Procedamos, pues

Volvamos atrás. Exactamente hasta el instante en que en mi anterior (y muy borrascosa) columna escribí que en última instancia debería ser la ciudadanía con su voto la que decidiera si era pertinente que el o la lehendakari no fuera capaz de desenvolverse en euskera. Me faltó apostillar que, personalmente, hoy no votaría unas siglas que propusieran para el cargo a una persona no euskaldun. Simplemente quería expresar que no me siento la unidad universal de medida. Como en tantas cuestiones, mi opinión es solamente eso. Tengo la suficiente tolerancia a la frustración como para comprender que, por maravillosos que sean mis planteamientos, si estoy en minoría, ahí me jodo.

Puro principio de realismo, que es del que suelo partir. Y si hay que cambiar las cosas, propóngase abiertamente, pero siempre sin perder de vista las consecuencias. ¿Está algún partido en situación de propugnar la obligatoriedad del conocimiento del euskera y la capacidad de su uso para aspirar a ser la principal autoridad de los tres territorios? ¿Lo extendemos a la presidencia de Nafarroa y a la de la Mancomunidad de Iparralde? ¿Y a las personas que figuran como elegibles para cualquiera de los parlamentos?

Si la respuesta es sí, procedamos. Hagamos una propuesta clara donde no quepan dudas y apliquemos el tantas veces invocado derecho a decidir. Aceptemos después que nos saquen la conocida letanía de los ciudadanos de primera y de segunda —esta vez, quizá con complicada posibilidad de réplica— y, además, el riesgo de que en todo nuestro país o en alguna de sus tres partes haya una mayoría social que no esté por la labor de cruzar ese puente.

Brexit is Brexit

¡Vaya por God! Según se desprende del rasgado ritual de vestiduras y las coreografías de manos crispadas a la cabeza, el torpe pueblo británico ha vuelto a equivocarse al meter la papeleta en la urna. Y no será porque la legión sabionda que cacarea en Twitter, el programa de Ferreras y alguna que otra cátedra de postín no ha venido contando a los tozudos isleños qué era lo que les convenía y lo que no. Pues ahí tienen la enésima cuchufleta a los predicadores de lo correcto: victoria aplastante del presunto analfabeto que se desinflaría el segundo día de campaña y hostión histórico de la gran esperanza zurda europea. Sobre esto último, por cierto, no sé si reír o llorar cuando oigo o leo a los fans locales del trasnochado Corbyn que “no se trata solo de ganar elecciones”. Literalmente, el chiste de Eugenio: “Me gusta jugar al póker y perder”.

Pues no. Como ha quedado meridianamente claro, se trataba de ganar. Igual que en cualquier contienda electoral, pero mucho más en una como esta, planteada casi como ese segundo referéndum que ya sabemos que, salvo en Escocia e Irlanda del Norte, no tiene sentido celebrar ni pedir. El veredicto de la ciudadanía del Reino Unido ha sido contundente: su deseo es abandonar la Unión Europea, y de entre las fórmulas para la separación disponibles en el mercado, han optado por la que les proponía Boris Johnson. ¿Que va a ser un error del que se arrepientan? ¿Que la decisión va a perjudicar a terceros que pasaban por allí? Ni merece la pena planteárselo. Si, como tanto nos gusta proclamar, creemos en la soberanía popular, deberíamos simplemente asumir que se ha ejercido. Y ya.

Decidir, solo eso

Me resulta un inmenso misterio el miedo cerval que despierta una expresión tan inocente como “Derecho a decidir”. Es mentarla y provocar rayos y truenos dialécticos en los moradores del Olimpo que se tienen por la flor y nata de la tolerancia democrática, la justicia, la libertad, la convivencia y todos los grandes palabros que se pronuncian con inflamación pectoral y mentón enhiesto. Ocurre, me temo, que todos estos paladines de la rectitud son la versión crecida de aquellos niños con posibles que exhibían la propiedad del balón como salvoconducto ventajista. Si no aceptabas su criterio, lo cogían bajo el brazo y se lo llevaban. Cambien la pelota por el marco legal y verán que seguimos en las mismas. O se juega con sus reglas o no se juega.

La penúltima martingala estomagante de los monopolistas de las normas es recitar como papagayos que el derecho a decidir no existe. Más allá de las explicaciones documentadas que les podría aportar cualquier jurista que no sea de parte ni pretenda engañarse al solitario, tal afirmación supone una notable mendruguez. Si vamos a la literalidad, resultaría que tampoco el derecho a la vida, por poner el más obvio de todos, existe como tal. No crece en los árboles, ni se extrae de las minas. Es, como todo el corpus legislativo, una creación humana que ha adquirido carta de naturaleza por consenso mayoritario, ni siquiera unánime. Si prescindiéramos de los dramatismos interesados y exagerados o de los maximalismos obtusos, el caso que nos ocupa no es muy diferente. Claro que para aceptarlo es imprescindible la honestidad de asumir que decidir no necesariamente implica secesión.

Un cordón para Vox

Jamás me ha resultado simpática la expresión “cordón sanitario”. Para mi gusto seguramente mojigato, destila suficiencia por parte de quien la emplea y/o insta a ponerla en práctica. En definitiva, la idea que subyace es la de construir un lazareto para apestados de modo que no contagien a los que se tienen por lo más de lo más de la pureza, en este caso, ideológica. Y claro, si echamos mano de la hemeroteca, vemos que muy buena parte de las ocasiones en las que se ha llevado a cabo el tal cordón, en realidad se ha tratado de la marginación pura y dura del adversario político. Algo sabemos de la cuestión por estos lares.

