Altsasu, una reflexión

Supongo que a estas alturas del psicodrama tenemos claro que Albert Rivera y sus siniestros acompañantes ultramontanos abandonaron Altsasu habiendo conseguido el objetivo que se trazaron cuando convocaron la marcha parda al ya para los restos lugar santo de la carcunda. Oigo entre el consuelo y el autoengaño que no fue para tanto, pues en las previsiones iniciales del figurín figurón y sus prosélitos se contemplaba una zapatiesta del nueve largo.

Allá quien se conforme con la teoría del mal menor y no quiera ver que, para los efectos mediáticos, que son los que cuentan, da lo mismo una señora batalla campal que un puñado de empujones, pancartas y gritos de docena y media de buscadores de gresca que se salieron de la consigna general de no caer en la brutal provocación. Si de una piedrecilla los heraldos madrileños —incluyendo algunos de lo más progre— hicieron una intifada, cómo no aprovechar las imágenes de actitudes objetivamente agresivas para que la profecía riveriana se autocumpliera. Lo que el editorial de Diario de Noticias de Navarra llamó atinadamente “patético akelarre ultra” fue apertura informativa el domingo y siguió alimentando ayer columnas, tertulias y declaraciones politiqueras de alto octanaje.

Y aquí es donde llamo a una mínima reflexión. Lo hago, desde luego, con plena conciencia de lo difícil que es contenerse frente al hostigamiento sin tregua que sufre la localidad desde los hechos de octubre de 2016. Pero precisamente por esa condición de eterno pimpampum, procedía, tal y como se decidió en la asamblea popular de la semana pasada, practicar el no aprecio como mayor de los desprecios.

Rivera en Altsasu

Como a Altsasu le faltaban tocapelotas contumaces, ahora se le viene encima ser sede del penúltimo capítulo de la competición entre el PP y Ciudadanos por ver quién es más facha, más cuñao y más casposo. En realidad, es una especie de partido de vuelta, pues como guardamos en nuestra memoria de acontecimientos patéticos y causantes de rabia y vergüenza ajena, el Fuhrercín Casado ya eligió la localidad de Sakana para lanzar algunos regüeldos selectos cuando todavía era candidato a suceder a ese moderado que hoy nos parece Mariano Rajoy. En esta ocasión, es el turno del falangete naranja —Albert Rivera en el españolísimo carné de identidad—, que en su desesperada lid por recuperar el liderazgo de la carcundia hipanistaní, acaba de anunciar que el próximo 4 de noviembre montará su circo en el pueblo que, según brama, “se ha convertido en símbolo para los constitucionalistas que defienden la unión y la igualdad entre los españoles”.

Aparte de que hay que tener los dídimos cuadrados para sostener tal membrillez sobre un lugar en el que su partidillo no llega ni a pedo de monja, el figurín figurón termina de retratarse como el incendiario sin matices que todos sabemos que es. Al plantarse con una colección de sogas en casa del ahorcado, busca descaradamente que su presencia termine en trifulca que abra los telediarios y refuerce su condición de sacrificado héroe de la causa. Quizá por eso, merecerá la pena tragarse las humanísimas ganas de satisfacer su vocación martiriológica para evitar a toda costa que se cumpla su autoprofecía. Aunque cueste, el mejor desprecio hacia su provocación será no hacerle aprecio.

Operación Papeleta

Gloriosa gesta de la Guardia Civil. Esta vez no fue al alba y con viento de Levante, sino en la sobremesa tripera de Farias y copa de Fundador, y, como mucho, con una brisilla tontorrona. El peligrosísimo objetivo, una imprenta de Tarragona, sospechosa de estar fabricando, a base de tinta y papel, esas mortíferas armas que son las papeletas para la consulta del uno de octubre.

