La (i)legalidad según el PP

Que tu mano derecha no sepa lo que hace tu otra mano derecha. O bueno, sí, que lo sepa, y que se la refanfinfle que sea exactamente lo contrario de lo que se anda propalando a voz en grito. Como habrán adivinado por el título, me refiero al PP. Menudos aplausos con las orejas al Borbón reinante por haberse pasado por entre las ingles su obligada neutralidad —jua, jua, jua— para atizar la enésima colleja a los soberanistas catalanes. “Sin legalidad no hay democracia”, tuvo el cuajo de moralizar el vástago del Campechano, como si no supiéramos que él está donde está gracias a la legalidad franquista.

Pero otro día exploro ese jardín. Hoy me centro, como apuntaba arriba, en el desparpajo de la banda de Casado, que horas después de hacer la ola a esa filípica —o felípica, en este caso— se hicieron mangas y capirotes con ella en el Senado al aprovechar su mayoría absoluta para aprobar una moción que insta al gobierno de Sánchez a no completar las transferencias pendientes a la Comunidad Autónoma Vasca. Ojo, todas y cada y una de ellas, desde las que más sarpullidos les arrancan —Prisiones y Seguridad Social— hasta la más triste devolución de medio kilómetro de línea ferroviaria. ¿Acaso no es eso instar al incumplimiento vergonzante de la legalidad emanada, no se pierda de vista, del festejado Estatuto de Gernika y de la sacrosanta Constitución española? Tampoco es cuestión de sacar a paseo los grandes exabruptos, pero sí procede recordar que cuando la vaina es al revés, las bocas se llenan con la demasía del golpe de estado. En esta ocasión, sin embargo, la democracia es fumarse un puro con la ley. Así es el PP.

Venezuela, lo malo y lo peor

Venezuela, qué difícil resulta opinar con un océano real y otro de prejuicios de por medio. Y aun así, no solo lo hacemos, sino que nos permitimos el desahogo de trepar hasta lo más alto de la parra y apuntarnos a una de las banderías, como si esto fuera cuestión de tripas y querencias. Desde este instante les advierto de que las siguientes líneas no van a estar, ¡ay!, libres del mal que acabo de describir. Puede, tampoco se lo niego, que pequen del vicio casi peor de la aparente equidistancia. Ocurre que, por vueltas y vueltas que le da uno a la torrentera de informaciones sesgadas que nos llegan, no acaba de decidirse por el cólera o la peste. Rizando el rizo, se llega a cambiar de antipatía en función de quién toma postura a favor o en contra de los gallos en liza. ¿Cómo estar con Trump o Bolsonaro junto a Guaidó? ¿Cómo estar con Putin o Erdogan al lado de Maduro?

La paradoja, que a la vez explica casi todo el embrollo, es que solo por haber preguntado lo anterior se convierte uno en sostenedor de un tirano o en imperialista del carajo de la vela. Cómo decir, cómo contar, que seguramente a falta de muchos datos, a pesar de tener una opinión difícilmente empeorable de Nicolás Maduro, me cuesta un mundo aceptar la legitimidad de un tío que se proclama mandarín en medio de una plaza a voz en grito. Con todo lo criticable que tenga el cutre poschavismo, sencillamente no son formas. Y si resultara que sí, que hay motivos para que la comunidad internacional se meta a desfacedora de entuertos y justiciera, cabría preguntar si en el ránking planetario de regímenes infectos no hay varios por delante de Venezuela.

Fascistas, al fin y al cabo

Es probable que sea verdad que llamemos fascismo a algo que técnicamente no lo es. Y lo digo tanto por la caquita acaudillada por el jeta Abascal como por la jauría que el otro día hostió en el campus universitario de Gasteiz a un chaval que de entre todos los vicios posibles tiene el de ser partidario de la unidad de la nación española. No discutiré que si sacamos el libro gordo de Petete, vaya a resultar que la definición canónica de la cosa no se corresponda ni con Vox, ni con los matones de Vitoria, ni con sus mayores, ni con los partisanos que salieron a montar la barrila por el resultado electoral de Andalucía, ni con los mononeuronales que la liaron parda en Girona con la excusa de que los de enfrente eran megamaxifachas.