¿Caben estas prevenciones cuando el sujeto propuesto para el aislamiento es Vox? Quizá hace unos meses —pongamos tras las elecciones de abril— hubiera contestado que era contraproducente llevar al córner a los abascálidos. Es posible que también hubiera encontrado reparos ante el hecho de que, en definitiva, esa formación debía su representación a los centenares de miles de personas que decidieron meter la papeleta con su nombre en una urna.

Sin embargo, menos de un mes después de lograr la condición de tercera fuerza política española —gracias, Pedro Sánchez—, hemos tenido sobradas muestras de a qué puntos de indignidad son capaces de llegar los tipejos y las tipejas con asiento en cualquier institución representativa. No hablamos de menudencias ni de cuestiones de matiz. Ni siquiera de profundas pero legítimas discrepancias. Lo que Vox ataca de manera sistemática, alevosa y continuada forma parte de los principios mínimos que cualquier persona honrada debería defender. Es urgente el cordón.

Votar con rabia

Hoy habrá quienes depositen la papeleta en la urna y quienes la evacuen. Más nos vale que los primeros sean infinitamente más que los segundos. Es verdad, en todo caso, que lo que ocurra al final del recuento será el resultado de la voluntad de las personas que hayan votado. Lo anoto para que no cedamos a la tentación de calificar como ignorante al mismo pueblo que trataríamos como sabio si el reparto de escaños saliera a nuestro gusto. Como dicen esos guasaps que han circulado estos días, la manifestación contra el fascismo es entre las 9 y las 20 horas del domingo en los colegios electorales y no el lunes por la tarde frente a los ayuntamientos.

A partir de ahí, también creo que antes de ejercer el derecho a voto, merece la pena no perder de vista cómo hemos llegado a esta jornada. De entrada, ustedes y yo sabemos que esta enésima fiesta de la democracia desvaída no ha sido en absoluto necesaria. Fue aritmética y políticamente posible haber evitado la repetición. Su convocatoria obedeció a un grosero cálculo sumado a algo en lo que casi no hemos reparado: la prolongación de las noches dormidas en el famoso colchón de La Moncloa.

Manda muchos bemoles que, llegado el momento de hacer el bis electoral, casi lo mejor a lo que podemos aspirar sea a que el escrutinio depare lo mismo que el 28 de abril. Ese sería el mal menor frente a la otra suma que nos hace temblar las rodillas. Ojalá lo único que tengamos que lamentar sea la certificación de que para este viaje no hacían falta semejantes alforjas. Pero solo pensar que existe el riesgo de revolcón azul verdoso o verde azulado a mi me hará votar con mucha rabia.

Un escarmiento inútil

Ahí hemos vuelto a tener al Estado de Derecho funcionando a pleno pulmón. Como aperitivo, una filtración por entregas a modo de Omeprazol para tener preparado el estómago cuando cayera el potaje judicioso en todo su esplendor. Se pretendía, de propina, dar la impresión de generosidad al descartar la rebelión y optar, como si fuera una ganga, por la sedición entreverada de malversación. Con eso y con unas declaraciones espolvoreadas aquí y allá por los mandarines eternamente en funciones, solo quedaba un pequeño detalle antes del mazazo final: un vídeo de primera en el que los miembros más ilustrados del Consejo de Ministros mostraban su don de lenguas. Ocho minutos en varios idiomas para tratar de explicar al mundo que España es una democracia del carajo de la vela y que no hay que dejarse llevar por habladurías. Vamos, una excusatio non petita de manual, una prueba de mala conciencia o, sin más, una exhibición impúdica de cara dura.

Y a partir de ahí, el resto de la pirotecnia que todavía continúa: la asignación de condenas tan caprichosas como todo el proceso, las advertencias de lo que puede pasar si no se baja la testuz, la reactivación de las euroórdenes contra los fugados y, en definitiva, la difusión de un metafórico nuevo parte de guerra que da por cautivos y desarmados a los ya oficialmente sediciosos independentistas catalanes.

Lo mío no son las profecías, pero estoy por jurar que se equivocan quienes andan festejando la derrota del soberanismo. Puede que este escarmiento haya sido un varapalo durísimo, pero no solo no servirá para detener el desafecto por España, sino que lo multiplicará por ene.

Urnas parlantes

Mi animal mitológico favorito es la urna parlante. Lástima que todavía no haya encontrado una sola. Lo confieso no sin rubor, pues debo de ser uno de los pocos seres humanos que queda por asistir al sin duda majestuoso espectáculo de las cajas de metacrilato lanzando sus (por lo visto) siempre sabias y certeras peroratas. Escribo, por supuesto, de oídas y con una indisimulable envidia hacia tantos y tantos afortunados que juran haber escuchado de labios de las urnas todo tipo de sentencias lapidarias, sospechosamente acordes, eso también es verdad, a los intereses de los presuntos testigos de semejante fenómeno.

“Las urnas dijeron contundentemente que querían un gobierno de coalición”, proclaman los apóstoles del sumo sacerdote Iglesias Turrión. “Las urnas hablaron con claridad”, porfían con más misterio y con interpretación abierta a rotos y descosidos los acólitos del sanchismo ivanredondista. Y al otro lado de la bisectriz ideológica, lo mismo, pero con la martingala adaptada a su nicho de mercado y cambiando el sujeto de la frase por “los españoles”, como si los resultados electorales fueran el producto de una decisión consensuada por todos los miembros del censo.

No negaré que quizá tras un referéndum (de esos que tanto acongojan a algunos) tenga sentido expresarse en esos términos. Incluso sería razonable hacerlo ante unos resultados apabullantes en unos comicios. En el resto de los casos, empezando por el del 28 de abril, poner este o aquel mensaje en boca de las urnas o de una entelequia bautizada “los españoles”, “la ciudadanía” o “la sociedad” solo es propio de iluminados, de jetas o ambas cosas.