Tan grotesco y, a la vez, tan tremebundo como suena. Los aguerridos beneméritos habían acudido a la perversa factoría “tras el soplo de sus trabajadores”, según se engolfaba en comentar en portada uno de los diarios oficiosos de la Una y Grande. Tuvo que ser digno de ver el intento de requisa, seguramente con los agentes apuntando a montañas de papeles que resultaban ser folletos de ofertas del supermercado o, quizá peor, libros. Lástima, sin embargo, que la operación no se viera coronada por el éxito. A la hora de escribir esta crónica bufa, siguen sin aparecer la mayoría de las dichosas bombas, digo las papeletas. Pero, calma, que es cuestión de tiempo que se desmantele el arsenal de ejercer la voluntad popular. Cacareaba el otro órgano mediático del eje del bien, el dirigido por el Comisario Honorífico Marhuenda (no es coña), que la fuerza tricorniada está buscando las urnas… adivinen dónde: “En naves de la CUP y de radicales vascos”. Tal cual.

Cuesta trabajo decantarse entre la risa, la sensación de bochorno indecible y el acojono ante tamaña sucesión de chusquedades cuarteleras. Pero así se está escribiendo esto que, como anotaba el otro día y seguiré subrayando, se supone que habrá de convertirse, ¡ay!, en Historia.

Para delirio, lo de Alsasua

Qué oportuno, Rajoy hablando de delirios autoritarios en relación a Catalunya, apenas 24 horas después de que sus terminales judiciosas en la Audiencia Nacional hayan pedido descomunales penas de cárcel para los presuntos autores de la paliza —yo no lo diré de otro modo— a dos guardias civiles en Alsasua. 62 años para uno, 50 para otros seis y 12 y medio para la que, hay que joderse, sale mejor librada. ¿Quién delira ebrio de autoritarismo norcoreano en este caso? Por desgracia, los únicos que tienen la capacidad para hacerlo. Suyas son las leyes y suya, la facultad de retorcerlas hasta donde les salga del níspero.

Impotentes, los escandalizados espectadores clamamos que no es justicia sino venganza y nos quedamos patéticamente cortos. Ni siquiera lo hacen por resarcirse de la vieja afrenta. O no solo. Simplemente, les pedía el cuerpo un escarmiento ejemplarizante y se han pegado el capricho de darlo en las carnes de los primeros pardillos que les han salido al paso. Para que se vea quién sigue mandando aquí, como aviso a navegantes y, de propina, como provocación a ver si alguien muerde el cebo y tenemos unos sanfermines calentitos, como aquellos de hace 39 años.

Echa uno de menos en este lance, igual que en tantos, a los campeones siderales de la democracia y el requeteprogresismo molón. Quizá es que en mi tele ponen otra cosa, pero no veo a la siniestra exquisita montando el cristo en los programas postureros que ustedes y yo sabemos. Como exceso, una leve queja a media voz o un tuit de aluvión envuelto en burbujitas de plástico, no nos vayan a confundir con los malos. ¡Vaya con la revolución!

¡A mi la Guardia Civil!

Mientras Cristina Cifuentes iba de tele en tele echando pestes sobre la Guardia Civil por el informe que, según ella, la difamaba gratuitamente a base de fabulaciones, me preguntaba qué más me quedaba por ver. Ni de lejos imaginaba lo poco que tardaría en llegar la abracadabrante respuesta. Apenas un par de días después, en el Parlamento vasco, y en medio del debate de una de esas propuestas chorras a mayor gloria de los efímeros titulares, Joseba Egibar soltó la bomba. Como si estuviera añadiendo un verso al poema de José Agustín Goytisolo sobre el mundo al revés que inmortalizó Paco Ibáñez, el portavoz del PNV desveló que cuatro eximios miembros de EH Bildu habían acudido a pedirle sopitas a la últimamente tan nombrada UCO, es decir, la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil.