Me sobran, en todo caso, los decimales académicos. El fascismo como ideología cabe en una puta caja de cerillas. Es una mierda pinchada en un palo, y solo quienes simpatizan con su fondo pueden ponerse tiquismiquis cuando metemos en el mismo a saco a todos los zurullos humanos que, al margen de la causa que digan profesar, tienen como característica común su cerrilidad, su refracción a razonar, su fanatismo sin fisuras y, desde luego, su querencia por la imposición utilizando la coacción, la intimidación o la violencia pura y dura. La ideología declarada no es más que una excusa barata para dar rienda suelta a su natural agresivo y, por mencionar la palabra que nos puede sacar de dudas, totalitario. El error fatal por parte de quienes decimos abogar por los métodos pacíficos es buscar excusas al comportamiento intolerable de los que, en el fondo, tenemos por prójimos ideológicos.

Apenas el pataleo

Es gracioso a la par que revelador que ahora mismo la posibilidad más real —se diría que la única— de evitar el gobierno de las tres marcas de la derecha en Andalucía sea que ellas mismas no se pongan de acuerdo. Desde luego, en los escarceos iniciales del trapicheo, por ahí apuntan. Resulta despiporrante el fulanismo que gastan PP y Ciudadanos, propugnándose para la presidencia de la cosa, cuando se supone que están inmersos en una santa misión que busca el desalojo de la malvada izquierdona (ejem) corrupta del palacio de San Telmo. Una vez más, los supuestamente nuevos, que son también los más esencialistas y menos acomplejados, demuestran ser los más listos de la tripleta. A ellos les da igual que la locomotora del tren cavernario sea azul o naranja. Apoyarán cualquiera de las opciones.

Y a los otros dos actores del psicodrama, los que han palmado y no suman ni para una barbacoa, no les queda otra que aguardar el desenlace de la parada nupcial de sus rivales comiéndose los nudillos. Por si acaso, las trituradoras de papel y los programas de borrado de discos duros funcionan a pleno pulmón en cada sede, subsede y tugurio gubernamental desde Ayamonte al Cabo de Gata. El único consuelo es darse a un pataleo infantiloide basado en el insulto al mismo pueblo al que en los ratos buenos se le llama soberano, rumboso y molón. Como acompañamiento de todo, las terminales mediáticas de la ortodoxia progresí se engolfan con mil y un reportajes especiales sobre Vox y la madre que le parió al mendrugo de Abascal. Son muy fachas, pero parece que dan audiencia a mogollón. Luego preguntarán quién alimenta al monstruo

¿Con o contra Abascal?

Y luego se preguntan qué ha pasado, mesándose los cabellos, agriando el rictus para los selfis megacabreados, como si no lo supieran. Como si no lo provocaran. Enardecidas manifestaciones para mostrar la-más-enérgica-repulsa… ¡por un resultado electoral! Un sarao por cada capital andaluza, se lo juro. Los demócratas contra lo que ellos mismos juraban que era la democracia. ¿Antifascismo con métodos que atufan a fascismo? Uy, muchos decimales para entendederas tan escasas. Como la voluntad popular no fue la suya, una de pataleo, prometiendo ser la tumba de un muerto cada vez más vivo —gracias a sus balones de oxígeno, antipático detalle— y clamando que no pasarán los que ya han pasado… por la alfombra roja que ellos mismos les han tendido, que aquí es donde viene la desvergüenza definitiva.

