El petimetre Rivera… y más

¡Cáspita, caracoles y recórcholis! Un diario digital de extremo centro se mesa metafóricamente los cabellos porque aquí el arribafirmante osó hace unos días dedicar media docenita de frescas al ser humano con nariz y ojos (Copyright Gomaespuma) que acaudilla ese fascio naranjuno que atiende por Ciudadanos. Imaginen el pasmo de su seguro servidor al ver nada menos que en la portada de la excrecencia mediática el encabezado que les copio y pego: “Brutal ataque del periódico del PNV a Albert Rivera con insultos: ‘chaval petimetre’”. Y para completar el delirio, la gilipuertez se acompañaba de un subtítulo para la antología de la micción sin echar gota. Agárrense: “Uno de los columnistas de referencia de Deia se descuelga con una columna repleta de ataques a Ciudadanos. Un éxito electoral de los naranjas da pánico al nacionalismo vasco”. Tracatrá.

Más allá del ensanchamiento de mi ego en un cuarto de micra ante semejante consideración para este humilde juntaletras, la pieza del redactor anónimo me maravilla especialmente por su inconmensurable ingenuidad. Hace falta vivir en una galaxia muy lejana para creer en serio que las cuatro yoyas dialécticas al individuo en cuestión respondían a algo parecido al pánico. Si el refritador de mi columna tuviera media lectura, sabría que venimos de hacer guardias en garitas bastante mas jodidas que las que podría acarrear un gobierno del por mi motejado como petimetre, a quien aquí y ahora añado la condición de chisgarabís, gaznápiro, sandio, zangolotino, pisaverde, currutaco, chiquilicuatre, mequetrefe, lechuguino, botarate, panoli, bodoque, merluzo, lerdo y mentecato.

De vuelta

Un obispo manosea a una estrella musical en el funeral de Aretha Franklin. En el de John McCain, el mejor político republicano de las últimas décadas, brilla por su ausencia el presidente republicano de los Estados Unidos, que aun tiene el cuajo de echar una pedorreta en Twitter cuando la hija del finado proclama que no hace falta volver a hacer grande a América porque nunca ha dejado de serlo. Al tiempo, en el mismo continente, pero unos dedos más abajo en el mapa, una multitud protesta porque una Justicia de dudosa imparcialidad impide que se presente a las elecciones un antiguo presidente al que han pillado en un marrón del tamaño de la catedral de Sao Paulo. Y si proseguimos el descenso hacia el sur, nos damos de bruces con la Historia repitiéndose a sí misma —como farsa, diría Marx— en Argentina, de nuevo a las puertas del corralito.

Más cerca, la bronca que no cesa va de poner y quitar (sobre todo, de quitar) lazos amarillos, aprovechando el viaje para vender motos averiadas que, por lo visto, hay mucha peña dispuesta a comprar. De propina, un cansino culebrón protagonizado por postureros en contra y a favor de exhumar o no los restos de un dictador. Los herederos de los que ganaron la guerra (in)civil no quieren perderla, y los que se dicen continuadores de los que la palmaron creen en su inmensa inocencia veteada no pocas veces de falta de lecturas que el gesto supone la victoria final. Y luego, claro, lo de los partidos del (¡todavía!) llamado Gobierno del Cambio en Nafarroa jugando a la rana y el escorpión. Pues esa es la actualidad que nos toca contar. Y lo haremos. Es un placer estar de vuelta.

Las opiniones de Nadal

A mi, el tenis ni fu ni fa. Y ya, si añadimos el patrioterismo caspuriento que sigue a las victorias de Nadal, qué quieren que les diga, que se me arruga la nariz definitivamente. Así que no me van a pillar gritando “¡Vamos, Rafa!” y bien es cierto que tampoco haciendo como que quiero que gane su rival de turno solo porque no es español. Resumiendo, que me la traen al pairo las gestas del manacorí, al que no puedo dejar de reconocerle que como atleta es un fuera de serie y que al lado de otros que también lo son —pongamos CR7— me parece un tipo infinitamente más sano y cabal. Lo de la pasta, los birbirloques fiscales o los negocietes, ya tal.