En concreto, se solicitaba al normalmente motejado como cuerpo de ocupación (en la versión suave, claro) que hiciera su magia habitual para demostrar que los perversos gestores jeltzales de Bidegi se habían llevado crudos treinta kilos de las obras de la AP-1. Ocurría que dos años y pico después de la estentórea denuncia, las evidencias supuestamente imposibles de ocultar seguían sin aparecer, y alguien debió de pensar que nadie como la Benemérita Institución para encontrar —¿o era fabricar?— las pruebas de lo que fuera menester.

Escojan ustedes si anécdota, categoría o, sin más, pura normalidad. Yo me abstengo. Me limito a sonreír ante el peculiar episodio mientras pienso que esta vez sí tiene razón Bob Dylan. Los tiempos están cambiando. El PP se cisca en la Guardia Civil y la Izquierda Abertzale pide su auxilio.

Desarmes y chapuzas

Nuevo golpe contra los arsenales de ETA. Eso dicen los titulares a la diestra de la línea imaginaria. “Golpe”, de verdad. Como si se tratara de una acción heroica arrostrando peligros sin número. Tremenda gesta en comandita de las policías de La France y L’Espagne. Después de un tiempo fisgoneando una probablemente tan bienintencionada como chapucera operación secreta para mostrar al mundo —vía exclusiva a ciertos medios, temo— que ETA está dispuesta a destruir unos cuantos cachivaches de matarile, los uniformados se suman a la fiesta. Para cargársela, claro. Aparecen en la suerte de chatarrería, se incautan del material de desecho y detienen a las personas que, con su mejor voluntad, se habían avenido a participar en lo que entendían que podría contribuir a agilizar de una vez el embrollo sin fin del desarme.

Esos son, poco más o menos, los hechos. Contados, lo reconozco, desde mi cada vez más resabiado prisma, pero sin alteraciones en lo básico. A partir de ahí, la conocida coreografía. Estos lo presentan como una gran hazaña en nombre del Estado de Derecho y aquellos como un intolerable ataque de los “enemigos de la paz”. Llama la atención que tal categoría comprende no solo a los ejecutores y ordenantes de la maniobra policial, sino a cualquiera que no esté dispuesto a comprar la moto de la bondad infinita de lo que queda de la banda frente a la maldad de los demás. Sueltan la milonga, como no me cansaré de subrayar, individuos que tiraron de pipa directamente o aplaudieron a quienes lo hicieron. Hablan, además, en nombre de un pueblo que no le ha dedicado a este asunto ni medio pensamiento.

Escarmiento en Alsasua

Así se hace querer y respetar la Guardia Civil en Alsasua. Con una operación de exhibicionismo chusquero a mayor gloria del teledelirio de las tres de la tarde y sus correspondientes clones, incluyendo los de las cadenas megaprogres, que en esto de la una y grande no se salen del carril. Qué bien dan en las pantallas amigas las apoteosis verdeoliva, la caza y captura del lebrel desafecto casa por casa cuando bastaba y sobraba una citación monda y lironda para declarar en el tribunal de excepción que dicen Audiencia Nacional.

Pero claro, hay ministro nuevo al mando y tiene que marcar paquete justiciero, ayudado por las aguerridas togas que se hacen puros con las páginas del código penal. ¿Una de delito de terrorismo, Don Camilo? ¡Venga! Y allá que se van los beneméritos sedicentes de safari por las pecaminosas tierras del norte. Para que el regüeldo sea completo, el cachondo que bautiza las hazañas bélicas de los tataranietos del Duque de Ahumada le pone a esta Ausiki, es decir, Morder. Hay que ser algo que no me atrevo a escribir porque sé cómo las gastan los amos del calabozo hispanistaní.

Acción, reacción, acción. Pierdo la cuenta de las veces que he anotado la tríada en estas columnas de desahogo. Empieza a acongojar este vertiginoso regreso al pasado, con los tirios y los troyanos encantados de conocerse nuevamente, aquí repitiendo las rancias soflamas y allí montando pifostios entre el escarmiento y la pirotecnia.

Como consuelo y esperanza, me quedan los versos de Neruda. La mayoría de nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Esta vez no va a colar. No podemos dejar que cuele.