Torturas: no mirar hacia otro lado

Entre la pandemia y la pereza creciente que nos da mirar hacia atrás se nos está yendo por una esquinita de la actualidad el juicio por el sumario 13/13 que se está celebrando en la siniestra Audiencia Nacional. Se sientan en el banquillo ocho personas acusadas de formar el llamado frente jurídico de ETA. Dos de ellas, Naia Zuriarrain y Saioa Agirre, ofrecieron el martes un relato escalofriante de las torturas que sufrieron en el momento de sus respectivas detenciones. La primera contó que, después de advertirle de que lo pasaría mal si contaba algo, le echaron agua fría por la cabeza y pusieron una bolsa de plástico para dificultarle la respiración. A Agirre le amenazaron con que tras su paso por las dependencias policiales no podría ser madre y la sometieron a diferentes vejaciones sexuales. Todo esto fue denunciado en su momento ante el juez instructor del sumario, Fernando Grande-Marlaska. Fiel a su costumbre, el todavía hoy ministro de Interior miró hacia otro lado.

Desde estas líneas dejo constancia de que doy total credibilidad a los dos testimonios. Por supuesto, condeno sin paliativos los hechos denunciados, muestro mi solidaridad con las dos mujeres que sufrieron semejante trato inhumano, insto a pronunciarse a quienes siempre llevan en la boca la defensa de los derechos más básicos y añado que, hayan pasado los años que hayan pasado, se hace imprescindible una investigación que esclarezca lo sucedido y si se demuestra la veracidad, se imponga a los torturadores la pena que corresponda. Es exactamente lo que hago ante cada vulneración de los Derechos Humanos, independientemente de quien la perpetre. No es tan difícil.

Sostiene Denis Itxaso

Miren que uno lo ha escuchado casi todo en labios de la mediocre fauna política que padecemos. Y aun así, no pude evitar que me invadiera una mezcla de incredulidad, escándalo e indignación ante las palabras del delegado del Gobierno español en la CAV sobre la obcecación de Moncloa en sepultar en el olvido el Caso Zabalza. Sin medio temblor de voz, Denis Itxaso escupió dos demasías consecutivas que no sé si lo inhabilitan para el desempeño de su puesto, pero que, desde luego, muestran una falta de escrúpulos que, francamente, yo jamás habría esperado.

Sostiene Itxaso —primera de las bajezas— que no hay pruebas nuevas para que se reabra el sumario judicial. Según él, los bárbaros audios en que se certifica su muerte en la sala de tortura no aportan nada que no se supiera. Claro que peor fue una afirmación —segunda infamia— que contenía una velada denuncia. “La pelota sigue estando en el tejado del PNV”, porfió el militante del partido que gobernaba cuando Zabalza fue asesinado y arrojado al Bidasoa. Varios de los miembros de aquel Ejecutivo de Felipe González fueron condenados por atrocidades parecidas al caso que se pretende enterrar. Desconozco si técnicamente es posible, pero Itxaso debería comparecer en el Cogreso para explicar exactamente qué clave tiene el PNV para esclarecer el Caso Zabalza.

¿Salvar qué democracia?

A cuenta de los cuatro decenios del 23-F, llevamos varios días echándonos las manos a la cabeza porque los jóvenes —ojo, que hablamos de los que tienen de cuarenta para abajo— no saben quiénes fueron el golpista Tejero, el héroe tardío Adolfo Suárez y no digamos ya el (como poco) oscuro Santiago Carrillo. Y sí, no digo yo que no vendría bien una gotita de barniz cultural para desasnar a las nuevas y no tan nuevas generaciones que pasan un kilo y pico de la sacrosanta y falsaria Transición española. Tanto o más me duele, fíjense ustedes, que a los de treinta y casi cincuenta tacos les resulten desconocidos los nombres de José Barrionuevo, José Luis Corcuera, Rafael Vera, José Amedo Fouce o del reciente finado por coronavirus que atendía por Enrique Rodríguez Galindo, conde Drácula de Intxaurrondo.

Claro que lo que verdaderamente me hiere es la desmemoria respecto a las víctimas de los recién citados. Hablo de Mikel Zabalza, muerto en el potro de tortura benemérito, o de Joxi Zabala y Joxean Lasa, que además de haber corrido el mismo infortunio que el anterior, tuvieron que cavar su propia tumba, como acabamos de saber. O de Joxe Arregi, también asesinado a manos de sus torturadores apenas diez días antes de que el hoy celebrado rey emérito salvara lo que aún tienen el cuajo de llamar democracia.

¡Al rico sapo!