Viene todo este preámbulo a cuento de la que le está cayendo al muchacho por haberse permitido la presunta ligereza de manifestar una opinión política. Resulta que el hombre cree que habría que convocar elecciones generales, ya ven qué tremendo delito. Pues en el código penal oficioso debe de serlo. Que si zapatero a tus zapatos, que si quién se cree que es, que si cómo se nota qué intereses defiende… y quintales de collejas del pelo.

Volvemos a la eterna y obscena doble vara. Qué trato más diferente al que reciben las rajadas progresís de artistas de altos vuelos hollywoodenses o, si vamos a lo más cercano, las soflamas encendidas de algún que otro pelotero de riñón igualmente bien cubierto. Y, ojo, que hablo de una situación cien por ciento reversible, porque los que ahora defienden a Nadal critican a los otros. Personalmente, agradezco a los personajes públicos que digan lo que piensan sobre lo que sea, incluso cuando, como es el caso, no estoy de acuerdo.

Ertzaintza, tenemos un problema

Verán qué historia. Un periodista escribe unas líneas críticas sobre el comportamiento absolutamente impropio de un puñado de agentes de un cuerpo policial, y se le llena el buzón de mensajes de buenos amigos preocupados por las consecuencias que le acarreará su texto. “¿Sabes dónde te has metido?”, le pregunta uno. “Supongo que te consta la que te viene encima”, le advierte otro. “Que no te pase nada, colega”, le deja caer uno más. Y así, hasta quien le suelta, desde el inmenso cariño, que quizá debería haberse callado porque “ya sabes cómo las gasta esta gente”. Pensarán que hablamos, qué se yo, como poco, de México. Pero la cosa es que no. Hablamos de un plumilla vasco, digamos que yo mismo, que ha dejado negro sobre blanco cuatro apuntes sobre determinados miembros de la Ertzaintza. ¿Les parece medio normal?

A mi tampoco, pero los hechos descritos funcionan como retrato de situación. Oigan, creo que tenemos un problema, y bien gordo, cuando se instala como opinión ampliamente extendida la posibilidad de ser objeto de represalias si, en el ejercicio de libertad de expresión, se manifiesta el menor reproche al comportamiento de un grupo de individuos uniformados.

Y verán que una y otra vez insisto en que no se trata de todo el cuerpo —y la columna que ha dado lugar a esta apostilla también lo subrayaba—, sino de un cierto número de individuos a los que hemos visto y escuchado en actitudes y declaraciones radicalmente incompatibles con su condición de servidores públicos y, por añadidura, de garantes de la seguridad y el orden. ¿Cuántos? Pues eso es lo que nos queda por saber. Ojalá sean una minoría.

Los alegres linchadores

No saben lo que se pierden por no estar en Twitter. Los domingos, por ejemplo, en la red social del pajarito azul se practica un ritual a la altura del marianito y las rabas. Se trata del despelleje dialéctico de Javier Marías, presunto intelectual, hijo de tal —Julián se llamaba el sobrevalorado papá—, académico de la lengua española (no me jodas, Merche), autor de mediano éxito y articulista a millón del antiguo heraldo de la fetenidad conocido como El País. Es, de hecho, en calidad de esto último por lo que la turbamulta se junta para hostiarle a modo. Lo de menos suele ser lo que escriba. Siempre parece haber una razón para untarle el morro, y empieza a notarse que el sujeto lo sabe y se entrega en sus filípicas a provocaciones de patio de parvulario, exactamente a la altura, o sea, la bajura, de sus alegres linchadores.

