los campeones siderales de la democracia y el requeteprogresismo molón. Quizá es que en mi tele ponen otra cosa, pero no veo a la siniestra exquisita montando el cristo en los programas postureros que ustedes y yo sabemos. Como exceso, una leve queja a media voz o un tuit de aluvión envuelto en burbujitas de plástico, no nos vayan a confundir con los malos. ¡Vaya con la revolución!

Yihad de proximidad

Gran espectáculo, el que están dando los dos supuestos líderes principales de Gran Bretaña. Ni un minuto después de llamar a la unidad para vencer al terror y blablablá, Theresa May y Jeremy Corbyn se lían a tirarse de los pelos en público y a culparse mutuamente de la barra libre con la que actúan los que asesinan en nombre del Islam. Si es por razón, ambos la tienen. Fue la primera ministra, en su época de responsable de Interior, la que dio un buen tajo al presupuesto de Seguridad. Por su parte, el extravagante líder laborista era de los bocazas que denunciaba como intolerables ataques a la libertad individual cualquier investigación en los pútridos caldos de cultivo de los matarifes. Pero llegan tarde sus reproches cruzados a la caza del penúltimo voto ante las elecciones de mañana. Gran ironía, por cierto, que suspendan la campaña como acto de respeto a quienes han dejado la piel en el asfalto, y la reemprendan en su versión más sucia cuando todavía quedan víctimas sin identificar.

Y mientras, a los atribulados espectadores se nos hiela la sangre y nos hierve la bilis ante la enésima reiteración del fiasco policial. De nuevo muy tarde, nos enteramos de que había mil y un avisos sobre los criminales, pero en un siniestro juego de lotería, se decidió que no eran peligrosos. Para colmo de pasmo e impotencia, nos cuentan que uno de ellos llegó a salir en un documental televisivo titulado “Los yihadistas de la puerta de al lado”, programa que valió al Canal 4, la cadena que lo emitió, y a las personas que aportaron su testimonio durísimas acusaciones de xenofobia e incitación al odio. ¿Les suena?

¿Qué se puede decir y qué no?

Se pierde uno en el proceloso mar de la libertad de expresión. Y no será porque de un tiempo a esta parte no llevemos acumulados episodios que abundan en el asunto. Pero según el rato que toque, el chusquero de guardia o, sobre todo, la materia en que se hinque el teclado o se vierta la saliva, estamos ante un sanísimo ejercicio de la democracia o frente a la más abyecta e intolerable de las actitudes.

Tenemos así que desorinarse de risa sobre el asesinato de Miguel Ángel Blanco o el secuestro de Ortega Lara sea un comportamiento libre de cualquier reproche, incluso digno de aplauso, mientras que un autobús naranja con pitos y rajas fletado por unos fachas es una incitación al odio del recopón que debe ser prohibida de raíz. O viceversa, vuelvo a repetir, porque la martingala funciona exactamente al revés: los que reclaman el derecho a hacer chistes homófobos, xenófobos o vomitivamente misóginos luego reclaman pelotón de ejecución para unos tipos que sueltan cuatro mendrugadas sobre los españoles en un programa de ETB.

Les confieso que ni siquiera sé cuál es la vara buena. Me limito a rogar que nos quedemos con una que sirva para todo. Si hay barra libre, que lo sea igual para las mofas de las víctimas del terrorismo que para cualquiera otra de las demasías que he citado. Y si lo que procede es impedir que se difundan mensajes gratuitamente dañinos para este o aquel colectivo, digo lo mismo: trato idéntico para la chanza que pueda ofender a lo tirios y para la que vaya a escocer a los troyanos. Basta ya de la ley del embudo de los campeones mundiales de la superioridad moral. No parece tan difícil.

Escandalizarse

Venga, vamos a escandalizarnos. Pero todos y por todo. Por los penes y las vulvas. Por el autobús contra lo de los penes y las vulvas. Porque lo retiran. Porque vuelve a circular con un par de parches en forma de signos de interrogación. Por la virgen drag del carnaval de Las Palmas. Porque un obispo bocabuzón dice que le duele más lo anterior que un accidente de aviación con 154 muertos. Por el antiespañolismo pueril que destila un programa de televisión emitido un mes atrás. Por el antivasquismo regüeldón de las reacciones correspondientes. Por lo estomagante de las defensas a escuadra de los que aparecían en el mentado programa, que en realidad nadie ha visto entero. Por la cerrilidad de los que aprovechan el río revuelto para llamar al boicot a una película en la que sale tres minutos una de las actrices que figuraba en los recortes del espacio señalado. Por la cobardía sin límites con que la productora del filme —¡y sus compañeros de reparto!— ponen a los pies de los caballos a la actriz para que los bienpensantes retiren el boicot. Porque esa actitud cagueta genera el llamamiento a un nuevo boicot en la contraparte. Por…

Escojan una o varias de las posibilidades. O las muchísimas que me han quedado sin inventariar. Será por motivos para encorajinarse. Y luego, si tienen medio rato, reflexionen sobre los parecidos y las diferencias entre lo que provoca los diferentes vertidos de bilis y las consiguientes alineaciones a favor o en contra. Como harán trampa, igual que yo mismo, las suyas siempre serán la causas razonables. El odio, faltaría más, lo siembran de forma invariable los de enfrente.