Pues no, petulante y encantadísimo de conocerse señor vicepresidente del gobierno del Reino de España, lo del error que no volverá a ocurrir no cuela. Comprende uno que en su meteórico viraje de amenazar con la guillotina a rendir cortesana pleitesía a la borbonada haya querido adornarse con un homenaje al Campechano, pero su acto de contrición tras haber votado en contra de la publicación de la hoja de servicio del matarife Billy el Niño no va a evitar el autorretrato de la acción inicial. Usted, yo y el que le saca el polvo a su mesa de caoba sabemos que de no haber mediado el torrente de indignación por su traición a las víctimas del torturador (y en general, a cualquier persona con un gramo de decencia), no habría habido lugar a esa rectificación innecesariamente posturera.

Con qué clarividencia, maese Iglesias Turrión, advirtió a sus mansos conmilitones de que venía un tiempo de tragar sapos. Va camino de récord de ingesta de batracios en menos de un mes de gabinete compartido. Estuvo fina hace unos días, porque le conoce de largo y de ancho, su levantisca compañera Teresa Rodríguez al recordarle unas palabras de Sabino Cuadra: una cosa es tener que tragar sapos y otra decir que nos gustan los sapos. Y ahí enlazamos, no tanto con usted como con su patulea de lamelibranquios que antes de que saliera a dar marcha atrás, se dedicaron a la jabonosa justificación de lo injustificable. Sostiene Iñaki Galdos, de quien he tomado prestado el apunte anterior, que los pelotas andarán deseando ser tragados por la tierra, pero yo me permito dudarlo.

Un saludo final, por cierto, a su progresista socio, que no rectificará.

Lecciones de un asesino

No es solo Andoain…

Con toda la razón del mundo, nos pasamos la semana anterior echándonos las manos a la cabeza y desgañitándonos por la indignante respuesta del Gobierno español y sus mariachis mediáticos a la sentencia europea sobre las torturas (perdón, malos tratos) a Portu y Sarasola. Imposible no encabronarse ante el ministro Catalá en plan chulopiscinas, menospreciando la enésima condena por lo mismo y, sobre todo, barritando que por la multa no había problema, porque iba a salir del pastizal que debían los torturados (perdón, los maltratados). Y qué decir de esas vomitonas de los cavernarios que fingían rasgarse los correajes porque, en su versión, los magistrados de Estrasburgo se ponían tiquismiquis por colocarles unas hostias de nada a dos terroristas.

Esos argumentos infames sin matices se contrarrestaron desde la mayoría política y social vasca, como no cabía otra, con la denuncia de tamaña iniquidad en las reacciones y, por descontado, del propio hecho que daba lugar a lo demás, es decir, las torturas. Un bonito cuento dentro de lo terrible del asunto, si no fuera porque una parte no pequeña de los denunciantes tendría bastante que callar. Y se lo ilustro con un ejemplo con nombre y apellido. El pasado sábado, José Antonio López Ruiz, más conocido como Kubati, asesino de Yoyes y de (por lo menos) otra docena de personas, pontificaba sobre la cuestión en un acto celebrado en Irun y tuiteado al minuto desde la cuenta oficial de Sortu. Esa es nuestra cacareada normalización. Un matarife múltiple da lecciones de dignidad ante el aplauso de unos y el silencio asqueroso de muchos otros.

El cobarde Rodrigo Lanza

De Ciutat morta recuerdo dos impresiones. La primera, que mantengo, es la existencia de una trama judicial y policial para manipular los hechos que quedó a la vista de todo el mundo en el documental. La segunda, en la que en este instante me reafirmo, es la sospecha de que el tal Rodrigo Lanza fue, efectivamente, el autor material de la pedrada que dejó tetrapléjico a un agente de la Guardia Urbana de Barcelona. O, como poco, sabía quién lo hizo. El mal cuerpo que se me quedó al llegar a los títulos de crédito respondía, de hecho, a la sensación de haber asistido a la impunidad de uniformados torturadores y jueces prevaricadores, pero también a la cobardía de este figura bocachancla que, según lo entendí yo, dejó que un puñado de chavales se comieran un marrón en el que poco —en algún caso, nada— tuvieron que ver. Una de las jóvenes se suicidó, poca broma.

Ahora que el tipo vuelve a ser presunto autor de un hecho criminal, nada menos que un asesinato (o no sé si técnicamente, de momento solo homicidio—, considero ventajista la enmienda a la totalidad del mensaje de la película. Con su gruesa capa de demagogia y lo que se quiera, que a ver si a estas alturas vamos a descubrir el género panfletario, Ciutat morta mostraba y sigue mostrando la sordidez de determinadas alcantarillas del llamado Estado de Derecho. Quizá los retenes de retroprogres de guardia que se han lanzado a disculpar al personaje, cuando no a justificarlo porque su víctima era un ultraderechista casi literalmente con correajes, deberían pararse a pensar en el daño colateral que su defendido le ha acabado haciendo a una buena causa.