El último regüeldo del egregio buscabocas ha consistido en disparar contra Gloria Fuertes, objeto de culto mayor para toda suerte de esnobs que no han leído en su puñetera vida media línea de la madrileña. Farfulla Marías, cual si él fuera Borges, que le “resulta imposible suscribir que fuese una grandísima poeta”. Servidor, un julay aún sin desasnar en materia lírica, solo puede decir que hay textos de Fuertes que me gustan un congo y pico. Hasta llegué a llevar algunos versos en mi carpeta de universitario natillón. Otra cosa es que a estas alturas me vaya a sentir ofendido por lo que barrite en un articulillo de aluvión un fulano que teclea con alevosía buscando escandalizar a los escandalizables, a ver si salen en procesión a atizarle en el culete con la garrota de porexpán.

Opinar según de qué

Zapatero a tus zapatos. Me conmina a ello con prosa altiva un anónimo —qué raro— que sostiene que mi columna sobre la rebaja de pena al maltratador del portal es producto de mi inmenso desconocimiento sobre los procesos judiciales. Como primera providencia, en lo que es casi un puro acto reflejo, me sonrío al pensar cuántas veces me espetan últimamente tal martingala. Los compradores de bebés, sin ir más lejos, que porfían que solo si te has pulido de 100.000 pavos para arriba en los mercados semiblancos estás en condiciones de opinar sobre sus transacciones con vidas de por medio.

Cosas del pelo me han soltado los partidarios del toro de la Vega, los conspiranoicos del 11-M, los defensores de la invasión de Irak o, por no hacer interminable la lista, esa parte de la afición del Betis que tiene como ídolo intocable al presunto maltratador Rubén Castro. Si su argumentación fuera medio solvente, debería yo afearles que, sin tener ni la titulación ni los rudimentos mínimos, metan su hocico en los insondables andurriales del periodismo.

No desdeño, sino al contrario, la importancia de la documentación antes de ponerse a aporrear las teclas. Ahora bien, una vez recopilados y contrastados los datos mínimos, y aun dejando lugar al posible error, el resto es cuestión de honestidad y sentido común. En el caso que ha dado lugar a estas líneas, no parece necesario haberse esnifado el Aranzadi al completo para criticar, incluso en términos duros, que se le imponga una pena de risa a un tipo al que todo el mundo ha visto golpear con saña a una mujer. Más sorprende y desazona que se defienda tal proceder.

Mil columnas

Y con esta, mil columnas. Se asusta uno de su capacidad para dar la barrila. ¿Volvería a firmarlas todas? Miren, ahí me pillan y me pillo: tengo que confesar que no. Al repasar algunas, aparte del pudor ante palabras, giros o expresiones que no sé quién diablos me mandaría escribir, compruebo con una puntada de disgusto que no estuve atinado en tal o cual apreciación. O que se me fue la mano con el vitriolo. O que me dejé llevar por la frase resultona en lugar de anotar algo menos redondo pero más cercano a la verdad. A lo que uno cree que es la verdad, quiero decir, porque esa es otra, que en más de un caso y en más de cien, no hay una única certeza válida. Las que yo he ido espolvoreando por aquí son (o fueron) las mías, ni más ni menos. Otra cosa es que las enunciara como si no hubiera lugar a la réplica. Compréndanlo, son las servidumbres del género; no puede uno llegarse a estas líneas a dar la impresión sistemática de que no tiene las cosas claras.

Conste en acta que no siempre las tengo y que en ocasiones en las que me parece que sí, tardo un padrenuestro en comprobar mi error. ¿Error? No me avergüenza reconocer —y menos hoy, que estamos de confidencias por la celebración— que los cometo, los he cometido y seguiré cometiéndolos. Eso sí, son, fueron y serán equivocaciones en el uso de mi libertad, que es la que para bien, para mal o para regular, guía lo que tecleo y envío para ser publicado. Me gusta pensar (y sé que acierto en la mayoría de los casos) que ustedes también utilizan su libertad y no unas anteojeras, además de para leer o pasar página, para decidir lo que les ha parecido.