Sí, porque la orgía plañidera de diseño trae consigo un millón de chapas infames sobre Abascal y sus mariachis. Y qué más quiere el jeta del Valle de Ayala, un tipo que lleva desde los 23 años pillando cacho gordo del erario público sin dar un palo al agua, que engrandezcan su leyenda. De Le Pen, Bolsonaro o Salvini no les sé decir, porque me pillan lejos. De este, con bastante conocimiento de causa, sí les puedo contar que no pasa de fachuzo vividor del cuento. Una versión barbada de Rosa Díez, quizá con alguna lectura y alguna luz más, pero empatado en afán de figurar, rostro de alabastro y falta de moral. 80.000 euros anuales cobraba el rapaz en la canonjía que le procuró su madrina Esperanza Aguirre. No está mal para quien se caga en las autonomías, el nuevo héroe encumbrado, cachis la mar, por sus presuntos enemigos.

¿Celebrar qué?

Me juego a pares o nones si la cojo llorona o me pongo en plan junco hueco ante la ciclogénesis celebratoria que se nos avecina a cuenta de los cuatro decenios del tocomocho constitucional español. Por si no era suficiente con el cada vez más temprano peñazo prenavideño, este año toca de propina un número redondo, o más bien, orondo como la papada del Borbón viejo, que da pie a los bardos de corps a entonar su cánticos a mayor gloria de aquella carta magna —nótense las minúsculas— pergeñada a hurtadillas entre humos y vapores etílicos por unos penenes a los que les cayó el papel de aprendices de brujo.

Se hizo con la vigilancia, claro, de los de los sables, la pasta y las todavía influyentes sotanas, que no iban a dejar que se desmadrara el cambio lampedusiano para que lo sustancial no cambiase. También es verdad que estos, los mandarines de antes y después, tenían a su favor una evidencia irrefutable: los de enfrente, por muy gallitos que se pusieran ahora tras las pancartas, habían dejado que el decrépito dictador muriera en la cama.

En resumen, y aquí es donde me desprendo del disfraz de latigador retrospectivo, que quizá se hizo lo que se pudo. Venga, aceptémoslo, incluso con el millón de objeciones que cabría hacer, y sin olvidar, por lo que nos toca más cerca, que el apoyo en estos lares fue, como poco, discutible. Concedamos que la Constitución fue el resultado de un tiempo y un espacio. Y ahora miremos el calendario. 40 años después, ¡40!, ese tiempo y ese espacio son otros muy diferentes, y no digamos ya la ciudadanía. Bastante ha sido tirar hasta aquí con ese apaño. ¿A santo de qué perpetuarlo?

Pactar (o no) con el PP

De esas cosas que pasan de puntillas por la actualidad porque el foco está puesto en otro sitio. O, bueno, porque hay ciertos asuntos sobre los que es mejor no dar cuartos al pregonero. Hace unos días, EH Bildu y Elkarrekin Podemos sumaron sus votos a los del PP para colocar a Larraitz Ugarte como presidenta de la comisión que investigará en el Parlamento vasco posibles irregularidades en los contratos de los comedores escolares. No mucho después, Elkarrekin Podemos se unió a PSE y PP —esta vez sin conseguir mayoría— para votar en contra de la iniciativa de EH Bildu secundada por el PNV que exige que España respete en su totalidad el nuevo estatuto que se está elaborando en la cámara.

Se puede tomar, al primer bote, como muestra de la rica pluralidad de nuestra política: formaciones que se alían en función de unos objetivos (se supone que) perfectamente legítimos. Todos con todos contra todos. Parlamentarismo maduro funcionando a pleno pulmón. Y sí, como ven, que tire la primera piedra el que esté libre del tremebundo pecado de pactar con el malvado PP del 155, la corrupción hedionda, los mandobles a la libertad de expresión, el chuleo sistemático a los pensionistas o todo lo que no cabe en esta modesta columna.

La moraleja, creo que me pillan, es que en materia de vetos y cordones sanitarios se aplica lo de los principios de Groucho Marx. Vamos, que viene a ser como lo de predicar y dar trigo, lo de la viga y la paja o de la mano derecha y la mano izquierda. Procedería, por tanto, que los campeones de la moralidad bajaran una gota el tono conminatorio y reprobatorio ante ya saben ustedes qué.